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9.9.20

Cámara de Diputados respaldó reconocer comunidad chango como etnia indígena de Chile.


 

Vía Diario Constitucional.

Una de las principales etnias indígenas de Chile.

La propuesta, despachada al Ejecutivo para su promulgación como ley, fue debatida y votada a la luz de las modificaciones efectuadas por el Senado al texto que inicialmente despachara la Cámara.

8 de septiembre de 2020

En condiciones de ser promulgado como ley de la República quedó el proyecto, fruto de mociones refundidas que reconoce a la comunidad chango como etnia indígena de Chile, ello luego que la Sala de la Cámara ratificara las modificaciones propuestas por el Senado.


El grueso de los cambios fueron aprobados por 135 votos afirmativos, uno negativo y once abstenciones.
Una de las enmiendas del Senado eliminó la expresión pueblo (aprobada por la Cámara) que antecedía a chango, en la definición de las principales etnias indígenas de Chile que el Estado reconoce.


Conforme al cambio indicado, el listado de las etnias chilenas queda de la siguiente manera: Mapuche, Aimara, Rapa Nui o Pascuenses; las comunidades Atacameñas, Quechuas, Collas, Diaguita y Chango del norte del país; y las comunidades Kawashkar o Alacalufe y Yámana o Yagán de los canales australes.
Una segunda modificación –ratificada por 81 votos a favor, 27 en contra y 40 abstenciones- incorpora como tierras indígenas a aquellas ubicadas en las regiones II, III, IV y V (de Antofagasta, Atacama, Coquimbo y Valparaíso), entre las regiones VIII, IX y X (del Biobío, la Araucanía y Los Lagos) inscritas por los beneficiarios indígenas de las Leyes 15.020, de 1962, y 16.640, de 1967, (ambas de Reforma Agraria) en el Registro de Tierras Indígenas, y que constituyan agrupaciones indígenas homogéneas, lo que será calificado por la Conadi.


También serán consideradas tierras indígenas aquellas que históricamente han ocupado y poseen las personas o comunidades mapuches, aimaras, rapa nui o pascuenses, atacameñas, quechuas, collas, diaguitas, changos, (enmienda del Senado) kawashkar y yámana, siempre que sus derechos sean inscritos en el Registro de Tierras Indígenas a solicitud de las respectivas comunidades o indígenas titulares de la propiedad.

Otras normas

Otra modificación del Senado incluye, entre los acuíferos que deben ser considerados bienes de propiedad y uso de las comunidades Aimaras y Atacameñas, a los pozos de agua dulce que se encuentren en los terrenos de la comunidad, junto a los ríos, canales, acequias y vertientes.


Una última enmienda –que sumó 82 votos afirmativos, 28 negativos y 39 abstenciones- adiciona un artículo nuevo que indica que son changos las comunidades costeras ubicadas principalmente desde la II a la V Región (de Antofagasta a Valparaíso).


En dicho marco se indica que se procurará proteger especialmente el hábitat de este pueblo originario, constituido por el borde costero, playas, islas y roqueríos, como asimismo la biodiversidad y ecosistemas marinos que garantizan su desarrollo y supervivencia.


Antes de la votación intervinieron en el debate las y los diputados Galleguillos, Hernando, Pérez; Cicardini. Labra, Velásquez, Girardi y Alinco.


En términos generales, recordaron que en el último censo más de 4 mil personas reconocieron pertenecer al pueblo chango y resaltaron que el proyecto responde legislativamente a una demanda histórica que entrega dignidad a esta ancestral comunidad.


Además, insistieron en la necesidad de profundizar en un nuevo trato y una reparación completa a todas a las etnias indígenas de Chile.

Vea textos íntegros de las mociones refundidas, discusión y análisis boletines Nº 11188 y 11335.

26.7.14

Patrimonio nacional, por Luis Fernández-Galiano. Arquitectura Viva 131, 2010.

Vía Arquitectura Viva.



Si nuestra única patria son los paisajes de la infancia, nuestro único patrimonio son los recuerdos en que se cimienta nuestra identidad personal o colectiva. Pero la memoria no se alimenta sólo de fotografías pálidas, músicas olvidadas o perfumes desvanecidos; se nutre también de la experiencia física de los entornos, edificios y lugares que han sido teatro de la vida. La arquitectura es nuestra magdalena de Proust, y proteger sus obras del testarudo deterioro que infligen el tiempo y el descuido equivale a enfrentarse a la desmemoria deliberada de esta cultura lotófaga, donde la amnesia social se combina con la fabricación de ficciones, y donde los estragos de la entropía son menores que la devastación causada por las falsificaciones históricas.

Cada generación reescribe en todo caso su pasado, reinterpreta sus edificios con los intereses del presente, e interviene en las arquitecturas obsoletas para adaptarlas a nuevos usos. En esa regeneración de construcciones heredadas hay un inevitable componente destructivo, porque la cirugía de las obras no puede prescindir del bisturí, pero en la mayor parte de los casos la pérdida se compensa con una extensión del ciclo vital que sólo el paso por el quirófano hace posible. La nostalgia por las huellas del abandono es tan respetable como la indignación ante los casos en que fábricas venerables son tratadas con cirugía plástica invasiva y ensañamiento terapéutico; pero nada puede reprocharse a la medicina cautelosa que prolonga y enriquece la vida.

Hasta hace bien poco, el concepto de patrimonio se asociaba únicamente a obras de gran singularidad o antigüedad, cuya tutela correspondía rutinariamente a los historiadores y arqueólogos. Hoy, la extensión de esta rúbrica a campos innumerables, desde el paisaje o la agricultura hasta la ingeniería o la industria, y su prolongación hasta el pasado más inmediato —que incluye el patrimonio moderno, pero también ámbitos urbanos convencionales— traslada el énfasis del terreno pugnaz de la memoria colectiva al espacio negociable de lo cotidiano. Así, mientras las obras icónicas y memorables se disputan entre los agentes políticos y la industria del ocio, el patrimonio habitual se recupera, rehabilita y renueva como fuente de utilidad y placer.

El patrimonio construido, en efecto, no es sólo memoria congelada. Tanto el monumental como el anónimo acumulan la energía de sus materiales y su construcción: una herencia que cada generación recibe de la anterior, y que debe administrar juiciosamente, sin permitir que los restos actúen como un caparazón que impida el desarrollo del organismo social, pero sin tolerar tampoco que ese caudal se despilfarre con el abandono displicente o la demolición innecesaria. La prosperidad ha hecho de nosotros niños caprichosos que olvidan o rompen sus juguetes para sustituirlos por otros nuevos, y hoy debemos reeducar a esa infancia malcriada para que recuerde, repare y reutilice. Esos juguetes viejos son nuestro patrimonio, y acaso nuestra patria.