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3.7.18

[En 1926] filman [la] película "Bajo dos banderas" en las calles de Antofagasta

Vía El Mercurio de Antofagasta.

Por Isidro Morales Castillo.



Inusitado interés provocó entre los antofagastinos la filmación de una película, la primera en la ciudad, con locaciones en las calles céntricas. Corría 1926 y con la dirección de Arnulfo Valck y Alberto Santana, comenzaba el rodaje de la cinta denominada "Bajo dos banderas", que tenía como protagonistas p1incipales al actor y periodista Edmundo Fuenzalida (hijo del dueño del diario "El Industrial") y la actriz Mercedes Olivares.

Santana y Fuenzalida organizaron un concurso para completar el elenco. Estas personas fueron sometidas a pruebas de cámara para detectar sus condiciones actorales y luego estas filmaciones fueron vistas por un jurado integrado por "periodistas y cinematografistas".

Decenas de curiosos miraban "desde la distancia la filmación de las escenas en las calles, llamando la atención el desplazamiento de los actores y el equipamiento de los productores". Una nota de "El Mercurio", explicaba que la simple observación de la filmación de las escenas permitía deducir que la película tenía "gran fuerza emocional y, principalmente, numerosos y emocionantes pasajes de aventura al estilo de las cintas norteamericanas". Las escenas de las distintas películas fueron filmadas en calles y paseos, edificios públicos, casas comerciales, bancos, fábricas, industrias, clubes sociales, entre otros lugares.

De acuerdo a datos de la Dirección General de Estadísticas, la comuna de Antofagasta, considerando todos sus distritos, alcanzaba una población que apenas superaba las 50 mil personas. Según antecedentes del censo de 1920 la Perla del Norte tenía 51.531 habitantes y en el registro de 1930, 53.591; o sea, en 10 años sólo aumentó en 2.060. En ese periodo numerosas oficinas salitreras cesaron su funcionamiento, preámbulo de la gran crisis de los años 30.

Antofagasca, según algunos expertos, fue conocido como el Hollywood de Sudamérica. Su desarrollo cinematográfico está registrado en las páginas de los diarios locales, especialmente" El Mercurio",material que sirvió de base a estudios efectuados por la fallecida Dama del Ancla (2004) y destacada cineasta Adriana Zuanic Donoso. Se trata del proyecto titulado "Documental cinematográfico del cine mudo de Antofagasta de los años 20". En 2008, publicó junto a Eliana Jara y Hans Mülchi, el libro "Antofagasta de película: Historia de los orígenes de un cine regional".

Entre 1926 y 1928 se filmaron ocho películas argumentales además de numerosos documentales relacionados con la realidad regional y de marcado valor social. Los filmes fueron "Bajo dos banderas", "Madres solteras", "Madre sin saberlo", "En la ciudad del oro blanco", "Cascabeles de Arlequín", "Buscador de fo1tuna", "Vergüenza"y "Cocaína". Entre los documentales resaltan "De la costa a La Paz", "Actualidades de Antofagasta", "Película cinematográfica del Balneario Municipal", "Actividades deportivas del Club Unión Chile", "El resurgimiento de la industria salitrera", "Torneo atlético del Club Germanía", "Raid de los aviones panamericanos", "Circuito automovilístico a Cerro Moreno" y "La gran carrera automovilística Antofagasta-Mejillones-Antofagasta".

El material visual consideró importantes acontecimientos como actividades sociales, comunitarias, pero también de integración subregional. Hubo registros del movimiento en favor de la construcción del Ferrocarril de Antofagas1aa Salta y el raid Antofagasta-Salta. Este cine mudo argumental fue conocido por el público en los teatros locales "Imperio", "Alhambra", "Royal", "Nacional" y "Pabellón Antofagasta", que incorporaron acompañamiento de piano y violín.

Todo concluyó con el advenimiento del cine sonoro. La actividad del Hollywood de Sudamérica fue apagándose con el cierre de los biógrafos, pero también por la crisis salitrera que azotó al norte chileno.

20.9.12

El Chile de Tomás Lago, por Álvaro Matus para La Tercera

Tomás Lago, retrato de Pablo Vidor. © Letras, 1928 - DIBAM.

Vía La Tercera.

Leerlo es una forma de recuperar un Chile perdido en la bruma de la historia y traer de vuelta a uno de los intelectuales más brillantes de nuestra tierra.

por Alvaro Matus - 20/09/2012.

UNO DE los poemas más bellos, más íntimos y fraternales de Nicanor Parra se llama Palabras a Tomás Lago. Leerlo es una forma de recuperar un Chile perdido en la bruma de la historia y traer de vuelta a uno de los intelectuales más brillantes de nuestra tierra. Y digo tierra, porque en la obra de Tomás Lago se respira el aroma a tortillas de rescoldo, a sudor de caballos, a corderos asados. Nació en 1903 en un barrio de herreros de Chillán, por lo que el canto de los gallos al amanecer era indisociable de los primeros martilleos de los yunques. “Eran tintineos aislados -recordaba- que apenas se distinguían en la distancia oscura, luego otros respondían, y otros, y otros, a medida que aclaraba la mañana y se iban encendiendo los fogones de las fraguas”.

Fue en Chillán donde conoció a Neruda, con quien publicó en 1926 Anillos, poemario escrito a cuatro manos. Si bien practicó la poesía y la novela, es en el ensayo donde Lago resulta deslumbrante. Su estilo es directo, ameno y engañosamente simple. La información se filtra a través de los recuerdos personales sin ningún crujido, dando como resultado una prosa aceitada que nos entrega imágenes nítidas de nuestra cultura popular. En El huaso cuenta que en las carreras a la chilena era frecuente que algunos apostadores perdieran tierras y ganado, a pesar de que la normativa establecía que sólo podía jugarse dinero. Era tal la algarabía, que las autoridades prohibieron en un momento “levantar ramadas”, cosa que la gente se fuera rapidito a sus casas.

En el Chile remoto el agua se vendía en barriles, no existían productos importados y los serenos gritaban cada cuarto de hora ¡Ave María Purísima! Los privilegios y el lucro, al parecer, han existido siempre: un descendiente de Carrera fue nombrado coronel a los 10 años y la Universidad de San Felipe vendió títulos de doctores a niños. Incluso es posible que la obsesión por los camionetones 4x4 tenga su génesis en la adoración al caballo. Claudio Gay decía que un potro era “la más grande ambición del chileno, lo que más realza el sentimiento de su dignidad”.

Entre los trabajos más notables de Lago se encuentran sus biografías de Rugendas y María Graham. Los veía como cronistas de la vida republicana en ciernes, pues ambos ilustran los personajes, paisajes y costumbres que daban forma al país. “Reconstruir una época es como tomarle el punto corrido a una media”, sintetizó este hombre que también fundó y dirigió durante más de dos décadas el Museo de Arte Popular Americano, que estaba en el Palacio Hidalgo. Hoy el museo carece de una sede donde exhibir las más de seis mil piezas provenientes no sólo de Chile, sino de Latinoamérica y algunos países de Europa y Asia. En el GAM hay una sala que muestra parte de la colección. Poca cosa. Y los libros de Lago no están en librerías.

Realizamos tantos esfuerzos por parecer modernos, que pareciera que nos avergonzamos de nuestro pasado. Ahora que la globalización plantea la necesidad de conciliar tradiciones y mezclar experiencias, la obra de Lago es más necesaria que nunca. Sus estudios sobre nuestra cultura, así como los ensayos del arte chino o europeo, le dan un carácter adelantado, cosmopolita y auténtico a la vez.

Antiguo Museo de Arte Popular Americano, Castillo Hidalgo. © Archivo Claudio Galeno.