1.11.13

¿Por qué nuestros antepasados hacían fotos a los muertos? Por Cristina Garrido.

Vía ABC.


Ramón Godás. Archivo Colección Familia Piteira-Torrón
Velatorio de un difunto en Torrón (1913)

Este tipo de imágenes fueron de los más habitual desde mediados del siglo XIX hasta los años 80 del siglo XX

Un álbum de fotografías de difuntos es la pieza clave para que Grace (Nicole Kidman), la protagonista de la intrigante película de Alejandro Amenábar «Los Otros», descubra que los tres sirvientes con los que convive están realmente muertos. En el film, el hallazgo resulta terrorífico para el espectador por la vuelta de tuerca que supone en la trama, pero este tipo de imágenes fueron de los más habitual desde mediados del siglo XIX hasta los años 80 del siglo XX. Fotografiar a los muertos era una parte más del rito funerario. Pero ¿con qué fin?
Hoy en día, nuestra imagen está sobreexpuesta. Todo el mundo tiene una cámara de fotos o un móvil o dispositivo que permite captar imágenes en cualquier lugar y momento, y subirlas a una red social en tiempo real, pero en aquella época hacerse un retrato estaba sólo al alcance de unos pocos. «Lo normal era que no hubiera otras imágenes del difunto antes de morir por lo que se realizaban in extremis para incluirlo en el álbum familiar, como un culto a la memoria», explica a ABC Virginia de la Cruz Lichet, doctora en Historia del Arte y autora del libro «El retrato y la muerte. La tradición de la fotografía post mortem en España» (Temporae). [Mira aquí más fotos de difuntos recogidas en el libro]
En el caso de los adultos, además podía cumplir otra función: demostrar el fallecimiento. «Como un documento notarial por temas de herencias o para demostrar los gastos del sepelio, especialmente si los herederos estaban disgregados», apunta la autora.

 

Foto de familia

Si el difunto era un niño o una persona muy joven, la razón de capturar su imagen para la posteridad tenía más que ver con obtener un recuerdo de su existencia. Por ello, estas imágenes tienen una escenografía más blanca y dulcificada que la de los mayores. En algunos casos, incluso, aparecen junto al bebé fallecido sus padres o sus hermanos, como si se tratase de una foto más del álbum familiar. De hecho, a mediados del siglo XIX, cuando comienza la tradición de la fotografía post mortem, es habitual disimular la muerte con una escenografía que les hiciera pasar por vivos: sentados juntos a otros familiares mirando a cámara, como adormilados en un sillón...
De la Cruz descubrió en 2005 algunas de estas inquietantes instantáneas en un puesto del mercado de Portobello, en Londres. «Los que las vendían a saldo no se habían dado cuenta de que en ellas aparecían difuntos», recuerda. Para el ojo de la autora de «El retrato y la muerte» no pasaron desapercibidas. «Se puede detectar por la posición de las manos, el cuello o los hombros. Están caídos, como un peso muerto y eso no se puede ocultar», apunta.
Años más tarde, los escenarios de estas instantáneas, que preparaban con esmero los familiares del difunto, evolucionan, se hacen más evidentes y ya no pretenden ocultar el deceso. En el caso de los niños se intenta incluso divinizar el momento. Se coloca a los más pequeños en un altar y se les llena de flores y estampas religiosas, como si fueran ángeles.

 

Un trabajo más cotizado

El interés de De la Cruz por estas imágenes llegó de la mano del fotógrafo gallego Virxilio Vieitez. Quería hacerle una antológica para su tesis doctoral y repasando su trabajo descubrió algunas fotos de difuntos. «Me fascinó e inquietó el asunto y quise investigar si otros fotógrafos hacían lo mismo en Galicia y en otras partes de España», relata. Y efectivamente descubrió que otros profesionales como Maximino Reboredo o Francisco Zagala habían realizado este trabajo. «No las hacían por gusto. Eran encargos de los familiares del difunto y era un trabajo más cotizado. Se trataba como una ceremonia más dentro de la comunidad y la familia», explica.
Además, comprobó que estas imágenes no sólo son patrimonio de nuestro país, sino que se realizaron en otros lugares como EE.UU., India o Japón. «Existen en cualquier sitio donde haya una fuerte convicción religiosa. La foto es un medio para solventar ciertas cuestiones traumáticas del duelo», apunta.
Aunque vistas con los ojos del siglo XXI estas fotos pueden resultar macabras, la autora del libro, que cuenta con una colección propia de unos cien ejemplares, considera que no hay que mirarlas como algo «negativo o morboso». «Hay que situarse en esa época y entender las necesidades y la angustia vital del momento», señala.
Lo cierto es que nuestros antepasados tenían una relación más natural con la muerte que nosotros. Las personas fallecían en su casa y allí mismo era donde se velaba el cuerpo. «Antes había más tasas de mortandad y era común tener una o varias pérdidas en la familia, sobre todo en el caso de los niños, pero en el momento en el que empieza a haber medios para alargar la vida, comenzamos a apartar la muerte de nuestras vidas y a verla como un tabú», señala De la Cruz.
En España, la imagen post mortem profesional más reciente con la que la autora se ha topado es de 1980. A partir de ese momento, la fotografía se populariza y las familias tienen ya capacidad económica para adquirir sus propias cámaras. «Probablemente pasaron de hacer el encargo profesional a realizarlas ellos mismos, pero es muy difícil seguir el rastro de esas instantáneas porque la gente no es dada a contar que las ha hecho...», concluye.

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