Vía El Mundo - domingo 28.08.11
El cuento es viejo: la inundación había alcanzado la casa y la orden era evacuar, pero el huaso Contreras no quería hacerlo. Cuando el agua le llegaba a las rodillas vino una camioneta a buscarlo. El huaso Contreras dijo que no se iba. Se quedaría en su casa, él confiaba en Dios y Dios lo salvaría. La lluvia era incesante, los ríos desbordaron y el agua anegó completamente la planta baja. El huaso Contreras, asomado a la ventana del segundo piso, vio que una lancha llegaba a salvarlo. Sin inmutarse, les mostró un papelito que decía que estaba bien, que seguía confiando en Dios y Dios sabría cómo salvarlo. Cuando el agua sobrepasó todo lo esperado, el huaso Contreras tuvo que encaramarse a la parte más alta del techo. Lo único que llevaba consigo era la alcancía con los ahorros de toda su vida, un chanchito de greda al que había bautizado como Chauchito. Cuando apareció el helicóptero a rescatarlo y le tiraron una soga y le dijeron por altoparlante que se agarrara de ella, él dijo que no, que aún confiaba en el poder del Omnipotente. El huaso Contreras murió ahogado, murió con Chauchito fuertemente agarrado bajo el brazo. El huaso llegó al cielo hecho una furia. Cómo era posible que Dios, en el que había depositado toda su fe, no hubiera hecho algo para salvarlo. Entonces, como un trueno, se oyó una voz en todo el ámbito del cielo: Huaso porfiado, te mandé una camioneta, una lancha y un helicóptero.
Sebastián Piñera, que diariamente pide a Dios pasar a la historia como el mejor presidente de Chile, al ver que el rechazo a su gobierno –según las encuestas– ya le llega al cuello, entra en la Catedral Metropolitana despotricando que cómo era posible que El, su Dios a quien adoraba puntualmente en cada Semana Santa, no le diera una manito para cumplir su sueño. Entonces, como un trueno, en la acústica de la catedral de piedra se oye retumbar una voz: Enano porfiado, te mandé un terremoto, 33 mineros y miles de estudiantes. Con el terremoto hubieras pasado a la historia reconstruyendo el país con rapidez, eficiencia y compasión, pero pusiste a cargo a una parva de inútiles aprovechados y aún los pobres damnificados están durmiendo bajo la lluvia; con los 33 hubieras hecho historia haciendo los cambios necesarios en la legislación laboral –perpetrada por tu hermano José–, pero te conformaste con pasearte por el mundo regalando piedras y mostrando el famoso papelito; y ahora, con los miles de estudiantes que te he mandado a la calle –verdadero tsunami de color y juventud–, podrías dejar tu nombre inscripto con letras de oro no sólo en la historia de Chile sino de Latinoamérica entera, instaurando una educación de calidad y gratuita para todos (si hasta yo entiendo que la educación es un derecho y no un bien de consumo). O aprovechas esta última oportunidad o te quedas arrinconado en La Moneda como un pordiosero avariento, haciendo oídos sordos a la lluvia de gritos y cánticos y demandas de los jóvenes, ahogándote sin pena ni gloria y con Lucrito apretado tenazmente bajo el brazo.
* Escritor chileno. Su última novela es El escritor de epitafios.
Por Claudio Galeno-Ibaceta sobre la interacción del arte con la arquitectura, desde Antofagasta y el Norte Grande de Chile. By Claudio Galeno-Ibaceta about the interaction between art and architecture, from Antofagasta and the Large North of Chile.
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31.8.11
14.10.10
Treinta y tres cruces que no fueron, por HERNÁN RIVERA LETELIER para El País, 14.10.2010

Vía El País
Cinco de agosto de 2010. Mina San José. Desierto de Atacama. Treinta y tres mineros atrapados a 700 metros bajo tierra.
Primero fueron las carpas solitarias de los familiares. Llegaron a la mina con banderas, con santitos, con velas de duelo, con fotografías de los padres, de los esposos, de los hermanos, de los hijos enterrados allá abajo. Mientras comenzaba el rescate allí se quedaron, día y noche, rezando, llorando, blasfemando, exigiendo justicia, soportando el viento y el tierral inclemente, el calor durante el día y el frío atigrado de la noche. Y cuando todo hacía suponer que el drama terminaría como siempre, que allí, sobre la mina convertida en fosa común, iban a aflorar 33 cruces de animitas, iguales a las cientos que se alzan a lo largo del desierto chileno, sube desde las profundidades el mensaje que estremece a todos: los hombres están vivos.
Fue el comienzo de un espectáculo de espejismo. Como en un desfile de feria comenzó a llegar una muchedumbre que alborotó la tranquilidad del desierto: payasos de semáforos, predicadores evangélicos, actrices de telenovelas, millonarios excéntricos repartiendo millones como embelecos, modelos, humoristas, políticos, presentadores de televisión y miles de periodistas de los más lejanos países del mundo. Y de la noche a la mañana, en medio de un gran desorden y confusión de lenguas, apareció un pueblo de Babel que en su momento de apogeo tuvo una población de más de 3.000 personas.
La historia del desierto de Atacama está coronada de tragedias (como una larga muralla coronada de vidrios rotos). Huelgas interminables, marchas de hambre, accidentes fatales, mineros ametrallados y cañoneados a mansalva en masacres inconcebibles. Todo esto a causa de una larga data de injusticias laborales, sociales y morales en contra del minero, injusticias que, pese a los años y a ríos de promesas políticas, se han conservado inalterables, como agrias momias atacameñas. Se dice Desierto de Atacama y se entiende drama, explotación y muerte. Por eso ya era hora de que se viviera una epopeya con final feliz. Ya era hora de que la tierra, regada tanto tiempo por la sangre, el sudor y las lágrimas de los mineros, devolviera verdores desde su vientre, devolviera frutos de vida. Aquí sangre, sudor y lágrimas no es una frase vulgar. Yo, que viví 45 años en este desierto, que trabajé en las minas a rajo abierto -solo dos veces y por muy corto tiempo lo hice en minas subterráneas-, lo puedo decir fehacientemente: el desierto de Atacama está regado de sangre, sudor y lágrimas.
El rescate de los 33 mineros de Copiapó, además de un triunfo de la tecnología, se alza desde este desierto como una lección de vida para la humanidad entera. Una prueba de que cuando los hombres se unen a favor de la vida, cuando ofrecen conocimiento y esfuerzo al servicio de la vida, la vida responde con más vida. Aquí no se trabajó buscando oro o petróleo o diamantes. Lo que se buscaba era vida. Y brotó vida, 33 chorros inmensos. Y a los estallidos de aplausos y abrazos y risas mojadas de lágrimas de la muchedumbre en la mina, y del júbilo de campanas y sirenas de las ciudades del país, se sumó la alegría emocionada del mundo entero. Éramos todos seres humanos conmovidos hasta los tuétanos.
Porque a medida que cada uno de los mineros iba subiendo, saliendo, renaciendo desde las entrañas de la tierra, cada uno de nosotros lo sentía como emergiendo desde el fondo de su propio pecho. Fue la celebración total de la vida.
Ya lo he dicho: el desierto está poblado de cruces, testimonios mudos de muerte y desolación. Hagamos por lo tanto de este lugar un homenaje a la vida. No construyamos otro monolito, que son superfluos; no levantemos un monumento, que hay demasiados; no erijamos un santuario, que ya hay los suficientes. Echemos a volar la imaginación y creemos algo nuevo, algo que manifieste a toda la raza humana.
Yo propongo un Elogio de la vida.
Un mensaje para los 33: que les sea leve el alud de luces, cámaras y flashes que se les viene encima. Es cierto que sobrevivieron a esa larga temporada en el infierno, pero al fin y al cabo era un infierno conocido para ellos. Lo que se les viene ahora, compañeros, es un infierno completamente inexplorado por ustedes: el infierno del espectáculo, el alienante infierno de los sets de televisión. Una sola cosa les digo, paisitas, aférrense a su familia, no la suelten, no la pierdan de vista, no la malogren, aférrense como se aferraron a la cápsula que los sacó del hoyo.
Es la única manera de sobrevivir a ese aluvión mediático que se les viene encima. Se los dice un minero que algo sabe de esta vaina.
Para terminar, una oración por ustedes, una oración del poeta iquiqueño Jaime Ceballos, síntesis exacta de lo que acabo de decir:
Oración 33
Señor, tú que sabes / De milagros y esperanzas / No los abandones./ En esta hora del secuestro / Rescátalos de sus rescatadores / No los abandones. / Baja tú antes que los medios / Infórmales antes que sea tarde / No los abandones. / Sácalos de los sets de televisión / Apártalos de las luces que enceguecen / No los abandones. / Tú sabes que entre cámaras y flashes / Ya destruyeron la Tragedia. / Pero a ellos, no los abandones.
Hernán Rivera Letelier, escritor chileno, fue premio Alfaguara de Novela 2010 con El arte de la resurrección.
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