19.2.12

Luego de la muerte del fotógrafo Sergio Larraín Echeñique (1931-2012)

© Sergio Larraín, Horcones, Chile, 1957. Vía David Arquimbau.

Desde el fallecimiento del destacado fotógrafo chileno Sergio Larraín Echeñique, su trayectoría profesional ha sido destacada en artículos en El País o en La lettre de la photographie. Su vida estuvo marcada por una privilegiada formación como hijo del precursor arquitecto modernista Sergio Larraín García Moreno, luego por el auge y reconocimiento de su trabajo fotográfico para la famosa agencia Magnum, y por su súbito retiro profesional a un pueblo alejado al interior de Ovalle, sin embargo siguió publicando libros y exponiendo en importantes museos como el IVAM de Valencia en 1999.

Desde su muerte muchas preguntas han tratado de encontrar respuestas a los hechos de la vida de Larraín, principalmente en Chile donde era poco conocido.

Una nota reciente que indaga en la vida de Larraín, gracias por el link a Rodrigo Ramos Bañados, vía El Semanal de La Tercera.

Las sombras que dejó Sergio Larraín

En 1978, Sergio Larraín decidió desaparecer en un pueblo escondido al interior de Ovalle. Dejaba atrás una vida glamorosa en la que sus imágenes eran publicadas en revistas como Paris Match y él tenía el privilegio de ser el único chileno de la agencia Magnum. Fue justamente en Tulahuén, perdido en el norte chileno, donde el fotógrafo murió la semana pasada. Fuimos hasta allá. Sus amigos y su hijo reconstituyen la vida y rutinas del artista en estos años. Y muestran, en exclusiva, sus últimas fotos.

Por Andrew Chernín, desde Tulahuén.

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Tulahuén es un poblado de casas de adobe, que suena a rancheras todo el día y donde casi todos se apellidan González. Más que un pueblo, es la comunidad de 1.815 personas que decidieron vivir entre el río Grande del Valle del Limarí y el único camino de alquitrán que cruza los pueblos al sureste de Monte Patria.

Tulahuén es un lugar donde no hay semáforos ni cajeros automáticos ni veredas, en el que la gente gasta los días sentada bajo la sombra del porche, mirando cómo pasan las camionetas y los buses hacia Ova-lle, distante a 80 kilómetros.

A ese lugar, al final del callejón de los guindos, llegó Sergio Larraín en 1978. Y compró las 2,5 hectáreas que vendía Dominga Lomboy, una antigua amiga. La llamada había llegado cuando Sergio aún vivía con Juan José en Viña del Mar y los dos viajaban de Arica hasta Chiloé buscando un lugar donde el ex fotógrafo de Magnum pudiera perderse sin dejar rastro. Porque ese era el objetivo final de Larraín: perderse.

Su padre, recuerda Juan José, quería pasar la última etapa de su vida alejado de la sociedad, el desarrollo y la fastuosidad de la civilización, para revivir los veranos felices que pasaba de niño en el campo de su abuela materna en San Vicente de Tagua Tagua.

Por eso, en cuanto el teléfono sonó donde su vecino en Viña para avisarle que el terreno estaba en venta -él nunca quiso tener teléfono en su casa-, Sergio llevó a Juan José hacia la nueva vida que ambos vivirían.

Ese viaje, donde buscó desprenderse de su pasado como fotógrafo del New York Times, Paris Match y Life, podía entenderse como consecuencia de una serie de sucesos tristes: la muerte de su hermano menor, en la década del 50; el viaje posterior que su familia hizo a Europa, donde Larraín sintió que el mundo de opulencia en que había crecido era falso; su experimentación con el LSD; su paso por el culto de Oscar Ichazo en Arica, durante 1968; y el allanamiento que militares hicieron a una casa que tenía en El Arrayán, después del golpe, cuando Juan José recién cumplía dos meses.

Todo eso llevó a Larraín a convencerse, en 1978, de que su presente no podía estar en las figuras fantasmagóricas o en las sombras saturadas que eran la marca registrada de su estilo fotográfico. Que su vida tenía que encontrarla en la pintura de paisajes, la escritura para resolver el mundo y el yoga en su casa en Tulahuén, que miraba el río y donde no aceptaba muebles, televisión ni música que no fueran las composiciones barrocas de Bach.

Sergio Larraín transformó esa casa, en el callejón de los guindos, en un templo donde pocos tenían el privilegio de entrar. Aunque para Juan José aquel lugar se convirtió en otra cosa: un rincón de adobe del que algún día tendría que arrancar.

La imaginación de Tulahuén se preocupó de inventar cosas que Sergio Larraín no se molestó en explicar. Por el pueblo podían escucharse historias como que el fotógrafo caminaba desnudo por su campo, que tenía una pieza pintada negra y que convivía con una gran serpiente.

Si mitos así corrían, era porque Larraín sólo salía de su casa un par de días a la semana, primero en citroneta, después en bicicleta y finalmente caminando, para hacer lo mismo: dejar las cartas que escribía en la sede de la cooperativa de Tulahuén para que las mandaran a la oficina de correos en Ovalle o para comprar en el almacén Santa Alicia, del matrimonio de Raquel y Arturo Castillo, una lista que no variaba. Pedía cereales, verduras, frutas y nunca, en 32 años, pidió fiado.

Aunque también había días en que regalaba cosas.

Una vez, recuerda Raquel, Sergio llegó con un cuadro al óleo que pintó: un florero lleno de flores amarillas, secándose sobre una mesa al lado de una ventana. La pintura quedó en la casa de Raquel, quien sólo ahora comprendió quién era ese hombre, "sólo ahora nos hemos dado cuenta de la fama que tenía".

La familia Villalobos Cortés, vecina de Larraín, también recibió paisajes al óleo. A ellos, que prefieren no dar sus nombres, sólo les llamaba la atención la vida modesta del hombre con el que sólo intercambiaron saludos y que no hacía nada por cortar los espinos y la maleza que crecían libres en su patio.

Larraín, en la memoria de los tulahueninos, era un hombre que hablaba poco, que alguna vez intentó hacer clases de yoga en la cooperativa y en la escuela básica del pueblo. Sólo que cuando lo intentó, no pudo aguantar las risas que los mantras y las posiciones extrañas les producían a los vecinos.

Por eso eligió formas silenciosas de ayudar al pueblo que él esperaba que nunca se desarrollara ni dejara el anonimato: todos los meses, cuenta María Narea, de la cooperativa de Tulahuén, donaba $ 5.000 para que se regara la plaza.

Y cuando llegó, les abrió una cuenta corriente en Ovalle, con 15 mil pesos de la época, a 10 personas de escasos recursos de Tulahuén. El compromiso era que ahorraran para poder mantener un huerto y vivir una vida autárquica y sustentable, lejos del consumo o del capitalismo.

-También nos regalaba unos libritos -dice María Narea-. Los hacía él, eran bien divertidos. Déjeme ir a buscar uno para mostrárselo.

Lo que María trae es un libro pequeño, como de bolsillo, publicado en agosto de 2008, en una edición propia y autofinanciada de mil ejemplares, donde Larraín incluyó textos fragmentados en máquina de escribir, mezclados con dibujos, donde explicaba cómo plantar un manzano; citaba a Buda y decía que "no hay más salida que la sana".

-Son como locos- dice María.

El profesor Daniel Valenzuela recuerda el día que salió con su hijo hacia el río Grande y se encontró con un tipo delgado, que pintaba paisajes al lado de un niño y que, sin haberlo visto antes, le dijo que estaba "hastiado de la sociedad y que había venido aquí a descansar".

Valenzuela era un cristiano adventista que había llegado a hacerse cargo de la escuela básica. Quizás por eso Larraín aceptó hacerlo parte de su mundo y sus teorías, que incluían pensamientos como que había que reducir la tasa de natalidad: controlarla con asistentes sociales, para que no nacieran niños que no fueran producto del amor.

Larraín, en confianza, también decía cosas como que los países no deberían ser liderados por políticos, sino por grupos interdisciplinarios, que incluyeran desde científicos hasta obreros.

-Para Sergio, la antigüedad era poder, sabiduría -dice Valenzuela-. Entonces, yo le decía que leyera la Biblia, que es el libro más antiguo y donde está toda la sabiduría. Y él me contestaba "puede ser, pero hay libros más antiguos".

En esos ratos que compartieron en la casa de Larraín, sentados en colchones frente a una pequeña estatua de Buda, o caminando por el patio, Daniel entendió por qué su amigo estaba decepcionado de la religión, la política y por qué incluso se oponía a que llegaran autos a Tulahuén.

-Una vez me contó cuando lo mandaron a fotografiar el matrimonio del Sha de Irán. Me dijo "te mueres la fastuosidad, los excesos de la boda. Y después tener que volver a París, que era más pompa aún. Todo eso es falso. Esta es la felicidad".

Después, Larraín agarró un damasco de un árbol y se lo mostró a Valenzuela. "Este es el Edén", le dijo.

[... continua]

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