Vía El País.
Culmina la ambiciosa aventura de escribir la Enciclopedia de Filosofía Iberoamericana, un mapa en 34 volúmenes sobre las ideas que unen ambas orillas del Atlántico
Por Francesc Arroyo
Entre Toluca y Ciudad de México hay unos 70 kilómetros, pero el estado de las carreteras y la intensidad de tráfico pueden hacer que el trayecto supere ampliamente la hora. Eso fue lo que ocurrió el 27 de noviembre de 1987. Había concluido en Toluca el IV Congreso Nacional de Filosofía y Fernando Salmerón (1925-1997), filósofo mexicano con especial preferencia por cuestiones morales, se aprestaba a volver a su casa en coche. Se ofreció a llevar a algunos colegas y se apuntaron el también mexicano León Olivé (1950-2017), el argentino Osvaldo Guariglia (1938-2016) y los españoles Javier Muguerza y Reyes Mate. En aquel coche acabó de cuajar la idea de impulsar una obra que recogiera tanto la historia como el presente de la filosofía en los países iberoamericanos.
No era la primera conversación al respecto. Durante la semana que duró el congreso, el asunto había aparecido una y otra vez en las conversaciones. Más como un anhelo que como proyecto realizable. Y, charla que te charlarás, aquello acabó por convertirse en un programa de trabajo al alcance de la mano. O de las manos, porque harían falta muchas para darle materia y forma y para que acabara cuajando en 34 volúmenes que resumen lo que ha sido y lo que es la filosofía en los países iberoamericanos. Y en el resto del mundo, que tampoco está tan lejos.
En diciembre de 1992, cinco años después de aquel viaje, se presentaban los dos primeros volúmenes de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. El primero se titula, nada casualmente, Filosofía iberoamericana en la época del encuentro. Este mismo mes de junio, un cuarto de siglo más tarde, han sido publicados los dos últimos, que recogen la actividad en los diversos países, incluidos Portugal y Brasil. Queda un último tomo a modo de apéndice con información sobre el proyecto global y los más de 500 autores que han participado en la tarea. Lo pendiente, señala la directora del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, coeditor de la obra junto a la editorial Trotta, es el futuro. Porque parece claro que la voluntad de pensar no se ha agotado, con lo que queda trabajo por hacer.
Mientras, los lectores disponen de 34 volúmenes de los que cuatro están dedicados a la actividad en los países iberoamericanos; otros cuatro analizan los periodos históricos. Los apartados filosóficos (ética, conocimiento, lenguaje, política, metafísica) tienen dos volúmenes cada uno de ellos, mientras que a la filosofía de la ciencia se le han dedicado tres volúmenes, y uno a la filosofía de la historia, de la cultura, de la educación, la estética, la economía y, uno también, claro está, a la reflexión sobre la propia práctica: filosofía de la filosofía.
Los promotores eran conscientes de que se trataba de una obra a largo plazo. Y el tiempo es un gran enemigo. Los 30 años transcurridos han pasado para todos, incluidos los participantes en los primeros comités editoriales y académicos. Eran 13, de los que 8 han fallecido. Los últimos, dos de los fundadores de la Enciclopedia: León Olivé, el pasado mes de febrero, y Osvaldo Guariglia, en mayo de 2016. Ambos llegaron a participar, junto a Reyes Mate, en la redacción del prólogo que cierra el proyecto y, aunque lo firman, no les alcanzó la vida para verlo impreso.
Un reto intelectual era evitar el sectarismo. La Enciclopedia tenía que ser plural y reflejar las diversas tendencias e intereses de todos los países iberoamericanos. Y al mismo tiempo, para decirlo en palabras del mexicano aunque nacido en Barcelona Luis Villoro (1922-2014), evitar “la imitación de culturas ajenas y el ensimismamiento de los propios mitos y tradiciones”. Reyes Mate lo resume evocando a Ortega: “Que la alternativa no fuera elegir entre una filosofía de Marburgo y una filosofía del Manzanares”.
El primer volumen, uno de los cuatro centrados en la actividad iberoamericana en sentido estricto, era ya una declaración de intenciones. Se abría con un texto de Laureano Robles sobre el pensamiento filosófico en España, se revisaban figuras históricas comunes (Bartolomé de Las Casas, Bernardino de Sahagún, Francisco de Vitoria) y se incluían tres artículos infrecuentes: uno dedicado al pensamiento náhuatl (azteca), en el que se describía su visión del mundo, con reflexiones sobre la divinidad, el hombre, el mundo, el ser, partiendo de los textos y de la iconografía que han sobrevivido. El segundo se centraba en los mayas, aun destacando que su pensamiento estaba más cerca de lo que hoy llamamos religión que de la filosofía en un sentido fuerte. El tercero es un estudio sobre el mundo cultural de los incas, con atención especial al encuentro o, si se prefiere, al encontronazo con los que se veían a sí mismos como colonizadores.
Esa voluntad de pluralidad no se quedó ahí. El volumen 31 está dedicado a las filosofías no occidentales, y en el último de los publicados hay aportaciones procedentes de Brasil y Portugal, países que caen también bajo la etiqueta de iberoamericanos.
No obstante, la Enciclopedia ha evitado el ensimismamiento contra el que prevenía Villoro. Para ello, se creó un comité editorial que impulsara las tareas y vigilase la calidad de las aportaciones. Las primeras reuniones formales, recuerda Reyes Mate, se produjeron en Madrid en marzo de 1988. Asistieron León Olivé, Osvaldo Guariglia, Reyes Mate, Miguel Ángel Quintanilla y Javier Muguerza. Quintanilla insiste en la importancia que tuvo Muguerza: “Fue él quien más alentó al proyecto y quien ya percibió que acabaría reflejando también la idea de una comunidad filosófica iberoamericana con rasgos específicos más allá de la lengua y las lenguas”.
Al principio el modelo fue objeto de discusión: ¿era mejor una enciclopedia o un diccionario? Mirando hacia atrás había dos posibles vías: el monumental Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora y el Diccionario de filosofía contemporánea que había dirigido el propio Quintanilla. Se impuso la idea de la enciclopedia y, según Reyes Mate, que ha trabajado en ella desde el primer día hasta el último, el resultado final se parece mucho al proyecto inicial, tanto en los contenidos como en los tratamientos.
Lo que ha aflorado en torno a la Enciclopedia, como ya previera Muguerza, es la conciencia de comunidad iberoamericana. “Al principio”, explica Quintanilla, “no éramos conscientes de lo que estábamos haciendo. Pensábamos en dar cuenta de la filosofía que se había hecho y se hace en los países iberoamericanos, pero el trabajo y el tiempo nos han mostrado la importancia de la idea misma de comunidad y la Enciclopedia ha ayudado a consolidarla”, de manera que, en su opinión, puede hablarse de un antes y un después. “Antes teníamos referencias y, de algún modo, pensábamos en enlazar con la herencia republicana, la que quedó en el interior y la que marchó al exilio. Ahora somos conscientes de que tenemos una personalidad propia. Nos conocemos y colaboramos”. Antes, abunda Reyes Mate, “ni nos conocíamos, ni nos apreciábamos”. Y Concha Roldán concluye: “Ha cambiado el tipo de relación. Ya no nos ven ni nos vemos como la nación conquistadora”.
La Red Iberoamericana de Filosofía “seguirá impulsando el espíritu de la Enciclopedia” y ha promovido un manifiesto a favor de la filosofía y de su papel en la enseñanza. El próximo año se celebrará un nuevo congreso en México (tras los de España, Perú, Colombia y Chile) y en la primera semana de julio está previsto un encuentro en Salamanca centrado en la lógica y la filosofía de la ciencia, donde se rendirá homenaje a Olivé. Roldán sostiene que la suma de publicaciones y los encuentros y congresos permiten afirmar que la filosofía que se hace en la comunidad iberoamericana tiene rasgos propios, más allá de la lengua de uso común. “Creo que es perceptible una preocupación centrada en torno a la pobreza, a la vulnerabilidad, a la democracia. En general, predominan entre nosotros los estudios relacionados con la ética y la filosofía política”.
Otro factor importante, señala Mate, ha sido romper con la idea de que el pensamiento se vehiculaba en Iberoamérica en general y en España en particular a través de la literatura, dada la inexistencia de una actividad propiamente filosófica. Una idea expresada por Unamuno y Antonio Machado.
Ahora queda decidir qué hacer en adelante. Un futuro que será, seguramente, electrónico. La editorial Trotta tiene ya digitalizada toda la obra, la cuestión es cómo se haga su actualización.
El diccionario de Ferrater Mora dispone de un proyecto claro: no contempla la edición en papel, sino ofrecer acceso a través de la Red, explica Joan Vergés, director de la cátedra que, en la Universitat de Girona, lleva el nombre del filósofo catalán y ha asumido las tareas de actualización de la obra. “Hemos llegado a un acuerdo con Priscilla Cohn, viuda y heredera de Ferrater, para que la próxima puesta al día se difunda sólo a través de la Red, de modo que pueda llegar a bibliotecas, universidades e instituciones”. No obstante, al tratarse de un obra de autor, hemos pactado también que la actualización será de un 10% aproximadamente de las 32.000 entradas que tiene. Se incluirán autores como Agamben, que en 1999, cuando se hizo la última actualización, no era tan conocido como ahora, y también voces relacionadas con ámbitos que han tenido un importante desarrollo como, por ejemplo, la filosofía de la mente o la bioética”. Se pondrán también al día las bibliografías, pese a que este apartado tiene hoy una importancia muy diferente debido a la existencia de Internet. La Enciclopedia está ahora, señala Roldán, en un proceso de reflexión al respecto, asumiendo que “los investigadores jóvenes, cada vez más, cuelgan sus trabajos directamente en la Red”.
Pero eso es el futuro. Un futuro que puede ser encarado gracias a que hay disponible un mapa del pensamiento iberoamericano: la Enciclopedia.
Por Claudio Galeno-Ibaceta sobre la interacción del arte con la arquitectura, desde Antofagasta y el Norte Grande de Chile. By Claudio Galeno-Ibaceta about the interaction between art and architecture, from Antofagasta and the Large North of Chile.
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1.7.17
Pensar en español... y portugués. Culmina la ambiciosa aventura de escribir la Enciclopedia de Filosofía Iberoamericana
25.1.14
Las catacumbas y el firmamento de Walter Benjamin, por Félix de Azúa.
Vía El País.

No creo que haya ensayo filosófico más famoso, complejo, influyente y poco leído que la así llamada Obra de los pasajes, de Walter Benjamin. Su nombre obedece a que ni siquiera puede llamarse “libro”: es un montón de papeles que acabaron guardados en una maleta, en cuyas páginas hay kilómetros de citas (ajenas) y comentarios (de Benjamin). ¿Un conjunto de ruinas? Así lo describe Giorgio Agamben: es la visión de un superviviente cuando pasea la mirada por los cadáveres y ruinas que se extienden a su alrededor tras un bombardeo.
La editorial Abada acaba de publicar una nueva versión de este clásico dentro de la ambiciosa obra completa del autor, y tiene como garantía la solvencia de su traductor, el poeta Juan Barja. La desventaja es que hasta dentro de unos meses no aparecerá el segundo volumen. En cualquier caso, es un acontecimiento editorial. Mientras tanto, siempre nos queda la edición de hace algunos años en Akal.
¿Qué andaba buscando Benjamin con tan abrumadora acumulación de documentos fragmentarios? Es casi imposible contestar a esta pregunta. El editor alemán, Rolf Tiedemann, cree que la ambición de Benjamin era escribir una filosofía de la historia que superara la herencia de Hegel y Marx. Otros opinan que es el más sofisticado análisis de los orígenes del capitalismo industrial. También los hay que no la tienen por obra de filosofía, sino de literatura, un prodigioso experimento comparable al de Joyce, que usa aquellas técnicas cinematográficas de montaje sobre las que tanto escribió Benjamin. Y no falta quien cree que, por lo menos en su primera parte, es un poema surrealista.
Porque en realidad hay dos partes y mantienen grandes diferencias la una con la otra. Nuestro pensador trabajó en su obra de 1927 a 1940. En la primera etapa, de 1927 a 1929, es indudable que quería reconstruir el auge del capitalismo nacido de la Revolución Francesa, haciendo uso de un método sorprendente: vivificando las ruinas que han quedado de aquel primer momento explosivo. Así, por ejemplo, los pasajes, los panoramas, los grandes almacenes de París, pero también la publicidad o la prostitución. Estos restos arqueológicos aparecen ante nuestro entendimiento como cadáveres devueltos a la vida (Benjamin usó la palabra “fantasmagoría” para su proyecto) y con capacidad para “despertarnos” del sueño capitalista.
En esta primera parte, Benjamin explora un mundo compuesto por mitos eternos que se vuelven a activar en cada etapa de la historia y que como tales mitos son invisibles en el presente, pero pueden intuirse en el pasado. El método no es muy distinto al de algunos surrealistas (en este caso Aragon) cuando describen un surtidor de gasolina como si fuera un tótem salvaje de los tiempos modernos. “El capitalismo es un producto natural junto con el cual le sobrevino a Europa un nuevo sueño en cuyo interior las fuerzas míticas se vieron nuevamente reactivadas”, escribe. Y este fue el problema. Su mentor y protector, el filósofo Th. W. Adorno, marxista ortodoxo y simpatizante del partido comunista, no podía admitir que Benjamin pusiera en modo onírico lo que para los creyentes era una superestructura racionalmente deducible de la infraestructura material. Benjamin tenía que cambiar de método si quería mantener la protección de Adorno.
Así que, a partir de 1929, Benjamin interrumpió su obra y se puso a estudiar la de Marx. Tanta humildad no se vería recompensada porque nunca alcanzó a ser un comunista aceptable y aun en la actualidad solo los muy conservadores lo siguen presentando como filósofo marxista. El caso es que no reemprendió su obra hasta 1934 y ya no la abandonaría hasta 1940, cuando la persecución nazi le obligó a escapar de París. Como es sabido, acabaría suicidándose en Portbou.
En su segunda parte, la música tiene otro programa, otra armonía, y aunque continúa siendo palmariamente benjaminiana sopla en ella un fuerte viento materialista que impone al texto nuevos mitos y fantasmagorías sin por ello disminuir la fuerza analítica. Son ahora los fantasmas de la Comuna, del París de Haussmann, de la Bolsa, de los ferrocarriles, de la gran banca. Y es también el fantasma de Baudelaire, luminoso aparecido lírico, primer poeta de la ciudad industrial que insufla sentido a la acumulación de mercancías, con gran irritación de Adorno.
Baudelaire será una obsesión de Benjamin y logrará arrancar al poeta del Olimpo francés, donde mueren los grandes, para devolverlo a la vida verdadera. He aquí una iluminación perfecta: Benjamin dio vida nueva a una poesía que había sido condenada a gloriosa ruina y languidecía convertida en mármol. La misma editorial Abada acaba de publicar, dentro de sus obras completas, el conjunto de ensayos que Benjamin dedicó a Baudelaire.
En su segunda parte, el concepto clave de los pasajes será el fetichismo de la mercancía, noción que tomó de Lukács, no de Marx, y que ha ido adquiriendo fuerza a medida que el capitalismo se ha ido haciendo cada vez más agresivamente fetichista. Las “imágenes del deseo” que se ocultan en las mercancías eran de nuevo, para Benjamin, espectros míticos que se filtraban desde el pasado en la vida del presente para hacernos caer en un sueño. Iluminarlos conducía a nuestro despertar. A nosotros, que no solo vivimos el fetichismo de las mercancías de un modo absoluto, sino que lo aceptamos como lo propio de “la Naturaleza”, es decir, que ya no queremos despertar, esta segunda parte nos puede parecer casi melancólica. Lo que Benjamin intuía en 1935 se ha convertido en un monstruo colosal que cubre con su sueño narcótico el globo entero y contra el que carecemos de herramientas críticas decisivas tras el hundimiento de la izquierda en su propio sopor arcaico.
Eso no hace menos interesante la segunda parte, en la que asistimos al ascenso de la mercancía (el fantasma por antonomasia) desde las catacumbas (los pasajes) hasta los palacios (los grandes almacenes) y finalmente a los templos (las exposiciones universales). La mercancía y su deseo fantasmagórico nace enterrada en los subterráneos iluminados por gas del Paris ochocentista, sube impetuosa a los escaparates lujosos de los grandes bulevares y acaba por asentarse en un pedestal parecido al trono de san Pedro a partir de las exposiciones universales. Esta segunda parte requerirá, seguramente, un nuevo comentario cuando aparezca el segundo volumen de Abada.
La grandeza de esta obra catastrófica permite tantas interpretaciones que los comentaristas siempre nos quedamos cortos, pero no quiero dejar pasar un elemento de cierta importancia para algunos lectores. Indirectamente, en esta obra se encuentra oculta o sumergida una defensa romántica del arte, tan original como oscura. Es evidente que Benjamin luchaba contra la filosofía de la historia “progresista”, la de Hegel, la de Marx, pero también la del cristianismo. Él no creía en la continuidad temporal y escatológica que permite deducir leyes y sentido a los acontecimientos, como si el tiempo se dirigiera hacia algún lugar. Aun cuando simuló ser un materialista dialéctico tenía demasiada inteligencia para someterse a un dogma. Veía el curso de la historia como una secuencia siempre interrumpida, un cataclismo enigmático que amontona cadáveres y que a veces se ilumina con el relámpago de un “acontecimiento”. Sin embargo, en ese momento de iluminación, lo que aparece a nuestro entendimiento es un mito que regresa en un renacimiento perpetuo. Lo que vemos durante los escasos momentos en que despertamos de nuestra ensoñación son arquetipos originarios que dan brevemente sentido a una existencia banal mediante la unión perfecta de presente y pasado. Esos momentos de iluminación no los producen las guerras, las revoluciones, los inventos o las luchas sociales, lo producen las obras de arte.
En nuestro firmamento brillan miríadas de estrellas, pero muchas de ellas sabemos que ya han muerto y hasta nosotros solo llega su fantasma. Lo mismo sucede con las obras de arte, con la particularidad de que incluso las muertas y fantasmagóricas permiten a los buenos marineros navegar por el mar de la existencia.

No creo que haya ensayo filosófico más famoso, complejo, influyente y poco leído que la así llamada Obra de los pasajes, de Walter Benjamin. Su nombre obedece a que ni siquiera puede llamarse “libro”: es un montón de papeles que acabaron guardados en una maleta, en cuyas páginas hay kilómetros de citas (ajenas) y comentarios (de Benjamin). ¿Un conjunto de ruinas? Así lo describe Giorgio Agamben: es la visión de un superviviente cuando pasea la mirada por los cadáveres y ruinas que se extienden a su alrededor tras un bombardeo.
La editorial Abada acaba de publicar una nueva versión de este clásico dentro de la ambiciosa obra completa del autor, y tiene como garantía la solvencia de su traductor, el poeta Juan Barja. La desventaja es que hasta dentro de unos meses no aparecerá el segundo volumen. En cualquier caso, es un acontecimiento editorial. Mientras tanto, siempre nos queda la edición de hace algunos años en Akal.
¿Qué andaba buscando Benjamin con tan abrumadora acumulación de documentos fragmentarios? Es casi imposible contestar a esta pregunta. El editor alemán, Rolf Tiedemann, cree que la ambición de Benjamin era escribir una filosofía de la historia que superara la herencia de Hegel y Marx. Otros opinan que es el más sofisticado análisis de los orígenes del capitalismo industrial. También los hay que no la tienen por obra de filosofía, sino de literatura, un prodigioso experimento comparable al de Joyce, que usa aquellas técnicas cinematográficas de montaje sobre las que tanto escribió Benjamin. Y no falta quien cree que, por lo menos en su primera parte, es un poema surrealista.
Porque en realidad hay dos partes y mantienen grandes diferencias la una con la otra. Nuestro pensador trabajó en su obra de 1927 a 1940. En la primera etapa, de 1927 a 1929, es indudable que quería reconstruir el auge del capitalismo nacido de la Revolución Francesa, haciendo uso de un método sorprendente: vivificando las ruinas que han quedado de aquel primer momento explosivo. Así, por ejemplo, los pasajes, los panoramas, los grandes almacenes de París, pero también la publicidad o la prostitución. Estos restos arqueológicos aparecen ante nuestro entendimiento como cadáveres devueltos a la vida (Benjamin usó la palabra “fantasmagoría” para su proyecto) y con capacidad para “despertarnos” del sueño capitalista.
En esta primera parte, Benjamin explora un mundo compuesto por mitos eternos que se vuelven a activar en cada etapa de la historia y que como tales mitos son invisibles en el presente, pero pueden intuirse en el pasado. El método no es muy distinto al de algunos surrealistas (en este caso Aragon) cuando describen un surtidor de gasolina como si fuera un tótem salvaje de los tiempos modernos. “El capitalismo es un producto natural junto con el cual le sobrevino a Europa un nuevo sueño en cuyo interior las fuerzas míticas se vieron nuevamente reactivadas”, escribe. Y este fue el problema. Su mentor y protector, el filósofo Th. W. Adorno, marxista ortodoxo y simpatizante del partido comunista, no podía admitir que Benjamin pusiera en modo onírico lo que para los creyentes era una superestructura racionalmente deducible de la infraestructura material. Benjamin tenía que cambiar de método si quería mantener la protección de Adorno.
Así que, a partir de 1929, Benjamin interrumpió su obra y se puso a estudiar la de Marx. Tanta humildad no se vería recompensada porque nunca alcanzó a ser un comunista aceptable y aun en la actualidad solo los muy conservadores lo siguen presentando como filósofo marxista. El caso es que no reemprendió su obra hasta 1934 y ya no la abandonaría hasta 1940, cuando la persecución nazi le obligó a escapar de París. Como es sabido, acabaría suicidándose en Portbou.
En su segunda parte, la música tiene otro programa, otra armonía, y aunque continúa siendo palmariamente benjaminiana sopla en ella un fuerte viento materialista que impone al texto nuevos mitos y fantasmagorías sin por ello disminuir la fuerza analítica. Son ahora los fantasmas de la Comuna, del París de Haussmann, de la Bolsa, de los ferrocarriles, de la gran banca. Y es también el fantasma de Baudelaire, luminoso aparecido lírico, primer poeta de la ciudad industrial que insufla sentido a la acumulación de mercancías, con gran irritación de Adorno.
Baudelaire será una obsesión de Benjamin y logrará arrancar al poeta del Olimpo francés, donde mueren los grandes, para devolverlo a la vida verdadera. He aquí una iluminación perfecta: Benjamin dio vida nueva a una poesía que había sido condenada a gloriosa ruina y languidecía convertida en mármol. La misma editorial Abada acaba de publicar, dentro de sus obras completas, el conjunto de ensayos que Benjamin dedicó a Baudelaire.
En su segunda parte, el concepto clave de los pasajes será el fetichismo de la mercancía, noción que tomó de Lukács, no de Marx, y que ha ido adquiriendo fuerza a medida que el capitalismo se ha ido haciendo cada vez más agresivamente fetichista. Las “imágenes del deseo” que se ocultan en las mercancías eran de nuevo, para Benjamin, espectros míticos que se filtraban desde el pasado en la vida del presente para hacernos caer en un sueño. Iluminarlos conducía a nuestro despertar. A nosotros, que no solo vivimos el fetichismo de las mercancías de un modo absoluto, sino que lo aceptamos como lo propio de “la Naturaleza”, es decir, que ya no queremos despertar, esta segunda parte nos puede parecer casi melancólica. Lo que Benjamin intuía en 1935 se ha convertido en un monstruo colosal que cubre con su sueño narcótico el globo entero y contra el que carecemos de herramientas críticas decisivas tras el hundimiento de la izquierda en su propio sopor arcaico.
Eso no hace menos interesante la segunda parte, en la que asistimos al ascenso de la mercancía (el fantasma por antonomasia) desde las catacumbas (los pasajes) hasta los palacios (los grandes almacenes) y finalmente a los templos (las exposiciones universales). La mercancía y su deseo fantasmagórico nace enterrada en los subterráneos iluminados por gas del Paris ochocentista, sube impetuosa a los escaparates lujosos de los grandes bulevares y acaba por asentarse en un pedestal parecido al trono de san Pedro a partir de las exposiciones universales. Esta segunda parte requerirá, seguramente, un nuevo comentario cuando aparezca el segundo volumen de Abada.
La grandeza de esta obra catastrófica permite tantas interpretaciones que los comentaristas siempre nos quedamos cortos, pero no quiero dejar pasar un elemento de cierta importancia para algunos lectores. Indirectamente, en esta obra se encuentra oculta o sumergida una defensa romántica del arte, tan original como oscura. Es evidente que Benjamin luchaba contra la filosofía de la historia “progresista”, la de Hegel, la de Marx, pero también la del cristianismo. Él no creía en la continuidad temporal y escatológica que permite deducir leyes y sentido a los acontecimientos, como si el tiempo se dirigiera hacia algún lugar. Aun cuando simuló ser un materialista dialéctico tenía demasiada inteligencia para someterse a un dogma. Veía el curso de la historia como una secuencia siempre interrumpida, un cataclismo enigmático que amontona cadáveres y que a veces se ilumina con el relámpago de un “acontecimiento”. Sin embargo, en ese momento de iluminación, lo que aparece a nuestro entendimiento es un mito que regresa en un renacimiento perpetuo. Lo que vemos durante los escasos momentos en que despertamos de nuestra ensoñación son arquetipos originarios que dan brevemente sentido a una existencia banal mediante la unión perfecta de presente y pasado. Esos momentos de iluminación no los producen las guerras, las revoluciones, los inventos o las luchas sociales, lo producen las obras de arte.
En nuestro firmamento brillan miríadas de estrellas, pero muchas de ellas sabemos que ya han muerto y hasta nosotros solo llega su fantasma. Lo mismo sucede con las obras de arte, con la particularidad de que incluso las muertas y fantasmagóricas permiten a los buenos marineros navegar por el mar de la existencia.
11.2.13
Obituario: Eugenio Trías, el filósofo de las antenas poéticas
Vía El País.
Francesc Arroyo Barcelona 10 FEB 2013 - 17:04 CET
A principios de los años setenta se podía fumar en casi todas partes. Por supuesto, en las aulas universitarias. Y Eugenio Trías (Barcelona, 1942) fumaba. Y mucho. Era, además, muy tímido, de modo que llegaba a la Universidad de Barcelona, donde iniciaba su carrera docente, con un par de horas de antelación para darse carrerilla. Se metía en el bar, donde también fumaba, y se sentaba con algunos alumnos a los que explicaba la clase que luego iba a dar (Filosofía Contemporánea, era la asignatura). Quizá ese fumar ayudó en demasía a un cáncer que le estalló hace algo más de cinco años y contra el que uno de los filósofos españoles más significados de los últimos años fue luchando sin tregua. Hasta el domingo, que le venció de manera definitiva en su ciudad natal, a los 70 años.
La universidad fue siempre su casa. Durante alguno de los cierres con los que la dictadura obsequiaba a los estudiantes, Trías se negaba a cortar el discurso y se reunía con ellos en su propio domicilio o en bares más o menos cercanos al edificio universitario. Allí estaba en su salsa: sin tribuna ni distancia. Quizá era una respuesta a sus orígenes familiares, una alta burguesía catalana a la que perteneció su padre, Carlos Trías Beltrán, político falangista. La política nunca le llamó del todo, como sí le ocurrió a su hermano Jorge Trías. Un tercero, Carlos Trías, con el que llegó a compartir de joven algún libro a cuatro manos en 1970 (Santa Ava de Adis Abebas, firmando bajo el seudónimo común de Cargenio Trías), tiró por la literatura y se hizo escritor.
Él se había licenciado en Filosofía en 1964 en su fundacional Universidad de Barcelona y su brillantez le llevó a que inmediatamente, apenas un año después, fuera profesor ayudante, que pasaría a ser en breve adjunto en el mismo centro y en la Universidad Autónoma de Barcelona. Nada del pensamiento le era ajeno: la ética, la reflexión cívico-política, la filosofía de la religión, la estética… Quizá por ello había publicado ya varios libros antes de haber cumplido los 30 años. Luego, de repente, se fue. A Brasil. Una época explicada con no poco sentido del humor en su autobiografía El árbol de la vida (2003). Pero volvió pronto, y con solo 32 años ya recibía el primero de cerca de una quincena de reconocimientos. Sería en 1974 por Drama e identidad, donde ya dejaba ver su pasión por la música al buscar estructuras comunes entre la sonata y la tragedia. El estudio obtendría el premio Nueva Crítica, que abría un palmarés que le llevaría, solo un año después, al Anagrama de ensayo por El artista y la ciudad. Otro hito de esa trayectoria sería, en 1983, el Nacional de Ensayo por Lo bello y lo siniestro.
Convencido de que la filosofía debía tener “antenas poéticas”, intentó impregnar de ello sus títulos más celebrados en el métier, quizá La filosofía y su sombra y Teoría de las ideologías. Catedrático de Estética desde 1986 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona adonde había llegado invitado por Xavier Rubert de Ventós una década antes, se decía que era el introductor del estructuralismo y de Foucault. Era mucho más, claro, y sabía mucho más, como demostró a lo largo de los casi 30 títulos que publicó hasta casi ayer mismo. En su obra escrita (hay otra obra difusa en las clases impartidas en varias universidades, la última la Pompeu Fabra de Barcelona, en donde desde 1992 ejercía como catedrático de Historia de las Ideas), hay conceptos que resultan clave. En especial, el de límite. La filosofía es pensamiento en el límite y es la noción de límite lo que ilumina el conjunto del ser. Resulta difícil no ver en esta visión del sujeto en el mundo una imagen de una de sus pasiones: el cine. En el cine clásico, la pantalla es el límite que confiere sentido al haz de proyecciones de luz que, sin ese límite, se perderían en la nada, dejaría de ser percibidas por el espectador-sujeto. El desarrollo de esta cosmovisión la expuso en Lógica del límite (1991).
De esa pasión por el cine dejó constancia en Vértigo y pasión (1998), que incluye un texto sobre la película de Hitchcock que contribuye a dar título a la obra. En los últimos meses, Trías estaba trabajando en un texto dedicado, precisamente, al cine. Iba a ser el paralelo, en el conjunto de sus reflexiones, a las dedicadas a la música en su última obra publicada y una de las más exitosas: La imaginación sonora (2010).
Porque si el cine fue una pasión, la otra (filosofía al margen) fue la música. Él mismo explicó en sus memorias la relación con este arte a partir del momento en que su padre le regaló un tocadiscos. La imaginación sonora es una obra dedicada al pensamiento musical. Pero no solo. De hecho, ninguna de sus obras era solo lo que se apuntaba en el prólogo. De un modo u otro, abrían siempre camino hacia otros destinos. Ahí, sin embargo, apuntaba más: a todo lo que siempre quiso comprender y sistematizar y que termina en la muerte. Leerlo sobrecogía a quienes ya sabían que se hallaba enfermo. “Es posible preguntarse: ¿es esta vida presagio de una vida diferente? ¿Son nuestras vidas 'preludios de una desconocida canción que tendría en la muerte su primera y solemne nota', como decía Franz Liszt?”. Pero la muerte, seguía reflexionando en primera persona, “nos aguarda siempre detrás, a nuestras espaldas; en el peor de los casos, esperando una estocada a traición; en el mejor, asistiendo por anticipado al moribundo. Espera nuestro último suspiro para enterrarnos, o para disolvernos en el fuego, en el humo, en ceniza”. “Se muere varias veces en el argumento de la vida”, escribía en la coda final. Y en ese mismo punto, en nota a pie de página, una cita de una película de David Lynch: “Nada, no pasa nada, te estás muriendo”. Y añadía: “Acto seguido se ve la cámara en la parte superior de la pantalla, y el director ordena; ‘corten”.
4.2.13
Pau Pedragosa: de la abstracción al cuerpo de la arquitectura. Foros ESARQ 2013. Martes 05.02.3013, 19:00, Aula Magna ESARQ.
Vía ESARQ-UIC.
De la abstracción al cuerpo de la arquitectura. ¿Crisis de la arquitectura o la arquitectura como crisis?
Martes, 5 de Febrero de 2013, 19.00 h.
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universitat Internacional de Catalunya (ESARQ-UIC) Aula Magna - C/ Immaculada, 22, 08017 Barcelona
El Próximo martes 5 de Febrero, dentro de la programación del ciclo de conferencias “Foros Esarq 2013: Atmospheres. The sense of the things” que organiza La Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universitat Internacional de Catalunya, ESARQ-UIC, Pau Pedragosa, arquitecto y doctor en Filosofía impartirá una ponencia bajo el título “De la abstracción al cuerpo de la arquitectura. ¿Crisis de la arquitectura o la arquitectura como crisis?", que versará sobre la escisión entre la producción tecnológica y la comprensión humanística de la disciplina
La arquitectura está golpeada por una grave crisis. La razón profunda de esta crisis consiste en que la arquitectura se encuentra escindida entre las dos culturas opuestas e irreconciliables que definen el mundo contemporáneo: la producción tecnológica y la comprensión humanística. Desde la cultura tecnológica se concibe la arquitectura como una máquina abstracta de habitar que racionaliza y estandariza la vida humana, la segunda cultura comprende la arquitectura como cuerpo concreto que interpreta la complejidad del mundo de la vida cotidiana.
El movimiento moderno en arquitectura, a principios del siglo XX, se enfrentó a esta crisis y se decidió por la tecnología, por la máquina de habitar, por la racionalización de los edificios y de nuestro entorno, ahora, en un contexto de crisis sorprendentemente parecido al de hace un siglo, es el momento de compensar la comprensión abstracta del habitar mediante su particularización y concreción.
Pau Pedragosa ha sido profesor en la Escuela de Diseño EINA y en el Instituto Europeo de Diseño (IED). Actualmente es profesor ayudante en el Departamento de Composición Arquitectónica de la ETSAB. Se ha especializado en Fenomenología, Hermenéutica, Estética y Teoría de la Arquitectura. Es miembro fundador de Grup d’Estudis Fenomenològics del Institut d’Estudis Catalans (IEC), miembro de la Sociedad Española de Fenomenología (SEFE) y de la Organisation of Phenomenological Organisations (OPO) y participa en el proyecto de investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación llamado: Topología del espacio urbano contemporáneo.
De la abstracción al cuerpo de la arquitectura. ¿Crisis de la arquitectura o la arquitectura como crisis?
Martes, 5 de Febrero de 2013, 19.00 h.
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universitat Internacional de Catalunya (ESARQ-UIC) Aula Magna - C/ Immaculada, 22, 08017 Barcelona
El Próximo martes 5 de Febrero, dentro de la programación del ciclo de conferencias “Foros Esarq 2013: Atmospheres. The sense of the things” que organiza La Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universitat Internacional de Catalunya, ESARQ-UIC, Pau Pedragosa, arquitecto y doctor en Filosofía impartirá una ponencia bajo el título “De la abstracción al cuerpo de la arquitectura. ¿Crisis de la arquitectura o la arquitectura como crisis?", que versará sobre la escisión entre la producción tecnológica y la comprensión humanística de la disciplina
La arquitectura está golpeada por una grave crisis. La razón profunda de esta crisis consiste en que la arquitectura se encuentra escindida entre las dos culturas opuestas e irreconciliables que definen el mundo contemporáneo: la producción tecnológica y la comprensión humanística. Desde la cultura tecnológica se concibe la arquitectura como una máquina abstracta de habitar que racionaliza y estandariza la vida humana, la segunda cultura comprende la arquitectura como cuerpo concreto que interpreta la complejidad del mundo de la vida cotidiana.
El movimiento moderno en arquitectura, a principios del siglo XX, se enfrentó a esta crisis y se decidió por la tecnología, por la máquina de habitar, por la racionalización de los edificios y de nuestro entorno, ahora, en un contexto de crisis sorprendentemente parecido al de hace un siglo, es el momento de compensar la comprensión abstracta del habitar mediante su particularización y concreción.
Pau Pedragosa ha sido profesor en la Escuela de Diseño EINA y en el Instituto Europeo de Diseño (IED). Actualmente es profesor ayudante en el Departamento de Composición Arquitectónica de la ETSAB. Se ha especializado en Fenomenología, Hermenéutica, Estética y Teoría de la Arquitectura. Es miembro fundador de Grup d’Estudis Fenomenològics del Institut d’Estudis Catalans (IEC), miembro de la Sociedad Española de Fenomenología (SEFE) y de la Organisation of Phenomenological Organisations (OPO) y participa en el proyecto de investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación llamado: Topología del espacio urbano contemporáneo.
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