Vía El País.
'Jóvenes pintando siluetas en el Obelisco durante el Siluetazo' Buenos Aires, 8 de diciembre de 1983.
Iván de la Nuez 27 OCT 2012 - 20:38 CET
El escritor analiza 'Perder la forma humana', la exposición del Reina Sofía sobre el arte de los ochenta en América Latina
Hace más de dos años, el Museo Reina Sofía inauguraba Principio Potosí, una aproximación europea a América Latina que tenía su punto de partida nada menos que en El Capital de Marx y el colonialismo. Perder la forma humana, inaugurada el pasado jueves,obedece exactamente a un desplazamiento contrario. Ahora, es América Latina la que parece invadir el museo español, con "una imagen sísmica de los años ochenta" que conmocionará, sin duda, al espectador de estos tiempos también convulsos.
Hay que advertir que estos "años ochenta" no son "cronológicamente correctos". Los comisarios del proyecto, agrupados en la Red Conceptualismos del Sur, han preferido un ensanchamiento temporal -y también político- que va desde 1973, año del golpe de Pinochet en Chile, hasta 1994, con el surgimiento del movimiento zapatista en México.
Se trata de una época turbulenta marcada por el acenso y caída del sandinismo en Nicaragua y la represión militar en el Cono Sur -Operación Cóndor incluida-. Es el tiempo del llamado conflicto de baja intensidad en Centroamérica, ese espacio tórrido de la guerra fría y asimismo de las Malvinas. Son años en los que neoliberalismo y dictaduras se dan la mano con la anuencia del reaganismo y también, ya en ese 1994 que cierra la exposición, donde se perfila el Guantánamo posterior de la globalización.
Todas estas contradicciones aparecen en el trazado propuesto en Perder la forma humana, una exhaustiva revisión de la contracultura latinoamericana de esos tiempos, que recoge, por primera vez, la forma en que varios artistas de esos años fueron capaces de somatizar, en sus acciones, representaciones y sus propios cuerpos, esa pérdida de humanidad que había detectado Primo Levi producto de la represión fascista.
Desde las performances transgresoras de Las Yeguas del Apocalipsis hasta la literatura underground de Néstor Perlongher, desde el rock underground hasta los grafitis de OV3RGOZE, desde la teatralidad del grupo argentino El Periférico de objetos hasta agrupaciones de resistencia ciudadana como Mujeres por la vida, la exposición va armando una constelación de comunidades radicales que hicieron de la calle su espacio natural de actuación. Se trata, en su mayoría, de proyectos colectivos en los que el cuerpo ocupa un lugar central y se convierte en un campo de batalla donde tienen cabida, siempre desde el extremo, la tortura y la desaparición, pero también el carnaval y todo tipo de sexualidades. No es casual, en esta línea, la importancia del chileno Pedro Lemebel, que es una especie de guía por ese infierno represivo que reproduce muy bien esta muestra.
Avanzamos por un derrotero con cierta predilección anárquica, desde una época pre-digital y carnal, precaria y exuberante en la que el cuerpo propasa los límites permitidos. Curiosamente, ese estiramiento del individualismo es lo que crea lo comunitario y no al revés. Otro acierto de este proyecto está en la dignificiación de la cultura popular, antes de que esta quedara secuestrada por el pop, esa contracción posterior.
Sin los eufemismos de una Latinoamerica "esencial", y sin convertir en ningún caso la pobreza o la resistencia en folclor, esta historia tiene más de un punto de conexión con las Jornadas Libertarias de 1977 en Barcelona y alcanza muchas complicidades con un movimiento reciente como el del 15-M, acaso su público contemporáneo más idóneo en España.
Es importante entender que no es con la institución occidental del primer mundo -a la cual Joseph Beuys o Hans Haacke agredían desde otras instituciones "antiinstitucionales" y de otros mercados "antimercantiles"- con la que se vieron estos artistas, sino con una institución latinoamericana que ignoraba, cuando no reprimía, la diferencia, a la que había que dejar fuera a cualquier precio. Conviene añadir que a la represión gubernamental se sumaban los dogmas de la izquierda partidista o armada. Por su parte, el afán documental superaba a las propias acciones "artísticas" para dejar constancia de lo que estaba ocurriendo, más allá del circuito cultural, a toda la sociedad.
La exposición tiene igualmente, ausencias alarmantes que constituyen su punto flaco. En primer término, la ausencia de los colectivos artísiticos cubanos de esa época (tan sólo aparece en la documentación con un vídeo de Glexis Novoa). No constatar lo que ocurría desde la izquierda en el poder indica un entumecimiento ideológico impropio de una exposición tan prolija. El otro punto débil está en la ausencia de los proyectos realizados por colectivos latinos en Estados Unidos, como es el caso del activismo chicano o del Group Material, que no hubieran desentonado de ninguna manera.
No obstante a eso, Perder la forma humana contradice la idea tan extendida de que lo radical está peleado con el rigor y tiene el mérito adicional de convertir en un texto central lo que hasta ahora había sido una nota al pie en la historia de la cultura latinoamericana.
Por Claudio Galeno-Ibaceta sobre la interacción del arte con la arquitectura, desde Antofagasta y el Norte Grande de Chile. By Claudio Galeno-Ibaceta about the interaction between art and architecture, from Antofagasta and the Large North of Chile.
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28.10.12
1.7.12
"Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años 80 en América Latina." Museo Reina Sofía prepara amplia muestra sobre arte y dictaduras en Latinoamérica.
Vía La Tercera.
Museo Reina Sofía prepara amplia muestra sobre arte y dictaduras en Latinoamérica
De Argentina a Cuba, más de 60 expresiones artísticas nacidas en los 80 llegarán a Madrid.
por Elisa Cárdenas
Episodios violentos o dramáticos, como pueden ser los provocados por una dictadura, transforman a la sociedad que los vive, cambian arquetipos y generan nuevos modos -quizás urgentes- de manifestación. En los años 70 y 80 del siglo pasado, coincidieron en América Latina varios regímenes autoritarios; cada país a su modo y de acuerdo con su contexto, lo resintió y expresó en tiempo presente su descontento. ¿Cómo se manifestó el arte? La pregunta es un punto de partida para la investigación que emprendió la Red Conceptualismos del Sur, un grupo de teóricos latinoamericanos. Invitando a investigadores de cada país, concibieron la exposición Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años 80 en América Latina, que parte el 25 de octubre en el Museo Reina Sofía de Madrid.
Distante de lo que se comprende habitualmente como una exposición de arte, esta actividad muestra las más diversas formas de expresión colectiva frente a las dictaduras en Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil, más algunas experiencias de Colombia, México y Cuba (por responder a cuestionamientos comunes). No pretende ser una panorámica o una muestra representativa de la época, sino un diagrama posible de las transformaciones que se dieron, tanto en lo social como en el arte y la política.
Entre más de 60 obras y registros, Chile presentará un amplio retrato de la disidencia. Habrá artistas consagrados como el CADA, Carlos Leppe, Paz Errázuriz, las Yeguas del Apocalipsis, Pedro Lemebel o Vicente Ruiz, junto a otros menos conocidos, como el colectivo Anjeles Negros o el grupo punk Pinochet Boys. También estarán los fotógrafos Luis Navarro y Kena Lorenzini, entre otros; o los que le siguieron el pulso a las subculturas urbanas, como Gonzalo Donoso. Estarán las imágenes de las demandas humanitarias de Mujeres por la Vida o el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, e intentos de oposición a través de las comunicaciones, como los noticieros de Teleanálisis. Esta reconstitución es fruto del trabajo de los investigadores Paulina Varas, Felipe Rivas, Isabel García, Jaime Vindel y Fernanda Carvajal, convocados por RCSur.
Entre el terror y la fiesta
La revisión del paisaje latinoamericano ochentero arrojó fenómenos comunes, como la violación a los derechos humanos, la fractura del proyecto socialista y los inicios del neoliberalismo. Ante todo ello, surgieron prácticas radicales, discursos de disidencia sexual, una segunda ola del feminismo crítico y las subculturas juveniles que ya no creyeron en ningún tipo de representación política. Así, se fueron desconfigurando los territorios colectivos; el arte (al menos el que ocupa a esta investigación) se volcó a la vida pública. La sociedad buscó vías inéditas de pensamiento y de acción, modos de vivir en libertad, pese a las circunstancias. Hubo una aparición múltiple y simultánea de tácticas, invención de espacios y modos de hacer arte y política, esas son las mutaciones de las que habla la exposición.
“Todas estas formas de subjetivación llevan, a su manera, a extraviar la forma humana: tensionan, desarman y deforman la concepción humanista y moderna del sujeto. Son experiencias que dieron lugar a nuevos sujetos políticos, a heterodoxas formas de protesta”, indican los curadores.
Esta nueva “territorialidad social” vinculó el arte y el activismo político desde claves muy distintas a los años 70, pese a basarse en principios e ideales propagados entonces. Un ejemplo es el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo. Inspirado en la Teología de la Liberación, impulsó intervenciones basadas en la manifestación pacífica, que se anteponían “a las consignas más concientizadoras propias de décadas anteriores. Por eso, podemos hacer convivir las prácticas de movimientos sociales como las Madres de Plaza de Mayo o Mujeres por la Vida, con ‘obra’ de artistas como Osvaldo Salerno (Paraguay), las Yeguas del Apocalipsis (Chile), expresiones teatrales como el Periférico de Objetos (Argentina), fanzines de poetas o músicos punk, etc. Lo que nos importa de este heterogéneo conjunto de prácticas no es la variedad, sino la intensidad poética y política que tuvieron y pueden seguir teniendo”.
El equipo curatorial de RCSur está formado por las argentinas Ana Longoni y Mabel Tapia, los brasileños Fernanda Nogueira y André Mesquita, la chilena Fernanda Carvajal, el peruano Miguel López y el español Jaime Vindel.
Más info en periódico El Mundo:
De Dalí a Cristina Iglesias
El director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, presenta la programación del museo para el próximo curso.
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