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31.3.24

Vía El País: Contra el esnobismo vegetal: cómo Burle Marx introdujo la modernidad en el jardín brasileño

Vía El País.

El poder narrativo de las plantaciones tropicales de Roberto Burle Marx, de cuya muerte se cumplen 30 años, revolucionó el diseño paisajístico a mediados del siglo XX. Su obra redefinió el paisaje urbano, la cultura y la identidad brasileñas gracias a la defensa de la flora autóctona

Jardines de Itamaraty Palace en Brasilia. Alamy Stock Photo


 

Por Alfonso Pérez-Ventana
30 mar 2024 - 05:30CET 

A pesar de ser el país con la mayor diversidad de flora del planeta –cuenta con 50.000 especies–, la riqueza vegetal nativa de Brasil fue durante años denostada por su clase alta. A principios del siglo XX, los jardines brasileños imitaban el paisajismo europeo y las plantas se importaban del viejo continente. Mientras que las especies propias eran consideradas malas hierbas, la élite cultivaba rosas y geranios y mantenía los setos impecablemente recortados como signo de estatus.

En 1928, un jovencísimo Roberto Burle Marx viajó desde su Brasil natal a Alemania. Durante su estancia para tratar sus problemas de vista, estudió música y pintura, asistió a la ópera y al teatro, visitó museos y galerías de arte y entró en contacto con la obra de artistas europeos de vanguardia como Van Gogh, Picasso y Paul Klee. En una de sus clases de apuntes del natural visitó el Jardín Botánico de Dahlem, en Berlín, uno de los primeros en incorporar la moda de las estufas calientes para aclimatar especies tropicales. Fue así, bajo los invernaderos alemanes, pincel en mano, donde Burle Marx descubrió su fascinación por la flora brasileña, apenas conocida para él, pese a su afición desde niño a la jardinería. Años más tarde, sería pionero a la hora de introducir plantas nativas en el diseño de jardines en Brasil, acabando así con décadas de esnobismo vegetal.

Al regresar a su país, en 1930, Marx se matriculó en la Escola Nacional de Belas Artes de Río, dirigida por el que acabará siendo su mentor, Lucio Costa. El arquitecto vivía en la misma calle que los Burle Marx y conocía el jardín familiar cuidado por Roberto. En 1932 le propuso hacerse cargo de su primer proyecto como paisajista: el jardín de la Casa Schwartz.

El primer encargo importante de Burle Marx fue el jardín del Ministerio de Educación y Salud en Río de Janeiro (1938), un proyecto que le brindó la oportunidad de colaborar con Le Corbusier y Oscar Niemeyer, con el que acabaría forjando un fructífero vínculo. Sobre las cubiertas del edificio, plasmó un sinuoso trazado de manchas ameboides para ser visto desde las plantas superiores. Ese movimiento orgánico, unido a la reivindicación de las especies nativas, significó un hito rupturista en el paisajismo brasileño que anunciaba el concepto de jardín tropical moderno.

La traza de los jardines de Burle Marx revela su afinidad por el arte abstracto, en particular por el trabajo de Arp, Calder, Léger o Miró. Sus reconocibles planos son auténticas obras de arte en sí mismos. Así lo quiso celebrar el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1991, con una exposición individual sobre la obra del brasileño que, todavía hoy, es la única que el MoMA ha dedicado a un paisajista.

El interés por la naturaleza impregna todas las formas de arte que cultivó Burle Marx. Aunque la historia le reconoce como el paisajista más influyente de Brasil, fue un destacado artista multidisciplinar: pintó sobre lienzo, tejió tapices, realizó grabados, azulejos, esculturas y joyería. El color, la luz y la textura, así como las formas orgánicas, eran primordiales en todas las técnicas y soportes con los que experimentó. El propio Burle Marx se consideraba principalmente pintor, tal y como él mismo reconocía: “El paisajismo no es más que el método que he encontrado para organizar y componer mis dibujos y pinturas, utilizando materiales menos convencionales”.

En sus 60 años de carrera, en los que diseñó cerca de 3.000 jardines (no todos se ejecutaron), además de numerosos proyectos residenciales, Burle Marx ideó una ingente cantidad de parques y plazas públicas. En 1943, Oscar Niemeyer le invitó a intervenir en su nuevo complejo de edificios sociales y culturales en Pampulha. El conjunto arquitectónico, dispuesto en torno a un gran lago artificial y salpicado de jardines, es hoy Patrimonio de la Humanidad. A esto le seguirían en 1953 su diseño para el Parque Ibirapuera en São Paulo, una sucesión de 14 jardines (que finalmente no se llevaron a cabo) en diálogo con los edificios de exhibición de Niemeyer.

Su trabajo en el Parque de Araxá (1943), en el estado de Minas Gerais, le permitió colaborar con el botánico Henrique Lahmeyer de Mello Barreto. El trabajo con Barreto fue decisivo en la carrera de Burle Marx. Juntos realizaron múltiples expediciones de recolección por todo el estado, con el fin de estudiar las plantas en su lugar de origen antes de aplicarlas a sus proyectos. A partir de entonces, sus viajes botánicos por todo Brasil no cesaron. Durante 40 años de estudio descubrió 37 especies hasta entonces no identificadas y hoy muy habituales en jardines e interiores. Muchas de ellas incluyen en su denominación científica el nombre latinizado de su descubridor: burle marxii.

“Estos misterios, estas fuerzas de la naturaleza, son mis dioses. Cuando ya no tenga la curiosidad de perseguirlos, seguramente moriré”, declaraba Burle Marx en una entrevista a Los Angeles Times en 1969. Su ahínco en la celebración de la exuberancia de la flora brasileña convirtió la biodiversidad en un elemento clave de la modernidad de Brasil. No obstante, la incorporación de estas especies a sus proyectos no fue sencilla. Previamente tuvo que cultivar en sus propios viveros unas especies que por aquella época solo se encontraban en la selva.

Su activismo no le impidió proyectar jardines para edificios residenciales y viviendas de lujo con Rino Levi, para complejos públicos de vivienda social con Eduardo Kneese de Mello y con Affonso Eduardo Reidy, para el famoso conjunto residencial do Pedregulho en Río de Janeiro (1951). El tándem Burle Marx - Reidy en Río alcanzó su culmen con los jardines geométricos para el Museu de Arte Moderna en 1956 y el Parque do Flamengo (1965).

Quizás la obra más mainstream de Burle Marx es su intervención en el Paseo de Copacabana (1970) junto al arquitecto Haruyoshi Ono y el paisajista Jose Tabacow. Los cuatro kilómetros de pavimento ondulado que recorren la Avenida Atlántica de Río, en paralelo a la mítica playa de Copacabana, son una de las postales más icónicas de la ciudad y la principal zona de esparcimiento para la sociedad carioca. Aquí, el paisajista antepuso al peatón en detrimento de los coches e incluso de la vegetación. Gran parte de la superficie de este paseo está cubierta por mosaicos. Además del famoso empedrado, inspirado en el urbanismo portugués, al otro lado del asfalto se extiende una composición abstracta diseñada por Burle Marx.

Una década después, concebiría uno de los proyectos mas representativos de su estilo: la Fazenda Vargem Grande. En esta antigua hacienda productora de café, Burle Marx aprovechó las terrazas, canales de riego y muros de contención existentes para crear un jardín donde el agua es el elemento central del diseño.

Aunque la mayoría de sus jardines se levantaron en Brasil, su obra también cruzó fronteras y se puede ver en Venezuela, en el Parque del Este de Caracas y el Jardín Botánico de Maracaibo o en París, en los patios de la sede de la UNESCO. Tras la demolición de su proyecto para el Biscayne Boulevard de Miami, el único trabajo de Burle Marx que perdura en Estados Unidos es el Cascade Garden en Longwood Gardens, Pensilvania.

“Ya he decidido el lugar de mi tumba: en el Sitio, bajo un árbol frondoso. Quiero convertirme en un árbol donde cada dedo tendrá una hermosa floración y sentiré el viento, la tormenta y los relámpagos iluminándome”. Así se refería Burle Marx a la finca donde el artista pasó los últimos 20 años de su vida. Una extensión de 60 hectáreas en Barra de Guaratiba, a las afueras de Río, que acabó convirtiéndose en su jardín experimental y su obra más personal.

En Sitio, Burle Marx recibió la visita de Le Corbusier, Frank Lloyd Wright o Walter Gropius; pero allí, sobre todo, reunió una extraordinaria colección botánica de más de 3.500 especies de plantas tropicales recolectadas en sus expediciones por todo Brasil. Este laboratorio del paisaje alberga la muestra más representativa de plantas brasileñas nativas, junto con numerosos especímenes raros de flora tropical de India, Filipinas o Sudáfrica. Entre la exuberancia destacan sus colecciones de bromelias, heliconias, orquídeas, amarilis, alocasias, palmeras y nenúfares.

“Soy simplemente un coleccionista de plantas”, repetía Burle Marx. Aquí estudió el comportamiento y el potencial de las especies que luego aplicaría en los jardines. Sitio también fue la sede de su causa profética contra la destrucción agrícola de los hábitats tropicales de su tierra natal. 30 años después de su muerte, el proyecto vital de Burle Marx es hoy Patrimonio Mundial por la Unesco.

7.2.20

Muestras simultáneas: El año en que las artistas serán las protagonistas de los museos [en Argentina]

Vía El Clarín.

El Bellas Artes, Malba, Proa, el CCK y la Usina, entre otras instituciones, celebrarán a las creadoras en forma unánime. De las mujeres olvidadas del arte a las que fueron consagradas.

Por Sofía Poggi


Remedio Varo, Simpatía (La rabia del gato). Fuente: MALBA.

En 1989, las Guerrilla Girls denunciaban que solo el 5 por ciento de las artistas en las secciones de Arte Moderno del Met de Nueva York eran mujeres, mientras que el 85 por ciento de los desnudos eran femeninos. Si hicieran una nueva visita a Buenos Aires (como la de 2018), probablemente se sentirían satisfechas con la agenda cultural para este año: desde marzo, las salas de los museos más importantes se irán poblando solo con creadoras.

El Museo Nacional de Bellas Artes, el Malba, la Fundación Proa, el Centro Cultural Kirchner, la Usina del Arte y el Museo de Arte Moderno porteño son algunas de las instituciones que van a ser parte de esta reparación histórica que, si bien es coincidente, no es coincidencia: los museos buscan abrir el espacio que durante buena parte de la historia fue restringido para las artistas.

Casi todas las generaciones de los últimos 130 años van a quedar cubiertas, desde las creadoras que polemizaron en los salones nacionales a fines del siglo XIX hasta las exponentes de las vanguardias del siglo XX y las protagonistas del panorama contemporáneo.

El primer gran evento que pone, literalmente, a las mujeres en el centro de atención es la muestra Women. Poder femenino en foco, que desde este viernes presentará en la Usina del Arte una selección de más de 60 fotografías del archivo de National Geographic, en las cuales será posible apreciar la evolución de la mirada de y sobre la mujer a lo largo de los últimos 130 años. Se trata de una selección de imágenes, tomadas alrededor del mundo, que reflejan tanto a personalidades inspiradoras como los cambios sociales.

El mismo período se va a cubrir, pero desde la pintura, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Esta institución central del arte argentino ha reconocido, en los últimos años, la selección injusta que ha pesado sobre muchas artistas en lo que tiene que ver con su acervo. En marzo de 2018, mediante una acción que durante media hora por día dejaba todos los trabajos de hombres a oscuras, se llevó la atención al primer piso del museo: solo había 20 obras realizadas por mujeres entre más de 270. Dos años después, el Bellas Artes inaugurará, el 13 de abril, la exhibición El canon accidental. Mujeres artistas en Argentina (1890-1950). Su curadora, Georgina Gluzman, busca en esta propuesta llevar adelante la misma reivindicación que ya había realizado con su libro Trazos invisibles (Biblos), en el que sacó a la luz a muchas de las argentinas enterradas bajo el canon masculino.

En el marco de esa exhibición, se podrá ver obra de Sofía Posadas, quien protagonizó un escándalo al exponer un desnudo en el primer Salón de Ateneo, en 1891; Julia Wernicke, considerada la primera pintora “animalista” de Argentina; y la retratista y paisajista María Obligado. Para fin de año, el Bellas Artes también está organizando una gran exposición con pinturas, dibujos y grabados de la vanguardista Raquel Forner, quien frecuentaba el famoso Grupo de Florida, donde era colega de pintores como Antonio Berni, Xul Solar y Norah Borges –hoy, con su propia muestra en el museo de Avenida del Libertador, que continúa hasta el 1° de marzo–.

El Malba ya tiene programadas dos exhibiciones con las mujeres como protagonistas. La primera, con apertura el 5 de marzo, será una antología de la surrealista, esotérica y fantástica Remedios Varo. Si bien era española, Varo se exilió en México durante la Segunda Guerra Mundial y logró convertirse en una figura reconocida del arte latinoamericano de mediados de siglo XX. La exposición, titulada Constelaciones, va a incluir 35 pinturas, 11 dibujos y 60 bocetos producidos entre 1938 y 1963. Luego, desde el 27 de marzo y hasta junio, la exposición Fuera de Serie reunirá a dos exponentes femeninas de la experimentación de los límites físicos de la pintura en Latinoamérica: la brasileña Leda Catunda y la argentina Alejandra Seeber.

Mientras que en el Bellas Artes y en el Malba se verá una recuperación histórica de artistas argentinas y latinoamericanas, la Fundación Proa, ubicada en Caminito, repasará en una exposición aquellas creadoras que ya fueron parte de la agenda de la institución en los últimos años. Será una recopilación retrospectiva con obras de unas 150 mujeres argentinas como Marta Minujín, Ana Gallardo, Mónica Girón, Margarita Paksa, Delia Cancela, Dalila Puzzovio, Liliana Maresca, Narcisa Hirsch y Elba Bairon, con trabajos también de creadoras del exterior como Louise Bourgeois, Mona Hatoum, Rosemarie Trockel, Ana Mendienta y Eleonor Antín.

En un formato similar, pero dedicado exclusivamente a los talentos nacionales, el Centro Cultural Kirchner está planeando un importante evento.

En tanto, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (antes conocido como MAMBA, ahora El Moderno), va a ser hogar de al menos dos muestras con protagonistas femeninas durante 2020. La primera, que abrirá sus puertas el 30 de abril hasta fines de agosto, se va a centrar en la obra de la italo-argentina Elda Cerrato, cuya obra se desarrolló en idas y venidas marcadas por tensiones políticas tanto en nuestro país como en Venezuela. Luego, se presentará una exhibición de la extensa obra de la pintora entrerriana Mildred Burton, quien supo construir en sus pinturas, dibujos y collages una visión surrealista y perversamente humorística de su contexto.

El camino por la equidad de género en el mundo del arte sigue siendo largo, pero empieza a ser un poco menos empinado: a estas instituciones se suman muchas otras durante 2020. El Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA), por ejemplo, tendrá una muestra de Liliana Iturriaga y Catalina Chervin; el Muntref de la Universidad Tres de Febrero expondrá obras de Maria Lai y Bruna Espósito; y el Museo de Arte Popular José Hernández propondrá, desde abril, una retrospectiva de la artista visual Nora Iniesta.

Por otro lado, aquellos interesados en los campos del cine y la fotografía tendrán, en la Casa Nacional del Bicentenario y desde abril, una retrospectiva de la fotógrafa Alicia D’Amico; en el Museo del Cine, entre mayo y septiembre, la muestra Crónica de una Señora recorrerá la trayectoria de la guionista y directora María Luisa Bemberg; el Museo Eduardo Sívori, desde junio, expondrá videoarte de Gabriela Golder; y, finalmente, la Fototeca Latinoamericana (FoLa), desde marzo, tendrá una nueva muestra dedicada a la misteriosa fotógrafa y niñera Vivian Maier, quien, desde los años 50 se dedicó a retratar la cotidianeidad estadounidense.

Si en algún momento se dudó del rol de las mujeres en el arte, la agenda de este año va a ayudar a moverlas del lugar que en otros tiempos se les adjudicaba para reconocer sus hábiles manos detrás del pincel.

En el contexto del próximo Día de la Mujer, el 8 de marzo, el Centro Cultural Kirchner (CCK) inaugurará una muestra colectiva en la que participarán unas 300 artistas de todas las provincias del país. Entre las creadoras convocadas se destacan Marcia Schvartz, Diana Dowek, Elda Cerrato (quien contará con muestra propia en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires desde el 30 de abril), Mónica Millán, Adriana Bustos, Ana Gallardo, Carlota Beltrame, Gloria Polo, Mónica Alvarado, Mane Guantay, Cecilia Teruel, Fátima Pecci, Soledad Dahbar, Abril Barrado y Cristina Schiavi, junto con los colectivos Identidad Marrón y Tejiendo Feminismos.

La propuesta buscará también romper prejuicios en el abanico de los géneros y la identidad sexual, con un conjunto de obras de “mujeres, lesbianas, trans, travestis, no binaries, queers, agénero y género fluido”, según explicó María Eugenia “Kekena” Corvalán, curadora de la muestra.

Esta exhibición, convocada por el Ministerio de Cultura junto al nuevo Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad, ocupará no uno sino tres de los nueve pisos que tiene el edificio del ex Correo Central. Será uno de los eventos importantes del CCK bajo su nueva gestión. Ese programa comenzó el 31 de enero con una serie de homenajes dedicados a María Elena Walsh –conciertos y lectura de poemas, entre otras actividades– y con proyecciones de una performance del artista tucumano Tomás Saraceno.

La investigadora, docente, escritora y curadora “Kekena” Corvalán, que llevará las riendas en esta muestra, fue la encargada en marzo del año pasado de la curaduría de la exposición donde se encontraba la polémica María feminista (una estatuilla de la Virgen con un pañuelo verde), en el Centro Cultural Haroldo Conti. Obras de Para Todes Tode, nombre de aquella exhibición que terminó en litigio judicial, también se incluirán en la nueva propuesta.

EV

4.5.19

Joaquín Torres García. Obra Viva. Centro Cultural La Moneda, 12 abril-28 julio 2019

Vía CCPLM.



Obra Viva presenta un recorrido por la vida y el legado del artista con obras realizadas en una variedad de técnicas, como óleo sobre tela, pintura sobre papel, cartón, madera, juguetes articulados y publicaciones, que revelan su desbordante creatividad. La curaduría es un trabajo entre el Museo Torres García, que dirige Alejandro Díaz Lageard, y el equipo del Centro Cultural La Moneda, encabezado por su directora, Beatriz Bustos Oyanedel.

“Esta co curaduría ha permitido reunir una muestra única que incluye obras del Museo Torres García, piezas provenientes del Museo Nacional de Artes Visuales de Uruguay, del Museo de la Solidaridad y también de colecciones privadas, lo que transforma a esta exposición en una oportunidad para contemplar obras poco exhibidas, con una mirada integral al universo de Torres García”, explica Beatriz Bustos Oyanedel.

Obra Viva es un viaje por el mundo de Torres García, que revisa desde las creaciones del ámbito de lo familiar hasta su actividad como maestro y su evolución como artista y pensador, sus obras tradicionales y la creación del Universalismo Constructivo. “Es una muestra inédita porque nunca se había llegado a mostrar los distintos universos de Torres García en relación entre ellos”, apunta Alejandro Díaz, director del Museo Torres García.

La muestra da cuenta de su trayectoria y sus facetas. Se exhibe desde su primera obra, Retrato del Señor Gandelbeu, realizada en 1886, cuando tenía tan solo 12 años; y se presenta también su escritorio original, traído desde Montevideo. Ocupan un lugar muy importante sus juguetes, que después se comercializarían como Juguetes Aladdin, y que revelan lo más lúdico del artista; esas creaciones incluyen los teatritos que construyó para sus hijos, que son expuestos junto a sus decorados y personajes intercambiables. Estas piezas, así como las de la sección dedicada a su familia, muestran la perspectiva más íntima de Torres García.

La exposición Obra Viva busca convocar tanto a los adultos como al público infantil: es así como en la Sala Pacífico se exhibe una mesa con réplicas de Torres García, que podrán ser manipuladas por los asistentes, para experimentar la creatividad a través del juego como motor del arte, una de las premisas del artista uruguayo. “Tanto en esta exposición, como en la de J.M.W Turner que está en Sala Andes, quisimos dar la señal de que con muy poco, con una materialidad mínima, se puede crear y construir grandes obras e interpelar las emociones”, agrega Beatriz Bustos.

Otro hito fundamental en Torres García es su faceta como pensador, rompiendo con el lenguaje imperante para pensar el Sur desde el Sur. En la muestra está presente su obra icónica América invertida (1943), con la que declara: “Nuestro norte es el Sur. No debe haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo. La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala insistentemente el Sur, nuestro norte”.
El hombre universal

Desde su quehacer artístico, docente y filosófico, Torres García siempre abogó por la búsqueda de un arte puro, asentado en la comunicación entre el ser humano y el orden cósmico, desde donde surgió su concepto Universalismo Constructivo.

Nacido en Montevideo, hijo de padre catalán y madre uruguaya, mostró desde muy temprana edad su interés por la pintura. A los 17 años migró con su familia a Barcelona, donde descubrió de golpe una cultura y una ciudad intensa. El viaje se transformó en una constante en su vida: deambuló por otras ciudades del mundo como Nueva York y París.

Su rol como padre y docente lo alejó de la clásica imagen del artista solitario, para dar paso a la de un hombre simple y sencillo, que buscaba el sustento de su familia, junto a su mujer Manolita Piña de Rubíes.

En Nueva York fundó su fábrica de juguetes artesanales. Dichas piezas no eran de porcelana o de cartón, eran juguetes sólidos de madera, pintados con colores llamativos y diseñados para soportar los golpes y sacudidas de los niños, partiendo por sus propios hijos.

Posteriormente, residiendo en París, fundo el movimiento de artistas abstractos Cercle et Carré (Círculo y Cuadrado) del que fueron parte importantes artistas avant garde como Piet Mondrián, Michel Seuphor y Sophie Taeuber-Arp. De vuelta a Uruguay se dedicó a su taller, la Escuela del Sur, donde formó a generaciones de artistas con un sello tan particular que se define como un movimiento artístico propio.

Coordenadas

12 de abril – 28 de julio | 2019
Lunes a domingo | 9:30 a 19:30 horas
Sala Pacífico | Nivel -3
Entrada general $3000, estudiantes y convenios $1500
Tercera edad y niños menores de 12 años entrada liberada en todo horario
Público general entrada liberada todos los días desde las 15:00 horas

15.6.18

LUPA: luz y paisaje. Exposición colectiva. Balmaceda Arte Joven. Sala de Arte Fundación Minera Escondida, del 7 de junio al 6 de julio, 2018



Desde el 7 de junio al 6 de julio la Fundación Minera Escondida y Balmaceda Arte Joven, presentan la exposición colectiva: LUPA, luz y paisaje.

La muestra curada por Jorge Wittwer Mulet reúne artistas modernos y contemporáneos.

En el acceso a la exposición se presentan una serie de postales históricas de Antofagasta a inicios del siglo XX, en las cuales se puede apreciar la intensidad del paisaje mediante las montañas y el mar.

Enfrentando esas postales, una serie de pinturas de la Pinacoteca de la Universidad Católica del Norte, detienen su mirada en el paisaje nortino. La selección reúne obras modernas de Nicolás González Paredes, Ovidio Guzmán, Lola Contreras, Jorge Flores Naveas y Osvaldo Ventura López. Esta breve selección representa de forma muy clara la vitalidad fauvista de los pintores modernos de la generación de los años 40 a lo 60 en Antofagasta. Esta parte de la muestra es como el título, luz y paisaje, entre los cuales destaca la poco conocida Lola Contreras.

En la sala principal se exponen una serie de obras contemporáneas: un video de Alejandro García, una enorme pintura de Juan Salva, fotografías nocturnas de Víctor Burgos, pinturas de Luis Núñez, una instalación sonora de Fernanda Fábrega, fotografías intervenidas de Carlos Riveros, y una serie de pinturas de Alicia Guzmán. Juntas promueven diálogos, estimulados por la pieza más vanguardista, los sonidos urbanos de Fábrega.

8.2.18

Tarsila do Amaral, la brasileña que reinventó el arte moderno

Vía El País.

El MOMA lleva por primera vez a EE UU una gran retrospectiva de la brasileña, una artista esencial para entender el arte contemporáneo.



“Quiero ser la pintora de mi país”. Con esta sentencia arranca la retrospectiva que el Museo de Arte Moderno de Nueva York dedica este mes a la mujer que en 1923 firmó esa frase, la brasileña Tarsila do Amaral (1886- 1973). La muestra, que se inaugura el 11 de febrero, es un viaje de ida y vuelta entre São Paulo, su Estado natal, y París, donde la artista vivió en los años veinte y estudió en la famosa escuela internacional Académie Julian y jugó a mezclar las ideas del arte moderno con la estética indígena de su país. El experimento fue madurando y cobrando identidad propia y, para cuando murió, a los 82 años, ella había conseguido su sueño. Se había convertido en una de las pintoras más importantes en la historia de su país. Y, por extensión, de toda América Latina.

Esta muestra tiene el valor especial de ser la primera vez que la autora llega a Estados Unidos, lo que supone un reconocimiento al prestigio que ha ido ganando a lo largo de los años, en varias retrospectivas por otros países. Como cuando la madrileña Fundación Juan March le dedicó una exposición en 1999 y resultó el éxito de la temporada.

Pero esta de Nueva York es de las pocas retrospectivas que muestran la trayectoria completa de esta artista, hija de una familia de terratenientes adinerados de São Paulo. Esto permite ver la evolución de su lenguaje visual, desde las lecciones de cubismo y modernismo que aprendió en París de André Lhote, Albert Gleizes y Fernand Léger hasta las obras en que aparecen sus motivos mitológicos brasileños, referencias a la compleja espiritualidad de su país y al omnipresente espíritu del carnaval. Al poco volvió a Brasil con la cabeza llena de ideas. Era 1924, el modernismo estaba cobrando forma en su país y ella iba a la cabeza del movimiento.

Luis Peréz-Orama, antiguo comisario de arte latinoamericano en el MoMA, señala un cuadro que, para él, sintetiza la exuberancia por la que se puede reconocer a Do Amaral: A Cuca, de 1924. Hace alusión a una criatura que en el folclore brasileño se dedica a asustar a los niños (como el coco español). En el cuadro, es un bicho deforme sin alcanzar lo grotesco que encaja perfectamente con el paisaje, estilizado al estilo cubista pero siguiendo la estética más brasileña del mundo: líneas curvas y colores fuertes. “Inventó una nueva forma de figuración para el arte moderno en Brasil”, señala Peréz-Orama. Otra imagen arquetípica de Do Amaral es A Negra, retrato de una mujer negra imaginaria, extraída de las (generalmente racistas) leyendas del país: labios y brazos enormes, mirada estática y pechos pendulantes. “Evoca la emancipación racial y política”, señala el director de la muestra. A sus espaldas, unas formas abstractas, de esas que, perfeccionadas por Alfredo Vopi, que se convertirían en la norma del arte brasileño a partir de la década de los años cuarenta.

También está la que quizá sea su obra más famosa, Abaporu, pintada en 1928 como regalo para su marido, el poeta Oswalde de Andrade. Representa, a través de un humanoide desproporcionado —con un pie tan grande como una montaña—, una criatura que se alimenta de carne humana.

La antropofagia era una obsesión de las vanguardias parisinas de la década de 1920, pero ella quería llevarlo por otro lado. “Nació así un estilo distintivamente nuevo y distintivamente de Brasil”, explica Pérez-Oramas. Fue decisiva para el lugar que Do Amaral ocuparía en el imaginario colectivo de su país natal. Ya que el trabajo sugería que la cultura brasileña resurgía de la “digestión” de las influencias externas, el célebre sociólogo Sérgio Buarque lo escogió para la portada de su trascendental libro, Raízes do Brasil, aún hoy el vademécum definitivo de las psicosis nacionales del país. Tras 80 años, incontables ediciones y varias generaciones criadas con ese libro, y el Abaporu en la portada, Do Amaral es, por irremediable asociación, retratista oficial del alma brasileña.

Elasticidad creativa

También ayudó a asentar la idea de que Brasil puede no tener una gran tradición creadora de tendencias, pero sí tiene la elasticidad necesaria para absorberlas antes y hacerlas más propias que nadie, lo que sea quizá el rasgo más distintivo de su acelerada cultura. Fe de esto da O Sono, también en la muestra, uno de sus pocos tonteos con el surrealismo: aunque el contenido sea indescriptible por naturaleza, no cuesta nada asociarlo a otras obras de la artista (la palmera estilizada con siete hojas, presente en muchos de sus cuadros, ayuda a disipar todo tipo de dudas). También está Operarios, la más grande en tamaño, y, en opinión de la propia creadora, la más importante de su catálogo. Se trata de docenas de trabajadores, ordenados en diagonal. Para los expertos de la muestra, es una representación de la sociedad moderna brasileña y representa un cambio radical en su trabajo porque abandona el ejercicio formal del arte moderno para convertirse en una artista más comprometida con el activismo político y social.

Sin embargo, el destino de Do Amaral fue el mismo que casi todo el mundo que tiene una idea nueva en Brasil: estrellarse contra la opinión de la burguesía, la cual, como recuerda Pérez-Oramas, tenía una visión muy limitada del arte y consideraba el trabajo de Tarsila como de mal gusto. “Hasta la década de 1960, el país no estuvo listo para aceptar la manera en la que integró todos los elementos de la cultura brasileña para producir una identidad artística distintiva”, concluye. “Fue cuando una nueva generación de artistas descubrió el poder de su arte”.

15.1.18

El arte del escándalo

Vía La Tercera.

Por Evelyn Erlij



La petición de retirar una pintura de Balthus del Met de Nueva York y la intervención de los afiches con obras de Egon Schiele en Londres, vuelven a poner en debate la relación entre arte, sexo y moral.

La historia comenzó de la forma más banal: una gerente de recursos humanos estadounidense llamada Mia Merrill visitó el Metropolitan Museum of Arts (Met) de Nueva York semanas atrás. Ahí, se encontró con el cuadro Teresa soñando (1938), del pintor franco-polaco Balthus, en el que aparece una niña de 12 años en una pose sugerente que, según ella, promovía la pedofilia. Al poco rato, tuiteó: “Preparo una petición para solicitarle a Met que retire una obra de arte que innegablemente idealiza la sexualización de una niña. Si eres parte del movimiento #metoo (#yotambién) o si te interesan las implicancias del arte en la vida, por favor apoya esta causa”.

En un mundo saturado de noticias sobre acosos y abusos sexuales, afirmó Merrill, lo mínimo que debía hacer el Met para no pasar por defensor del “voyerismo y la cosificación infantil” era añadir una nota que advirtiera que la pintura podía ser ofensiva, dada la obsesión de Balthus por las menores de edad. Los medios se llenaron de opiniones de especialistas de arte, pero antes de que el caso se convirtiera en un batahola, el museo cerró el asunto con una declaración: “Las artes visuales son una de las formas más significativas de reflejar tanto el pasado como el presente, y de fomentar la evolución continua de la cultura a través de discusiones informadas y del respeto hacia la expresión creativa”.

La historia llegó hasta ahí, pero desempolvó un debate viejo que tiene que ver con las lecturas morales que se hacen del arte en las distintas épocas y sociedades. “Escándalo de ayer, virtud de hoy”, ha dicho el filósofo francés Michel Onfray, pero la fórmula se puede invertir: imágenes artísticas que antes no impactaban -por ejemplo, de niños sexualizados o mujeres acosadas-, hoy pueden ser vistas como una aberración. Analizadas desde el presente, por ejemplo, obras de Jean-Honoré Fragonard (1732-1806), pintor libertino del rococó francés, pueden interpretarse como escenas de violencia de género o pedofilia: en El cerrojo o La resistencia inútil, aparecen mujeres forzadas a someterse al deseo masculino, y en El columpio o Chica jugando con un perro se ven jóvenes seductoras con aires infantiles.

No falta el que se espanta al visitar estos días el Museo del Prado o el Louvre y constatar el carácter sexista, aristócrata o racista de tal o cual corriente artística o creador -hay quienes reclaman, sin ir más lejos, que en estos museos casi no hay trabajos de artistas mujeres-, pero lo que se pasa por alto es que no existe el arte sin contexto. Miguel Angel pintó desnudos en la Capilla Sixtina que, poco más tarde, varios papas ordenaron cubrir con ropas; en 2001, una cuenta de Facebook fue suprimida por exhibir el cuadro El origen del mundo, de Gustave Courbet, donde se ve el primerísimo primer plano de una vagina. Toda obra está sometida a los valores del tiempo y el lugar en que fue creada, y una de las grandes lecciones de la historia del arte es que el péndulo de la moral no ha parado de oscilar.

El hecho de que en el pasado se aceptaran e incluso aplaudieran piezas que flirtean con la pedofilia, como las de Balthus, habla de una sociedad -en este caso, la europea de los años 30- en la que todavía no se tomaba conciencia ni se le daba suficiente importancia al tema del abuso infantil. Hoy, la historia es distinta. En 2013, la Tate Britain removió de su colección en línea los trabajos del artista Graham Ovenden, declarado culpable de abusos sexuales a menores y entre cuyas obras había pinturas y fotografías de niñas desnudas. Lo mismo ocurrió en la Tate Modern en 2009, cuando se retiró de la exposición Pop Life una foto de Brooke Shield posando sin ropa a los 10 años. Dicho en simple: cada obra es reflejo de su época.

Por siglos, el desnudo femenino ha sido visto con naturalidad en el espacio pictórico, no así el masculino, al que recién en 2012 se le dedicó una exposición en el Leopold Museum de Viena. En ese sentido, la sexualidad en el arte es un buen indicio de la mentalidad y los límites morales de un período: para escandalizar al público y a la crítica a fines del siglo XIX, Manet sólo tuvo que pintar a una mujer desnuda entre varios hombres en Almuerzo sobre la hierba (1863); y al rumano Constantin Brancusi le bastó con hacer una escultura fálica, Princesa X (1915-16), para sonrojar a Francia.

Hoy, si se quiere espantar al público, hace falta bastante más osadía. El Centro Pompidou de París, por ejemplo, no tiene problemas en exhibir las fotos porno que el artista Jeff Koons le tomó a La Cicciolina en los años 90, y en el Palacio de Versalles, en 2015, la obra Dirty corner, de Anish Kapoor, una cavidad hecha en acero conocida como “La vagina de la reina”, fue aplaudida por la crítica y sólo irritó a los acartonados defensores de la monarquía de Francia.

Fuera de los museos, sin embargo, la historia es distinta, y cuando los desnudos aparecen en el espacio público el pánico cunde: se acaba de censurar en Alemania e Inglaterra la instalación de afiches con las obras de desnudos del austríaco Egon Schiele, de quien se celebra el centenario, porque violan las normas de moralidad. Como respuesta, la Oficina de Turismo de Viena difundió en las calles de esos países los mismos afiches, pero censurados y acompañados de la leyenda “Lo sentimos. Tiene 100 años pero sigue siendo demasiado osado. #Libertadparaelarte”.

La evolución del mercado artístico demostró que, en los tiempos que corren, el escándalo está en el corazón del valor financiero de una pieza, por lo que una obra shock, según el creador francés Thierry Ehrmann, es una “coreografía perfecta entre artistas y reaccionarios”, como lo prueba la historia de las vanguardias del siglo XX. “En nuestra cultura, la noción de shock está ligada fundamentalmente a las imágenes de la violencia y la sexualidad de un modo explícito”, escribe el teórico alemán Boris Groys, pero advierte que esa es una mirada reduccionista: ni el Cuadrado negro de Malevich (1915) ni el urinario de Duchamp (1917), dos obras que escandalizaron, plantearon esos temas, sino buscaron un “efecto de visibilidad”.

Caravaggio fue criticado por pintar cuadros religiosos poblados de vagabundos; Bacon pintó un Papa en una silla eléctrica y Damien Hirst mató a 9 mil mariposas para crear Kaleidoscope Paintings. El italiano Maurizio Cattelan, en tanto, demostró que el shock es un negocio: en 2004 vendió en 2,1 millones de euros una figura del Papa Juan Pablo II impactado por un meteorito. La religión, el racismo, los derechos humanos y los de los animales son otros temas sensibles en el arte, pero el sexo y sus tabúes, como lo prueba el caso de Balthus, sigue siendo la pólvora infalible para encender el escándalo.

7.11.17

La presencia del mar en el dibujo de Andrés Sabella, por Waldo Valenzuela

Vía El Mercurio de Antofagasta, 18.06.17.



Esta era otra de las expresiones artísticas que cultivó el poeta nortino.

Waldo Valenzuela

El arte misterioso del dibujo acompañó toda la vida creadora de Andrés Sabella, en un ejercicio "no académico", sino "cazando imágenes", en una acción de "automatismo psíquico" en que hacía nacer desde la "nada blanca" del papel, imágenes donde el Mar estaba siempre presente.

Desde sus primeros esbozos de niño en una vieja agenda de su padre, hasta sus últimos trazos, el dibujo se le fue desbordando de sus dedos como una enredadera que fue entrelazando todo su oficio de hombre de letras con grafías, vertidas desde su alma. Aunque al dibujar describiera los perfiles de elementos y objetos de la vida cotidiana, el aroma del litoral lo envolvía todo, especialmente la brisa que traían las olas hacia la costa.

¡Cómo Andrés no habría de dibujar gaviotas niñas, cuando toda su poesía giraba en torno al misterio de lo femenino! Sus dibujos están habitados por perfiles, ojos, labios entreabiertos y cuerpos con toques de acuarela, que los encienden e iluminan. En una ocasión, observando la espiral presente en mis dibujos, sentenció: "Tus espirales son senos"… y torné a ser niño…

Los toques transparentes de acuarela permitían a Andrés transparentar el blanco del papel, el espacio y respetar la pureza de la línea. El óleo u otro material espeso y visceral hubieran traicionado el vuelo sutil de su caligrafía describiendo el mundo visible e invisible.

Patio trasero

El mar de Antofagasta fue el patio de su casa, en años en que aún no se le hurtaba espacio al borde mar. Para Sabella, Antofagasta era un balcón suspendido entre dos azules: el del cielo y el mar. Era Antofagasta dotada de dos atmósferas, más liviana la del cielo azul y más densa la del mar esmeralda.

Andrés, "espadachín de líneas", saltaba al abordaje de una mañana en el puerto, añorando mares del mundo, olas de su universo hecho de ríos, de corrientes submarinas, que se mueven silenciosamente bajo la superficie del paisaje inocente, depositando en la ribera de sus dibujos alguna botella con un mensaje dibujado.

El embrujo de su "dibujo brujo", está emparentado con la línea enamorada y adolescente del arte Florentino, Pre Renacimiento, con la caligrafía sagrada del Islam, con el humo verde del dibujo en la selva Maya, con las espirales del incienso ascendiendo hacia lo alto en oración; porque en Sabella su genio creador es universal. Su amor al mar y a los veleros le permite viajar hasta hoy por todas las latitudes.

Todo levita en sus diseños: Elba Emilia, veleros, libros, pipas, perfiles de amigas y amigos entrevistos en el recuerdo, reapareciendo en la memoria visual de su dibujo.

Andrés ha captado en sus dibujos ese protagonista primordial de la ciudad puerto: el espacio . En su composición grafica no divisamos la horizontal del desierto, salvo excepciones. Su hora crucial en sus dibujos es la luz azul y matinal de las 10 u 11 de la mañana, caminando por calle Prat, saludado y saludando amigos y conocidos. Su hogar de calle Uribe conectaba todas las tardes con el mundo mientras dibujaba mundos.

Los gatos de tía Martina, que según Andrés alguna vez fueron dioses, estaban en el secreto del contenido, por su fino oído, gracias al áspero rasgado de la pluma y su rastro de tinta en la nada blanca del papel, repitiendo cada día el gozo de la creación.

Confiamos en que algún día, en el futuro "Museo de Arte Moderno de Antofagasta", los dibujos de Sabella, su tesoro más preciado, sea el corazón mismo de las colecciones, articulando los espacios del Museo.

El Mar, los barcos, los peces, los caracoles, las estrellas y caballitos de mar, entre otros, fueron elementos siempre presentes en la magia de creación poética-pictórica de Sabella, como también lo fue el Barco de la Revista HACIA, la nave que zarpó desde la rada de Iquique para llevar a Andrés al Mar de la Eternidad.

¡Andrés Sabella, Gentilhombre de Mar, amó el Mar de Antofagasta!.

26.7.17

El [Instituto de Arte de Chicago y el] MoMA rendirá tributo a la artista brasileña Tarsila do Amaral en [2017 y] 2018


Abaporu, 1928 - Tarsila do Amaral. Fuente: Arte descrita.

Vía Hoy Los Angeles.

El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) anunció hoy la primera exposición en América del Norte que se dedica en exclusiva a las obras de arte de la brasileña Tarsila do Amaral, una de las más relevantes del siglo XX, que se inaugurará el próximo mes de febrero.

La muestra, titulada "Tarsila do Amaral: Inventando el Arte Moderno en Brasil", exhibirá unas 130 destacadas obras de la artista desde la década de 1920 con pinturas, dibujos, bocetos y fotografías obtenidas de colecciones en EEUU, Latinoamérica y Europa.

Previa a su exposición en el MoMA, donde permanecerá desde el 11 de febrero al 3 de junio de 2018, la compilación podrá verse en el Instituto de Arte de Chicago, que ha colaborado en la organización, desde el próximo mes de octubre hasta el 7 de enero.

Do Amaral, nacida en Sao Paulo en 1886, está considerada como una de las figuras sobre las que se basó el arte moderno latinoamericano y una de las contribuyentes al nacimiento del arte brasileño.

De familia acomodada, viajó a París en 1920 tras estudiar piano, escultura y dibujo, donde desarrolló un estilo muy característico a través del uso de trazos sintéticos y volúmenes sensuales para representar paisajes y escenas locales con una rica paleta de colores.

En enero de 1928, Tarsila, como era conocida, pintó el cuadro "Abaporu", una figura alargada y aislada acompañada de un cactus en flor, que rápidamente se convirtió en uno de los símbolos del movimiento modernista brasileño que buscaba alejarse de influencias exteriores y formar arte por y para Brasil.

Ya en la década de los 60 y 70, los cuadros de Do Amaral fueron redescubiertos por una nueva generación de artistas como Lygia Clark, o Helio Oiticica, seguido de Caetano Veloso y Gilberto Gil.

La exposición del MoMA incluirá algunas de las obras tempranas de la época parisina de Do Amaral junto a algunas de las pinturas de gran escala y fondo social producidas a su vuelta a Brasil a principios de los años 30.

Entre ellas, tres obras de arte de referencia, como "A Negra" (1923), "Abaporu" (1928), o "Antropofagia" (1929), además de "Estudo de Composição (Figura só) III" (1930).

26.3.17

La desconocida ruta del arte abstracto en Chile sale a la luz

Vía La Tercera.

Por Denisse Espinoza A.

El Centro Cultural La Moneda exhibe La revolución de las formas: 60 años de arte abstracto en Chile, una muestra que reivindica la obra de más de 40 artistas fascinados por el espacio, la forma y el color.


Desintegración en el espacio (1961), de Elsa Bolívar (1930), obra MAC

Candidata eterna al Premio Nacional de Arte, Matilde Pérez fue una de esas artistas que dedicó su vida a una obra personal, alejada totalmente de las convenciones, modas y cánones del arte. Se intuía que su perseverancia y talento -que la hicieron pionera del arte cinético en el país- merecían un reconocimiento mayor; sin embargo, en 2014 murió a los 94 años, sin recibir el galardón estatal. En los últimos años, eso sí, gozó de una inesperada valoración internacional que se vio enmarcada por el auge que experimentó el arte abstracto geométrico alrededor del mundo. En 2007, la obra de Pérez llegó al Museo Reina Sofía de Madrid, en 2010 tuvo una retrospectiva itinerante en París, Berlín y Sicilia, y en 2012 la Feria Pinta de Londres le rindió un homenaje. Fueron los últimos destellos de una artista que en su época de mayor producción, entre los años 50 y 60, no fue reconocida por el medio chileno.

Tras la figura de Matilde Pérez, hay una larga lista de creadores que como ella cultivaron una fascinación por el espacio, las formas y el color, en tiempos en que la figuración y la representación de la realidad eran aún lo que primaba en las Escuelas de Arte. Artistas como Ramón Vergara Grez (1923-2012), Gustavo Poblete (1915-2005), Elsa Bolívar (1930), Claudio Girola (1923-1994), Ennio Iommi (1926-2013), Carmen Piemonte (1930) e Ivan Vial (1928-2016) fueron los exponentes de un movimiento que tuvo, en términos de mercado y coleccionismo, poca influencia, y que hoy es destacada en la muestra La revolución de las formas: 60 años de arte abstracto en Chile que se inauguró esta semana en el Centro Cultural La Moneda (CCPLM). La exposición reúne a 42 creadores, con más de 200 piezas, entre pinturas, esculturas, collages y fotografías.


Cuarto observatorio (1976), de Robinson Mora (1947), colección privada.

Curada por el historiador del arte y director de la Escuela de Arte de la U. Diego Portales, Ramón Castillo, la muestra funciona como una cartografía del movimiento abstracto, pero individualiza la obra de cada creador en su propio universo personal. Aunque en los últimos 15 años se ha rescatado la obra de ciertos artistas como Claudio Girola o Gustavo Poblete, y se han montado exhibiciones colectivas impulsadas por investigadores como Ernesto Muñoz o Carlos Navarrete, la exposición en el CCPLM se alza como una de las de mayor envergadura en una vitrina masiva y tiene la expectativa de llegar a miles de personas. “Es una exposición ambiciosa, que tiene una narrativa integradora de artistas que si bien trabajaron dentro de un mismo movimiento, muchos no se relacionaron ni expusieron juntos. La mayoría de estas obras estaban abandonadas, arrumbadas en las bodegas y entretechos de los artistas y no habían visto la luz; otras han sido rescatadas en los últimos años por coleccionistas que entendieron el gran valor que tienen, y la minoría pertenece a instituciones públicas”, cuenta Castillo.

La investigación y rastreo de las piezas demoró tres años y fue liderada por el académico junto a un equipo de coleccionistas privados: los estadounidenses David y Rita Hughes, el sueco Jonus Bartholdson y el chileno Carlos Cruz Puga. En ese periodo, además, llamaron a curadores extranjeros a conocer las obras, como el cubano Osbel Suárez -quien invitó a Matilde Pérez a la muestra en el Museo Reina Sofía-; la argentina Cristina Rossi y el venezolano Jesús Fuenmayor, quienes quedaron impresionados por la diversidad de autores enmarcados en el movimiento, que justamente en Argentina y Venezuela se transformó en uno de los más importantes, con artistas como Julio Le Parc y Jesús Rafael Soto, a la cabeza. “Los curadores simplemente no lo podían creer, todos desconocían estas obras y se preguntaban qué había hecho el público y el mundo cultural chileno con ellas. Por suerte ahora hay una euforia por este tipo de obras y los privados han comenzado a tomar conciencia de su valor”, comenta el académico.


Radiografía de la imagen (1958), de Ramón Vergara Grez (1923-2012), colección privada.

Grupos y reformas

La exposición parte marcando un nuevo hito en el desarrollo del arte abstracto en Chile. Aunque se suele situar su origen en los años 50, Castillo retrocede en el tiempo hasta los años 20: el recorrido parte con obras del uruguayo Joaquín Torres García y el argentino Emilio Pettoruti, quienes influyen en los artistas locales. De Chile, destaca Luis Vargas Rosas (1897-1977), fundador del Grupo Montparnasse, quien vuelve de París en los 30 con el germen de la abstracción; en su caso, uno donde las formas se inspiran en la naturaleza. Paisajes, árboles y flores que van sintetizándose hasta cobrar orgánicos movimientos sobre la tela. Los caligramas de Vicente Huidobro, coloreados por la artista abstracta Sara Malvar (1894-1970), también son parte de los antecedentes de un arte más concreto y constructivo.

Luego de eso, la muestra hace un salto a los años 50, específicamente 1952, con la muestra Arte Concreto, primera exposición en Chile que se realizó en el Hotel Miramar de Viña del Mar, y que fue protagonizada, entre otros, por los argentinos Ennio Iommi y Claudio Girola, quien se radicó en Chile y fue uno de los fundadores de Amereida, la Escuela de Arquitectura de la U. Católica de Valparaíso, otro eslabón perdido del arte abstracto en el país. De Girola se exhiben esculturas hechas con delgadas planchas de bronce que desafían la gravedad.

Dispuestas en la sala Andes, las obras de estos primeros años van hasta mediados de los 60. Un muro completo está dedicado a Ramón Vergara Grez, fundador del grupo Rectángulo (1955-1960), y otro para Gustavo Poblete que lideró el Movimiento Forma y Espacio, junto a Elsa Bolívar, quien también despliega su trabajo a muro completo.

Cruzando el hall, en la Sala Pacífico, se exhibe el resto de la historia. En 1968 se inicia la Reforma Universitaria en la U. de Chile y aunque hasta hoy muchos ven el movimiento de arte abstracto como simple decoración, éste fue parte fundamental en el cambio de estatutos que incluían asignaturas de forma, espacio y color con Gustavo Poblete, como director del Departamento de Artes de la U. de Chile, a la cabeza. También había de muralismo, dictado por Laureano Guevara. El Golpe de Estado de 1973 desmanteló todo el proyecto.

Entre los artistas menos conocidos hay rescates importantes como el antofagastino James Smith Rodríguez, quien fue miembro de editorial Quimantú y luego se fue exiliado a Holanda; Alejandro Siña, artista de formación ingeniero quien trabajó la abstracción con neones y llegó a estudiar en el MIT de EEUU; o Cornelia Vargas, quien inventó un sistema matemático para sus obras, llamado el “cuadrado mágico” y quien con 84 años fue la única que quiso hacer obras nuevas especiales para esta exposición.

Entre las razones de la poca recepción que tuvieron estos trabajos, enumera el curador, está el hecho de que la mayoría de los artistas provenían de la U. de Chile, la cual los acoge, pero a su vez los aísla, dejando que la producción se desarrolle sólo en sus talleres y aulas. Además de la poca riqueza cultural de la escena chilena: en esa época no hay ni coleccionistas ni instituciones que reciban este acervo y las muestras que algunos logran hacer en el Museo de Arte Contemporáneo o en el Museo de Bellas Artes son de entrada y salida, ninguna queda en el patrimonio público del país. “Más que conservadurismo, yo diría que hubo ignorancia, simplemente no se sabía qué era esto. Es un mal nacional: se menospreció lo propio pensando que lo que se hace acá es copia de otras partes y se equivocan, esto fue completamente original y nuestro”, concluye Ramón Castillo.

17.3.17

La revolución de las formas. 60 años de arte abstracto en Chile

Vía CCPLM.



La gran exposición de patrimonio nacional que exhibe 214 obras de 42 artistas, realizadas entre mediados del siglo XX y la primera década del siglo actual, da cuenta de una parte fundamental de la historia del arte en Chile y Latinoamérica.

Una exclusiva recopilación realizada entre colecciones privadas y públicas, chilenas y extranjeras, que incluye pinturas, dibujos, fotografías y esculturas que rescatan la expresión del movimiento de la abstracción en Chile desde sus inicios, con la simplificación de las formas, hasta el desarrollo de un arte concreto y constructivo que explora nuevos lenguajes, más cotidianos y cercanos, integrando el arte con elementos de la arquitectura, la ciencia, el diseño, el urbanismo, la literatura y la música.

A través de esta exposición el Centro Cultural La Moneda ha querido reconocer y rescatar el ímpetu y la envergadura del movimiento de los artistas geométricos, abstractos, concretos y cinéticos, así como también agradecer a los coleccionistas privados que han resguardado parte de estas obras y que hoy comprenden la importancia de ponerlas en valor facilitando su exhibición en este Centro Cultural y para todos los chilenos.

Exposición curada por el doctor en Historia del Arte, Ramón Castillo.

Del 23 de marzo al 28 de mayo | 2017
Salas de exposición: Andes y Pacífico | Nivel -3
Lunes a domingo | 9:00 a 19:30 horas
Entrada general $3000, estudiantes, tercera edad y convenios $1500
¡Gratis todos los días hasta 12:00 horas!

Plaza de la Ciudadanía 26, Santiago, Chile | Metro La Moneda | +56 223556500

16.3.17

Revolution: Russian Art 1917–1932. Royal Academy of Arts (London), 11 February — 17 April 2017

Vía Royal Academy of Arts.


Kazimir Malevich, Dynamic Suprematism Supremus, c. 1915. Oil on canvas. 80.3 x 80 cm. Tate: Purchased with assistance from the Friends of the Tate Gallery 1978 Photo © Tate, London 2016.

One hundred years on from the Russian Revolution, this powerful exhibition explores one of the most momentous periods in modern world history through the lens of its groundbreaking art.

Renowned artists including Kandinsky, Malevich, Chagall and Rodchenko were among those to live through the fateful events of 1917, which ended centuries of Tsarist rule and shook Russian society to its foundations.

Amidst the tumult, the arts thrived as debates swirled over what form a new “people’s” art should take. But the optimism was not to last: by the end of 1932, Stalin’s brutal suppression had drawn the curtain down on creative freedom.

Taking inspiration from a remarkable exhibition shown in Russia just before Stalin’s clampdown, we will mark the historic centenary by focusing on the 15-year period between 1917 and 1932 when possibilities initially seemed limitless and Russian art flourished across every medium.

This far-ranging exhibition will – for the first time – survey the entire artistic landscape of post-Revolutionary Russia, encompassing Kandinsky’s boldly innovative compositions, the dynamic abstractions of Malevich and the Suprematists, and the emergence of Socialist Realism, which would come to define Communist art as the only style accepted by the regime.

We will also include photography, sculpture, filmmaking by pioneers such as Eisenstein, and evocative propaganda posters from what was a golden era for graphic design. The human experience will be brought to life with a full-scale recreation of an apartment designed for communal living, and with everyday objects ranging from ration coupons and textiles to brilliantly original Soviet porcelain.

Revolutionary in their own right, together these works capture both the idealistic aspirations and the harsh reality of the Revolution and its aftermath.

All ticket prices include £2.50 for a printed gallery guide.

20.12.16

Hélio Oiticica: To Organize Delirium. Carnegie Museum of Art, Oct 1, 2016–Jan 2, 2017 Heinz Galleries

Vía Carnegie Museum of Art.



Oct 1, 2016–Jan 2, 2017 Heinz Galleries

The first comprehensive US retrospective of the influential Brazilian artist.

Carnegie Museum of Art presents Hélio Oiticica: To Organize Delirium, the first comprehensive US retrospective of the influential Brazilian artist (1937–1980). Ranging from beautifully balanced geometric paintings to immersive, interactive environments, Oiticica’s work is visually arresting, wholly original, and seeks to build a participatory relationship with audiences. The exhibition is co-organized by CMOA, The Art Institute of Chicago, and the Whitney Museum of American Art.

Installed in CMOA’s Heinz Galleries and expanding into its Hall of Sculpture, Hélio Oiticica: To Organize Delirium moves from the artist’s two-dimensional works, including Metaesquemas, geometric abstract paintings in bold colors that are so alive with incipient movement that they seem to struggle against the grid that supports them, into his explorations of color and form in three-dimensional space, in which the Metaesquemas’ geometric shapes take to the air. His Penetrables are colorful structures inspired by makeshift dwellings in the favelas of Rio de Janeiro that can be traversed by viewers. Parangolés, works in fabric that can be carried or worn, were originally made for the samba dancers in the Mangueira favela. The poetic or political messages that they often carry, buried within their layers of cloth, could be read only when the dancer was in motion. In addition to original works on display, exhibition copies invite visitors to wear and manipulate the artist’s interactive works.

The massive installation Eden, installed in the Hall of Sculpture at the heart of the museum, is Oiticica’s most ambitious. This huge work includes spaces designed to engage the senses and promote creative thought, tents for sleeping or listening to music, and beds filled with straw for relaxation or light reading. Because of its size, it is rarely presented.

The first exhibition to explore in depth the artist’s New York years (1970–1978) and his return to Rio (1978–1980), Hélio Oiticica: To Organize Delirium invites a reconsideration of an internationally recognized, yet too-rarely encountered artist.

18.6.16

Arte brasileño que devoró Europa: exposición Antropofagia y modernidad, arte brasileño en la Colección Fadel, 1908-1979

Vía Excelsior (México).

El Museo Nacional de Arte [de México] inauguró ayer la mayor muestra de obras modernas del país sudamericano, con más de 150 piezas

Por Luis Carlos Sánchez


Pintura 174: ritmos coplanares, Willys de Castro.

El 11 de enero de 1928, Tarsila do Amaral (1886-1973) le regaló al poeta y dramaturgo Oswald de Andrade –destacado exponente del modernismo brasileño y promotor de la Semana de Arte Moderno de Sao Paulo en 1922-, el lienzo Abaporu con motivo de su cumpleaños. Aquel cuadro habría de inaugurar todo un movimiento artístico. Tarsila y Oswald decidieron lanzar una revista donde publicaron el Manifiesto Antropófago que daría nombre a una de las más productivas etapas del arte moderno brasileño.

La propuesta era implantar un lenguaje moderno recuperando la cultura y las tradiciones autóctonas. En un acto “antropofágico”, el arte debía aprovechar y “devorarse” lo que le sirviera de las vanguardias europeas para acoplarlo a la realidad brasileña. Ese mismo año que Tarsila regaló Abaporu también pintó La muñeca, un óleo en el que aplicó lo que aprendió del cubismo, el fauvismo y el surrealismo, pero que encontró reflejo en su propia tierra, mucho más colorida y barroca.

La muñeca forma parte de las más de 150 piezas, entre pintura, escultura, instalación, obra gráfica y dibujo, que conforman la exposición Antropofagia y modernidad. Arte brasileño en la Colección Fadel. 1908-1979, con la que el Museo Nacional de Arte (Munal) ofrece desde hoy, un panorama de los diferentes movimientos artísticos modernos ligados a la construcción cultural de Brasil y hasta los inicios del arte contemporáneo en esas latitudes.

La muestra se articula de manera cronológica en tres módulos, proviene de la Colección Hecilda y Sérgio Fadel, que está conformada por más de mil 500 piezas que dan cuenta de la historia del arte en Brasil desde finales del siglo XIX a la actualidad. Subdivida en diferentes temáticas, la exposición ha sido curada por la argentina Victoria Giraudo, curadora del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), a donde la muestra viajará después para exponerse con el nombre de Colección Fadel. Modernidad y vanguardia brasileña.

“Cada vez me siento más brasileña: quiero ser la pintora de mi tierra”, dijo alguna vez Tarsila do Amaral; que una mujer enarbolara el estandarte del arte plástico brasileño no es casualidad. Con el título Meninas brasileñas, la exposición Antropofagia y modernidad arranca su primer módulo con un recuento del arte de las primeras décadas de la república brasileña (la producción de café estaba reemplazando al azúcar y provocó que Brasil creciera económicamente), donde la mujer tuvo uno de los papeles más importantes.

Anita Malfatti (1889- 1964) es una de ellas. En la exposición se incluye la acuarela Desnudo femenino, que fue pintada entre 1915 y 1916. Malfatti tuvo influencia directa de las vanguardias europeas pero al escritor Monteiro Lobato, le pareció que sus cuadros habían sido hechos por internos de un manicomio. Esto provocó que ella dejara de pintar y sólo el aliento de Oswald de Andrade le hizo volver a la pintura. Otras “meninas” incluidas en la exposición son Maria Martins (1894-1973) con la escultura Uriapuru; Lygia Pape (1927-2004), de quien se exhibe una xilografía Sin título elaborada en papel arroz o Lygia Clark (1920-1988), de quien se muestra la escultura armable Bicho, de 1960.

Plantas, arena, aves silvestres, poemas-objeto, una televisión y raros objetos bautizados como Parangolé conformaron en 1967 una instalación ambiental titulada Tropicalia, que el artista Hélio Oiticica (1937-1980) montó, inspirado en las favelas, en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro. La obra acabó fundando una nueva etapa del arte brasileño, que retomaba el pensamiento antropofágico, pero llamaba a una renovación cultural mediante la reivindicación del mestizaje.

La vegetación, el agua, las favelas, la samba, la mulata brasileña o los temas oníricos, marcan la producción artística brasileña posterior. En este núcleo, aparecen en la exposición obras como Floresta tropical de John Grasz (1891-1980); Colina de favela y O lago de Tarsila do Amaral; Rueda de Samba de Emiliano di Cavalcanti (1897-1976); Las bahíanas del mismo Grasz o Retrato de Bur-le Marx de Flavio de Carvahlo (1899-1973).

Con el surgimiento en 1951 de la Bienal de Sao Paulo, que se inspiraba en la Bienal de Venecia, se generó ahora la necesidad de experimentar y cuestionar los elementos de representación hacia un arte abstracto. Antropofagia y modernidad muestra la antesala del arte contemporáneo brasileño a través de artistas como Alfredo Volpi (1896-1988), de él se exhibe Elementos geométricos; Luiz Sacilotto (1924-2003); Maurício Nogueira Lima (1930-1999), del que se incluye Composición concreta.

4.11.15

Arte precolombino como inspirador de la Bauhaus: A Beautiful Confluence: Anni and Josef Albers and the Latin American World



Vía El País.

La obra de Josef y Annie Albers se expone en el nuevo Museo de las Culturas de Milán

Josef Albers (1888, Bottrop, Alemania—1976, New Heaven, EE UU) comenzó su serie Homenaje al Cuadrado en 1949 y siguió trabajando en ella hasta el final de sus días. En el millar de versiones que realizó de esta obra cumbre del arte contemporáneo, habla de la complejidad de la visión y la necesidad de una contemplación activa. Annelise Fleischmann (1899, Berlin—1994, Orange, EE UU) está considerada como la artista textil más importante del siglo XX y la primera en llevar sus diseños a los grandes museos de arte contemporáneo de todo el mundo. Artistas y teóricos, la pareja se conoció en la Bauhaus y se casó en 1925.

Cuando todavía vivían en Berlín, antes de que los nazis llegaran al poder, la obra de Josef y Annie Albers ya mostraba formas y colorido característicos de las culturas precolombinas. Conocían y admiraban las obras hechas por artistas anónimos con materiales básicos, formas sencillas y repetición de motivos. No en vano, la pareja viajó en numerosas ocasiones por México, Perú, Chile y Cuba y se empapó del arte latinoamericano, como revela la exposición Una maravillosa confluencia, con la que se inauguró la pasada semana el Museo de las Culturas de Milán de manera oficial. Hasta el 21 de febrero se podrá ver esta muestra en el nuevo centro, cuya apertura provisional se adelantó a mayo en coincidencia con la Expo.

Porque, después de que Hitler ordenara desmontar la Bauhaus (Albers había sido profesor en sus tres sedes: Weimar, Dessau y Berlín), ambos se tuvieron que exiliar a Estados Unidos como profesores. Recién instalados, comenzaron a viajar por los países citados y no lo dejaron de hacer hasta el final de sus días. Compraban, coleccionaban y documentaban con fotografías y textos cada uno de los objetos ante los que se quedaban prendados. La influencia del arte precolombino queda visiblemente reflejada en la muestra. Nicholas Fox Weber, presidente de la Fundación que difunde el legado de los Albers y comisario de la exposición, ha querido que, sin cartelas identificatorias de cada una, las obrasse contemplen en relación con las 180 piezas precolombinas elegidas de la amplísima colección que atesoraron durante sus viajes. Hay tejidos ornamentales y de uso diario, arte plumario, fotos de los edificios de mampostería encajados sin argamasa como sobre los que se levanta el Templo del Sol en Coricancha, en Cuzco, figurillas de Chupícuaro. Junto a estos antiguos tesoros van desfilando las pinturas de formas geométricas y llamativo colorido o las delicadas composiciones de Josef Albers.

Las famosas creaciones sobre telas de Annie ocupan las vitrinas centrales y a veces parecen trepar entre las obras de su marido, especialmente en las cuatro versiones de Homenajes al cuadrado, la emblemática serie de Josef Albers representada en todos los grandes museos de arte contemporáneo del mundo. La serie se centra en la representación de un cuadrado central y una serie de sucesivos márgenes de colores puros, que reitera en distintas gradaciones cromáticas y matices pictóricos y que constituye un estudio único sobre la visión y el color.

Juegos de colores

“Si nos fijamos esos juegos con los colores se apuntan en obras anteriores y en pequeños tapices que conoció en sus viajes a Perú o a México”, dice el comisario. Como ejemplo, señala un cinturón hecho con pequeñas plumas azules y anaranjadas sobre el que se expone una serie de ocho pinturas en las que se reproducen diferentes combinaciones de colores.

Fox Weber añade que es la primera muestra sobre la influencia latinoamericana en la obra de los Albers. El museo inaugura simultáneamente una muestra dedicada a Gauguin y otra a la muñeca Barbie. ¿No pensarían los Albers que es una mezcla muy ecléctica? “Es un museo público que tiene que complacer a todo tipo de espectadores”, responde el comisario. “Creo que a los Albers les hubiera divertido”, agrega.

17.10.15

Max Bill, exposición en Madrid, Fundación Juan March, 16 octubre 2015 – 17 enero 2016


Pinturas y esculturas de Max Bill, en las salas de exposiciones de la Fundación March. © ABC / ISABEL PERMUY

Vía Fundación Juan March.

El artista suizo Max Bill (Winterthur, 1908-Berlín, 1994) fue un multitalento que articuló su vida en torno al trabajo artístico y la reflexión sobre unas pocas, pero grandes, ideas –las de forma, concreción, función, figura, belleza o configuración. Fue un creador inserto en la tradición renacentista del homo universalis, un "configurador" que combinó las virtudes del homo faber y del homo ludens durante toda su intensa vida.

Esta primera retrospectiva de Max Bill en España exhibe de manera concentrada la obra completa del artista, porque cubre, tanto cronológica como temáticamente, todos los aspectos de su polifacética creación: la pintura, la obra gráfica, la escultura, la arquitectura, el diseño de libros y revistas, el diseño industrial y de mobiliario, el grafismo y la tipografía publicitaria –desde los carteles de gran formato hasta las pequeñas inserciones en publicaciones periódicas– y el diseño de espacios expositivos. Una cuidada selección de 170 obras y documentos procedentes de colecciones e instituciones públicas y privadas europeas y americanas materializan esta idea de "retrospectiva concentrada", que ha guiado desde sus inicios el desarrollo de la exposición y del catálogo que la acompaña.

La obra de Max Bill ha podido verse hasta ahora en España formando parte de exposiciones colectivas y, sobre todo, en la muestra individual que le dedicaron el Museo Español de Arte Contemporáneo de Madrid y la Fundació Miró de Barcelona en 1980, la primera en nuestro país que presentaba a un tiempo pinturas, esculturas y obra gráfica. Su arquitectura, a la que se le han dedicado diversos estudios y publicaciones, ha despertado igualmente el interés entre nosotros, como también su paso por la Bauhaus y su relación fundacional con la Hochschule für Gestaltung Ulm (HfG) [Escuela Superior de Diseño de Ulm], creada en 1951.

Tras una serie de exposiciones significativas recientes, celebradas en el Kunstmuseum de Stuttgart, el Kunstmuseum y el Gewerbemuseum de Winterthur y la Haus Konstruktiv de Zúrich entre 2005 y 2008 (en esta última fecha con motivo del centenario de Bill), la muestra que ahora presenta la Fundación Juan March quiere ofrecer una visión actualizada de la obra del artista suizo y de su significado para las artes plásticas, la arquitectura y el diseño.

La muestra ha sido concebida y organizada en estrecha colaboración con la max, binia & jakob bill stiftung y ha contado con el asesoramiento principal de Jakob Bill, y para ello se han seleccionado obras fundamentales y representativas de toda la trayectoria del artista, que fue alumno de la Bauhaus entre 1927 y 1928 y, como se ha dicho, arquitecto y cofundador de la Escuela de Ulm en 1951, además del máximo exponente del llamado konkrete kunst [arte concreto], tendencia que ha marcado la creación suiza contemporánea. Bill destaca, además de por su influencia en la arquitectura española, por su influjo en las corrientes geométricas latinoamericanas, una pista que la Fundación Juan March ya tuvo ocasión de mostrar en la exposición América Fría. La abstracción geométrica en Latinoamérica, 1934-1973. También destaca por sus ensayos, su dedicación a la enseñanza y sus preocupaciones políticas y sociales. A todos esos aspectos de su vida y su obra atiende el catálogo de la muestra, profusamente ilustrado y publicado en dos ediciones, española e inglesa, con ensayos de especialistas internacionales y españoles y una selección de textos inéditos de Max Bill.

La exposición max bill ha estado precedida por una muestra, dedicada a la obra gráfica de del artista, en la que se han exhibido más de un centenar de piezas y que ha tenido como sedes el Museu Fundación Juan March, en Palma de Mallorca (25 de febrero-30 de mayo de 2015) y el Museo de Arte abstracto Español de Cuenca (24 de junio-18 de septiembre de 2015). Algunas de estas obras se muestran también en Madrid.

En un texto sobre cuestiones relacionadas con el diseño de exposiciones escrito en 1948, Max Bill decía haberse preguntado con frecuencia "por qué se visitan las exposiciones. He llegado a la conclusión […] de que la mayoría de los visitantes esperan recibir una sensación que exceda el ámbito de su vida cotidiana. La visita a una muestra –añadía– es una ocasión para interrumpir la vida diaria con un día de fiesta".

La obra de Bill puede considerarse como una intensa fiesta de las formas; con aquellas formas que encuentran su función en la vida diaria –como las del diseño y la arquitectura–, y con aquellas con las que se celebra una belleza que no tiene función material –la de las obras de arte, que Bill definió frecuentemente como "objetos configurados para el uso espiritual"–. A festejar ese doble juego está dedicada esta exposición.

Joaquín Torres-García: The Arcadian Modern, MoMA, New York, October 25, 2015–February 15, 2016

Vía MoMA.


Joaquín Torres-García (Uruguayan. 1874–1949). Hombre (Man). 1930. Painted woods (5 pieces), 8 1/16 x 3 1/8 x 1 1/4″ (20.5 x 8 x 3.2 cm). Guillermo de Osma, Madrid. © Sucesión Joaquín Torres-García, Montevideo 2015. Photo credit: Joaquín Cortés Noriega.

This major retrospective of Joaquín Torres-García (Uruguayan, 1874–1949) features works ranging from the late 19th century to the 1940s, including drawings, paintings, objects, sculptures, and original artist notebooks and rare publications. The exhibition combines a chronological display with a thematic approach, structured in a series of major chapters in the artist’s career, with emphasis on two key moments: the period from 1923 to 1933, when Torres-García participated in various European early modern avant-garde movements while establishing his own signature pictographic/Constructivist style; and 1935 to 1943, when, having returned to Uruguay, he produced one of the most striking repertoires of synthetic abstraction.

Torres-García is one of the most complex and important artists of the first half of the 20th century, and his work opened up transformational paths for modern art on both sides of the Atlantic. His personal involvement with a significant number of early avant-garde movements—from Catalan Noucentismo to Cubism, Ultraism-Vibrationism, and Neo-Plasticism—makes him an unparalleled figure whose work is ripe for a fresh critical reappraisal in the U.S.

1.2.15

El retorno de la serpiente: Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 12 noviembre, 2014 - 13 abril, 2015 / Edificio Sabatini, Planta 3





El retorno de la serpiente: Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional
12 noviembre, 2014 - 13 abril, 2015 / Edificio Sabatini, Planta 3

La exposición constituye una aproximación al trabajo de Mathias Goeritz (Danzig, 1915 – México DF, 1990) realizado desde su instalación en México, en 1949. A lo largo de cuatro décadas, en su producción tanto teórica como práctica converge la utopía racional con el neoprimitivismo, factores que derivan de su propia biografía: el periplo por distintas ciudades de Europa y del norte de África (1948), su estancia en España y su participación en los prolegómenos de la Primera Semana de Arte en Santillana del Mar (septiembre de 1949), así como el contacto con la cultura mexicana.

La muestra toma el principio de la “arquitectura emocional” como el asunto sobre el que se construye y articula el discurso expositivo. Formulado por Mathias Goeritz en 1954, este principio se convierte en el eje dinamizador y fundamento teórico y estético de su trabajo. Con él apelaba a la necesidad de idear espacios, obras y objetos que causen al hombre moderno una máxima emoción, frente al funcionalismo, el esteticismo y la autoria individual. En este sentido, las nociones de colaboración, la libertad de creación y la recuperación de las funciones sociales del diseño se reconocen en todos los trabajos alentados y realizados por Goeritz en esos años.

Planteada como un recorrido por los trabajos emblemáticos de Goeritz, la exposición pone de manifiesto cómo el conjunto de su obra y actividad surge de la asunción del arte como proyecto meta-artístico (extendiéndose al ámbito de lo social, lo político y lo público), donde una forma primigenia –las líneas en arista que conforman el cuerpo de una serpiente (La serpiente de El Eco, 1953)– deviene módulo formal y conceptual de todo su trabajo, desarrollado en un contexto de guerra fría. A su vez, términos como maqueta y monumento aparecen como las categorías entre las que transita su obra, evidenciando una voluntad de subvertir la noción de proporción.

Para ilustrar estas cuestiones y problemáticas referidas a la concepción y realización de los distintos proyectos e ideas, la exposición se compone de una selección de más de doscientas obras. La naturaleza de las mismas –dibujos, bocetos, maquetas, fotografías, esculturas y cuadros sobre tabla– revela el carácter experimental, analítico e incluso lúdico de la producción de Goeritz, la cual queda vertebrada por la persistencia de un tema y motivo.

Organización:
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Comisariado:
Francisco Reyes Palma

Ver artículo en El País: Tan contemporáneo como un rascacielos, por María Minera.

1.10.14

Muere la artista visual Matilde Pérez, pionera del arte cinético chileno



Vía La Tercera.

La influyente artista, de 97 años, falleció esta tarde. Se encontraba postrada en cama desde el año pasado.
por Jorge Letelier F. - 01/10/2014 - 18:50

La artista cinética chilena Matilde Pérez, pionera en el país de esta corriente modernista, murió hoy a los 97 años, producto de un paro cardiorespiratorio.

Pérez será velada desde mañana en la Iglesia San Patricio, ubicada en Isabel la Católica con Manquehue, Las Condes. Su funeral se realizará el viernes en el Parque del Recuerdo (Huechuraba).

La información fue confirmada por su hijo, Gustavo Carrasco, quien manifestó que la artista falleció por un paro. "Los últimos meses estaba en cama, pero lúcida, con sus capacidades cognitivas intactas. Este lunes volví de un viaje y su estado había cambiado. Se encontraba durmiendo sin reacción, como en un sueño profundo. Ayer llamé a Help y comenzaron un tratamiento de suero, pero no reaccionó", cuenta.

Matilde Pérez fue un nombre propio en el arte moderno chileno de la segunda mitad del Siglo XX. Pero recién en la última década fue revalorizada como una artista fundamental de la escena. Tuvo su primera gran retrospectiva en enero del año pasado en Fundación Telefónica, Matilde X Matilde, Espacio móvil, donde se reunió obra inédita, textos, bocetos y material de trabajo, la que fue muy visitada por el público.

Dueña de una personalidad de muy bajo perfil, la artista siempre transitó por debajo de la oficialidad del arte chileno. "Yo funciono para el que quiera conocerme. El que no quiera, está bien. No tengo responsabilidades con nadie. Nunca me he preocupado si en Chile me reconocen", dijo Pérez para la inauguración de Matilde X Matilde, un poco aludiendo al Premio Nacional de Arte que nunca se le entregó.

La artista tuvo la importancia de introducir las primeras corrientes modernistas en el arte pictórico chileno, a comienzos de los años cincuenta con la abstracción geométrica, y luego con las enseñanzas del arte cinético que aprendió del húngaro Victor Vasarely, en París en 1960.

En su juventud, su búsqueda por encontrar nuevos lenguajes expresivos en el arte la llevó a ser parte del Grupo de los Cinco, y luego del Grupo Rectángulo, con el que expresó su rechazó a la tradición figurativa.

El momento clave fue su encuentro en París con Vasarely, a inicios de la década del 60', de quien aprendió las posibilidades de la abstracción geométrica y el trabajo sobre la forma y el color. Sus investigaciones en ese entonces la llevaron a transitar un camino único en el arte local, el que fue poco reconocido. A través de pinturas, collages, esculturas acrílicas o metálicas, Pérez trabajó incesantemente con las posibilidades de la creación del movimiento -a través de la ilusión óptica- y también del movimiento real producido por la electricidad.

"Su figura es única, anómala, muy secreta y singular. Por eso es que creo que no hubo una atención crítica hacia su trabajo antes. Era una artista solitaria, singular, de bajo perfil. Ella logró sin hacer mucho que se instalara esa atención crítica. Fue responsable de ocuparnos y detenernos a leerla, a intentar comprender su arte", explica el curador y Director del Parque Cultural de Valparaíso, Justo Pastor Mellado.

Entre sus obras públicas más conocidas figuran el Túnel Cinético (arriba) que expuso en el Instituto Chileno-Norteamericano, en 1970, y que fue reconstruido para la muestra Matilde X Matilde. Y el Friso que construyó en el Centro Comercial Apumanque en 1982, y que fue desmontado en 2007, el que ahora permanece en la Univ. de Talca.

La gestora cultural Morgana Rodríguez, también participó del revival de Matilde Pérez en los últimos años, y fue parte del equipo que preparó Matilde X Matilde, y se encuentra preparando un libro junto al curador Ramón Castillo y la nieta de la artista, Catalina Carrasco. "Estábamos trabajando en restauraciones, un catastro con restauraciones eléctricas y de sus obras más desconocidas. Y en un libro también, con su obra completa. Será una gran retrospectiva a partir de lo que ya hicimos en Telefónica. El tipo de obras que ella hacía eran tan distintas a la de su generación, por eso siempre se descubre algo nuevo en ella. Matilde se redescubrirá siempre", cuenta sobre la publicación.

Por décadas enfrentada a una virtual invisibilidad, la obra de la artista fue revalorizada hace poco más de 10 años en una exposición en el Museo de Bellas Artes, en 1999, la que fue curada por Ramón Castillo, responsable también de Matilde x Matilde, la exposición del año pasado en Fundación Telefónica. Mientras en Chile era parcialmente redescubierta, en el exterior su trabajo gozaba de prestigio, como lo atestigua la muestra del Museo Reina Sofía de España que reunió a los latinoamericanos más importantes del arte óptico, en la muestra Cinético(s), de 2007. En 2012 se le hizo un tributo en la Feria Pinta de Londres, el encuentro comercial de arte latinoamericano más importante del mundo, donde además se lanzó una serie de grabados realizados por la editorial española Polígrafa.

La figura de Matilde Pérez iba y venía. Gozaba de popularidad y luego volvía a quedar fuera de las modas que impregnan el circuito del arte. Para Ramón Castillo, el rasgo iconoclasta de la artista cinética fue su gran sello, tal como lo reconoció en la inauguración de Matilde X Matilde: "Matilde Pérez es un pensamiento. Hay escritos de una complejidad impresionante, donde afirma que busca la concepción pura de las formas, ya en la década del '60. Ella llegó a afirmar que "se puede hacer pintura sin pintura", finalizó.