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Por Claudio Galeno-Ibaceta sobre la interacción del arte con la arquitectura, desde Antofagasta y el Norte Grande de Chile. By Claudio Galeno-Ibaceta about the interaction between art and architecture, from Antofagasta and the Large North of Chile.
La ignorada herencia patrimonial de Calama, El Mercurio de Calama, 25 marzo 2026
Claudio Galeno-Ibaceta, director Escuela de Arquitectura UCN, Inv. Principal NupatS
Ignacio Fernández, tesista de magíster MAZA_UCN / NupatS
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| Galería Comercial, diseñada por el Arq. Jorge Tarbuskovic en 1957, Postal edita por Alejandro Álvarez Vargas, circa 1970, Fuente: Archivo personal Ignacio Fernández P. |
Calama celebra casi 150 años de su incorporación a Chile, pero su historia y su patrimonio se extiende a tiempos precolombinos. Calama ha sido un lugar resiliente: un oasis en medio del desierto que ha articulado rutas, culturas y economías. En ese sentido, su patrimonio se despliega como capas que alcanzan hasta el modernismo del siglo XX.
Mucho antes de constituirse como asentamiento, el oasis del río Loa configuró un espacio de ocupación continua. Ya en el siglo XVII, Calama aparece como un lugar de cultivo y tránsito vinculado a Chiu-Chiu, Caspana y Ayquina, mientras sus cementerios evidencian intercambios entre la costa y el altiplano desde tiempos prehispánicos. Más que un origen, Calama representa un cruce de caminos.
Esa condición ha sido también una forma de paisaje. Un plano de 1927, elaborado por el ingeniero Rudolph Williams, muestra un reducido grupo de manzanas inscrito en un territorio mayor: vegas hacia el poniente, oasis agrícola hacia el oriente y una red de canales que organizaban la vida en torno al agua. Más que una ciudad, aparece un paisaje.
Ese paisaje ha sido tensionado por la lógica extractiva; aun así, la minería ha dejado un patrimonio significativo que da cuenta de las distintas etapas urbanas de Calama. Entre ellas, la arquitectura funeraria del Cementerio ofrece testimonios singulares: pequeños panteones que reproducen capillas en miniatura y mausoleos como el de la familia Abaroa, hacia 1920, que introduce un lenguaje eclecticista. A ello se suman las ruinas de su finca en el río Loa, donde persiste una casona patrimonial.
Del mismo modo, las primeras obras urbanas de la década de 1930 —como la Municipalidad o el Mercado Central— expresan una búsqueda de identidad a través de un “arte decorativo nacional”, cruzando la depuración moderna con motivos indígenas.
A mediados del siglo XX, el paisaje urbano se proyecta hacia una modernidad más racionalista. Diseños como la galería comercial junto al Mercado —de Jorge Tarbuskovic— anticipan una transformación mayor, resultado de una crisis.
Los terremotos de 1950 y 1953 marcaron un punto de inflexión: una ciudad dominada por el adobe vio colapsar gran parte de su tejido, dando paso a un proceso de reconstrucción impulsado por el Estado, que incorporó nuevas formas de edificar y de pensar la ciudad. La arquitectura moderna no fue solo una opción estética, sino una respuesta técnica, institucional y territorial.
Gran parte de este legado se vincula a equipamientos públicos que dotaron a la ciudad de infraestructura. La Escuela D-48, el Colegio Guadalupe de Ayquina o el antiguo Hospital —proyectado por Francisco Fones e inaugurado en 1964— no solo resolvieron funciones, sino que articularon el crecimiento urbano, conectando el núcleo histórico con nuevos barrios y configurando una nueva centralidad.
Estas arquitecturas representan un momento en que el Estado intervino decisivamente en la ciudad, materializando una idea de progreso y bienestar. Esa modernidad no solo construyó edificios: construyó ciudad.
Este patrimonio moderno —a diferencia de las capas más antiguas— permanece en gran medida invisibilizado. Su valor radica en haber sido una respuesta concreta a una crisis y en haber dado forma a la ciudad contemporánea.
Querido Marko:
Estamos de viaje y supimos que inesperadamente te has ido. Mientras tratamos de asimilarlo, se me vienen a la mente una infinidad de recuerdos y, como historiador de la arquitectura, muchos de ellos están marcados por la vida en los lugares y las construcciones.
Te conocí primero por tu obra. En los años noventa fui a una exposición en el Teatro Municipal y allí estaban tus pinturas. Eran impresionantes. El color, la radicalidad de los personajes que interactuaban, la pincelada gruesa. Una parte del imaginario de Antofagasta estaba allí. También era tu imaginario: una reivindicación de la memoria colectiva de la ciudad, con sus incongruencias, dramas, monotonías, arrebatos e injusticias.
Ahora, mirándolo a la distancia, había algo muy teatral, muy caricaturesco, tal vez por eso me gustó tanto —o por eso a muchos nos gustaba tanto—. Había algo infantil, algo naif, pero atravesado por ese ceño fruncido, casi de demonio balcánico, que también era parte de tu carácter.
En persona nos conocimos en un bar. Yo estaba con Pamela y tú con Alexis. Éramos tus fans; nos presentamos y conversamos. Ustedes fueron muy amables y nosotros quedamos fascinados por haberte conocido.
Desde entonces nos vimos muchas veces, casi siempre en torno a alguna exposición, a algún proyecto o en medio de alguna camaradería. Tus exposiciones de arte generacional fueron notables. Con Jorge incluso participamos en una de ellas con una instalación, y escribí para el catálogo de otra.
Recuerdo con cariño y nostalgia tu taller de calle Latorre, en ese edificio ecléctico con la larguísima escalera que llevaba al segundo piso que ocupabas. No hace mucho supe que ese segundo piso había sido la casa de un notable arquitecto moderno, Carlos Contreras Álvarez, y de su esposa Lola; ambos también pintores. Esa casa tenía, entonces, una energía acumulada de arte. Lamentablemente, hace muy poco fue demolida.
Conocimos también el famoso departamento de tu madre en los bloques de la Villa Florida. Me impresionó la generosidad de esas viviendas hechas por la CORVI. Tu memoria asociada a ese barrio había marcado varias de tus obras; un excelente ejemplo es el cuadro del taxista con el Hospital del Salvador como fondo.
Estuvimos varias veces en la casa que tenían con Sara y sus hijas en la Gran Vía, esa residencia que tenía como vecino el gigantesco edificio Curvo y que quedaba en la misma manzana donde había vivido Guillermo Deisler en sus años antofagastinos. ¿Coincidencias? No lo creo. Respetabas profundamente la obra de ese artista vanguardista y multifacético, como varios después aprendimos a reconocerlo.
Ese es otro aspecto relevante: tu cultura artística. Fuiste siempre un conocedor del arte antofagastino, de sus personajes y de sus obras. No por nada trabajaste un buen tiempo sobre la Pinacoteca de Sabella y admirabas a la Chela Lira. ¿Habrá sido por la pincelada gruesa? ¿Por el uso del color? De algún modo, tu obra y la de ella dialogaban.
No puedo olvidar esa vez que fuiste a nuestro departamento con Marcela y te conté que había llegado a nuestras manos un Chela Lira. Sabía que era de ella porque la antigua propietaria me lo había dicho, pero el cuadro no tenía firma visible. Lo tomaste en tus manos, lo miraste brevemente y dijiste: “Sí es de ella, ahí está la firma”. La firma estaba cuidadosamente escondida entre las pinceladas de la escena. Fue impresionante ver en acción tu ojo experto: el artista, pero también el investigador y el maestro.
Fuiste artista, gestor, conocedor de la historia cultural de esta ciudad. Y también esposo y padre, otra dimensión igualmente profunda de tu vida.
Qué rápido empezamos a sentir nostalgia. Aún no terminamos de comprender tu partida y ya advertimos el vacío. Nos dejas un legado inestimable: obras, exposiciones, enseñanza, afectos compartidos. La Antofagasta de Marko ya es un hecho. Alcanzaste a dejarnos tu imaginario: los diablos en el mar, los perros callejeros con garrapatas, las catedrales oscuras, las bandas de esqueletos, los aviones en la bahía, los predicadores en la plaza del mercado. Están aquí y ya forman parte de la memoria antofagastina.
Esa memoria queda marcada por tu vida, por tus miradas, por tus interpretaciones y por tu respeto profundo por esta ciudad.
Te fuiste sin aviso, pero dejaste muchos regalos.
Dicho así, incluso a mí me suena un poco exagerado. Cuando lo abrí, a mediados de los años 2000, no estaba pensando en duración, ni en archivo, ni mucho menos en aniversario alguno. Era simplemente un espacio disponible, inmediato, donde podía subir imágenes, anotar ideas, registrar cosas que me interesaban y que no tenían todavía un lugar claro en la escritura académica.
Recuerdo bien ese primer período: el blog funcionaba casi como una libreta pública. Subía edificios, ciudades, exposiciones, referencias sueltas, a veces con textos mínimos, otras con comentarios más extensos. Había algo muy propio de ese momento: la sensación de que internet permitía mostrar mientras se pensaba, sin tener que cerrar argumentos ni justificar demasiado el gesto.
Con el tiempo, el blog empezó a acompañar mis propios desplazamientos. Muchas entradas nacieron de viajes, de clases, de conversaciones, de imágenes encontradas casi por azar. Otras fueron ensayos preliminares de investigaciones que vendrían después: arquitectura moderna, patrimonio, hospitales, infraestructuras, postales, paisajes urbanos, el Norte de Chile, Brasil, América Latina. Mirado en retrospectiva, el blog funciona casi como un sismógrafo: registra cambios de interés, intensidades, silencios y retornos.
También fue —y sigue siendo— un espacio distinto al de la producción académica formal. Mientras artículos, libros y proyectos avanzaban con sus tiempos, normas y exigencias, el blog me permitía algo más directo: escribir sin índice, sin resumen, sin conclusiones obligatorias. Subir una imagen sin saber todavía qué iba a significar. Dejar preguntas abiertas. Volver sobre temas años después.
En estos veinte años cambiaron muchas cosas: las plataformas, las formas de circulación de imágenes, la centralidad de las redes sociales, incluso la manera en que hoy se lee (o no se lee). El blog quedó, para algunos, como un formato casi obsoleto. Para mí, en cambio, se volvió cada vez más claro su valor como archivo personal y público, como una memoria no del todo ordenada, pero persistente.
Hoy escribo menos aquí, o escribo distinto. Pero el blog sigue ahí, activo, disponible, acumulando capas. No como un monumento, sino como un territorio recorrido muchas veces, donde todavía es posible volver, releer, encontrar algo que había quedado en suspenso.
Este aniversario no es un cierre. Es más bien una pausa para mirar hacia atrás y confirmar algo simple: que durante veinte años este espacio acompañó mi manera de mirar la arquitectura, la ciudad y el patrimonio. Y que, de algún modo, sigue haciéndolo.