Querido Marko:
Estamos de viaje y supimos que inesperadamente te has ido. Mientras tratamos de asimilarlo, se me vienen a la mente una infinidad de recuerdos y, como historiador de la arquitectura, muchos de ellos están marcados por la vida en los lugares y las construcciones.
Te conocí primero por tu obra. En los años noventa fui a una exposición en el Teatro Municipal y allí estaban tus pinturas. Eran impresionantes. El color, la radicalidad de los personajes que interactuaban, la pincelada gruesa. Una parte del imaginario de Antofagasta estaba allí. También era tu imaginario: una reivindicación de la memoria colectiva de la ciudad, con sus incongruencias, dramas, monotonías, arrebatos e injusticias.
Ahora, mirándolo a la distancia, había algo muy teatral, muy caricaturesco, tal vez por eso me gustó tanto —o por eso a muchos nos gustaba tanto—. Había algo infantil, algo naif, pero atravesado por ese ceño fruncido, casi de demonio balcánico, que también era parte de tu carácter.
En persona nos conocimos en un bar. Yo estaba con Pamela y tú con Alexis. Éramos tus fans; nos presentamos y conversamos. Ustedes fueron muy amables y nosotros quedamos fascinados por haberte conocido.
Desde entonces nos vimos muchas veces, casi siempre en torno a alguna exposición, a algún proyecto o en medio de alguna camaradería. Tus exposiciones de arte generacional fueron notables. Con Jorge incluso participamos en una de ellas con una instalación, y escribí para el catálogo de otra.
Recuerdo con cariño y nostalgia tu taller de calle Latorre, en ese edificio ecléctico con la larguísima escalera que llevaba al segundo piso que ocupabas. No hace mucho supe que ese segundo piso había sido la casa de un notable arquitecto moderno, Carlos Contreras Álvarez, y de su esposa Lola; ambos también pintores. Esa casa tenía, entonces, una energía acumulada de arte. Lamentablemente, hace muy poco fue demolida.
Conocimos también el famoso departamento de tu madre en los bloques de la Villa Florida. Me impresionó la generosidad de esas viviendas hechas por la CORVI. Tu memoria asociada a ese barrio había marcado varias de tus obras; un excelente ejemplo es el cuadro del taxista con el Hospital del Salvador como fondo.
Estuvimos varias veces en la casa que tenían con Sara y sus hijas en la Gran Vía, esa residencia que tenía como vecino el gigantesco edificio Curvo y que quedaba en la misma manzana donde había vivido Guillermo Deisler en sus años antofagastinos. ¿Coincidencias? No lo creo. Respetabas profundamente la obra de ese artista vanguardista y multifacético, como varios después aprendimos a reconocerlo.
Ese es otro aspecto relevante: tu cultura artística. Fuiste siempre un conocedor del arte antofagastino, de sus personajes y de sus obras. No por nada trabajaste un buen tiempo sobre la Pinacoteca de Sabella y admirabas a la Chela Lira. ¿Habrá sido por la pincelada gruesa? ¿Por el uso del color? De algún modo, tu obra y la de ella dialogaban.
No puedo olvidar esa vez que fuiste a nuestro departamento con Marcela y te conté que había llegado a nuestras manos un Chela Lira. Sabía que era de ella porque la antigua propietaria me lo había dicho, pero el cuadro no tenía firma visible. Lo tomaste en tus manos, lo miraste brevemente y dijiste: “Sí es de ella, ahí está la firma”. La firma estaba cuidadosamente escondida entre las pinceladas de la escena. Fue impresionante ver en acción tu ojo experto: el artista, pero también el investigador y el maestro.
Fuiste artista, gestor, conocedor de la historia cultural de esta ciudad. Y también esposo y padre, otra dimensión igualmente profunda de tu vida.
Qué rápido empezamos a sentir nostalgia. Aún no terminamos de comprender tu partida y ya advertimos el vacío. Nos dejas un legado inestimable: obras, exposiciones, enseñanza, afectos compartidos. La Antofagasta de Marko ya es un hecho. Alcanzaste a dejarnos tu imaginario: los diablos en el mar, los perros callejeros con garrapatas, las catedrales oscuras, las bandas de esqueletos, los aviones en la bahía, los predicadores en la plaza del mercado. Están aquí y ya forman parte de la memoria antofagastina.
Esa memoria queda marcada por tu vida, por tus miradas, por tus interpretaciones y por tu respeto profundo por esta ciudad.
Te fuiste sin aviso, pero dejaste muchos regalos.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario