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8.4.18

La historia e identidad de Antofagasta desde su patrimonio

Vía La Estrella de Antofagasta.



Más de 70 inmuebles con categoría de monumentos históricos fueron seleccionados en un trabajo conjunto entre el arquitecto Claudio Galeno y Creo Antofagasta, para crear un sitio web la ruta de las edificaciones patrimoniales.

Una de las características únicas de Antofagasta, que no siempre es valorada, es su patrimonio histórico, en particular los edificios que son parte de nuestro quehacer diario y que en algunos casos, cumplían funciones muy distintas a las que conocemos hoy.

Estas construcciones marcan hitos en la historia de nuestra ciudad, que son parte del desarrollo de nuestra identidad y conocerlas, permite entender quiénes somos, qué hicimos, cómo surgió la Antofagasta que hoy vivimos y cómo podemos seguir creciendo.

Claudio Galeno, arquitecto y Master en Historia, Arte, Arquitectura y Ciudad, ha dedicado parte de su vida a recopilar esta historia y a través de la iniciativa Rutas Patrimoniales de CREO Antofagasta, desarrolló una línea base sobre el patrimonio material e inmaterial, en la que se identificó más de 70 inmuebles con categoría de monumentos históricos o de conservación, que han marcado el desarrollo de Antofagasta desde una mirada industrial, comercial y urbana. Con esto se desarrollará un sitio web que referencie en un mapa cada inmueble en un formato de ruta, para promover la cultura y el turismo.

Casas de la Fundición Playa Blanca de la Compañía Huanchaca

Las casas de la Fundición Playa Blanca de la Compañía Huanchaca, fueron un campamento que se construyó en 1885, junto a lo que hoy en día conocemos como ruinas de Huanchaca. En 1902 la Compañía Huanchaca fue cerrada, y las casas fueron adquiridas por el Ferrocarril de Antofagasta a

Bolivia (FCAB) y reubicadas antes de 1907 en dos manzanas sobre el centro de la ciudad, sobre Avenida Argentina, entre las calles Baquedano y Maipú, y sobre calle Atacama y Curicó.

Estas antiguas viviendas, conocidas actualmente como Casas del Ferrocarril, se encuentran bajo protección como Zona Típica, desde julio del 2013, por el Consejo de Monumentos Nacionales.

Servicios Públicos de Antofagasta / Biblioteca Regional y Correo

El antiguo edificio de los Servicios Públicos de Antofagasta, conocido como "Correos y Telégrafos" por la mayoría de los habitantes, fue proyectado por el arquitecto Julio Arancibia, iniciando obras en 1921 e inaugurado en 1930. El edificio ejemplo del eclecticismo en la ciudad tiene gran presencia urbana y fue construido en hormigón armado.

Hoy se encuentra restaurado y rehabilitado como Biblioteca Regional, proyecto que recuperó fachadas, puertas y ventanas según el diseño original, inaugurada el 14 de noviembre del 2013. Se ubica en la intersección de calle Washington 2601 - 2613 con calle Prat 273. Esta obra, posee protección al estar dentro de la Zona típica y de Conservación Histórica y ,es Monumento Histórico desde marzo del 2009.



Hotel Belmont / Centro Cultural Estación Antofagasta

El Hotel Belmont propiedad de la familia Luksic, también es conocido como Edificio Patiño, al haber sido construido por el millonario boliviano Simón Patiño. La obra de arquitectura ecléctica estuvo a cargo de la constructora británica Fredk Sage & Co. Desde su construcción en 1913 fue un referente urbano por su gran altura. Desde el año 2001 se ha rehabilitado convirtiéndose en el Centro Cultural Estación Antofagasta.

Está ubicado en calle Bolívar 120, entre calle Washington y el pasaje Abaroa.

Esta edificación posee protección al estar dentro de la Zona típica y de Conservación Histórica, además de haber sido declarada Monumento Histórico, bajo Decreto Supremo, desde diciembre de 1991.

Escuela de Niñas / Teatro Pedro de la Barra

El edificio de la Escuela Fiscal de Niñas N°2, inició su construcción en 1884. Su diseño fue atribuido al Gobernador Ramón Rivera Jofré. En 1966, la edificación fue entregada al Colegio Universitario Regional de la Universidad de Chile y fue utilizado por un Ballet de Cámara y el Departamento de Artes Escénicas que tenía la Compañía de Teatro del Desierto, dirigido por el dramaturgo Pedro de la Barra. A partir de 1982 la antigua escuela fue denominada Teatro Pedro de la Barra.

La obra hoy posee protección al estar dentro de la Zona de Conservación Histórica, nombrado Monumento Histórico, declarado en diciembre de 1985.

Se ubica en calle Condell 2485 esquina Baquedano.

Banco Anglo Sud Americano / Banco Estado

El antiguo Banco Anglo Sud Americano, comenzó a operar en Antofagasta en 1897 inicialmente ocupó un edificio en calle Washington entre Bolívar y Sucre. Más tarde entre 1924 y 1925 se levantó un nuevo edificio construido por la firma Fredk Sage y Co. El Banco de diseño dórico-romano, fue construido en hormigón armado. En 1953 la fusión de distintas cajas de ahorros pasaron a ser el Banco del Estado de Chile, que es la institución que ocupa hasta la actualidad estas dependencias.

Hoy posee protección al estar dentro de la Zona típica y de Conservación Histórica.

La edificación se ubica en calle Prat 4000 esquina San Martín en la ciudad de Antofagasta.

Liceo de Niñas / Liceo Marta Narea Díaz

El Liceo de Niñas Marta Narea empezó a funcionar en la ciudad de Antofagasta el 17 de Julio de 1905 con Adela Acuña de Altamirano como directora pero, no fue hasta 1936, con Melitina Ferreira como directora del establecimiento, cuando obtuvieron los terrenos donde actualmente se ubica.

Luego de cuatro años, en 1940, con Marina S. de Schnake como directora, se comenzó la construcción en base al proyecto del arquitecto Alberto Toro, finalizado completamente en 1955.

La edificación se ubica en la manzana comprendida entre las calles Orella 451, Latorre, Uribe y San Martín.

Municipalidad de antofagasta / Casa de la Cultura

La antigua Municipalidad de Antofagasta, se construyó bajo la administración del alcalde Maximiliano Poblete. En 1912 la Municipalidad aprobó que fuesen destinados fondos para la construcción. El ingeniero Luigi Verga Abd-El-Kader gana el concurso convocado. Las obras se iniciaron en 1913 por la empresa constructora de Jaime Pedreny. Luego en diciembre de 1913 Leonello Bottacci presentó el diseño de una nueva fachada, debido a una solicitud del municipio. Al año siguiente las oficinas municipales se trasladaron a este nuevo edificio. La fachada posee una estética ecléctica afrancesada. Actualmente aloja las dependencias de la Casa de la Cultura.

Está ubicado en calle Latorre 2535.

Mercado Modelo / Mercado y Plaza Sotomayor

El edificio el Mercado Modelo o Central, fue construido con fondos del préstamo inglés durante el primer periodo de alcaldía de Maximiliano Poblete.

Su ubicación en Calle Ossa, fue decidida por la Municipalidad de la época, la cual insistía en dividir la Plaza Emilio Sotomayor, en ese entonces plaza del Ferrocarril. En 1917 se iniciaron las obras a cargo de la empresa constructora del arquitecto Jaime Pedreny, siendo inaugurado en 1920.

El imponente edificio de rasgos arquitectónicos neoclásicos, actualmente es nombrado como Mercado Municipal de Antofagasta.

1.1.18

Por qué hay que salvar ese edificio tan feo

Vía El País.

Un documental sobre un polémico inmueble de Chicago reflexiona sobre las dificultades de la protección del patrimonio contemporáneo

Por J. A. Aunión


Starship Chicago from Nathan Eddy on Vimeo.


—Entonces, ¿esto es sobre el edificio del Estado de Illinois de Helmut [Jahn]? ¿Qué pasa si lo odio?

—Estamos aquí para averiguar lo que opinas.

—Pues creo que es una mierda.

Así, sin indulgencias de ningún tipo, se expresa el arquitecto Stanley Tigerman en el arranque de un corto documental sobre el Thompson Center, una enorme mole redondeada de 110.000 metros cuadrados de acero y cristal de colores que ocupa desde 1985 un lugar privilegiado del centro de Chicago, una de las ciudades más importantes del mundo para la arquitectura moderna.

Pudiera parecer un arranque contradictorio para un documental —titulado Starship Chicago y dirigido por Nathan Eddy— que en realidad defiende la conservación del edificio, en grave peligro de desaparición si el actual gobernador del Estado consigue, como pretende, venderlo al mejor postor. Sin embargo, no hay contradicción alguna, pues la idea que se transmite —tanto a través de Tigerman como del resto de expertos que expresan su opinión en la cinta— es que los criterios de conservación del patrimonio arquitectónico tienen que estar por encima de los gustos de cada cual, de los cánones estéticos de un momento concreto y también de relaciones simples entre coste y beneficio.

Algo que se torna especialmente peliagudo cuando se trata de obras recientes —demasiado viejas para ser nuevas, pero demasiado modernas para ser antiguas, según ha escrito algún comentarista—, y así lo demuestran polémicas similares ocurridas en todos los rincones del planeta, desde los poblados de colonización de Madrid al Centro Deportivo Cristal Palace de Londres, de los pabellones construidos hace 40 años en el centro de exposiciones Pragati Maidan de Nueva Dheli a la sede del banco de Canadá en Otawa.

En el caso del edificio diseñado por el arquitecto Helmut Jahn en el centro de Chicago, la controversia estuvo presente desde el primer momento en que vio la luz a mediados de los ochenta ese enorme edificio destinado a reunir todas las sedes estatales dispersas por la ciudad. “Egolatría u obra maestra”, titulaban los periódicos. El inmueble llama, ciertamente, la atención. Tiene el exterior completamente acristalado, con una gran curva que une las otras dos fachadas que forman un ángulo recto (de ahí el apelativo de starship, nave espacial), un gran tragaluz y un inmenso atrio interior cilíndrico que deja las oficinas, como pequeñas colmenillas, pegadas a las paredes y atravesadas por ascensores que cuelgan hacia el exterior. Y todo pintado de llamativos por colores azul claro y rojo desvaído, combinado con el blanco. Son los colores de bandera estadounidense, explica el arquitecto, que alude también al cristal y a los espacios abiertos como símbolos de la transparencia del Gobierno.

Si alguien hace una búsqueda sobre el Thompson Center en Google, entre los resultados encontrará numerosas páginas que lo colocan entre los edificios más feos de Chicago. Pero también se consideró horrorosa hace muchos años, por recargada, la arquitectura barroca; y, más recientemente, también se rechazó con violencia el brutalismo (corriente de los años cincuenta, sesenta y setenta basada en el uso de hormigón crudo a la vista), recuerda Susana Landrove, directora de la Fundación Docomomo Ibérico, una organización que se dedica, precisamente, a “estudiar y documentar la arquitectura del movimiento moderno con el fin de lograr su reconocimiento como parte de nuestra cultura del siglo XX, su protección patrimonial y conservación”, dice su página web.

Esos cambios de gustos y de criterios estéticos son los que aconsejan mirar al patrimonio desde una variedad de puntos de vista: además del valor cultural y estético, la autenticidad de los materiales, los valores sociales e históricos, las técnicas constructivas, la repercusión de la construcción en el debate social, en la historia de la arquitectura… “El patrimonio no es algo que exista; es algo que se crea”, dice Landrove.

“El calificativo de feo o bonito frecuentemente es una deriva in-cultural. Es decir, expresión de una carencia de conocimiento y un escaso desarrollo de la sensibilidad perceptiva”, responde el profesor emérito de la Universidad de Sevilla Víctor Pérez Escolano a la pregunta: ¿cómo le explicaría a alguien que hay conservar un edificio que le parece un auténtico horror? “La explicación debe comenzar en las escuelas, previa preparación de los profesores. Y en los medios de comunicación. No tienen por qué gustarnos a todos por igual las mismas obras, pero sí respetar el máximo común denominador de la arquitectura que es testimonio de nuestra contemporaneidad que ha de ser protegido y conservado”. Para Landrove, también es clave una educación general arquitectónica igual que existe en otras artes.

Ambos especialistas ponen ejemplos de polémicas vividas respecto de la conservación del patrimonio reciente, y muchas veces incomprendido, como los poblados de colonización de Madrid; la Casa Guzmán (de Alejandro de la Sota) recientemente derribada por su dueño, el edificio de SEAT en la plaza Cerdá de Barcelona o la antigua Jefatura de Policía de Sevilla.

Esta última, “está protegida y se impidió su demolición, pero constituye la polémica más viva sobre el destino alternativo que no acaba de llegar”, dice Pérez Escolano. De hecho, ese el otro gran problema de estos edificios, cuando su mantenimiento resulta muy caro y ya no sirve para el uso que se concibió según los estándares actuales. Es decir, cuando no solo se cataloga un edificio de esos que no son del gusto general, sino que “encima se gasta dinero público para conservarlos, es cuando llega la tormenta de protestas”, explica Simon Thurley, exresponsable de England Heritage, el organismo que gestiona 400 monumentos y sitios históricos de Inglaterra.

Thurley pone el ejemplo del Centro Deportivo Cristal Palace, en Londres, cuya versión actual se remonta a los años sesenta con el argumento de que tenían carencias muy graves (no tenía bien separadas las instalaciones acuáticas del resto y la piscina ni siquiera cumple con las dimensiones olímpicas) y arreglarlo completamente costaría 40 millones de libras. El anterior alcalde de Londres, Boris Johnson, tenía un plan para el espacio que incluía su demolición, pero finalmente las críticas lo detuvieron.

Para salvar estos edificios, insiste Landrove, es importante encontrarles usos adecuados, que pueden ser nuevos y distintos. “Proteger no significa museificar”, insiste, para la preservación no signifique una carga. En el caso de la nave espacial de Chicago —que hoy funciona a medio gas y necesitaría varios cientos de millones de dólares para arreglar los problemas que le ha provocado la falta de mantenimiento— los expertos que aparecen en el documental proponen que se convierta en centro comercial. O en hotel. Lo que no se puede, dice Tigerman, “es tirar edificios a la ligera; eso es como arrancarte tu propia piel; necesitamos mirar las cosas de forma optimista”.

26.7.14

Patrimonio nacional, por Luis Fernández-Galiano. Arquitectura Viva 131, 2010.

Vía Arquitectura Viva.



Si nuestra única patria son los paisajes de la infancia, nuestro único patrimonio son los recuerdos en que se cimienta nuestra identidad personal o colectiva. Pero la memoria no se alimenta sólo de fotografías pálidas, músicas olvidadas o perfumes desvanecidos; se nutre también de la experiencia física de los entornos, edificios y lugares que han sido teatro de la vida. La arquitectura es nuestra magdalena de Proust, y proteger sus obras del testarudo deterioro que infligen el tiempo y el descuido equivale a enfrentarse a la desmemoria deliberada de esta cultura lotófaga, donde la amnesia social se combina con la fabricación de ficciones, y donde los estragos de la entropía son menores que la devastación causada por las falsificaciones históricas.

Cada generación reescribe en todo caso su pasado, reinterpreta sus edificios con los intereses del presente, e interviene en las arquitecturas obsoletas para adaptarlas a nuevos usos. En esa regeneración de construcciones heredadas hay un inevitable componente destructivo, porque la cirugía de las obras no puede prescindir del bisturí, pero en la mayor parte de los casos la pérdida se compensa con una extensión del ciclo vital que sólo el paso por el quirófano hace posible. La nostalgia por las huellas del abandono es tan respetable como la indignación ante los casos en que fábricas venerables son tratadas con cirugía plástica invasiva y ensañamiento terapéutico; pero nada puede reprocharse a la medicina cautelosa que prolonga y enriquece la vida.

Hasta hace bien poco, el concepto de patrimonio se asociaba únicamente a obras de gran singularidad o antigüedad, cuya tutela correspondía rutinariamente a los historiadores y arqueólogos. Hoy, la extensión de esta rúbrica a campos innumerables, desde el paisaje o la agricultura hasta la ingeniería o la industria, y su prolongación hasta el pasado más inmediato —que incluye el patrimonio moderno, pero también ámbitos urbanos convencionales— traslada el énfasis del terreno pugnaz de la memoria colectiva al espacio negociable de lo cotidiano. Así, mientras las obras icónicas y memorables se disputan entre los agentes políticos y la industria del ocio, el patrimonio habitual se recupera, rehabilita y renueva como fuente de utilidad y placer.

El patrimonio construido, en efecto, no es sólo memoria congelada. Tanto el monumental como el anónimo acumulan la energía de sus materiales y su construcción: una herencia que cada generación recibe de la anterior, y que debe administrar juiciosamente, sin permitir que los restos actúen como un caparazón que impida el desarrollo del organismo social, pero sin tolerar tampoco que ese caudal se despilfarre con el abandono displicente o la demolición innecesaria. La prosperidad ha hecho de nosotros niños caprichosos que olvidan o rompen sus juguetes para sustituirlos por otros nuevos, y hoy debemos reeducar a esa infancia malcriada para que recuerde, repare y reutilice. Esos juguetes viejos son nuestro patrimonio, y acaso nuestra patria.