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1.5.20

Antofagasta, cambios y progreso en tres décadas de democracia. Por Cristian Castro Orozco

Vía El Mercurio de Antofagasta, 11 de marzo 2020.



Entre 1990 y 2020 la población aumentó en casi doscientos mil habitantes, mejoraron las cifras macroeconómicas, creció la inmigración y la región se volvió una ventana para la exploración del cosmos.

El domingo ll de marzo de 1990, hace exactos 30 años, Augusto Pinochet entregaba el mando del país al entonces electo Presidente Patricio Aylwin Azócar, iniciando así el esperado retorno de la democracia, hito que marcó un antes y un después en la historia de Chile.

Pero la Segunda Región también marcaba su antes y después ese mismo año. En agosto comenzó a operar Minera Escondida (si bien fue fundada en 1988, en 1990 inicia sus faenas), agregándose como otro de los grandes yacimientos presentes.

Seis años más tarde se inauguraba el observatorio del Cerro Paranal, que a la postre incentivó otros proyectos científicos y la llegada de nucvos complejos, como ALMA en San Pedro de Atacama y el mayor telescopio de la tierra, el E-ELT, que a fines del 2019 se comenzó a ensamblar en la cima del cerro Armazones, a poca distancia de Paranal.

SOCIEDAD

La región misma aumentó su población en casi doscientos mil habitantes. Según el censo del año 1992 en la zona habían 410.724 personas, y al 2017 ya eran 607.534.

También subió el PIB per cápita en Chile y la esperanza de vida de los habitantes.

Asimismo la presencia de extranjera vio un exponencial crecimiento en la región, pasando de ser el 3,1% de la población en 2005 a en 2018.

Cabe resaltar que este 10,3% incluso puede quedarse corto ante el real alcance de la inmigración local dado que algunos extranjeros se encuentran sin formalizar su situación.

También la arquitectura misma de la comuna se vio alterada. Si hubiese sobrevolado la Antofagasta de 1990, distinguiría con facilidad apenas cuatro torres de altura entre una planicie uniforme de viviendas (torre Pérez Zujovic, edificio Centenario y torres de Codelco). Al sobrevolar la ciudad hoy se observa un bosque uniforme de edificios que, salvo la zona centro, copan los altos, sur y norte.

El académico y urbanista de la Universidad Católica de Norte, Claudio Galeno Ibaceta explica cuál fue el cambio en el carácter de la ciudad en estas tres décadas de democracia.

"La ciudad ha fortalecido su vida e imagen urbana. Por un lado, la calidad de las arquitecturas de la transición fue mejorando al nivel que hoy se construyen obras cada vez más interesantes y exitosas. Eso se ha combinado con un progresivo reconocimiento y conciencia de nuestro patrimonio", cuenta el urbanista.

Asimismo, agrega que se ha potenciado y madurado la discusión sobre el espacio público y el medio ambiente, y ha sido puesta en práctica con la construcción y mejoras de muchos sitios de la ciudad, desde playas artificiales, hasta transformaciones de zonas industriales y espacios residuales entre poblaciones.

INVERSIÓN

El director del Instituto de Políticas Públicas de la Universidad Católica del Norte, Christian Rodríguez, explica que el desarrollo que experimentó la comuna no se supedita al boom de la minería, sino que también responde a otros factores presentes en aquel tiempo.

"Desde 1990 hasta el fin del súper ciclo se juntó una combinación de factores positivos. Por un lado hubo un boom de los precios. La minería que llega a Antofagasta invierte miles de millones de dólares en la construcción de nuevos yacimientos, lo que empujó el desarrollo de la infraestructura, por ejemplo los puertos y los barrios industriales", argumentó.

En esa misma línea expuso la importancia del sector público en ese entonces. "Este sector jugó un papel fundamental en materia de infraestructura social y educación, ampliando y levantando nuevos establecimientos. No podríamos hablar de calidad en la educación si no existiese la infraestructura adecuada. Además se renovó la red de salud, como los tres hospitales más importantes: Calama, Antofagasta y Tocopilla, y en el ámbito de las carreteras privadas hubo iniciativas impulsadas por el sector público".

Pero hay matices. La gestora cultural, María Canihuante, dijo que si bien el ámbito de la cultura se vio muy favorecido por el apoyo a los emprendedores de esta área, gran parte de la inversión generada por la región es absorbida por las arcas centrales.

Por su parte, el investigador Isidro Morales explicó que "sin dudas y, especialmente Antofagasta, ha crecido y modernizado, sin embargo, se ha acentuado la segmentación con el desarrollo de grupos habitacionales en los extremos de la ciudad, en el caso de la capital regional, en contraste con la proliferación de precarios asentamientos marginales".

Con todas sus luces y sombra, Antofagasta nunca antes vio tanto crecimiento en tan acotado tiempo.

16.7.19

Águilas de la construcción: la historia de superación de los indios ‘sin vértigo’ que levantaron los rascacielos de Nueva York

Vía El País.

No aparecieron en la foto, pero asumieron las labores más peligrosas que hicieron posible la creación de famosos edificios de Manhattan. Manejar fraguas portátiles al rojo vivo a alturas de más de 350 metros fue una de ellas


En la imagen Roger Horne, un herrero de Mohawk mirando al infinito en una construcción entre Park Avenue y 53rd Street. 1970-1971. | David Grant Noble. Cortesía del National Museum of the American India.

Por BEGOÑA MARÍN
16 JUL 2019 - 10:51 CEST

Cuando pasado el horror del 11 de septiembre de 2001 donde se habían elevado las Torres Gemelas en el World Trade Center quedó un profundo agujero, los indios Mohawk sintieron que parte de su historia se había destruido con ellas. Sus antepasados habían construido esas torres, y la mayoría de los rascacielos más icónicos de Nueva York, como el Rockefeller Center o el Chrysler Building. Manhattan no hubiera sido posible sin ellos, los guerreros del hierro, enormemente codiciados por su falta de vértigo. O al menos, esa era la fama que les precedía.

Esta leyenda de los mohawks se remonta a 1850 y se sitúa en tierras canadienses. La Dominion Bridge Company quería construir el Puente Victoria sobre el río San Lorenzo. El tramo sur se situaba dentro de la reserva Kahnawake, cerca de Montreal, donde vivía esta tribu. Así que para obtener el permiso y erigir el puente en las tierras de la reserva, la compañía tuvo que contratar a los nativos para que extrajeran piedra para su fundación.

Al finalizar la jornada de trabajo, los hijos de los obreros se infiltraban en la construcción y jugaban al pilla-pilla escalando con soltura la estructura inacabada. Se atrevían a subir por una estructura de 45 metros y correr sobre el hierro. Los trabajadores de la compañía trataban de ahuyentarlos del puente por miedo a que cayeran, pero ellos no hacían caso. Su agilidad pronto atrajo la atención de la empresa, que vio la forma de aprovechar este don innato.

En 1886, un segundo proyecto canadiense, el Puente Negro, brindó a la compañía la oportunidad de poner a prueba a los pequeños mohawk. Doce adolescentes fueron entrenados para trabajar como remachadores, un oficio que era difícil de cubrir por su grado de dificultad. Los muchachos se iniciaron en esta técnica con facilidad, sobresaliendo en el trabajo más traicionero de la industria, y ganándose el apodo de "Las maravillas sin miedo".

En 1907 la tragedia les golpeó cuando el tramo sur del puente de Quebec se derrumbó y mató a 96 hombres. Treinta y tres de ellos eran mohawks. Al informar sobre el accidente, The New York Times enumeró a todos los trabajadores estadounidenses y canadienses fallecidos como homenaje. En aquella lista no apareció ninguno de los 33 indios. Eran los obreros invisibles.

Pero ni las muertes ni el anonimato les alejaron de la construcción. Según un anciano de la tribu citado en un artículo del New Yorker en 1949, "la fatalidad aumentó su determinación e hizo que esta profesión cobrara mayor interés para ellos. Se sentían orgullosos de poder desarrollar una tarea tan peligrosa. Todos querían entrar en el sector".

Ocho años después de aquella tragedia, la Junta Americana de Comisionados Indios informó de que 587 de los 651 hombres en edad de trabajar pertenecían al sindicato de trabajadores del hierro. En el futuro, los hombres trabajarían en cuadrillas más pequeñas y en diferentes tareas, asegurando que ningún accidente individual acabaría con la pérdida de tantos miembros de una comunidad.
Los que más se jugaban la vida y los que menos la perdían

Al otro lado de la frontera, en Nueva York, comenzaba el auge de la construcción gracias a las posibilidades que brindaba el acero. Y se produjo una gran demanda de obreros cualificados. La distancia entre la reserva de Kahnawake y la Gran Manzana era de 12 horas y media en coche por tortuosas carreteras. Pero estos indios querían trabajar y sabían que los salarios allí eran altos, así que no dudaron en ir a la tierra prometida. Algunos se mudaron con sus familias a un barrio cercano a Downtown que acabó conociéndose como Little Caughnawaga, y que llegó a tener 800 habitantes.

A pesar de su destreza, el trabajo resultaba extraordinariamente peligroso. Atravesar vigas de solo 25 centímetros con un cinturón de herramientas de más de 20 kilogramos dejaba poco espacio al error. Si además corrían vientos fuertes, un paso en falso podía acabar en un salto mortal sin red. Por eso, los mohawks, que nunca demostraban tener temor a las alturas, siempre trabajaban con alguien de confianza a su lado.

La construcción de estructuras de acero requería tres tipos de cuadrillas de trabajo: levantamiento, montaje y remachado. En esta última intervenían los mohawks. Era la que tenía encomendada la tarea más peligrosa —que todo quedara fijado— y con la que no se atrevían, o para la que no alcanzaban la destreza necesaria, el resto de trabajadores, en su mayoría inmigrantes irlandeses o polacos. Los remachadores debían usar fraguas portátiles para quemar carbón hasta que estuviera al rojo vivo a alturas de más de 350 metros, posando sus pies en andamios de madera.

Debían malear el hierro para encajar los remaches en los agujeros y luego usar martillos neumáticos para que el remate quedara asegurado. Según los constructores, "manejaban estas herramientas como si estuvieran pasándose los huevos con jamón del almuerzo". Ellos eran quienes más se jugaban la vida y, sin embargo, quienes menos la perdían. En la construcción del Rockefeller Center, por ejemplo, murieron cinco personas, ninguno de la tribu. De lo que no se libraban era de sufrir heridas a diario: piel quemada, dedos aplastados, brazos rotos, cortes y moratones.

El mito de la falta de vértigo

Pero, ¿de verdad no tenían vértigo? "No es cierto que no temamos caer al vacío", confiesa Kyle Karonhiaktatie Beauvais, un descendiente de los artífices de las Torres Gemelas, "pero contamos con la experiencia de los veteranos y la responsabilidad de mantener una tradición que tanto orgullo nos ha proporcionado". Tienen miedo a las alturas, como cualquier humano, pero aseguran que lo gestionan mejor.

Ahora, la sexta generación de los indios del hierro no tiene fácil seguir los pasos de sus antepasados. Más de 2.000 aspirantes se presentan todos los años para ingresar en la mejor escuela de capacitación de aprendices en EE.UU., de los que solo logran acceder entre 80 y 100. Local 40, institución asociada con el sindicato de trabajadores del acero, ofrece tres años de formación en soldadura, manejo de grúas y otras habilidades necesarias para la profesión. Y a los mohawks no les sirven las credenciales históricas. Randy Jacobs, uno de los instructores, admite entre bromas que la prueba de admisión es propia de un programa espacial. Entre otras demostraciones les exigen escalar una viga de hierro de nueve metros y levantar pesas de 11 kilogramos a una plataforma elevada tan rápido como puedan. Solo la superan unos pocos.

Los ancianos de aquella tribu nunca imaginaron que sus descendientes tuvieran que pelear entre miles de personas para hacerse un hueco en las alturas. Tampoco imaginaron que sus tataranietos verían cómo se desplomaban aquellas dos torres de Manhattan que ellos elevaron. Doscientos mohawks trabajaron en el World Trade Center, pero ellos nunca aparecieron en la foto. Ni siquiera en la mítica instantánea de Almuerzo en el Rascacielos que inmortalizó a un grupo de obreros sentados en un andamio sobrevolando el cielo de Nuevo York. Ellos fueron un mito invisible, una leyenda, las águilas de la construcción.

2.7.15

Los gemelos del esplendor del Río de la Plata: El Palacio Salvo de Montevideo y el Barolo de Buenos Aires

#palaciosalvo #montevideo #eclecticismo #architecture #latinamerican ---- vía android app [Picasa Tool Pro]

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Vía El País.

El Palacio Salvo de Montevideo y el Barolo de Buenos Aires son hoy una referencia para los jóvenes artistas

En el máximo apogeo de las economías de Argentina y Uruguay a principios del siglo XX, el arquitecto italiano Mario Palanti diseñó y construyó dos edificios gemelos que debían coronarse por sendos faros destinados a unir las dos capitales con un puente de luz sobre el Río de la Plata.

El sueño de Palanti y de sus generosos auspiciadores, inmigrantes enriquecidos y triunfantes, dejó dos edificios emblemáticos que corrieron una suerte muy diferente: mientras el Barolo se conserva su lustre (algo venido a menos) como lugar de oficinas en Buenos Aires, el Salvo (adorado por los montevideanos) está en plena decadencia.

Los faros comunicados de Palanti nunca vieron la luz por culpa de la curvatura de la tierra, pero sigue siendo una utopía rioplatense que fascina a los amantes de la arquitectura y el arte. La idea de Palanti era que una luz cruzara todo el enorme río —casi 200 kilómetros— y diera la bienvenida a los inmigrantes.

“Los que diseñaron esto eran masones que creían que Europa iba camino de la destrucción de las guerras y Argentina y Uruguay eran el nuevo mundo”, cuenta Mikeas Tharigen, mientras enseña el Barolo a los turistas. Hay mucha leyenda pero lo cierto es que se hicieron mientras Europa salía de la Primera Guerra Mundial y Argentina y Uruguay eran los graneros del mundo.

El Palacio Salvo es el emblema de Montevideo y sigue siendo uno de los edificios más altos de la capital uruguaya (84 metros); El Barolo está inspirado en La divina comedia, la obra cumbre de Dante. El edificio está dividido en tres bloques, como la obra de Dante: Infierno, Purgatorio y Paraíso. En el corazón de la planta baja hay una escultura, “el Águila de Dante”, y varios pisos más arriba una bóveda “para que el alma del artista ascienda hasta allí”.

Palacio Barolo

Una foto publicada por Johanna (@heyjohi) el



Los edificios más altos

Hasta 1935 fueron los inmuebles más altos de Sudamérica. La construcción del Barolo, hoy intacto con sus ascensores de época y sus oficinas de arquitectos con vistas a toda la ciudad, arruinó a su dueño, el empresario textil Luis Barolo, que se suicidó sin verlo acabado.

En una de las 400 oficinas, tuvieron su despacho ilustres argentinos y presidentes como Raúl Alfonsín, aunque ahora está venido a menos como todo el centro porteño. Los abogados y empresarios se van al nuevo barrio de Puerto Madero, pero la ciudad trata de recuperar el Barolo y organiza visitas todos los días y hasta una copa de vino en su mítico faro por la noche.

El artista Marcos Valls Cohen considera que el Salvo, financiado por emigrantes italianos enriquecidos, es una esencia montevideana. Desde hace varios años Valls centra su obra en coronar la cúpula del edificio, hoy vacía, proponiendo todo tipo de accesorios (una fresa, una nave espacial) o un moderno rayo de luz. “El Salvo es lo primero que veo cuando me levanto y lo último que miro antes de acostarme. La ventana de mi dormitorio mira hacia el edificio”, asegura Valls Cohen, cuyas obras se exponen actualmente en el Centro Cultural de España.


Detalle del Palacio Salvo. © Claudio Galeno.

En los años 70, el Salvo entró en decadencia: se eliminaron adornos porque los pedazos de hormigón caían. También se cerró su teatro, en el que actuaron Joséphine Baker o Jorge Negrete; actualmente el lugar se utiliza como aparcamiento.

Si se presta atención se pueden apreciar todavía unas piezas de metal sobre la fachada: se trata de pulpos, crustáceos, conchas y todo tipo de animales marinos. Este extraño universo creado por Palanti alimenta todo tipo de hipótesis esotéricas. Se ha escrito que el diseño del edificio habría estado pensado para resistir un segundo diluvio universal, con las aguas llegando hasta la base de la construcción, justamente al nivel de las criaturas marinas de la fachada. Pero para el arquitecto e historiador uruguayo William Rey todas estas leyendas carecen de pruebas documentales y no deben tomarse en serio.

Lo cierto es que con sus torreones góticos y sus interminables pasillos, el Salvo atrae a una fauna urbana variopinta, unos mil vecinos que forman la sociedad anónima propietaria del inmueble. Guillermo Amato y Carolina Zunina forman parte de esta comunidad: “Aquí uno tiene la impresión de que puede suceder cualquier cosa. Los días de tormenta en el salón del piso 13 llueve hacia arriba y si se tira confeti por la ventana del piso 14 los papelillos no bajan, sino que suben y desaparecen”, dicen los jóvenes artistas.

Los proyectos de renovación provocan desconfianza entre los amantes del Salvo: “Hay que preservar el alma del lugar, evitar el blanco impoluto del minimalismo o la estética brillante de los centros comerciales”, dice Carolina, tan fascinada por el edifico como por su decadencia.