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23.12.24

El Estadio de Iquique o Estadio Municipal de Cavancha, una obra del arquitecto José Wilson Escala, 1928.

Vista de las tribnas y acceso desde la avenida. © Claudio Galeno, 2012.

El año 2013, pude apoyar el proceso de declaratoria del Estadio de Cavancha en Iquique. En aquel momento no sabía quien era el autor de aquel edificio, que tenía muchas conexiones formales con la arquitectura de Luciano Kulczewski, sin embargo no era de su autoría. El arquitecto responsable de esta obra fue José Wilson Escala, y el proyecto data de 1928. Este arquitecto se había graduado en 1916 en la Universidad de Chile, y también es autor del edificio de Correo y Telégrafo de Iquique, situado en calle Bolívar.

Más tarde este mismo arquitecto, junto a Jorge Huneeus Lavían, diseñaron el Hospital de Carabineros, en calle Antonio Varas en Santiago, proyecto que fue fruto de un concurso de alrededor de 1933.

Vista de las Tribunas y del acceso. © Claudio Galeno, 2012.

 

El antiguo Estadio Cavancha en Iquique, actualmente conocido como Estadio Municipal. Ese antiguo espacio deportivo, posee una arquitectura de mucho interés ya que su fisionomía corresponde a una arquitectura ecléctica en un emplazamiento único.

Vista del Acceso. © Claudio Galeno, 2007.


Sus rasgos arquitectónicos corresponden a un período de la producción arquitectónica chilena en el cual algunos arquitectos ejecutaron algunos diseños que querían definir una imagen estilística nacional, en este caso se puede observar un énfasis en una arquitectura militar de rasgos medievales mezclados con elementos neo-coloniales.  En ese sentido se pueden entender el enfático uso de la piedra en los tres pisos de la base, coronado por almenas, y sobre ella una serie de estructuras de madera: techos y pérgolas. Además se suma el uso de diversos tipos de arcos: ojivales, tudor y angular, con sus dovelas organizadas ornamentalmente en forma escalonada.

 

Detalle de las tribunas. © Claudio Galeno, 2007.


Su magnífica situación en el extremo sur de playa Cavancha, concluyendo ese espacio geográfico y dando paso a las Península y a Playa Brava, ha marcado la memoria colectiva de los ciudadanos de Iquique, tanto por definir una fachada urbana como por ser un espacio que ha albergado las actividades públicas recreativas de la ciudad.

Detalle de muro perimetral. © Claudio Galeno, 2007.


Es evidente, que ese espacio público y su arquitectura debían ser conservados como un bien común que contribuye a la comunión urbana y al desarrollo de la vida pública en contraposición a la especulación inmobiliaria de lo privado en lugares privilegiados de la ciudad contemporánea.

Cabe destacar, que además Iquique tiene una memoria deportiva que se reconoce como una marca identitaria de la comunidad, lo que evidencia la necesidad de conservación de ese tradicional espacio deportivo como un espacio público para todos los ciudadanos.

Gran parte de esas palabras, aún siguen vigentes, ya que el Estadio, no ha recibido ningún tipo de conservación, y al revés el terremoto del 2014 dañó parte de sus estructuras.


18.6.16

Arte brasileño que devoró Europa: exposición Antropofagia y modernidad, arte brasileño en la Colección Fadel, 1908-1979

Vía Excelsior (México).

El Museo Nacional de Arte [de México] inauguró ayer la mayor muestra de obras modernas del país sudamericano, con más de 150 piezas

Por Luis Carlos Sánchez


Pintura 174: ritmos coplanares, Willys de Castro.

El 11 de enero de 1928, Tarsila do Amaral (1886-1973) le regaló al poeta y dramaturgo Oswald de Andrade –destacado exponente del modernismo brasileño y promotor de la Semana de Arte Moderno de Sao Paulo en 1922-, el lienzo Abaporu con motivo de su cumpleaños. Aquel cuadro habría de inaugurar todo un movimiento artístico. Tarsila y Oswald decidieron lanzar una revista donde publicaron el Manifiesto Antropófago que daría nombre a una de las más productivas etapas del arte moderno brasileño.

La propuesta era implantar un lenguaje moderno recuperando la cultura y las tradiciones autóctonas. En un acto “antropofágico”, el arte debía aprovechar y “devorarse” lo que le sirviera de las vanguardias europeas para acoplarlo a la realidad brasileña. Ese mismo año que Tarsila regaló Abaporu también pintó La muñeca, un óleo en el que aplicó lo que aprendió del cubismo, el fauvismo y el surrealismo, pero que encontró reflejo en su propia tierra, mucho más colorida y barroca.

La muñeca forma parte de las más de 150 piezas, entre pintura, escultura, instalación, obra gráfica y dibujo, que conforman la exposición Antropofagia y modernidad. Arte brasileño en la Colección Fadel. 1908-1979, con la que el Museo Nacional de Arte (Munal) ofrece desde hoy, un panorama de los diferentes movimientos artísticos modernos ligados a la construcción cultural de Brasil y hasta los inicios del arte contemporáneo en esas latitudes.

La muestra se articula de manera cronológica en tres módulos, proviene de la Colección Hecilda y Sérgio Fadel, que está conformada por más de mil 500 piezas que dan cuenta de la historia del arte en Brasil desde finales del siglo XIX a la actualidad. Subdivida en diferentes temáticas, la exposición ha sido curada por la argentina Victoria Giraudo, curadora del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), a donde la muestra viajará después para exponerse con el nombre de Colección Fadel. Modernidad y vanguardia brasileña.

“Cada vez me siento más brasileña: quiero ser la pintora de mi tierra”, dijo alguna vez Tarsila do Amaral; que una mujer enarbolara el estandarte del arte plástico brasileño no es casualidad. Con el título Meninas brasileñas, la exposición Antropofagia y modernidad arranca su primer módulo con un recuento del arte de las primeras décadas de la república brasileña (la producción de café estaba reemplazando al azúcar y provocó que Brasil creciera económicamente), donde la mujer tuvo uno de los papeles más importantes.

Anita Malfatti (1889- 1964) es una de ellas. En la exposición se incluye la acuarela Desnudo femenino, que fue pintada entre 1915 y 1916. Malfatti tuvo influencia directa de las vanguardias europeas pero al escritor Monteiro Lobato, le pareció que sus cuadros habían sido hechos por internos de un manicomio. Esto provocó que ella dejara de pintar y sólo el aliento de Oswald de Andrade le hizo volver a la pintura. Otras “meninas” incluidas en la exposición son Maria Martins (1894-1973) con la escultura Uriapuru; Lygia Pape (1927-2004), de quien se exhibe una xilografía Sin título elaborada en papel arroz o Lygia Clark (1920-1988), de quien se muestra la escultura armable Bicho, de 1960.

Plantas, arena, aves silvestres, poemas-objeto, una televisión y raros objetos bautizados como Parangolé conformaron en 1967 una instalación ambiental titulada Tropicalia, que el artista Hélio Oiticica (1937-1980) montó, inspirado en las favelas, en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro. La obra acabó fundando una nueva etapa del arte brasileño, que retomaba el pensamiento antropofágico, pero llamaba a una renovación cultural mediante la reivindicación del mestizaje.

La vegetación, el agua, las favelas, la samba, la mulata brasileña o los temas oníricos, marcan la producción artística brasileña posterior. En este núcleo, aparecen en la exposición obras como Floresta tropical de John Grasz (1891-1980); Colina de favela y O lago de Tarsila do Amaral; Rueda de Samba de Emiliano di Cavalcanti (1897-1976); Las bahíanas del mismo Grasz o Retrato de Bur-le Marx de Flavio de Carvahlo (1899-1973).

Con el surgimiento en 1951 de la Bienal de Sao Paulo, que se inspiraba en la Bienal de Venecia, se generó ahora la necesidad de experimentar y cuestionar los elementos de representación hacia un arte abstracto. Antropofagia y modernidad muestra la antesala del arte contemporáneo brasileño a través de artistas como Alfredo Volpi (1896-1988), de él se exhibe Elementos geométricos; Luiz Sacilotto (1924-2003); Maurício Nogueira Lima (1930-1999), del que se incluye Composición concreta.

20.9.12

El Chile de Tomás Lago, por Álvaro Matus para La Tercera

Tomás Lago, retrato de Pablo Vidor. © Letras, 1928 - DIBAM.

Vía La Tercera.

Leerlo es una forma de recuperar un Chile perdido en la bruma de la historia y traer de vuelta a uno de los intelectuales más brillantes de nuestra tierra.

por Alvaro Matus - 20/09/2012.

UNO DE los poemas más bellos, más íntimos y fraternales de Nicanor Parra se llama Palabras a Tomás Lago. Leerlo es una forma de recuperar un Chile perdido en la bruma de la historia y traer de vuelta a uno de los intelectuales más brillantes de nuestra tierra. Y digo tierra, porque en la obra de Tomás Lago se respira el aroma a tortillas de rescoldo, a sudor de caballos, a corderos asados. Nació en 1903 en un barrio de herreros de Chillán, por lo que el canto de los gallos al amanecer era indisociable de los primeros martilleos de los yunques. “Eran tintineos aislados -recordaba- que apenas se distinguían en la distancia oscura, luego otros respondían, y otros, y otros, a medida que aclaraba la mañana y se iban encendiendo los fogones de las fraguas”.

Fue en Chillán donde conoció a Neruda, con quien publicó en 1926 Anillos, poemario escrito a cuatro manos. Si bien practicó la poesía y la novela, es en el ensayo donde Lago resulta deslumbrante. Su estilo es directo, ameno y engañosamente simple. La información se filtra a través de los recuerdos personales sin ningún crujido, dando como resultado una prosa aceitada que nos entrega imágenes nítidas de nuestra cultura popular. En El huaso cuenta que en las carreras a la chilena era frecuente que algunos apostadores perdieran tierras y ganado, a pesar de que la normativa establecía que sólo podía jugarse dinero. Era tal la algarabía, que las autoridades prohibieron en un momento “levantar ramadas”, cosa que la gente se fuera rapidito a sus casas.

En el Chile remoto el agua se vendía en barriles, no existían productos importados y los serenos gritaban cada cuarto de hora ¡Ave María Purísima! Los privilegios y el lucro, al parecer, han existido siempre: un descendiente de Carrera fue nombrado coronel a los 10 años y la Universidad de San Felipe vendió títulos de doctores a niños. Incluso es posible que la obsesión por los camionetones 4x4 tenga su génesis en la adoración al caballo. Claudio Gay decía que un potro era “la más grande ambición del chileno, lo que más realza el sentimiento de su dignidad”.

Entre los trabajos más notables de Lago se encuentran sus biografías de Rugendas y María Graham. Los veía como cronistas de la vida republicana en ciernes, pues ambos ilustran los personajes, paisajes y costumbres que daban forma al país. “Reconstruir una época es como tomarle el punto corrido a una media”, sintetizó este hombre que también fundó y dirigió durante más de dos décadas el Museo de Arte Popular Americano, que estaba en el Palacio Hidalgo. Hoy el museo carece de una sede donde exhibir las más de seis mil piezas provenientes no sólo de Chile, sino de Latinoamérica y algunos países de Europa y Asia. En el GAM hay una sala que muestra parte de la colección. Poca cosa. Y los libros de Lago no están en librerías.

Realizamos tantos esfuerzos por parecer modernos, que pareciera que nos avergonzamos de nuestro pasado. Ahora que la globalización plantea la necesidad de conciliar tradiciones y mezclar experiencias, la obra de Lago es más necesaria que nunca. Sus estudios sobre nuestra cultura, así como los ensayos del arte chino o europeo, le dan un carácter adelantado, cosmopolita y auténtico a la vez.

Antiguo Museo de Arte Popular Americano, Castillo Hidalgo. © Archivo Claudio Galeno.