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28.7.17

Del México colonial al Met: una exhibición colosal

Vía New York Times.


Un detalle de "Moisés y la serpiente de bronce y la Transfiguración de Jesús”, de 1683, uno de las obras de Cristóbal de Villalpando en exhibición en el Museo Metropolitano del Arte en Nueva York. © Cristóbal de Villalpando, Propiedad de la Nación Mexicana, Secretaría de Cultura

Sube las escaleras que llevan a la puerta principal del Museo Metropolitano de Arte; abre tu bolso para que lo revisen; paga la aportación voluntaria –ya sean 25 centavos o 25 dólares– por un boleto, y avanza en línea recta. Te encontrarás en la sombría sala de esculturas medievales, con su gigantesca reja (trascoro) de hierro, pero algo inusual, algo brillante, se asoma más allá. La entrada a la Colección Lehman, generalmente vacía, en la parte trasera del museo, está llena de apóstoles estupefactos, envueltos en sedas de colores lila y rosa; hay profetas con barbas blancas largas iluminados al fondo por un sol deslumbrante. En el centro de todas estas obras, invitando a los grupos de visitantes a que se reúnan ahí, se encuentra el hijo de Dios, vestido de blanco y con bigote; su cuerpo es mitad carne y mitad luz.

Lo que se ve a través de la puerta es la parte superior de un retablo espectacular de nueve metros, creado por Cristóbal de Villalpando, el pintor más importante del siglo XVII en México, o la Nueva España, como se le llamaba durante el virreinato. El retablo, que fue terminado en 1683, nunca antes se había alejado de su hogar en la catedral colonial de Puebla, México. A partir de ahora y hasta octubre, esta obra maestra del barroco mexicano —un estilo más ligero y menos rígido que su contraparte europea, en el que se usan colores brillantes y ornamentación libre— es la única pieza que se encuentra en el patio del Ala Lehman, y su intensa mezcla de santos y mortales debería estimular todo tipo de veneración. Desde 2001, cuando el interior del Guggenheim se pintó de negro para compensar una obra maestra del barroco brasileño, no se había mostrado un retablo latinoamericano de tal magnitud e importancia en Nueva York.

La exhibición Cristóbal de Villalpando: Mexican Painter of the Baroque incluye diez obras más pequeñas del artista, que se encuentran en el piso de arriba, todavía en el Ala Lehman. Pero la mejor opción al llegar al museo, es bajar primero al sótano para ver el retablo de cerca. La transfiguración de Jesucristo que viste de lejos ocupa solo una fracción de la pintura, mientras que abajo está una visión del Antiguo Testamento de índole más oscura. Representa un pasaje del Libro de los Números, en el que los israelitas están siendo masacrados por serpientes por dudar de la palabra de Dios.

Las mujeres sollozan u observan horrorizadas; una serpiente envuelve un cuerpo musculoso en el suelo. Moisés, de cuya cabeza irradian rayos de luz que parecen cuernos, hace una señal para que los israelitas vean la escultura de latón de una serpiente, que está enrollada a lo largo de un poste parecido a una cruz en la parte central inferior, justo debajo de Jesucristo, que está en la mitad superior. La escultura, impuesta por Dios, los sanará.

En los primeros minutos durante los cuales observas el retablo de Villalpando, probablemente todavía seguirás tratando de dilucidar quiénes son los personajes, cuyas expresivas poses y túnicas se adentran de lleno en el dramatismo barroco, e intentarás averiguar cómo se relacionan las dos partes de la obra.

Y es que es un extraño mundo doble el que presenta Villalpando: no está dividido perfectamente, sino que se derrama a lo largo del eje que lo divide, desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento y de regreso. Moisés aparece entre los israelitas aterrados y de nuevo en las nubes de la vibrante mitad superior, al lado de Jesucristo en su capullo de luz.

El paisaje, pronunciadamente inclinado como un escenario teatral, es en su mayor parte contiguo de abajo hacia arriba. El desierto por el que vagan los judíos se extiende hacia arriba para convertirse en el Calvario, donde la cruz se encuentra bajo las sombras y adornada con una corona de espinas, un látigo, una lanza y otros objetos de la Pasión.

Pero ¿qué están haciendo estas dos escenas, sin relación bíblica, reunidas en un solo retablo? La respuesta literal está en un ángel de rostro insolente que sostiene un pánel, en el que se explica en latín: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, el Hijo del Hombre debe ser levantado”. En otras palabras, la serpiente de bronce es una prefiguración de la crucifixión de Cristo y la salvación del mundo.

Sin embargo, en contradicción con la famosa prohibición en el Segundo Mandamiento de adorar ídolos, en esta pintura Dios exige explícitamente la creación de una obra de arte. A pesar de no ser un ídolo, la serpiente de bronce salva vidas. La escultura es una representación de Cristo pero también una obra de arte por sí misma, y por lo tanto puedes ver el retablo como una reivindicación de la pintura de Villalpando, con el objetivo de inspirar reverencia y revelar la labor divina.

Hay poca información biográfica acerca de Villalpando, cuyas obras más importantes se ubican en iglesias y rara vez viajan. Nacido en Ciudad de México, tenía un poco más de treinta años de edad cuando terminó el retablo de Puebla. Habría aprendido los rudimentos de la pintura figurativa barroca de artistas de mayor edad en Ciudad de México, así como de copias de pinturas flamencas, sobre todo las de Peter Paul Rubens. Después de todo, Rubens, al igual que Villalpando, era súbdito de la España de los Habsburgo —la Bélgica de hoy en día estuvo bajo el dominio español hasta el inicio del siglo XVIII— y Ciudad de México, durante la época colonial, era parte de un flujo transatlántico de imágenes e ideas que enlazaban al imperio español.

Las diez pinturas religiosas del piso de arriba atestiguan el complejo intercambio de influencias mexicanas y europeas en el arte de Villalpando. Todas excepto una son préstamos de colecciones mexicanas y, aunque es un placer descubrirlas, no todas tienen la misma sofisticación. En “Agonía en el jardín”, una pintura temprana de aire italiano de la década de 1670, titubea al pintar paños y le cuesta trabajar con la escala; además, una pequeña pintura de Adán y Eva en el Edén sería difícil de distinguir de las que crearon miles de aprendices flamencos. Pero en pinturas como “El dulce nombre de María”, una composición gloriosa y asimétrica que data de alrededor del año 1695 en la que la virgen contempla su propio nombre escrito en las nubes, Villalpando infundió el drama del barroco europeo con la luz brillante del Nuevo Mundo.

Las exposiciones de arte latinoamericano colonial son tan poco comunes en Estados Unidos que sería maleducado desear que esta fuera más grande (una gran exposición de pinturas mexicanas del siglo XVIII se inaugurará este otoño en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, como parte del enorme festival Pacific Standard Time). Aún tendrás que ir a Ciudad de México para descubrir todos los logros de Villalpando, pero el sobresaliente retablo de Puebla debe ser un sitio de peregrinación este verano para quienes se encuentren en Nueva York.

En la esquina inferior derecha del retablo, en un destello dorado que se contrapone a la oscuridad, hay una firma importante: “Villalpando inventor”. Ese epíteto orgulloso y merecido testifica que un artista en Nueva España no tenía motivos para considerarse un simple imitador europeo. Fue un inventor por mérito propio y su mirada se extiende hasta el paraíso.

21.9.16

Frida y Diego toman el Grand Palais de París

Vía La Razón de México.



Una magna exposición, que abarca 50 años de arte mexicano, se exhibe en la Ciudad Luz del 5 de octubre de 2016 al 23 de enero de 2017; la muestra, integrada por 203 obras, incluye piezas de Clemente Orozco, Tamayo, Carrington...

La muestra México 1900-1950. Diego Rivera, Frida Kahlo, José Clemente Orozco y las vanguardias, que se presentará en el Grand Palais de París del 5 de octubre de 2016 al 23 de enero de 2017, es la más amplia y representativa exposición de arte mexicano de la primera mitad del siglo XX que se exhibe en Francia en los últimos 25 años.

Organizada por la Réunion des Musées Nationaux-Grand Palais de París, la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Bellas Artes, la muestra está integrada por 203 obras: 119 pinturas, 27 esculturas, 25 dibujos, 19 fotografías, 11 grabados y dos videos, procedentes de 20 colecciones mexicanas, 10 extranjeras y 10 particulares.

A través de cuatro ejes temáticos: Antes de la Revolución, México y la Revolución, Las otras caras de la Escuela Mexicana e Hibridaciones: encuentro de dos mundos, la exhibición hace un recorrido por el vasto panorama del arte de nuestro país desde el comienzo de la Revolución hasta mediados del siglo XX.

Entre las obras que se presentarán, destacan los dos cuadros más importantes del periodo cubista de Rivera: Paisaje zapatista y Retrato de Ramón Gómez de la Serna, ambos de 2015. El primero forma parte de la colección del Museo Nacional de Arte (Munal), mientras que el segundo pertenece al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba).

Agustín Arteaga, curador de la instalación, explicó en entrevista con La Razón que el Retrato de Ramón Gómez de la Serna pertenecía a una colección privada de España y fue adquirido por el Malba a finales del siglo XX. “Es la primera vez que regresa a Europa desde entonces”, dijo.

Dentro de las piezas procedentes de colecciones internacionales, se encuentra el Aurretrato con pelo corto, de Frida Kahlo, que pertenece al Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa) y el cual rara vez sale de ese recinto.

Otra de las obras de Rivera que se mostrarán es el mural Río Juchitán, que por primera vez sale del país, y el cual fue incorporado a la colección del Munal a través del Sistema de Administración y Enajenación de Bienes de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP).

Además de trabajos de estos artistas, la exhibición cuenta con obras de David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, Roberto Montenegro, Manuel Rodríguez Lozano, Ángel Zarraga, Francisco Goitia, Manuel Álvarez Bravo, María Izquierdo, Tina Modotti, Nahui Ollin, Leonara Carrington e, incluso, Mathiaz Goeritz, uno de los pioneros del arte minimalista a nivel mundial, y de Gabriel Orozco, artista contemporáneo.

Aunque en el título se destacan los nombres de Rivera, Kahlo y Orozco, célebres en Francia y Europa, a decir de Arteaga, uno de los propósitos de la exposición es cuestionar el canon de artistas mexicanos que son referente en el extranjero: “Estamos tratando de desarticular el cliché. Buscamos, primero, acercar la mayor posible cantidad de visitantes a la muestra para que una vez allí descubran que en el arte mexicano hay mucho más que estos tres nombres”.

A la conferencia de prensa para presentar la exposición, asistió el secretario de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa; la directora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), María Cristina García Cepeda, y la embajadora de Francia en México, Maryse Bossière.

Tovar y Bossière destacaron que esta exhibición es muestra de las colaboraciones culturales que han tenido ambos países en los últimos años. Recordaron que la exposición Los modernos, que este 2016 se presentó en el Munal, se exhibirá en Lyon el próximo año. Que Francia sea el país invitado de honor del Festival Cervantino 2017, es otro ejemplo de ello, coincidieron.