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5.8.17

Giovanni Boldini en Chile: seductor de la Belle époque

Vía Caras.



Por Alfredo Lopez | 12 August 2013

El reciente [2010] hallazgo en París de uno de sus cuadros más importantes trajo de vuelta a este pintor italiano que, en el siglo pasado, pintó a las más lindas y aristocráticas del país, entre ellas Margot Mackenna, Olivia de Fontecilla, Patricia López Huici y Emiliana Concha, su gran amor.

Nadie había puesto un pie en ese departamento desde hacia más de siete décadas. En pleno Pigalle y a unas cuadras del Teatro de L’ópera —un barrio que fue testigo privilegiado de los locos años 20 en París—, tuvieron que derribar una vetusta puerta para entrar a un espacio que parecía una cápsula del tiempo: muebles de autor, sillas aterciopeladas, cortinas con borlas y pasamanería, animales exóticos disecados bajo antiguas técnicas taxidermistas. Todo en la penumbra y cubierto de polvo.

En el centro, una tela enorme con la figura de una mujer sonriendo, ataviada de plumas y vestido de muselina roja. Después de varios peritajes de expertos en arte del siglo pasado se llegó a la gran verdad. Esa mujer era Marthe de Florian, una actriz y cantante francesa que llenaba teatros y que era la gran musa de una época agitada entre sorbos de pastis y absenta.

La firma del retrato era aún más misteriosa y, después de varios análisis, se confirmó recién en 2010 lo que muchos ya imaginaban. La obra era de Giovanni Boldini: el gran retratista de la aristocracia europea; el mismo que tantas veces mencionó Cecil Beaton como ‘un ángel extinto del buen gusto’; el pintor que volvió locas a las chilenas más distinguidas de ese siglo, las que cruzaban en barco el Atlántico para ser inmortalizadas por el “Degas de los salones de alcurnia”.

Con Boldini, el chic se puso de moda. Con él se acababa el reinado de Monvoisin, que décadas antes se impuso en los circuitos nacionales con esas imágenes de señoras de Valparaíso y Santiago alhajadas en extremo, casi siempre vestidas de negro y rosa; con sus caras redondas como sinónimo de buena salud y abundancia.

La apuesta del italiano era completamente distinta: retratos de señoras larguiruchas, en actitudes provocadoras y, sobre todo, con movimiento. En la jerga de la época, todas coincidían que solo él era capaz de lograr que ellas aparecieran pintadas como si hubiera un vidrio translúcido por medio. Boldini sabía interpretar la elegancia femenina y parecía ir a la par con el emergente gusto de entonces por las sastrerías y las modistas de alto vuelo. Las poses eran ambiguas, siempre en tertulias, salones y teatros. En suma, vida de palacio, de baile y con una nueva mujer: fuerte y coqueta al mismo tiempo.

El retrato de Marthe de Florian, que tuvo una partida de subasta de 300.000 euros para llegar a los 2.100.000, convirtiéndose así en la obra más cara del artista, pertenecía a la hija de la actriz. Una mujer sola que, antes de la Segunda Guerra Mundial, fue a vivir al sur de Francia. Sin embargo, siguió pagando el alquiler del departamento como si se tratara de una bodega que no quería volver a abrir y que por fortuna no alcanzó a ser saqueada por los nazis.

Mientras buscaban datos adicionales, encontraron otras cosas: una nota de amor escrita por Boldini y dirigida a Marthe, además de una referencia biográfica que indicaba que el cuadro había sido pintado en 1898, cuando la actriz tenía 24 años. Esos vestigios confirmaron la absoluta autenticidad de la obra. En París todos los entendidos en antigüedades sabían que en ese departamento había mucho más que un par de reliquias. Pero nadie de la casa de subastas Olivier Choppin Janvry sospechó que además estaba esta obra del pintor italiano. “Fue un momento mágico”, dijo Marc Ottavi, uno de los expertos de arte más fiables de Francia.

Nacido en Ferrara en 1842, Boldini se estableció en París a partir de 1871, donde consolidó su carrera. Cuando murió, el mayor reto para su familia fue catalogar y localizar su obra, que estaba esparcida en distintas partes del mundo, igual que sus conquistas: todas mujeres acostumbrada al bon vivre. Se inició en la pintura en el estudio de su padre, después continuó en la academia de Florencia y en 1867 se marchó a París y a Londres, donde tuvo la protección y confianza de la duquesa de Westminster, otra de sus amantes.

Cuando en 1900 retornó a París, era toda una figura e hizo los retratos de Giuseppe Verdi, el conde Robert de Montesquieu, la marquesa Casati (1909), el conde Sforza y Madame Edward y sus hijos. Su fama era tan grande que incluso otros pintores dejaban que los retratara como si fuese una bendición: Toulouse Lautrec, John S. Sargent y Edgar Degas, quien se convirtió después en su gran amigo.

Aunque existen pocos datos biográficos, crónicas de la época muestran a un Boldini atraído por la aristocracia y la alta burguesía europea. ¿Su sello como artista? Ser el testigo de la Belle époque, donde, además de ser un respetado retratista, era un seductor entre damas influyentes.

Su romance con la marquesa Casati fue una noticia que recorrió toda Europa. La excéntrica y millonaria heredera italiana simbolizaba la modernidad y el desparpajo de una época. Hablaba abiertamente de su bisexualidad y, en su residencia veneciana, el Palazzo Venier dei Leoni (hoy más conocido como la casa que contiene la colección de Peggy Guggenheim), vivía rodeada de animales. Siempre vestida de alta costura, con joyas excéntricas, en fiestas interminables, le gustaba que sus sirvientes anduvieran semidesnudos en su casa y ojalá llevando serpientes como collares. Paseaba por las calles con dos guepardos jóvenes que la seguían como si fueran perros adiestrados y a su casa llegaban figuras como Jean Cocteau, Cecil Beaton, Jack Kerouac, Picasso y Man Ray.

Cuando en el 2007 vino a Chile el famoso crítico de arte Romolo Trebbi, fue tajante. Después de revisar casi sesenta obras italianas que aún están en poder del Museo Nacional de Bellas Artes, llegó a la conclusión de que entre los cuadros más destacados estaba una obra de Boldini, específicamente el retrato de Federico Guillermo Schwager. Inmediatamente dijo: “Este pintor fue el más famoso en París y Londres entre la aristocracia de fines del 1800. Este cuadro del minero (Schwager) es interesante porque muestra al personaje en su forma más elegante. Está hecho en pasteles sobre tela y entra en la profundidad del rostro, como una forma de llegar al ego del minero, la figura esbelta, alta, de capa”.

Otras chilenas que viajaron a París para ser inmortalizadas por Boldini, fueron Patricia López Huici, Elena Concha de Irarrázabal, Josefina de Alvear de Errázuriz y Margot Mackenna de Edwards, quien en una tela fechada en 1922 aparece como una mamá moderna y cinematográfica, con hijos y guacamayos como exóticas mascotas. Capítulo aparte para Olivia de Santiago Concha Valdés de Fontecilla, otra chilena que fue su musa y cuyo retrato es actualmente la portada del catálogo de la reciente exposición del artista en el Palacio Pitti de Florencia. Hasta hoy, Mariano Fontecilla, hijo de la mujer retratada, no puede creer que su madre fuera otra de las musas de Boldini y que su cuadro La señora en rosa sea considerado una de las piezas más potentes del legado del italiano.

Pero, ¿habrá sido la chilena Emiliana Concha de Ossa, su gran amor? Más de una vez el pintor dijo a su círculo que se sentía atraido por la ‘gracia y sencillez’ de la hija del gran viñatero Melchor de Concha y Toro y de doña Emiliana Subercaseaux. Cuando la pintó, por primera vez, mientras ella vivía en París, como la mayoría de los chilenos acomodados de la época, se propuso dibujarla una y otra vez. Fue con el retrato donde Emiliana aparece con abanico de plumas, que el pintor obtuvo la medalla de oro en la exposición universal de 1889: un premio que lo confirmó como el mejor de su tiempo. Hasta la fecha, se han catalogado seis óleos y decenas de bocetos con la figura de la misma mujer.

Emiliana, de rasgos fuertes, pero de salud débil, murió en un sanatorio de Laussane, en Suiza, en 1905. El artista desconsolado, atesoró el retrato y lo puso enfrente de su cama. Nunca más lo sacó de ahí. Treinta años después, se despidió para siempre contemplando la imagen de la chilena, hablándole como si aún estuviera viva.

Los retratos más cotizados de la ‘belle époque’

Vía El País.

Pintar a hombres y mujeres poderosos se erigió a finales del siglo XIX como uno de los más lucrativos negocios de la historia del arte

Por Miguel Ángel García Vega


Boldini Giovanni, Giovinetta Errazuriz

Cuando el siglo XIX se orillaba hacia su final, un grupo de pintores que vivió en esa bisagra del tiempo logró transformar el retrato en una de las empresas artísticas más rentables de la historia del arte. Giovanni Boldini (1842-1931), Abbott Whistler (1834-1903), Jacques-Émile Blanche (1861-1942), Antonio de la Gándara (1861-1917), Joaquín Sorolla (1863-1923) y, sobre todo, el estadounidense John Singer Sargent (1856-1925) entendieron que el fin de siècle agonizaba con una promesa de fama y dinero. Descubrieron que podían hacer fortuna sentando frente al caballete a la antigua aristocracia británica y a la nueva burguesía industrial y financiera que emergía en Estados Unidos y Europa. Un agujero de gusano hacia el triunfo.

Singer Sargent ocupó el centro de la polémica con solo 28 años cuando envió al Salón de París de 1884 Retrato de Madame X, obra que no fue un encargo, que plasma a la esposa del banquero parisiense Pierre Gautreau, una de las bellezas de la época. El pintor la mostró de pie, con uno de los tirantes del vestido caído que tras las críticas acabó repintando. La piel plateada y figura desprenden la sexualidad de un greco profano. Inaceptable para la mirada burguesa.

Mucho antes de que Damien Hirst, Dalí o Jeff Koons utilizasen el escándalo como cebo para vender, estos artistas aprendieron a transformar el ruido en dinero. Incluso el escritor Émile Zola percibió esta estrategia como un atajo hacia la fama para “quien es un niño en edad impaciente”.

La historia de Giovanni Boldini recorre los límites de esa frase. Su modelo Concha Errázuriz, hija de la acaudalada familia chilena Subercaseaux, es una cría cuando posa para él en 1892. La exhibe como una lolita de la belle époque . Pinta los encajes de la falda y la carne del muslo. El Retrato de la joven Errázuriz dibuja otra provocación.

Pero ni la estrategia de la algarada, ni el ansia de prestigio social de sus modelos justifica el éxito de un grupo de retratistas tan heterodoxo. Tuvieron la fortuna de “construir sus carreras dentro de un sistema del arte que en aquellos años estaba evolucionando de una estructura estatal a otra internacional de galerías privadas, sociedades artísticas y grandes exposiciones mundiales”, reflexiona en el prólogo de Retratos de la Belle Époque (El Viso), Barbara Guidi, conservadora jefe de la Galería de Arte Moderno y Contemporáneo de Ferrara. El arte ensayaba las señas de identidad del siglo XX y los periódicos contaban la vida de Sorolla, Sargent y Boldini con el escrutinio que hoy se dedica a los deportistas.

Sin embargo, ninguno tuvo una aceptación comercial como la de Sargent. En 1906 el Estado británico paga 1.260 guineas por su Retrato de Ellen Terry como Lady Macbeth, una cantidad elevada para el que ya era uno de los artistas más cotizados de la época. Hay que pensar que tan solo un año antes, en 1905, Retrato del príncipe Baltasar Carlos, concebido por Velázquez, se remata en 1.570 guineas.

El pintor estadounidense está en el apogeo de su carrera y en los Salones se comenta que es el retratista más caro del mundo. “No es verdad. Sus precios eran comparables a los de Sorolla, Boldini, Fildes o Collier”, aclara Richard Ormond, sobrino-biznieto del pintor y quizá la voz más autorizada sobre el artista. En la década de 1900 cobraba 2.000 guineas por un retrato de cuerpo entero, 100 libras por un dibujo y 50 libras por las acuarelas, que rara vez vendía a particulares. ¿Mucho? Boldini pedía hasta 30.000 guineas por sus retratos, Sorolla vende María vestida de labradora valenciana (una imagen de su hija) por 10.000 francos y Whistler tasa en 2.500 libras una tela del duque de Marlborough. Este último tiene unos precios que “no eran tan exagerados como los de Boldini o Sargent”, admite Grischka Petri, especialista en el pintor.

Sargent entiende muy pronto la lucrativa aritmética de retratar a hombres poderosos y mujeres bellas. Nacido en Florencia, en una familia adinerada que vive en Europa desde 1854, ejemplifica la esencia del expatriado. Viaja incesantemente: Roma, Venecia, Suiza. Aprende el oficio en el taller parisiense de Carolus-Duran (1837-1917) y allí absorbe a Velázquez como la tierra seca el agua. Visita el Prado en 1879 y copia 10 de sus cuadros. No cesa de viajar: Ronda, Granada, Sevilla, Marruecos. Nunca abandonó ese hábito. Ni siquiera cuando en 1886 —tras el escándalo de Madame X— traslada su estudio a Londres en busca de clientes. El pintor avanza el desarraigo que provocarán las dos grandes guerras. Es italiano de nacimiento, estadounidense de nacionalidad, francés de formación y británico de residencia. Habla cuatro idiomas y su orientación sexual resulta un misterio. Pero transforma su paleta en una máquina. Entre 1900 y 1907 produce 130 retratos. Mientras, la crítica le espera en la esquina. “Podría haber sido Degas o Lautrec, pero se dedicó a repetir fórmulas trilladas y como consecuencia de su comercialismo estaba agotado a los 30 años”, escribió el crítico Clive Bell cuando falleció Sargent en 1925.

Esta es la idea que quieren desmontar las 80 acuarelas que la Dulwich Picture Gallery de Londres exhibe hasta el próximo 8 de octubre. Sargent: The Watercolours es una reconciliación con el artista. La muestra propone visitar su trabajo menos comercial. Obras sobre papel que prefirió no vender. Una luminosidad líquida que capta las canteras de mármol en Carrara o los gondoleros de Venecia. La propuesta más avanzada de un pintor reaccionario que rechazó a Picasso y Braque. “Ahora es fácil criticarle. Pero en aquellos años la mayoría pensaba que los cubistas o los fauves eran unos chalados”, justifica Richard Ormond.

La llegada de esas vanguardias cambió la industria del retrato. El siglo XX se deslizó hacia el fin de las categorías artísticas y “durante nuestro tiempo el creador se libera de los encargos”, apunta João Fernandes, subdirector del Museo Reina Sofía. Ni Picasso ni Freud eran propensos a aceptarlos. La editora y galerista Elena Foster fue amiga del pintor británico. “Lucian retrataba a la gente que amaba, admiraba o le divertía”, recuerda. Y toda la vida del genio cubista habita en sus retratos. “Pero apenas nadie posaba para él fuera de su círculo familiar”, explica la conservadora Carmen Giménez. El retrato recupera su dimensión íntima, pierde su imagen idealizada y se convierte en un arma. “Picasso comienza a pintar a Olga Khokhlova [su primera esposa] como una mujer bella, pero a medida que la relación se deteriora termina siendo un monstruo”, apunta Giménez.

Hoy, pocos artistas esenciales admiten encargos. David Hockney, Thomas Struth (fotógrafo), Alex Katz, Luc Tuymans o Elizabeth Peyton aceptan si la propuesta viene de sus coleccionistas, amigos o de ciertas instituciones. Y mientras eso ocurre en las autopistas del arte, en sus carreteras secundarias un grupo de irreductibles aún reivindica la belle époque. Uno de sus miembros es ­Ralph Heimans. El único artista escogido para retratar a la reina Isabel II por su jubileo de diamantes. Su pintura es un georges de la tour incendiado. Luz, colores saturados y unos precios que oscilan entre 83.000 y 278.000 euros. Trabaja como en tiempos de Sargent. Sus modelos posan durante varias sesiones, envía bocetos para su aprobación y viaja a las lujosas casas de sus clientes para encontrar la localización perfecta. “El mercado para mis retratos es muy exclusivo”, defiende Heimans. Cenizas de un mundo que se niega a desaparecer.