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5.4.16

Poesía + Fotografía: Salar de Ernesto Murillo Costa



Publicaciones como los libros de poesía han sido una buena excusa para ofrecer obras de arte, tal es el caso del libro de poesía de Ernesto Murillo Costa, publicado en 1967 y que integra imágenes de diversos fotógrafos activos en la región de Antofagasta por esos años.

La edición fue realizada por el Instituto de Literatura Nortina y por Extensión Universitaria de la Universidad de Chile sede Antofagasta. Lleva el sello del Frente de Escritores Nortinos. La impresión se llevó a cabo en los talleres gráficos del Liceo de Hombres de Antofagasta, bajo la dirección técnica de Luis Rose Deffargee. El prólogo fue escrito por Mario Bahamonde.

La fotografía de la portada, de un desierto con sombras de cruces, se titula "Los olvidados" y es de Carlos Tapia Cortés. En el interior de la obra, otras imágenes van acompañando las poesías. Algunas son de Federico Waelder, como la de Pampa Unión (que posteamos aquí), otras de Emile de Bruyne, del mismo poeta Ernesto Murillo, y de Sofia Sayago.

Podríamos concluir, que justo cuando Guillermo Deisler se integraba a la escena nortina (1966-1967), ya habían artistas en la escena antofagastina desarrollando libros de arte integrado, y muy coherentemente con la fotografía, una de las más formas de expresión más enraizada en la tradición industrial antofagastina.


30.12.15

Utopias americanas, por Pablo Capanna


Utopia de Thomas More, ilustración de la primera edición, 1516.

Vía Página 12.

Cuando Thomas More escribió su Utopía (1516), el infortunado canciller no sabía que estaba creando todo un género que iba a oscilar entre la literatura y la filosofía política, de lectura tediosa pero a veces inspiradora. En cierto modo, la obra de More también daba cuenta de la irrupción de América en el imaginario europeo. El inglés atribuía el relato a un compañero de Américo Vespucio que regresaba de estas latitudes; hasta se diría que en el “socialismo” de su isla había ecos del imperio incaico, del cual ya se hablaba en Europa.

Desde entonces, América fue el continente de la codicia y de la esperanza: el ámbito en el cual no sólo cabía la posibilidad de enriquecerse sino también la de realizar todos los sueños utópicos europeos.

En su origen, las colonias de América del Norte dieron asilo a todas las disidencias religiosas, y junto a ellas también a muchas utopías. Sudamérica, en cambio, atrajo a más codiciosos que reformadores. A tal punto que, en su momento, Hegel se sintió con derecho a expulsarla de la Historia y a negarle un futuro.

Toda vez que los escritores europeos mencionaban nuestras tierras era como una concesión a ese difuso exotismo que aureolaba a su frontera colonial más remota. Agatha Christie solía mandar “a Buenos Aires” a todos esos personajes que quería sacar de circulación.

Pero lo más lamentable es que ni siquiera los clásicos solían tener ideas muy claras en cuanto a la geografía física y humana de Sudamérica.

Ligerezas de Voltaire

Mucho más sarcástico e ingenioso que realmente informado sobre estas remotas regiones y sus habitantes, el gran Voltaire envió al protagonista de su Cándido (1752) en un viaje al Río de la Plata.

El infortunado Cándido, siempre confiado en el optimismo del doctor Pangloss, partía de Cádiz rumbo a nuestras tierras y llegaba apenas en el corto tiempo que insumían los tres relatos de sus compañeros de viaje.

Llegados a Buenos Aires, conocen al gobernador, de nombre Ibarra, y se enteran de que los jesuitas están sublevando a los indios en la Colonia del Sacramento (Uruguay), donde nunca se supo que estuvieran. Cándido decide seguir viaje al Paraguay, para ir al corazón del imperio jesuítico.

El gran ingenuo cuenta con la ayuda de su criado Cacambo, nacido en Tucumán, que habla perfectamente “el peruano” y conoce el camino para ir al Paraguay, que queda “aquí cerca”. Montados en dos veloces caballos andaluces, salen al alba y llegan a Asunción cerca del mediodía, casi como en avión. Notemos que el anterior viaje a caballo, entre Lisboa y Cádiz, les había llevado toda una noche.

Los viajeros encuentran a los civilizados guaraníes entregados al canibalismo y al bestialismo, ansiosos por cocinar y comerse al primer jesuita que encuentren. Aquí la pasión política le permite a Voltaire ignorar la tenaz resistencia que ofrecieron los guaraníes a los realistas cuando España puso abrupto fin a la experiencia utópica, de la cual sólo nos dejarían ruinas.

Luego viene un largo y accidentado viaje a Cayena, esta vez bastante más ajustado a la geografía, donde Voltaire aprovecha para diseñar su propia utopía indigenista, Eldorado (así, todo junto). Según las leyendas, eso quedaba por Colombia. Al parecer, Voltaire no era muy adicto a los mapas.

La Patagonia mítica

Más tarde, un escritor “libertino”, Restif de la Bretonne (1734-1806) escribió El Dédalo francés o Los descubrimientos australes de un Hombre Volador (1781). Restif vivió en tiempos de la Revolución Francesa. En la película La noche de Varennes, Ettore Scola lo imaginó viajando en diligencia por la Francia revolucionaria en compañía de Thomas Paine y Giacomo Casanova. En aquella novela, Restif contaba las aventuras de un viajero que recorría la Patagonia a bordo de una ingeniosa máquina voladora de tracción a sangre, mucho antes de que Julio Verne pusiera El faro del fin del mundo en la remota Tierra del Fuego. Entonces la Patagonia era tan remota como el planeta Marte, y los pueblos que visitaba Restif eran totalmente imaginarios.

Como sabemos, los europeos que más se sintieron atraídos por la Patagonia fueron los ingleses, especialmente después de que el joven Darwin hubo explorado sus costas a bordo del Beagle.

Hace menos de un siglo, el poeta, crítico de arte y teórico anarquista Sir Herbert Read (1893-1968) imaginó otra curiosa utopía europea ambientada en América latina, esta vez en un marco deliberadamente fantástico, aunque mucho mejor situado en la realidad del continente. La niña verde (1935) de Read fue una novela bastante anómala que tenía por eje principal el simbólico descenso a un mundo subterráneo donde el protagonista encontraba la paz espiritual. Read (que fue el editor de las obras de Carl Gustav Jung) la cargó de sentidos esotéricos que aquí no vale la pena señalar. Pero lo que aún resulta atractivo es una historia casi autónoma, ambientada en América latina, que ocupa los primeros capítulos de La niña verde. Read estaba en los antípodas de Voltaire. Conocía bastante bien el escenario latinoamericano, a juzgar por los precisos e inobjetables detalles de su ambientación.

El protagonista es un aventurero inglés que por circunstancias fortuitas llega a fundar una utopía paternalista en una imprecisa república sudamericana (híbrido de Bolivia y Paraguay), garantizándoles justicia y bienestar a los criollos e indios que la pueblan. Su Estado ideal es una suerte de despotismo ilustrado y benévolo que parece haberse inspirado en el Paraguay del doctor Francia. Pero aun siendo más justa que la realidad conocida, su utopía es tan perfecta y estática que su propio creador se harta de él y regresa a Inglaterra, abandonándola a su suerte.

Un futuro “incaico”

En 1930, cuando la Patagonia trágica era aún una suerte de Far West en el extremo austral del mundo civilizado, un notable escritor inglés, Olaf Stapledon (1886-1950), tuvo la ocurrencia de hacerla nada menos que el escenario de una curiosa utopía indigenista. Por lo menos, tal como podía concebirla la mente de un socialista fabiano.

Entre otras desmesuras de las que fue capaz, Stapledon se atrevió a escribir una historia universal que abarcaba desde su presente (la década del ’30) hasta la extinción del género humano, muchos millones de años más allá de nuestra era. Su desmesurada epopeya, titulada Ultimas y primeras humanidades (1930), ha sido recientemente reeditada en español y aún provoca cierta perplejidad. Borges encontraba la prosa de Stapledon más cercana a la frialdad del historiador o del naturalista que a la pasión del narrador, y no dejaba de acotar que en este caso quizás hasta la palabra “historiador” fuera un tanto benévola. Sin embargo, hay muchos, incluyendo a quien firma, que no comparten ese aburrimiento.

En 1930, Stapledon se lanzó pues a imaginar el futuro mediato e inmediato del género humano. En sus predicciones de corto plazo fue un tanto miope, porque no logró anticipar esa nueva guerra mundial que iba a desencadenarse en menos de una década. Pero en el largo alcance su visión se torna inquietante. Stapledon habla de la formación de una Unión Europea, de una etapa de “americanización” del mundo y de un inevitable conflicto global entre China y Estados Unidos. Es una predicción que setenta y cinco años más tarde muchos futurólogos acompañarían, aunque en ese tiempo nadie hubiera apostado por China.

Para Stapledon, la carrera de nuestra civilización iba a desembocar en un gobierno mundial y en una cultura global obsesionada por la velocidad, que acabaría suicidándose en un colosal colapso energético en cuanto se agotaran los combustibles fósiles. Uno de sus mayores errores fue desestimar la energía atómica, un tema del cual no dejó de ocuparse.

Los nuevos amerindios

Con la caída del Estado Mundial, el mundo futuro de Stapledon se hunde en la barbarie y atraviesa una prolongada Edad Oscura. Pero al cabo de varios milenios la civilización vuelve a renacer. Esta vez lo hace en la Patagonia, donde irá a dar su canto de cisne la especie Homo sapiens.

Para entonces, el planeta ha sufrido cambios climáticos y profundas transformaciones geológicas, que han hecho emerger nuevas tierras de la plataforma continental argentina. Es así como se ha formado un puente natural que une América del Sur con la Antártida, donde las islas Malvinas y Georgias del Sur conforman ahora un nuevo altiplano.

En esta suerte de Atlántida austral, surge una civilización cuya Atenas estará al este de Bahía Blanca, en tierras que hoy yacen bajo el Atlántico. Las fronteras del nuevo mundo patagónico se extenderán por el sur hasta el continente antártico y por el norte hasta Perú y Brasil. Pero en su progresiva expansión, los patagónicos colonizan Africa y Oceanía (Europa se ha fragmentado) y con el tiempo acaban construyendo un nuevo imperio mundial.

Para sus patagónicos, Stapledon traza el perfil cultural de una nueva etnia de marcada idiosincrasia indoamericana. Entendía que los pueblos originarios de América, que habían sido capaces de sobrevivir a la conquista, al mestizaje cultural, a la modernidad y la globalización, también podían resultar los más firmes a la hora de resistir a la “americanización” global que veía avecinarse.

Los patagónicos de Stapledon son un pueblo de sobrias costumbres, con una expectativa de vida muy corta. Alcanzan la edad adulta a los quince años y tienen un impulso sexual relativamente débil, de modo que su cultura conserva ciertos rasgos infantiles. De todos modos, son muy propensos a la actividad intelectual y a la especulación.

Al ser tan breves sus vidas, su principal religión idealiza a la juventud. Su mesías es conocido como “el niño que se negó a crecer”, y sus creyentes tienden a ver en él a ese hijo perfecto que todos desean tener, antes que un padre o un gran hermano.

Nacido en un hogar de pastores de los valles cordilleranos, el niño comienza su carrera como líder de un vasto movimiento juvenil. Su exuberante y prolífica sexualidad, insólita entre sus congéneres, alienta la creencia de que es un ser sobrenatural, un dios hijo de hombres.

Cuando alcanza la madurez, a los veinticinco años, el niño divino se transforma en una suerte de Zaratustra. Después de retirarse un tiempo a meditar en las peñas del Aconcagua, el profeta baja al llano, para predicar un nuevo evangelio que anuncia el desapego y la libertad interior.

Rebelde e iconoclasta, el niño irrumpe en el templo y se burla de los dioses, de modo que los sacerdotes acaban condenándolo y ejecutándolo por impiedad. Pero su culto crece y conquista al mundo patagónico, y al cabo de unos siglos llega a ser la religión oficial. Para entonces, los aspectos transgresores del niño se han diluido en una teología conservadora. De tal manera, aquel que por un momento había tenido rasgos de un Che Guevara, es reabsorbido por el durable arquetipo cultural de Peter Pan.

Ascenso y caída de la Patagonia

Este culto de la juventud, con su filosofía del desprendimiento, su exaltación de la camaradería juvenil y su compromiso ético para conservar joven el espíritu, es el que inspira a los patagónicos a construir una civilización pacífica. La suya será una sociedad de costumbres frugales y solidarias, que valora por sobre todas las cosas el juego, el arte y los deportes. Haciendo un balance, resulta bastante más justa que la nuestra, aunque no se destaca por su tecnología, que todavía es “medieval”.

Como es inevitable, al cabo de algunos siglos, los patagónicos se reencuentran con el pasado. Explorando las ruinas de la antigua civilización global descubren los libros que van a cambiar su destino. Recuperan el saber tecnológico de la modernidad y ponen en marcha una nueva revolución científica. Pronto aparecen la industria moderna y la clase trabajadora, aunque esta vez el proceso se lleva a cabo con una cuota menor de conflictos sociales de los que registran la revolución industrial del siglo XIX y la exclusión social del XX.

Cuando llega el momento en que los patagónicos aprenden a liberar la energía atómica, el avance tecnológico ya les permite pensar en el ocio y la eliminación del trabajo manual. Pero entonces ocurre un accidente fatal que aniquila no sólo a su civilización sino a la especie entera. Comienza con un motín descontrolado en una planta nuclear. Un saboteador provoca el estallido del reactor, que a su vez pone en marcha “una reacción en cadena” que se propaga a los yacimientos de uranio del mundo. La ola de fuego arrasa a los continentes, destruye las ciudades y acaba por dejar inhabitables las tierras durante siglos. Mucho más tarde, los escasos sobrevivientes reanudarán el proceso evolutivo, pero ésa es otra historia, de la que se ocupará Stapledon en el resto de esta extraña “novela”.

¿Qué decir de esta inquietante fantasía escrita quince años antes de Hiroshima y setenta años antes de la globalización? Mezcla de aciertos y errores como toda predicción (mucho de lo que Stapledon imaginaba que tardaría milenios ya lo hemos conocido en el curso del siglo XX) sorprende por la audacia con que atribuye un futuro auspicioso al subcontinente latinoamericano. Cualquiera diría que una utopía como ésta bien podría haber sido soñada por un latinoamericano, aunque en este caso imagino que al autor le habrían llovido las críticas.

De todos modos, Stapledon tenía una inveterada tendencia a pensar en escala no ya histórica sino casi geológica. Imaginaba que el Estado Mundial globalizado duraría dos mil años y postergaba su utopía patagónica para un futuro muy lejano. Mientras escribo esto, leo en los diarios que las islas Sandwich del Sur están creciendo. Quizá la utopía no tarde tanto.

18.4.15

Antofagasta, la ciudad ficcionada, por Constanza Castro

Vía El Mercurio de Antofagasta.



Existe una Antofagasta imaginada que mora en los universos simbólicos de cada persona que la recorre y la habita. Existe una Antofagasta reconstruida capa por capa por nuestra literatura local, que tiene más de cien años de existencia, y que está urdida por crónicas, relatos o poemas que se entrelazan generando tensiones, contradicciones y síntesis sobre el territorio que creemos estar pisando.

Este año se ha hecho el ejercicio de crear un mapa literario de la ciudad, georeferenciando citas de autores locales que hablasen concretamente de hitos o espacios reconocibles de esta capital del desierto. Este trabajo arqueológico nos llevó a descubrir, desenterrar y releer textos que obedecen a diferentes momentos históricos, que hablan de una urbe protagonista y cómplice de diversos constructos mentales, prácticas discursivas de producción de sentido que están, por lo general, socialmente determinadas. Es decir, a pesar de las diferencias, leemos una Antofagasta reconocible por todos, identificable con nuestro imaginario colectivo, en los diversos y disímiles textos recogidos. En la narrativa: Norte Grande de Sabella, Geología de un planeta desierto de Jara, Himno de un ángel parado en una pata de Rivera Letelier, El entusiasmo de Skármeta, Puerto de embarque de Bahamondes, El incendio del astillero de Salvador Reyes, Geometría del desastre del prometedor autor novel Jorge Cifuentes y Razones para no morir triste de Bórquez. En poesía es aún más notable la producción de subjetividades respecto de la ciudad: Gerardo Claps, Nicolás Ferraro, Miguel y Marietta Morales, Danilo Pedamonte.

Sin la intención de construir un canon antofagastino para la literatura local, se logró, a partir de la lectura conjunta de estas obras de distintas épocas, apreciar los cambios en las costumbres, en las ideas, en el paisaje tanto natural como arquitectónico, en la manera en que los ciudadanos se relacionan con su entorno y su contemporaneidad. Caminar por el centro histórico de Antofagasta con un mapa en mano permitió reconocerla y compartir reflexiones acerca de la comprensión de los procesos y cambios vividos en una ciudad que va mutando físicamente y también en nuestra imaginación.

29.4.14

15 libros de una biblioteca ideal sobre la historia de la región de Antofagasta

A propósito del pasado día internacional del libro y del presente Filzic que se desarrolla en Antofagasta, presento mi selección de textos imprescindibles para una biblioteca ideal sobre la historia de Antofagasta.
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Narraciones Históricas de Antofagasta, por Isaac Arce, Imprenta de Walter Uriarte, 1930.
[Descargar edición de 1997 en Memoria Chilena]

Portada de la primera edición que perteneció al arquitecto Alfonso Campusano Núñez. Archivo Claudio Galeno.
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Norte Grande: novela del salitre, de Andrés Sabella, Editorial Orbe, 1944.

Portada de la segunda edición con dibujo de Orellana. Archivo Claudio Galeno.
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Pintura Antofagastina: desde Soto Moraga hasta nuestros días, de Ibar Mebdez Trujillo, Osvaldo Ventura López, 1968

Archivo Claudio Galeno.
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Historia de Tocopilla, de Juan Collao, [Primera edición publicada por capítulos por La Prensa de Tocopilla], Ediciones Frontera y Corporación Cultural Juan Collao Cerda, 2001.

Portada de la edición del 2009. Archivo Claudio Galeno.
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Antofagasta: Repertorio del patrimonio histórico más representativo de la ciudad: 1866-1930, de María Teresa Ahumada, Adolfo Contador, Guadalupe Durán, Jorge Stavros, Universidad del Norte, 1982

Archivo Claudio Galeno.
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Las ciudades del salitre, de Eugenio Garcés Feliu, 1988

Archivo Claudio Galeno. [La segunda edición se puede descargar en Memoria Chilena.]
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Espacios Intermedios: respuesta arquitectónica al medio ambiente: II región, de Glenda Kapstein, Universidad del Norte, 1988.

Archivo Claudio Galeno.
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Salitre: harina de luna llena, Ana Victoria Durruty, 1993

Archivo Claudio Galeno.
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Mejillones: un pueblo con historia, de Juan Panadés, Ottorino Ovalle, Pedro Rojas, 1995

Archivo Claudio Galeno.
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Taltal: su historia y su gente, de Lina Lemus López de Maturana, 2001

Archivo Claudio Galeno.
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Episodios de la vida regional, Floreal Recabarren, 2002

Archivo Memoria Chilena. [Descargar libro en el sitio de la DIBAM]
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Antofagasta de película: historia de los orígenes de un cine regional, Eliana Jara, Hans Mülchi, Adriana Zuanic, Glocalfilms, 2008.

Archivo Claudio Galeno.
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Región de Antofagasta, pasado, presente y futuro, editado por Agustín Llagostera, con textos de: Floreal Recabarren, Guillermo Chong, Gerhard Hudepohl, Lautaro Núñez, Carolina Agüero, Agustín Llagostera, Cecilia Sanhueza, José Antonio González, Héctor Ardiles, Isidro Morales, Javier Mercado, Domingo Gómez, Claudio Galeno, Jan Cademartori, Osvaldo Maya, Sergio Gaytán, Waldo Valenzuela, Misael Camus, Vladimir Misetic, Marcelo Lufín, Nathaly Rivera, Marcos Hasegawa, Miguel Atienza, Patricio Aroca, Amelia Carrero, Martin Arias, Esteban López, Gonzalo Argandoña, Valeria Foncea, Valeriy Kravtsov, 2010

Archivo Claudio Galeno.
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Rescate del patrimonio material más antiguo de la región: de las iglesias precordileranas a los templos urbanos, de Lautaro Núñez, José Antonio González y Claudio Galeno, 2010

Archivo Claudio Galeno.
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Prehistoria de Antofagasta, en la ruta de los primeros antofagastinos, de Julio Cruz Barahona y Agustín Llagosteras, 2011

Archivo Claudio Galeno.
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17.4.14

Sergio Gaytán es incorporado a la Academia de la Lengua. El Mercurio de Antofagasta, 17.04.2014

Letras. Escritor e investigador antofagastino se suma a galería de los grandes de las letras del país. Discípulo de Andrés Sabella y Mario Bahamonde.

29.4.11

FILZIC 2011, Feria Internacional del Libro Zicosur, del 29 de abril al 8 de mayo



FILZIC Antofagasta 2011

La fiesta literaria y cultural más importante de Zicosur A realizarse en la Estación Cultural del Ferrocarril de Antofagasta (Bolivar 255, Antofagasta - Chile)
del 29 de Abril al 8 de Mayo 2011

ENTRADA LIBERADA

La primera Feria Internacional del Libro , es un encuentro cultural del más alto nivel, que congregará expositores de todas las regiones que componen la Zicosur, en torno a las letras, y el arte. Este encuentro, pretende convertirse en un espacio permanente y sustentable en el tiempo, generador de mayores ofertas y demandas literarias, en una zona con una de la más alta calidad de vida de nuestro país.

http://www.filzic.cl/


ZICOSUR Antofagasta 2011, es un encuentro cultural del más alto nivel, que congregará expositores de todas las regiones que componen la Zicosur, en torno a las letras, y el arte. Este encuentro, pretende convertirse en un espacio permanente y sustentable en el tiempo, generador de mayores ofertas y demandas literarias, en una zona con una de la más alta calidad de vida de nuestro país.

Descargar el programa del FILZIC.

Invitados al FILZIC.

Plano de la Feria.