30.5.26

Los personajes del patrimonio: arquetipos ciudadanos en torno a la declaratoria del Casino del Balneario de Antofagasta

Entrevista a Claudio Galeno. Suplemento Inmobiliario de El Mercurio de Antofagasta, 28 de mayo de 2011.
 

En 2011 escribí que frente al patrimonio era posible distinguir cuatro figuras: el culto, el romántico, el desarraigado y el incrédulo. Quince años después, a propósito de la declaratoria como Monumento Histórico del antiguo Casino del Balneario de Antofagasta, los comentarios en redes sociales muestran que el elenco se ha ampliado. Los viejos personajes siguen allí, pero ahora aparecen otros nuevos, hijos de las redes sociales, de la desconfianza institucional y de la frustración acumulada frente al deterioro urbano.

La reciente declaratoria generó una inusual cantidad de reacciones. Más allá de los argumentos sobre la arquitectura del edificio o su valor histórico, los comentarios permiten observar un fenómeno más amplio: la existencia de distintos personajes que aparecen una y otra vez en los debates patrimoniales. Esta breve taxonomía no pretende clasificar personas reales, sino identificar arquetipos discursivos que emergen cada vez que el patrimonio entra en controversia.

El Demoledor
Reconoce los problemas con admirable rapidez: si un edificio está deteriorado, debe demolerse. No cree en restauraciones, rehabilitaciones ni segundas oportunidades. La ruina es para él una sentencia definitiva.
Su frase favorita es: “Boten esa cuestión y hagan algo nuevo”.
Para el Demoledor, el deterioro invalida cualquier valor histórico, arquitectónico o simbólico. Lo que ve no es una obra, sino un problema.

El Dubaísta
Mira cada terreno vacío o deteriorado como una oportunidad perdida. Sueña con paseos comerciales, restaurantes panorámicos, marinas, torres y equipamientos de última generación. No necesariamente desprecia el patrimonio; simplemente cree que el futuro siempre vale más que el pasado.
Su frase favorita es: “Le están quitando potencial al sector”.
La ciudad ideal del Dubaísta nunca está terminada. Siempre puede ser más moderna, más rentable y más espectacular.

El Futurista
Se parece al Dubaísta, pero su preocupación es menos inmobiliaria y más ideológica. Considera que la sociedad debe dejar atrás las cargas del pasado y concentrarse en construir el porvenir.
Su frase favorita es: “Hay que dejar de vivir del pasado”.
Para él, la conservación patrimonial representa una resistencia al cambio y una dificultad para proyectar el futuro.

El Incrédulo
No discute la historia, sino la categoría. No entiende por qué ese edificio, y no otro, merece ser patrimonio. En su imaginario, los monumentos deberían ser espectaculares, antiguos o excepcionalmente bellos. La arquitectura moderna suele desconcertarlo.
Su pregunta favorita es: “¿Qué tiene de patrimonial?”.
El Incrédulo no rechaza necesariamente el patrimonio. Lo que rechaza es que ciertos objetos sean considerados patrimoniales.

El Fatalista
Ha visto demasiados edificios abandonados. Está convencido de que toda declaratoria termina igual: cierres perimetrales, trámites eternos y estructuras vacías.
Su frase favorita es: “Ahora va a quedar botado para siempre”.
No combate el patrimonio; combate la esperanza.

El Antiburocrático
No necesariamente está en contra de conservar edificios, pero desconfía profundamente de las instituciones encargadas de hacerlo.
Su frase favorita es: “Puras trabas”.
El problema no es el inmueble. El problema es el Consejo, los permisos, los procedimientos y la lentitud administrativa.

El Sanitarista
No le interesan demasiado las discusiones históricas o arquitectónicas. Le preocupan los ratones, las palomas, la basura, la delincuencia y la inseguridad.
Su frase favorita es: “Eso es un foco de insalubridad”.
Mientras otros discuten memoria e identidad, él observa problemas concretos que afectan la vida cotidiana.

El Utilitarista
Evalúa la ciudad según el uso que puede obtenerse de ella. No pregunta qué representa un edificio, sino para qué sirve.
Su frase favorita es: “Ese espacio podría tener un mejor uso”.
Un gimnasio, un restaurante, un centro cultural o un paseo comercial suelen parecerle opciones más razonables que conservar una estructura deteriorada.

El Nostálgico
No recuerda el edificio; recuerda su vida dentro del edificio.
Sus argumentos son afectivos más que patrimoniales. Una fiesta, una tarde de verano, una fotografía familiar o una discoteca desaparecida pueden pesar más que cualquier informe técnico.
Su frase favorita es: “Ahí pasé los mejores años”.

El Identitario
Considera que el verdadero problema no es el edificio, sino la pérdida progresiva de referencias comunes.
Defiende el patrimonio porque lo entiende como una defensa de la identidad local.
Su frase favorita es: “Por eso Antofagasta está perdiendo su identidad”.
Para él, cada demolición implica también la desaparición de una parte de la memoria colectiva.

El Conspirativo
Nunca cree en las explicaciones oficiales. Si alguien promueve una declaratoria patrimonial, debe existir un interés oculto. Si alguien quiere demoler, también.
Su pregunta favorita es: “¿Qué gana con esto?”.
Para el Conspirativo, toda controversia urbana esconde una agenda que no ha sido revelada.

El Participacionista
No siempre tiene una posición definida sobre el edificio. Su preocupación principal es quién tomó la decisión y con qué legitimidad.
Su frase favorita es: “Eso debería consultarse a la ciudadanía”.
La discusión patrimonial es para él una discusión sobre participación democrática.

El Balconista
Observa la ciudad desde la distancia. Comenta, critica y exige, pero rara vez participa. Considera que los problemas urbanos deberían ser resueltos por otros, mientras él evalúa los resultados desde la comodidad de la tribuna.
Su frase favorita es:
"Alguien debería hacer algo."
El Balconista suele desconocer el trabajo silencioso detrás de las iniciativas patrimoniales: investigaciones, expedientes, organizaciones ciudadanas, reuniones, postulaciones y años de gestión. Su papel consiste en exigir resultados, no en producirlos.

El Rescatista
Es una figura optimista. Reconoce el deterioro del edificio, pero considera que precisamente por ello debe recuperarse.
Su frase favorita es: “Todavía se puede salvar”.
No ve una ruina; ve una oportunidad de restauración.

El Patrimonialista
Es una especie cada vez más rara. Habla de historia urbana, memoria colectiva, autores, contexto cultural y valor arquitectónico.
Su frase favorita es: “La ciudad también se construye con memoria”.
Suele ser acusado de vivir en el pasado, aunque paradójicamente muchas veces es el único que ha investigado aquello que intenta defender.

Epílogo

Ninguno de estos personajes existe en estado puro. Muchas veces conviven varios dentro de una misma persona. El mismo ciudadano puede ser demoledor frente a un edificio, nostálgico frente a otro y fatalista frente a un tercero. Sin embargo, cada controversia patrimonial parece convocarlos nuevamente, como si se tratara de un elenco permanente que espera la próxima demolición, restauración o declaratoria para volver a entrar en escena.

Lo más llamativo es que, en estas discusiones, rara vez se habla exclusivamente de patrimonio. Detrás de cada comentario aparecen cuestiones más profundas: la confianza en las instituciones, la experiencia cotidiana de la ciudad, las expectativas de desarrollo, la relación con la memoria y las distintas ideas sobre el futuro. Quizás por eso los debates patrimoniales suelen ser tan intensos. Cuando se discute patrimonio, en realidad se está discutiendo qué ciudad queremos conservar, transformar o imaginar.

Existe además una figura transversal que atraviesa a varios de estos personajes: el Iconoclasta. A diferencia de los demás, no ocupa una posición específica frente al patrimonio. Su papel consiste en cuestionar las certezas de todos los bandos. Pregunta por qué algo merece conservarse, quién define su valor y qué intereses participan en esa definición. Puede resultar incómodo, pero cumple una función indispensable: recordar que el patrimonio no es una verdad natural ni un consenso permanente, sino una construcción cultural que debe ser constantemente discutida.

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