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16.7.19

Águilas de la construcción: la historia de superación de los indios ‘sin vértigo’ que levantaron los rascacielos de Nueva York

Vía El País.

No aparecieron en la foto, pero asumieron las labores más peligrosas que hicieron posible la creación de famosos edificios de Manhattan. Manejar fraguas portátiles al rojo vivo a alturas de más de 350 metros fue una de ellas


En la imagen Roger Horne, un herrero de Mohawk mirando al infinito en una construcción entre Park Avenue y 53rd Street. 1970-1971. | David Grant Noble. Cortesía del National Museum of the American India.

Por BEGOÑA MARÍN
16 JUL 2019 - 10:51 CEST

Cuando pasado el horror del 11 de septiembre de 2001 donde se habían elevado las Torres Gemelas en el World Trade Center quedó un profundo agujero, los indios Mohawk sintieron que parte de su historia se había destruido con ellas. Sus antepasados habían construido esas torres, y la mayoría de los rascacielos más icónicos de Nueva York, como el Rockefeller Center o el Chrysler Building. Manhattan no hubiera sido posible sin ellos, los guerreros del hierro, enormemente codiciados por su falta de vértigo. O al menos, esa era la fama que les precedía.

Esta leyenda de los mohawks se remonta a 1850 y se sitúa en tierras canadienses. La Dominion Bridge Company quería construir el Puente Victoria sobre el río San Lorenzo. El tramo sur se situaba dentro de la reserva Kahnawake, cerca de Montreal, donde vivía esta tribu. Así que para obtener el permiso y erigir el puente en las tierras de la reserva, la compañía tuvo que contratar a los nativos para que extrajeran piedra para su fundación.

Al finalizar la jornada de trabajo, los hijos de los obreros se infiltraban en la construcción y jugaban al pilla-pilla escalando con soltura la estructura inacabada. Se atrevían a subir por una estructura de 45 metros y correr sobre el hierro. Los trabajadores de la compañía trataban de ahuyentarlos del puente por miedo a que cayeran, pero ellos no hacían caso. Su agilidad pronto atrajo la atención de la empresa, que vio la forma de aprovechar este don innato.

En 1886, un segundo proyecto canadiense, el Puente Negro, brindó a la compañía la oportunidad de poner a prueba a los pequeños mohawk. Doce adolescentes fueron entrenados para trabajar como remachadores, un oficio que era difícil de cubrir por su grado de dificultad. Los muchachos se iniciaron en esta técnica con facilidad, sobresaliendo en el trabajo más traicionero de la industria, y ganándose el apodo de "Las maravillas sin miedo".

En 1907 la tragedia les golpeó cuando el tramo sur del puente de Quebec se derrumbó y mató a 96 hombres. Treinta y tres de ellos eran mohawks. Al informar sobre el accidente, The New York Times enumeró a todos los trabajadores estadounidenses y canadienses fallecidos como homenaje. En aquella lista no apareció ninguno de los 33 indios. Eran los obreros invisibles.

Pero ni las muertes ni el anonimato les alejaron de la construcción. Según un anciano de la tribu citado en un artículo del New Yorker en 1949, "la fatalidad aumentó su determinación e hizo que esta profesión cobrara mayor interés para ellos. Se sentían orgullosos de poder desarrollar una tarea tan peligrosa. Todos querían entrar en el sector".

Ocho años después de aquella tragedia, la Junta Americana de Comisionados Indios informó de que 587 de los 651 hombres en edad de trabajar pertenecían al sindicato de trabajadores del hierro. En el futuro, los hombres trabajarían en cuadrillas más pequeñas y en diferentes tareas, asegurando que ningún accidente individual acabaría con la pérdida de tantos miembros de una comunidad.
Los que más se jugaban la vida y los que menos la perdían

Al otro lado de la frontera, en Nueva York, comenzaba el auge de la construcción gracias a las posibilidades que brindaba el acero. Y se produjo una gran demanda de obreros cualificados. La distancia entre la reserva de Kahnawake y la Gran Manzana era de 12 horas y media en coche por tortuosas carreteras. Pero estos indios querían trabajar y sabían que los salarios allí eran altos, así que no dudaron en ir a la tierra prometida. Algunos se mudaron con sus familias a un barrio cercano a Downtown que acabó conociéndose como Little Caughnawaga, y que llegó a tener 800 habitantes.

A pesar de su destreza, el trabajo resultaba extraordinariamente peligroso. Atravesar vigas de solo 25 centímetros con un cinturón de herramientas de más de 20 kilogramos dejaba poco espacio al error. Si además corrían vientos fuertes, un paso en falso podía acabar en un salto mortal sin red. Por eso, los mohawks, que nunca demostraban tener temor a las alturas, siempre trabajaban con alguien de confianza a su lado.

La construcción de estructuras de acero requería tres tipos de cuadrillas de trabajo: levantamiento, montaje y remachado. En esta última intervenían los mohawks. Era la que tenía encomendada la tarea más peligrosa —que todo quedara fijado— y con la que no se atrevían, o para la que no alcanzaban la destreza necesaria, el resto de trabajadores, en su mayoría inmigrantes irlandeses o polacos. Los remachadores debían usar fraguas portátiles para quemar carbón hasta que estuviera al rojo vivo a alturas de más de 350 metros, posando sus pies en andamios de madera.

Debían malear el hierro para encajar los remaches en los agujeros y luego usar martillos neumáticos para que el remate quedara asegurado. Según los constructores, "manejaban estas herramientas como si estuvieran pasándose los huevos con jamón del almuerzo". Ellos eran quienes más se jugaban la vida y, sin embargo, quienes menos la perdían. En la construcción del Rockefeller Center, por ejemplo, murieron cinco personas, ninguno de la tribu. De lo que no se libraban era de sufrir heridas a diario: piel quemada, dedos aplastados, brazos rotos, cortes y moratones.

El mito de la falta de vértigo

Pero, ¿de verdad no tenían vértigo? "No es cierto que no temamos caer al vacío", confiesa Kyle Karonhiaktatie Beauvais, un descendiente de los artífices de las Torres Gemelas, "pero contamos con la experiencia de los veteranos y la responsabilidad de mantener una tradición que tanto orgullo nos ha proporcionado". Tienen miedo a las alturas, como cualquier humano, pero aseguran que lo gestionan mejor.

Ahora, la sexta generación de los indios del hierro no tiene fácil seguir los pasos de sus antepasados. Más de 2.000 aspirantes se presentan todos los años para ingresar en la mejor escuela de capacitación de aprendices en EE.UU., de los que solo logran acceder entre 80 y 100. Local 40, institución asociada con el sindicato de trabajadores del acero, ofrece tres años de formación en soldadura, manejo de grúas y otras habilidades necesarias para la profesión. Y a los mohawks no les sirven las credenciales históricas. Randy Jacobs, uno de los instructores, admite entre bromas que la prueba de admisión es propia de un programa espacial. Entre otras demostraciones les exigen escalar una viga de hierro de nueve metros y levantar pesas de 11 kilogramos a una plataforma elevada tan rápido como puedan. Solo la superan unos pocos.

Los ancianos de aquella tribu nunca imaginaron que sus descendientes tuvieran que pelear entre miles de personas para hacerse un hueco en las alturas. Tampoco imaginaron que sus tataranietos verían cómo se desplomaban aquellas dos torres de Manhattan que ellos elevaron. Doscientos mohawks trabajaron en el World Trade Center, pero ellos nunca aparecieron en la foto. Ni siquiera en la mítica instantánea de Almuerzo en el Rascacielos que inmortalizó a un grupo de obreros sentados en un andamio sobrevolando el cielo de Nuevo York. Ellos fueron un mito invisible, una leyenda, las águilas de la construcción.

12.9.17

El arte sin freno de Hélio Oiticica

Vía El País.

Hélio Oiticica, que protagoniza una retrospectiva en el Museo Whitney, llevó al límite la integración creativa con el entorno y las pasiones

Por Eduardo Lago
11 SEP 2017 - 19:26 CEST


Sala del Whitney con obras de Hélio Oiticica. Ron Amstutz

Una de las exposiciones más especiales de todo el verano neoyorquino, y una de las más concurridas, probablemente sea Organizar el delirio, exquisita retrospectiva que el Museo Whitney ha dedicado a la obra del brasileño Hélio Oiticica (1937-1980), artista fundamental del siglo XX, cuya reputación a escala internacional no ha dejado de crecer desde que falleció de manera repentina a los 42 años, víctima de un accidente cardiovascular. Oiticica fue una figura importante en Brasil, donde formó parte de movimientos como el Grupo Frente, el neoconcretismo y sobre todo el tropicalismo, que fundó con Caetano Veloso. “Organizar el delirio”, expresión de Haroldo de Campos, poeta muy próximo al artista, resume a la perfección el sentido de una obra de una radicalidad política y estética explosivas. En 2009 se produjo un incendio en la casa familiar donde se guardaba provisionalmente el legado del artista, perdiéndose la mayoría de su obra, por lo que gran parte de la muestra es el resultado de un meticuloso proceso de reconstrucción.

De convicciones anarquistas, festivo y visceral, Oiticica fue tan inventivo como riguroso en sus planteamientos. Pocos artistas han llegado tan lejos como él en sus investigaciones sobre la naturaleza del color en relación con el tiempo, la luz, la arquitectura o la geometría. Sus trabajos pictóricos (Secos, Metaesquemas, Bilaterales, Invenciones), algunos realizados cuando tenía tan sólo 18 años, son de una delicadeza, frescura y perfección que siguen sorprendiendo hoy. A partir de ellos, la muestra da cuenta de la lucha de Oiticica por liberar a la pintura de sus limitaciones espaciales intentando hacer de ella un instrumento de intervención social, capaz de integrar sensorialmente la creación artística con el entorno y con las pasiones del cuerpo. La originalísima exploración estética de Oiticica le obligó a concebir un vocabulario especial para sus insólitas creaciones. Los bólides (bolas de fuego) son estructuras-objeto construidas con gran diversidad de materiales que buscan implicar al espectador invitándolo a manipularlas. Los parangolés eran capas de tela sintética en las que los bailarines de la escuela de samba de la favela de Mangueira para quienes fueron diseñadas se enfundaban, integrando así su cuerpo en movimiento en la propia obra de arte. Los penetrables son construcciones precarias, inspiradas directamente en la arquitectura de las favelas.

Independientemente del formato, Oiticica quería que sus obras fueran olidas, tocadas, oídas, gozadas visualmente, vestidas o penetradas, en una palabra, usadas por quien se acercaba a ellas. Su hábitat natural eran los espacios públicos. En una ocasión en que los miembros de la escuela de samba de Mangueira se presentaron en el Museo de Río de Janeiro bailando envueltos en parangolés fueron expulsados, continuando su festiva intervención en la calle. La idea de los penetrables es adentrarse en estructuras que no se sabe bien adónde pueden llevar. Los hay de signo muy diverso. El Projeto Cães de Caça, de 1961 (el nombre designa a las estrellas de la constelación de Orión), consta de cinco penetrables de distintos colores que conforman un jardín mágico con áreas destinadas a la experimentación de la música, la poesía o el teatro. El Cuadrado mágico (1978) es un penetrable al aire libre de una belleza visual sobrecogedora.

Entre las piezas más idiosincráticas de Oiticica figuran las cosmococas, creadas en colaboración con su amigo Neville D’Almeida. Se trata de obras directamente realizadas con rayas de cocaína que siguen distintos trazados, como los rasgos del rostro de Jimi Hendrix que aparece en la portada de uno de sus elepés, trabajo realizado por Oiticica en Nueva York. Los años que pasó en esta ciudad (1970-1978) fueron un periodo intenso durante el cual el artista operó en gran medida al margen de las instituciones. Su loft de la Segunda Avenida era un espacio abierto a la experimentación en el que propició gran diversidad de proyectos, como los cuasicinemas (historias visuales en bruto, a mitad de camino entre el cine y la fotografía), o los babilónicos (nidos o refugios propicios a la provocación del acto estético a salvo del peligroso contexto de las calles del babilónico Manhattan).h

Oiticica era homosexual y el Nueva York posterior a Stonewall le permitió expresar su identidad como no le había sido posible hacerlo nunca antes. Le tocó vivir una ciudad doble: por una parte, Nueva York atravesaba una de las etapas más duras e infernales de su historia, abandonada a su suerte por el Gobierno federal en medio de un estado de decrepitud extrema, con el trasfondo perenne de incendios provocados por intereses inmobiliarios. Simultáneamente, la ciudad vivía una explosión de creatividad musical y artística que jamás se ha vuelto a dar. En Río de Janeiro, Oiticica, que procedía de una familia privilegiada, había hecho de las favelas su centro de gravedad artístico.

De manera parecida, en Nueva York adoptó como escenario de su creatividad el barrio más peligroso, el South Bronx, uniendo así política y estéticamente a los destituidos de los dos enclaves, logrando ser aceptado por los miembros de las gangs del Bronx de manera semejante a como había conseguido relacionarse con los criminales de las favelas, arrastrándolos milagrosamente en ambos casos hacia sus propuestas estéticas y haciendo bueno el lema por el que es más conocido: “Sé marginal, sé un héroe” (la enseña, impresa en un estandarte rojo con la silueta de un delincuente abatido a tiros por la policía de Río, cuelga incongruentemente de una de las paredes asépticas del Whitney).

La marginación que vivió Oiticica en Nueva York no fue simbólica. Además de servirse de la cocaína como material artístico, Oiticica la consumió desaforadamente y traficó con ella, idealizando su poder de redención en sus escritos (coincidiendo con las posturas de Mick Jagger y Lou Reed hacia la morfina o la heroína). Por supuesto, las grandes instalaciones históricas de Oiticica, como Tropicália (1967) y Edén (1969), constituyen la parte central de Organizar el delirio. Son sus obras más importantes y por tanto las más conocidas y comentadas. Junto con Rijanviera (1979), instalación inspirada en Finnegans Wake que el artista completó poco antes de morir, se trata de obras que invitan al espectador a penetrar en las zonas que las integran (playas, ríos, la flora, la fauna y la simbología mítica de Brasil, contempladas con burlona ironía). Perderse en ellas es una experiencia irrepetible. Con todo, es en las secciones dedicadas al trabajo realizado en Nueva York donde se encuentran las claves más profundas y también las más perturbadoras de su arte.

10.8.17

Guggenheim de New York reunirá obra de Josef Albers en México

Vía El Universal (México).

La muestra aborda la relación entre la obra abstracta del artista y la arquitectura precolombina



El museo Guggenheim de Nueva York anunció hoy una exposición de la obra que Josef Albers creó durante sus frecuentes visitas a México, lo que revela la influencia que tuvo el arte precolombino en este artista de origen alemán.

Titulada "Josef Albers en México", la exposición ilumina la relación entre la obra abstracta del artista, nacido en 1888 en Alemania y fallecido 88 años más tarde en Estados Unidos, y la arquitectura precolombina, ademas de que incluye muchas fotografías nunca antes expuestas.

Abierta el público del 3 de noviembre de 2017 al 18 de febrero de 2018, la muestra contará con una selección de pinturas tempranas raramente mostradas, lienzos icónicos de sus series "Homenaje al cuadrado" y "Variante/Adobe", y obras en papel.

La exposición también incluye una rica selección de fotografías y collages de imágenes, muchos de los cuales fueron creados por Albers tras sus frecuentes visitas a sitios arqueológicos mexicanos a partir de los años 1930.

Con cartas, estudios y fotografías personales no vistas en las colecciones del Museo Guggenheim y de la Fundación Josef y Anni Albers, "Josef Albers en México" ofrece una oportunidad para descubrir el aspecto menos conocido de la práctica de este artista.

La muestra además ofrece una nueva perspectiva sobre sus obras abstractas más célebres, de acuerdo con el Guggenheim. La muestra es organizada por Lauren Hinkson, curadora asociada del museo.

Artista, poeta, teórico y profesor de artes y diseño en la Bauhaus, Dessau y Berlín, así como en varias instituciones en Estados Unidos, Albers y su esposa la artista Anni Albers viajaron a México y otros países latinoamericanos más de una docena de veces desde 1935 a 1967.

En sus visitas fue a monumentos de la antigua Mesoamérica, que los arqueólogos estaban excavando en medio de un resurgimiento del interés por el arte precolombino cultura.

En cada visita, Albers tomó cientos de fotografías en blanco y negro de las pirámides y santuarios en estos sitios, agrupando a menudo varias imágenes impresas en varios tamaños sobre hojas de cartón.

Las fotografías y los collages resultantes revelan el enfoque innovador, aunque poco estudiado de Albers, además de subrayan la importancia de la serialidad y la temporalidad dentro de su cuerpo general de trabajo, destacó el museo.

"El entusiasmo de Albers por las imágenes precolombinas puede considerarse dentro de la compleja y convulsionada historia de los artistas modernistas que miran hacia las culturas no occidentales como fuente de material", apuntó el museo.

Añadió que su obra contrasta con la de los artistas mexicanos revolucionarios a los que conoció en sus viajes, entre ellos Diego Rivera.

"Al mismo tiempo, el compromiso a largo plazo de Albers para estudiar el arte y la arquitectura mexicana lo sitúa como una figura preestablecida en la historia del arte americano posterior a la Segunda Guerra Mundial", precisó el Guggenheim.

En ese grupo se encuentran también artistas como Donald Judd, Ad Reinhardt y Robert Smithson, que miraron hacia antiguas tradiciones con una nueva sensibilidad y consciencia.

nrv

28.7.17

Del México colonial al Met: una exhibición colosal

Vía New York Times.


Un detalle de "Moisés y la serpiente de bronce y la Transfiguración de Jesús”, de 1683, uno de las obras de Cristóbal de Villalpando en exhibición en el Museo Metropolitano del Arte en Nueva York. © Cristóbal de Villalpando, Propiedad de la Nación Mexicana, Secretaría de Cultura

Sube las escaleras que llevan a la puerta principal del Museo Metropolitano de Arte; abre tu bolso para que lo revisen; paga la aportación voluntaria –ya sean 25 centavos o 25 dólares– por un boleto, y avanza en línea recta. Te encontrarás en la sombría sala de esculturas medievales, con su gigantesca reja (trascoro) de hierro, pero algo inusual, algo brillante, se asoma más allá. La entrada a la Colección Lehman, generalmente vacía, en la parte trasera del museo, está llena de apóstoles estupefactos, envueltos en sedas de colores lila y rosa; hay profetas con barbas blancas largas iluminados al fondo por un sol deslumbrante. En el centro de todas estas obras, invitando a los grupos de visitantes a que se reúnan ahí, se encuentra el hijo de Dios, vestido de blanco y con bigote; su cuerpo es mitad carne y mitad luz.

Lo que se ve a través de la puerta es la parte superior de un retablo espectacular de nueve metros, creado por Cristóbal de Villalpando, el pintor más importante del siglo XVII en México, o la Nueva España, como se le llamaba durante el virreinato. El retablo, que fue terminado en 1683, nunca antes se había alejado de su hogar en la catedral colonial de Puebla, México. A partir de ahora y hasta octubre, esta obra maestra del barroco mexicano —un estilo más ligero y menos rígido que su contraparte europea, en el que se usan colores brillantes y ornamentación libre— es la única pieza que se encuentra en el patio del Ala Lehman, y su intensa mezcla de santos y mortales debería estimular todo tipo de veneración. Desde 2001, cuando el interior del Guggenheim se pintó de negro para compensar una obra maestra del barroco brasileño, no se había mostrado un retablo latinoamericano de tal magnitud e importancia en Nueva York.

La exhibición Cristóbal de Villalpando: Mexican Painter of the Baroque incluye diez obras más pequeñas del artista, que se encuentran en el piso de arriba, todavía en el Ala Lehman. Pero la mejor opción al llegar al museo, es bajar primero al sótano para ver el retablo de cerca. La transfiguración de Jesucristo que viste de lejos ocupa solo una fracción de la pintura, mientras que abajo está una visión del Antiguo Testamento de índole más oscura. Representa un pasaje del Libro de los Números, en el que los israelitas están siendo masacrados por serpientes por dudar de la palabra de Dios.

Las mujeres sollozan u observan horrorizadas; una serpiente envuelve un cuerpo musculoso en el suelo. Moisés, de cuya cabeza irradian rayos de luz que parecen cuernos, hace una señal para que los israelitas vean la escultura de latón de una serpiente, que está enrollada a lo largo de un poste parecido a una cruz en la parte central inferior, justo debajo de Jesucristo, que está en la mitad superior. La escultura, impuesta por Dios, los sanará.

En los primeros minutos durante los cuales observas el retablo de Villalpando, probablemente todavía seguirás tratando de dilucidar quiénes son los personajes, cuyas expresivas poses y túnicas se adentran de lleno en el dramatismo barroco, e intentarás averiguar cómo se relacionan las dos partes de la obra.

Y es que es un extraño mundo doble el que presenta Villalpando: no está dividido perfectamente, sino que se derrama a lo largo del eje que lo divide, desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento y de regreso. Moisés aparece entre los israelitas aterrados y de nuevo en las nubes de la vibrante mitad superior, al lado de Jesucristo en su capullo de luz.

El paisaje, pronunciadamente inclinado como un escenario teatral, es en su mayor parte contiguo de abajo hacia arriba. El desierto por el que vagan los judíos se extiende hacia arriba para convertirse en el Calvario, donde la cruz se encuentra bajo las sombras y adornada con una corona de espinas, un látigo, una lanza y otros objetos de la Pasión.

Pero ¿qué están haciendo estas dos escenas, sin relación bíblica, reunidas en un solo retablo? La respuesta literal está en un ángel de rostro insolente que sostiene un pánel, en el que se explica en latín: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, el Hijo del Hombre debe ser levantado”. En otras palabras, la serpiente de bronce es una prefiguración de la crucifixión de Cristo y la salvación del mundo.

Sin embargo, en contradicción con la famosa prohibición en el Segundo Mandamiento de adorar ídolos, en esta pintura Dios exige explícitamente la creación de una obra de arte. A pesar de no ser un ídolo, la serpiente de bronce salva vidas. La escultura es una representación de Cristo pero también una obra de arte por sí misma, y por lo tanto puedes ver el retablo como una reivindicación de la pintura de Villalpando, con el objetivo de inspirar reverencia y revelar la labor divina.

Hay poca información biográfica acerca de Villalpando, cuyas obras más importantes se ubican en iglesias y rara vez viajan. Nacido en Ciudad de México, tenía un poco más de treinta años de edad cuando terminó el retablo de Puebla. Habría aprendido los rudimentos de la pintura figurativa barroca de artistas de mayor edad en Ciudad de México, así como de copias de pinturas flamencas, sobre todo las de Peter Paul Rubens. Después de todo, Rubens, al igual que Villalpando, era súbdito de la España de los Habsburgo —la Bélgica de hoy en día estuvo bajo el dominio español hasta el inicio del siglo XVIII— y Ciudad de México, durante la época colonial, era parte de un flujo transatlántico de imágenes e ideas que enlazaban al imperio español.

Las diez pinturas religiosas del piso de arriba atestiguan el complejo intercambio de influencias mexicanas y europeas en el arte de Villalpando. Todas excepto una son préstamos de colecciones mexicanas y, aunque es un placer descubrirlas, no todas tienen la misma sofisticación. En “Agonía en el jardín”, una pintura temprana de aire italiano de la década de 1670, titubea al pintar paños y le cuesta trabajar con la escala; además, una pequeña pintura de Adán y Eva en el Edén sería difícil de distinguir de las que crearon miles de aprendices flamencos. Pero en pinturas como “El dulce nombre de María”, una composición gloriosa y asimétrica que data de alrededor del año 1695 en la que la virgen contempla su propio nombre escrito en las nubes, Villalpando infundió el drama del barroco europeo con la luz brillante del Nuevo Mundo.

Las exposiciones de arte latinoamericano colonial son tan poco comunes en Estados Unidos que sería maleducado desear que esta fuera más grande (una gran exposición de pinturas mexicanas del siglo XVIII se inaugurará este otoño en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, como parte del enorme festival Pacific Standard Time). Aún tendrás que ir a Ciudad de México para descubrir todos los logros de Villalpando, pero el sobresaliente retablo de Puebla debe ser un sitio de peregrinación este verano para quienes se encuentren en Nueva York.

En la esquina inferior derecha del retablo, en un destello dorado que se contrapone a la oscuridad, hay una firma importante: “Villalpando inventor”. Ese epíteto orgulloso y merecido testifica que un artista en Nueva España no tenía motivos para considerarse un simple imitador europeo. Fue un inventor por mérito propio y su mirada se extiende hasta el paraíso.

17.10.15

Joaquín Torres-García: The Arcadian Modern, MoMA, New York, October 25, 2015–February 15, 2016

Vía MoMA.


Joaquín Torres-García (Uruguayan. 1874–1949). Hombre (Man). 1930. Painted woods (5 pieces), 8 1/16 x 3 1/8 x 1 1/4″ (20.5 x 8 x 3.2 cm). Guillermo de Osma, Madrid. © Sucesión Joaquín Torres-García, Montevideo 2015. Photo credit: Joaquín Cortés Noriega.

This major retrospective of Joaquín Torres-García (Uruguayan, 1874–1949) features works ranging from the late 19th century to the 1940s, including drawings, paintings, objects, sculptures, and original artist notebooks and rare publications. The exhibition combines a chronological display with a thematic approach, structured in a series of major chapters in the artist’s career, with emphasis on two key moments: the period from 1923 to 1933, when Torres-García participated in various European early modern avant-garde movements while establishing his own signature pictographic/Constructivist style; and 1935 to 1943, when, having returned to Uruguay, he produced one of the most striking repertoires of synthetic abstraction.

Torres-García is one of the most complex and important artists of the first half of the 20th century, and his work opened up transformational paths for modern art on both sides of the Atlantic. His personal involvement with a significant number of early avant-garde movements—from Catalan Noucentismo to Cubism, Ultraism-Vibrationism, and Neo-Plasticism—makes him an unparalleled figure whose work is ripe for a fresh critical reappraisal in the U.S.

29.3.15

Latin American Design and Architecture Through the Years

Vía The New York Times.

By LARRY ROHTER


Lina Bo Bardi in her Glass House in São Paulo, Brazil. Credit Chico Albuquerque/Convenio Museu da Imagem e do Som- SP/Instituto Moreira Salles

THE well-worn phrase “Mi casa es tu casa” may be a perfect expression of Latin American warmth and hospitality, but it leaves some basic questions unanswered, especially if you are interested in architecture and design. What kind of house? And what is inside that house?

Three exhibitions, two already underway and a third, “Latin America in Construction: Architecture 1955-1980,” opening on Sunday at the Museum of Modern Art, aim to address those issues. Though organized separately and somewhat different in focus, they collectively provide a comprehensive picture of trends in Latin American architecture and design since World War II while suggesting a pattern of regionwide innovation that did not receive full recognition while it was occurring.

“The main verb here is ‘recalibrate,’ ” said Barry Bergdoll, the chief curator of the MoMA exhibition, which will run through July 19. In common with the other two shows, which focus more on design, its goal is to challenge orthodoxy and, he said, make “a big polemical point, showing Latin America as a center of experimentation and originality, with as many ideas going out as coming in.”


A Mexican rug, at the Americas Society. Credit Todd Heisler/The New York Times

In one way or another, each of the shows refracts off a 1955 MoMA show that looked at the past decade of Latin American architecture. At the Americas Society, an exhibition of furniture, ceramics, glassware and other objects called “Moderno: Design for Living in Brazil, Mexico and Venezuela,” which runs through May 16, covers 1940 to 1978, while the Museum of Arts and Design focuses on the past 25 years in “New Territories: Laboratories for Design, Craft and Art in Latin America,” which closes on April 5.

Though the Museum of Arts and Design exhibition is organized around paired “urban hubs” that include Santiago, Chile, and Buenos Aires; and San Salvador and San Juan, Puerto Rico; developments in Brazil, Mexico and Venezuela dominate all three shows. The construction of Brasília in the late 1950s came to symbolize Latin America’s outsize ambitions and pioneering spirit, but the MoMA show emphasizes that the Mexican and Venezuelan governments also used their new wealth from industrialization and oil to stimulate the construction of housing, universities, hospitals, libraries and museums with local characteristics.

The relationship between the new MoMA show and the two design exhibitions was stated most succinctly by Maria Cecilia Loschiavo dos Santos, a Brazilian curator who is the author of “Modern Furniture in Brazil” and also worked on the Americas Society show. “Traditional objects were incompatible with this new modernist architecture,” she said in an interview last month. “New products with cleaner lines and less ornamentation were needed.”

The exhibitions also reflect the growing international appreciation of the architect and designer Lina Bo Bardi, the subject of several recent books and critical assessments. (Her work is also on view in an exhibition at R & Company gallery in TriBeCa.) Born in Italy in 1914, she immigrated to Brazil after World War II and developed a style that the critic Martin Filler, in an article last year in The New York Review of Books, describes as “intriguingly contradictory but intelligently resolved,” with designs that were “structurally audacious yet uncommonly comfortable, unapologetically untidy yet conceptually rigorous, and confidently dynamic yet suggestively hybrid.”

At the Americas Society exhibition, visitors are greeted at the entrance by an enlarged photograph of Bo Bardi standing in the living room of the Glass House she designed for herself and her husband, the critic, curator and museum director Pietro Bardi, after they settled in São Paulo. The MoMA exhibition features the same house, as well as Bo Bardi’s projects for the São Paulo Art Museum, the Pompeia Leisure Center and the Solar do Unhão complex in Salvador, and the Americas Society exhibition also includes her modernized version of a traditional wooden chair from Bahia that has origins in Africa.


The “New Territories: Laboratories for Design, Craft and Art in Latin America” exhibition at the Museum of Arts and Design. Credit Michael Nagle for The New York Times

“Partly we are very hungry for both female and alternative models, probably in reaction to a star architect system,” Mr. Bergdoll, who is also a professor of art history at Columbia University, said about the Bo Bardi phenomenon. But in doing so, he also cautioned, “we are reinventing her posthumously as a star and making her into such a heroine that her paradoxes are being obscured.”

At MoMA, Bo Bardi’s Glass House is part of a section that focuses on the homes that globally prominent architects, like the Mexicans Luis Barragán and Juan O’Gorman and the Brazilian Paulo Mendes da Rocha, built for themselves. That makes a point central to architecture in the region: In developing countries with vast open spaces, and that were late in urbanizing, architects could give free rein to their imaginations in ways they could not in centuries-old cities in Europe or even in the eastern United States.

The reference to “New Territories” in the title of the Museum of Arts and Design exhibition was potentially dangerous because it could imply to Latin Americans that only now is their creativity being “discovered,” à la Columbus. But Lowery Stokes Sims, the museum’s chief curator, said that “new territories” was being used not in a geographic sense but to refer to new genres, strategies and materials that were being incorporated into artistic production.

“Everyone was aware of not playing into stereotypes of Latin America,” she said, adding that “Global Latin America” and “New Frontiers” were other titles considered. But after traveling in the region, talking to “young designers deconstructing design icons” and concluding that the “upcycling of materials is almost an aesthetic,” she wanted a title that would evoke a place “where art, craft, design and science come together.”

Such repurposing of glass, metal and other substances is a salient characteristic of Latin American design, often as an ingenious response to financial limitations. But Jorge Rivas Pérez, a Venezuelan architect, designer, critic and a curator involved with both the Museum of Arts and Design and the Americas Society shows, also emphasized the influence of two competing impulses.


A rendering by Luis Barragán, at MoMA. Credit Barragan Foundation, Switzerland/Artists Rights Society (ARS), New York

“In Latin America we are bombarded by a longing to belong to our countries and simultaneously be cosmopolitan and international,” he said. “That desire to be local and at the same time be part of the global scene has been happening in Latin America since the 1940s, when designers tried to use the vocabulary of modernism then in vogue, but also recognized a need to adapt it to local materials and to systems of production based on local techniques and traditions.”

That tension is very much on display at the Museum of Arts and Design exhibition, in objects like a Chilean tapestry fusing traditional Mapuche Indian motifs with matrix bar codes and Mexican lamps that resemble fishermen’s baskets. But the most striking example may be a Brazilian mirror and side table from 1996: made of onyxlike black acrylic and shaped with lasers, they nonetheless contain curlicue baroque design features that date to the 18th-century colonial period.

For Americans, some of the Mexican works and styles on display in both of the design shows may seem familiar, and not just because 20th-century American craftsmen like the silversmith William Spratling and the furniture designer Michael van Beuren, each represented in the Americas Society show, relocated to Mexico. In reality, many elements of the midcentury “California style,” like other trends, originated in or were adaptations of developments just across the southern border.

Throughout the 20th century, “there was a continuous, permanent dialogue with the United States, flowing in both directions, and it was a dialogue of equals,” said Ana Elena Mallet, a Mexican curator specializing in contemporary design who was a consultant for both design shows. “That process has only accelerated with Nafta,” she added in reference to the North American Free Trade Agreement that went into effect in 1994 and effectively made the United States and Mexico a single market.

That relationship underlines an oddity about architecture and design in Latin America that is implicit in each of the exhibitions. Until the advent of cable television and then the Internet, Latin Americans, creators and consumers alike, were often more aware of trends in Europe and the United States than in nations neighboring theirs: Whatever similarities in style that emerged regionally were largely the result of discrete, parallel responses to the challenges of urbanization, poverty and the need to somehow integrate modernity and tradition.

“Even for Hispanics, some of these things will be revelations,” Mr. Rivas said. “Yes, there was a revolution in design, but diffusion between countries was very limited.” Of the objects on display, “90 percent have not left private collections in their own countries and have never been shown in a public exhibition before,” he added. “So it is a marvelous coincidence that all of this is coming together in New York City.”

“Latin America in Construction: Architecture 1955-1980” runs Sunday through July 19 at the Museum of Modern Art; 212-708-9400, moma.org.“Moderno: Design for Living in Brazil, Mexico and Venezuela, 1940-1978” continues through May 16 at the Americas Society, 680 Park Avenue, Manhattan; 212-249-8950, as-coa.org. “New Territories: Laboratories for Design, Craft and Art in Latin America” runs through April 5 at the Museum of Arts and Design, 2 Columbus Circle, Manhattan; 212-299-7777, madmuseum.org.

23.8.14

Jorge Francisco Liernur, curador en el MoMA, por Juan Décima

Vía Clarín.



En 2015 se cumplirán 60 años de la realización de Latin American Architecture since 1945 (Arquitectura latinoamericana desde 1945), una muestra del MoMA de Nueva York que buscaba dar cuenta de la producción arquitectónica desarrollada en la región por esos años. Para conmemorar este aniversario, el museo decidió llevar adelante una nueva exposición centrada en la arquitectura de América Latina. Es así que el 29 de marzo del año entrante se inaugurará Latin America in Construction: 1955 – 1980 (América Latina en construcción: 1955 – 1980), una muestra a cargo de un comité curatorial, formado por Barry Bergdoll, curador jefe a cargo de arquitectura para el MoMA, y dos críticos latinoamericanos: el argentino Jorge Francisco Liernur y el brasileño Carlos Eduardo Comas. Estará abierta hasta el 12 de julio de 2015.


La decisión del recorte temporal, el porqué de este período histórico, se explica a partir del concepto de desarrollo. Es esta idea, que según Liernur aparece recién en la segunda posguerra, la que configura el mapa de coordenadas con el cual es posible interpretar las fricciones, los debates y la producción de la era. “Los arquitectos latinoamericanos de la primera parte del siglo XX buscaban adecuar la disciplina al proceso de modernización. Es a partir de la década del 50 que se evidencia que ese proceso tenía atrasos que debían ser resueltos. La toma de conciencia acerca del subdesarrollo marca así un punto de inflexión. La crisis del petróleo y del estado de bienestar en Estados Unidos y Europa, sumado a los intentos frustrados de ciertos gobiernos del Tercer Mundo por implementar cambios radicales (en ese sentido, el golpe contra Allende en Chile es un emblema), indican el comienzo de una nueva era política, cultural, económica, que generalmente se identifica con el neoliberalismo, lo cual se visibiliza a comienzos de los 80”.


Si bien esta exposición encuentra puntos de contacto con aquella primera aproximación del 55, sus premisas se construyen de forma radicalmente distintas. A la inclusión en esta ocasión de dos académicos que conocen la región, hay que sumarle el hecho de que la anterior fue una muestra contemporánea, que intentaba echar luz sobre las obras del momento. La de 2015 estará atravesada por una clara matriz histórica-política. Pero la principal diferencia está dada por el título mismo, el cual omite cualquier referencia al concepto de “arquitectura latinoamericana”. “Ninguno de nosotros tres piensa que tal cosa exista. Hay arquitectura en América Latina, que es algo distinto. Hay una sede geográfica, histórica, con una serie de problemas, surgidos a partir de estos desajustes con el proceso modernizador, que tienen algunos aspectos similares, y a los cuales los arquitectos de distintos países responden de diversas maneras”, completa Liernur.


Latin America in Construction: 1955 – 1980 constará de varias secciones. Habrá un prólogo, donde se explicará cuál era el estado de situación hasta ese momento. También tendrá un tramo dedicado a Brasilia, la capital de Brasil que se empezó a construir en 1956, y que representa para los curadores el fin de una época; una en la cual el debate arquitectónico tenía un lugar preponderante, que empieza a declinar. El segmento central estará dedicado a las discusiones sobre el tema de la vivienda, el eje sobre el cual se recortan el resto de los debates.


No faltarán tampoco planos, imágenes y videos de las obras notables del período, desde el SESC Fábrica Pompeia de Lina Bo Bardi en Brasil y el Edificio Cepal en Chile, hasta el ex Banco de Londres de Clorindo Testa y el Teatro General San Martin de Mario Roberto Álvarez, en Argentina. Entender sus valores intrínsecos, desde sus aspectos formales y de funcionamiento hasta la relación que establecen con la ciudad en la que se encuentran, es fundamental para trazar un panorama de la producción arquitectónica de ese período. Sin embargo, decodificar el zeitgeist edilicio solo se torna posible a partir de un análisis que considere al contexto político, económico y cultural como un material más, imbricado entre el vidrio, la piedra y el hormigón.

13.8.14

Constelación latina: 'Bajo el mismo sol' lleva al Guggenheim neoyorquino el arte latinoamericano de hoy


Installation view: Under the Same Sun: Art from Latin America Today, Solomon R. Guggenheim Museum, New York, June 13–October 1, 2014
Photo: David Heald © Solomon R. Guggenheim Foundation

Vía El País.

¿Cuándo una identificación geopolítica pasa de ser una estrategia coyuntural de representación para transformarse en una fórmula aceptable? La pregunta la formulo en el contexto de la exposición Bajo el mismo sol: arte de Latinoamérica hoy —que el comisario Pablo León de la Barra ha organizado para el Museo Guggenheim Nueva York— porque, a pesar de la favorable opinión que merece la muestra, me parece que las cartografías de nuestro tiempo, y las que exploran los artistas involucrados en esta muestra, han venido experimentando un giro que articula una ruptura con lo geográfico, a partir de formulaciones, posiciones y lenguajes abiertos o inconcluyentes de reconocimientos, identificaciones o proyecciones, ya sean locales o transnacionales, con Latinoamérica.

Para empezar, la muestra se enmarca en “La iniciativa de arte global Guggenheim UBS Map”, que según Jürg Zeltner, CEO del UBS Wealth Management, se propone transmitir “una visión completa de las regiones más dinámicas y evolutivas del mundo” y alinear “una perspectiva global y cultural con nuestra experiencia en los mercados emergentes”. ¿Totalizar y homogeneizar económicamente la diversidad cultural? ¿Aplicar una fórmula Monsanto al arte? Desde luego esa no es la intención del comisario, sino la finalidad condescendiente de esta iniciativa que el Guggenheim ya ha extendido hacia Asia y que próximamente se ocupará de África. Para León de la Barra, por el contrario, la exposición “puede entenderse como un intento de redefinir los mapas culturales dentro de las Américas, de eliminar fronteras y de crear nuevas relaciones entre diferentes centros artísticos”. “A pesar de las contradicciones y conflictos en nuestras historias tanto coloniales como modernas y de las peculiaridades que deben ser reconocidas y respetadas”, para este comisario de origen mexicano y también de pasaporte británico, “todos vivimos bajo el mismo sol y debemos aprender a reconocer que lo que está ocurriendo en otros lugares es tan importante como lo que está ocurriendo en nuestro entorno inmediato”.

Para ello, De la Barra ha desplegado casi medio centenar de obras de más de cuarenta artistas en las salas del segundo y cuarto pisos del museo, adyacentes a la rotonda principal del legendario Guggenheim neoyorquino (y no es que los latinoamericanos no hayan hecho todavía méritos para exponer en el mítico espacio principal; Nancy Spector organizó una muestra de Félix González-Torres en 1995). El despliegue es, pues, algo apretado, aunque preferible, en este caso, a ese devanado y tortuoso remolino de Frank Lloyd Wright que engulle todo lo que no lo asuma o lo transforme irreconocible. Y esa escasez de espacio —agotado este hasta lo insospechado entre pasillos y barandas—, apenas si permite distinguir dónde empiezan las diferencias de lo que De la Barra entiende por conceptualismo, modernismo o participación, o dónde terminan las del activismo político o la tropicología, que son los temas abiertos entre los que el comisario quiere articular la muestra. Ello, en todo caso, nos ayuda a establecer nuestras propias lecturas y narrativas, y a involucrarnos, “física y mentalmente”, como expresamente desea el comisario, para entrar a formar parte activa de la exposición.

La muestra se propone establecer una relación entre artistas de generaciones anteriores como Rafael Ferrer, Luis Camnitzer, Juan Downey, Marta Minujín, David Lamelas o Alfredo Jaar —sus ideas, formulaciones o resoluciones políticas y discursivas— con generaciones más recientes, como las de Javier Téllez, Paul Ramírez Jonas, Donna Conlon y Jonathan Harker, Tania Bruguera, Minerva Cuevas, Regina José Galindo, Mariana Castillo Deball, Mario García Torres o Carlos Motta, que abarcan tanto y con la misma complejidad y rigor que aquellos. Se agradece también la presencia ineludible, interactiva, de Carlos Amorales, Rivane Neuenschwander, Amalia Pica y Carla Zaccagnini, así como las complejas sutilezas de Wilfredo Prieto, Damián Ortega, Jonathas de Andrade, Tamar Guimarães o Erika Verzutti. Dominique González-Foerster es, sin duda, la invitada sorpresa en una reunión heterogénea y relevante donde podríamos echar de menos a tantos artistas como los que están presentes. Pero esa sería otra historia.

Por lo demás, esta muestra de instalaciones, pinturas, fotografías, esculturas, vídeos y dibujos, que a veces provoca y otras veces invita a reflexionar, que a veces suena y otras veces denuncia o nos permite jugar, no se propone unificar ni resumir nada, sino reflejar aproximaciones y contigüidades, fragmentaciones y discontinuidades, a veces polifónicamente y otras veces apelando a heterotopías.

El análisis que despliega De la Barra tampoco trata de contextualizar históricamente las obras que presenta, ni las condiciones de su producción, sino como ejemplos de la actualidad, insinuando cómo ciertas situaciones y sucesos políticos, económicos, sociales o culturales han afectado, se reflejan o se referencian en el arte y la producción de estos artistas latinoamericanos contemporáneos. Precisamente en estos argumentos descansa la relevancia y la probable influencia de esta muestra, inconclusa porque apunta hacia su propia continuidad.



Under the Same Sun: Art from Latin America today. Museo Guggenheim Nueva York. Hasta el 1 de octubre. La muestra viajará al Museo de Arte Moderna (MAM) de São Paulo y al Museo Jumex de la Ciudad de México en 2015.

5.11.12

Lebbeus Woods, visionary architect of imaginary worlds, dies in New York

Lebbeus Woods, Light Pavilion, China. © spacearchitects.blogspot.com.es

Vía The Guardian.

Architects including Zaha Hadid and Nigel Coates pay tribute to Lebbeus Woods, the cult building designer who dreamed up fantastical structures from a parallel universe

Posted by Oliver Wainwright
Wednesday 31 October 2012 13.34 GMT

Lebbeus Woods, the cult experimental American architect, died on Tuesday in New York, aged 72.

Born in Michigan in 1940, he worked for Eero Saarinen in the 1960s, but became best known for his conceptual work, which explored a kind of architecture "that gives us the opportunity to experience a type of space we haven't experienced before", through a vast body of intricate drawings and models.

Dynamic compositions of splintered surfaces and twisted wiry forms, his fantastical scenes depicted alternative worlds, glimpses into a parallel universe writhing beneath the earth's crust.

His dystopian visions were often set in disaster stricken cities – from Sarajevo to Zagreb, Havana to New York – and often adopted an almost medical metaphor, faceted accretions acting as "scabs" over the "wounds" of a building damaged by war and natural catastrophe. "Architecture should be judged not only by the problems it solves," said Woods, "but by the problems it creates."

Beyond inspiring a whole generation of architects, he also lent his talents to Hollywood, working briefly as the conceptual architect of Vincent Ward's ill-fated Alien III – abandoned in favour of David Fincher's much more successful Alien 3, which Woods later described as having "unremarkable sets" and "unrelenting grimness."

Woods' only built project was completed this year, the Light Pavilion within a vast complex of towers in Chengdu by Steven Holl – who explains more about the project below, along with a series of reflections from architects and academics, writers and critics who have been inspired by his work over the years.

Para leer los tributos de diversos arquitectos, pinche aquí.

1.3.12

Whitney Biennial 2012, New York, 1º de marzo - 27 de mayo de 2012.

Hoy se ha iniciado la Bienal del Museo Whitney de Arte Americano en New York, en el expresivo edificio diseñado por el arquitecto Marcel Breuer. Habría que aclarar que cuando el Whitney se declara dedicado al arte americano, se refiere al arte estadounidense, no a los continentes americanos: norte, centro, sur. Recordemos la famosa intervención de Alfredo Jaar en Times Square en New York: "This is not America".

Whitney Biennial 2012



Sculpture, painting, installations, and photography—as well as dance, theater, music, and film—will fill the galleries of the Whitney Museum of American Art in the latest edition of the Whitney Biennial. With a roster of artists at all points in their careers the Biennial provides a look at the current state of contemporary art in America. This is the seventy-sixth in the ongoing series of Biennials and Annuals presented by the Whitney since 1932, two years after the Museum was founded.

The 2012 Biennial takes over most of the Whitney from March 1 through May 27, with portions of the exhibition and some programs continuing through June 10. The participating artists were selected by Elisabeth Sussman, Curator/Sondra Gilman Curator of Photography at the Whitney, and Jay Sanders, a freelance curator and writer who has spent the past ten years working both in the gallery world and on independent curatorial projects. Sussman and Sanders co-curated the Biennial’s film program with Thomas Beard and Ed Halter, the co-founders of Light Industry, a venue for film and electronic art in Brooklyn.

The Whitney’s fourth-floor Emily Fisher Landau Galleries will become a dynamic 6,000-square-foot performance space for music, dance, theater, and other events. This is the first Whitney Biennial in which nearly a full floor of the Museum has been given over to a changing season of performances, events, and residencies.


25.2.12

Cindy Sherman en el MoMA, 26.02.12-11.06.12.

Cindy Sherman. Untitled #466. 2008. Chromogenic color print, 8' 1 1/8 x 63 15/16" (246.7 x 162.4 cm). The Museum of Modern Art, New York. Acquired through the generosity of Robert B. Menschel in honor of Jerry I. Speyer. © 2011 Cindy Sherman


Cindy Shermam, una de las mujeres más enigmáticas y camaleónicas del arte contemporáneo, mañana 26 de febrero inaugura una retrospectiva de su obra en el MoMA de New York.

Ella es reconocida por sus series fotográficas donde se captura a si misma caracterizada de algun personaje. Hay una idea de performance en el proceso, además ella misma tiene facciones muy neutras, como una excelente actriz, así se transforma con facilidad y encarna alter egos femeninos, proyecciones de sus propias inquietudes, como el cine en la serie Untitled Film Stills (que forma parte de la colección de obras de arte de Madonna, otra gran performer).

A seguir dejo la presentación del MoMA:

Cindy Sherman

February 26–June 11, 2012

The Joan and Preston Robert Tisch Exhibition Gallery, sixth floor

In conjunction with the film exhibition Carte Blanche: Cindy Sherman.

Cindy Sherman (American, b. 1954) is widely recognized as one of the most important and influential artists in contemporary art. Throughout her career, she has presented a sustained, eloquent, and provocative exploration of the construction of contemporary identity and the nature of representation, drawn from the unlimited supply of images from movies, TV, magazines, the Internet, and art history. Working as her own model for more than 30 years, Sherman has captured herself in a range of guises and personas which are at turns amusing and disturbing, distasteful and affecting. To create her photographs, she assumes multiple roles of photographer, model, makeup artist, hairdresser, stylist, and wardrobe mistress. With an arsenal of wigs, costumes, makeup, prosthetics, and props, Sherman has deftly altered her physique and surroundings to create a myriad of intriguing tableaus and characters, from screen siren to clown to aging socialite.

Bringing together more than 170 photographs, this retrospective survey traces the artist’s career from the mid 1970s to the present. Highlighted in the exhibition are in-depth presentations of her key series, including the groundbreaking series "Untitled Film Stills" (1977–80), the black-and-white pictures that feature the artist in stereotypical female roles inspired by 1950s and 1960s Hollywood, film noir, and European art-house films; her ornate history portraits (1989–90), in which the artist poses as aristocrats, clergymen, and milkmaids in the manner of old master paintings; and her larger-than-life society portraits (2008) that address the experience and representation of aging in the context of contemporary obsessions with youth and status. The exhibition will explore dominant themes throughout Sherman’s career, including artifice and fiction; cinema and performance; horror and the grotesque; myth, carnival, and fairy tale; and gender and class identity. Also included are Sherman’s recent photographic murals (2010), which will have their American premiere at MoMA.

In conjunction with the exhibition, Sherman has selected films from MoMA’s collection, which will be screened in MoMA’s theaters during the course of the exhibition. A major publication will accompany the exhibition.

The exhibition is organized by Eva Respini, Associate Curator, with Lucy Gallun, Curatorial Assistant, Department of Photography.

Major support for the exhibition is provided by Agnes Gund, Jerry I. Speyer and Katherine G. Farley, The Modern Women’s Fund, and The William Randolph Hearst Endowment Fund.

Additional funding is provided by The Broad Art Foundation, David Dechman and Michel Mercure, Robert B. Menschel, Allison and Neil Rubler, Richard and Laura Salomon, The Robert Mapplethorpe Foundation, Glenstone, Michèle Gerber Klein, Richard and Heidi Rieger, Ann and Mel Schaffer, and The Junior Associates of The Museum of Modern Art.

16.2.12

The Armory Show, Piers 92 & 94, march 8-11, 2012, New York


Vía The Armory Show.

The Armory Show, a leading international contemporary and modern art fair and one of the most important annual art events in New York, takes place every March on Piers 92 & 94 in Manhattan. Now celebrating its fourteenth year, the Armory Show is re-establishing itself as the most adventurous and dynamic contemporary art fair in New York City. The 2012 edition will feature an international roster of exciting, leading galleries, the acclaimed Armory Show VIP program, a lively opening night party at MoMA, the eclectic and engaging Open Forum program with major art- world figures, Armory Film, a series featuring an international selection of leading contemporary video and experimental films curated by Moving Image, and Armory Arts Week in partnership with New York's top cultural institutions.

This year's Armory Show will feature the work of the 2012 Commissioned Artist Theaster Gates and the vibrant art of the Nordic Countries in Armory Focus. The Armory Show has engaged award-winning, New York-based architectural firm Bade Stageberg Cox to redesign The Armory Show, creating a more comfortable, luxurious experience, including a new "farm-to-table" restaurant and cafe by Great Performances.

Vea además la presencia del arte latinomericano vía Artishock:
SIETE GALERÍAS LATINOAMERICANAS EN THE ARMORY SHOW

9.7.11

Plan of the city, a film by Joshua Frankel

Vía Metalocus

PLAN OF THE CITY from Joshua Frankel on Vimeo.



A new film combing animation with live action conceived and directed by Joshua Frankel, about the architecture of New York City blasting off into outer space and resettling on Mars. The film’s visuals are an animated collage combining live action footage, animated elements, illustrations and treated photographs, including photos taken by the Mars rovers Spirit and Opportunity made available to the public domain by the NASA Jet Propulsion Laboratory.

Plan of the City was created in collaboration with composer Judd Greenstein and NOW Ensemble, an acclaimed "indie classical" chamber ensemble; the ensemble, including Greenstein, feature prominently in the film as live actors set inside the animated framework.

The audio of the film consists solely of Greenstein's Change, performed by NOW Ensemble; Change and Plan of the City were created in parallel, each expressing its own artistic intention while simultaneously serving its "sibling".

The film was presented with the music performed live, timed to the film, at Le Poisson Rouge in New York City in May, 2011. It also exists as its own stand-alone entity, utilizing NOW Ensemble's recent studio recording of Change(out on New Amsterdam Records).

+Pool: A Floating Pool in the River For Everyone A Product Design project in New York, NY by Family and PlayLab

30.7.09

The High Line, New York Architecture



The High Line, New York
Architecture

The first commission to come of our quest for film talent is from New Yorkers, David Usui and Ben Wu. Taking the city’s High Line, which looks set to open this month, as their source of subject and inspiration, Usui and Wu’s film reveals a hidden gem at the core of the Big Apple.

Producer: David Usui Director of Photography/Editor: Ben Wu Production Company: Lost & Found Films Music courtesy of: Lullatone Special thanks to: Joshua David, James Corner, Katie Lorah, Salmaan Khan, Friends of the High Line and Field Operations