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28.8.16

El drama de compartir. Por Carlo Ratti y Richard Sennett

Vía El País.

Si las experiencias simbólicas se comunican hoy por redes digitales, ¿para qué poseer nada?
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En 1889, el sociólogo Thorstein Veblen acuñó la expresión consumo ostensible, en su libro La teoría de la clase ociosa. Era un término de doble filo. Veblen criticaba a los ricos que hacían ostentación de su dinero, pero era consciente de que la gente normal utilizaba los bienes y servicios para establecer “la buena reputación de la familia y su cabeza”: el estatus era importante. Hoy, el consumo ostensible, que definió gran parte de la cultura material del siglo XX, se encuentra en una encrucijada.

En los últimos 10 años, Internet y la omnipresencia de las redes sociales han creado nuevos cauces a través de los que comportarse de forma ostentosa. Hace 20 años, una forma habitual de presumir de un estudiante rico era llegar a la universidad en un coche llamativo; hoy, muchos jóvenes creen que es más moderno llegar en bicicleta de alquiler o compartir un Uber. Después presumen de ello en Internet y así se aseguran de que todo el mundo se entere. Si las experiencias simbólicas pueden comunicarse directamente a través de los canales digitales, ¿para qué molestarse en poseer nada?

Internet ha hecho que el hecho de compartir sea más prestigioso porque lo ha convertido en una experiencia comunicable. En tiempos de Veblen, el estatus estaba asociado a las cosas que uno tenía y otros no; compartir bienes y servicios no era nada envidiable. Los alojamientos para turistas como los de AirBnB se han extendido porque aceptar inquilinos ha dejado de ser vergonzoso, sobre todo cuando permite elaborar (y compartir) nuevos relatos de vida. Además, resulta rentable: los dueños que se afilian a la plataforma aumentan sus ingresos (el alquiler medio de un piso de dos habitaciones en Nueva York es de 3.700 dólares al mes).

Uno de los ámbitos más fructíferos para la economía colaborativa es la movilidad. En Estados Unidos, los coches están aparcados y sin utilizarse, por término medio, el 95% del tiempo. Algunos cálculos dicen que cada vehículo compartido podría quitar entre 10 y 30 vehículos privados de la calle. Y es posible que las cifras se disparen con los vehículos sin conductor, que seguramente tendrán enormes consecuencias para la vida urbana, porque borrarán la distinción entre el transporte público y el privado. Un coche podrá llevar a “su dueño” al trabajo por la mañana y, en vez de quedarse parado en un aparcamiento, llevar a alguna otra persona de la familia, o incluso del barrio, o de una comunidad digital. El resultado será una ciudad en la que, en teoría, todo el mundo se trasladará cuando lo necesite con la quinta parte de los coches utilizados actualmente.

La sustitución del consumo individualizado por una economía de experiencias compartidas no es fácil. Puede ser desastrosa para los fabricantes de bienes tradicionales. Y los nuevos cánones del prestigio benefician a las grandes marcas más que a las pequeñas empresas. En EE UU, la cadena de supermercados orgánicos Whole Foods está obligando al cierre de muchas tiendas pequeñas.

En otro tiempo, compartir conocimientos y experiencias confería un estatus que distinguía a los iniciados de todos los demás. Benedetta Craveri habla de una “civilización de la conversación” en el siglo XVIII, con una red de salons littéraires en los que se mezclaban los sabios con los aristócratas. En ese sentido, la capacidad actual de comunicarse de forma instantánea y universal es un triunfo de la democracia. Peroel hecho de que todo el mundo comparta todo es también una receta para la estupidez, como ocurre con la mayoría de los reality shows televisivos. El polo opuesto sería el comentario crítico incorporado a los intercambios masivos de informaciones en el caso de acontecimientos tan traumáticos como los de Dallas y Niza.

Si Veblen viviera hoy, seguramente aplaudiría que se esté sustituyendo el individualismo por estos intercambios colectivos. Pero no estamos ante un nirvana tecnológico. La economía colaborativa perturba profundamente los modos de producción actuales, en las ciudades puede llegar a destruir el pequeño comercio y en lugar de enriquecer nuestra cultura, puede empobrecerla. Lo cual significa que debemos aprender a compartir bien. Internet, las grandes bases de datos y los dispositivos móviles constituyen el comienzo de un nuevo drama que no estaba en el libro de Veblen. El drama de ser ostensibles prescindiendo del consumo.
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Carlo Ratti, arquitecto e ingeniero, es catedrático de Práctica de tecnologías urbanas en el MIT y director del estudio internacional Carlo Ratti Associati. Su último libro, The City of Tomorrow (con Matthew Claudel) ha sido publicado por Yale University Press en 2016, y Richard Sennett es catedrático de Sociología en la London School of Economics y catedrático de Humanidades en la Universidad de Nueva York. Su último libro, Together: The Rituals, Pleasures and Politics of Cooperation, fue publicado por Yale University Press en 2013.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

27.9.15

Richard Sennett: "Toda la economía global está montada sobre la inmigración"

Vía Clarín.



Desde que la Universidad Nacional de San Martín le otorgó el título de Doctor Honoris Causa, en 2012, el sociólogo estadounidense Richard Sennett se volvió un aprendiz: “Me obsequiaron un bandoneón de 1930 y me puse a estudiar. Una vez por semana, cuando tomo mi clase, me vienen recuerdos de Buenos Aires”, dice. Sennett pasó por Lignano Sabbiadoro, en Italia, donde recibió el Premio Hemingway en la categoría Aventura del pensamiento por sus ideas, sobre todo aquéllas que dan rienda suelta a su mirada sociológica sobre la mano del hombre. Lo pensó como un proyecto -que a él le gusta llamar Homo faber- que incluye tres libros. “Es una trilogía sobre cómo las personas construyen ambientes sociales y ciudades”, explica: El artesano, publicada en 2008, seguida en 2012 con Juntos. Rituales, placeres y políticas de la colaboración, terminará tal vez el año que viene con un libro sobre el diseño de las ciudades. Atento a los temas que arden y desestabilizan a la sociedad contemporánea, publicó además un libro sobre inmigración, El extranjero. “Reúne dos investigaciones: una sobre cómo los extranjeros eran recibidos en el Renacimiento en Venecia, y otra sobre el fenómeno de ‘lo extranjero’ en sí mismo”.

¿Cómo interpreta las barreras que se imponen hoy a los inmigrantes?

Siento tristeza y rabia porque parece que todos los países que en un tiempo vieron a su gente emigrar se comportaran como en los años ‘30 y ’40, cuando los estados se negaban a abrir las puertas a los judíos perseguidos por el nazismo y el fascismo. Han olvidado que todos hemos sido migrantes. En realidad, la sociedad actual me parece, a diferencia de lo que piensa el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, sólida e impenetrable.

¿El concepto de inmigración se volvió incómodo?

Es lo que mi amigo el filósofo esloveno Slavoj Zizek llama “zombie category” porque utilizamos los términos “migración” e “inmigración” en una enorme cantidad de experiencias. Yo soy un inmigrante. Hay muchísima gente en las ciencias, en las artes, que está todo el tiempo en movimiento. La totalidad de la economía global está organizada sobre la inmigración y nunca pensamos en eso.

¿Por qué no lo pensamos?

Porque hacemos foco en el hecho de que la gente pobre es desplazada y se traslada. Es una noción algo fascista creer que no pertenecen a aquí porque son pobres. Pero creo que un migrante económico es una persona muy diferente de un refugiado desplazado por una guerra.

Europa, sin embargo, acepta más a los refugiados que a los migrantes económicos.

Es cierto, pero si no les permiten permanecer, los eslabones más bajos de la cadena laboral quedan devastados. No habría más mucamas, por ejemplo. En Gran Bretaña es algo muy poderoso porque la fuerza laboral no atiende sus propias necesidades. No habría suficientes plomeros, electricistas. El entero sistema médico británico colapsaría si no se permitiera el ingreso de migrantes extranjeros. Hay muchísimos doctores y enfermeras extranjeros en Inglaterra. Creo que es una discusión deshonesta. Es una completa fantasía seguir sosteniendo que esta gente viene a llevarse lo mejor que tenemos.

¿Y cuál es la realidad?

Que sin inmigrantes no tendríamos trabajadores de la agricultura ni servicio doméstico. Toda esta gente que se convierte en migrantes económicos existe porque alguien los contrata. Y por lo general los contrata ilegalmente, a un precio más barato. Hay varios países en Europa, y Gran Bretaña es uno de ellos, donde pueden conseguir trabajo y por eso vienen. Es una especie de negocio ilegal. ¿Por qué les echamos la culpa de esto a los migrantes? Toda esta discusión es histérica, desproporcionada.

¿Hay alguna ventaja en ser un extranjero?

Diría que es una ventaja aceptar el ser extranjero como algo normal. Sentirse cómodo con la idea de que como seres humanos estamos en un fluir y que eso es algo bueno. Lo que no creo es que el ser humano desarrolle esto éticamente o por maduración psicológica. Hay una noción alemana antigua según la cual la adultez es el período en el que uno se estabiliza. No creo que sea cierto. Si así fuera, ¿por qué cuando hay idas y venidas económicas, la desestabilización psicológica es grande? Ustedes han tenido experiencias terribles en Argentina. El tema es preguntarse cuáles son las fuerzas con las que se cuenta cuando suceden estos embates.
En su pensamiento, la idea de una identidad nacional más flexible permite a la gente entablar relaciones sociales más estrechas. ¿Se podría aplicar esto al vínculo con los inmigrantes?

Las imágenes de uno mismo son la base para conectarse con otras personas. Si uno acepta multiplicidad y ambigüedad en uno mismo, se vuelve una criatura más sociable.

Dentro de su propia condición de migrante que acepta la multiplicidad y la ambigüedad, ¿Sigue tocando el bandoneón?

Por supuesto. Mal, pero lo toco.

Señas particulares

Richard Sennett
Sociólogo y escritor, 72 años
Enseña en la New York University y en la London School of Economics. Dirige Theatrum Mundi, una red de artistas, críticos y académicos involucrados en la cultura urbana en Londres, Nueva York, Edimburgo, Venecia y Berlín. Es miembro del Social Science Research Council para el proyecto The Decent City (La ciudad decente).

Copyright Clarín, 2015.

27.1.13

Beatriz Colomina: “Los que peor escriben son los que más complican las cosas”. Entrevistada por Anatxu Zabalbeascoa.

Charlotte Perriand sobre la reposadera en 1929. © mdbarchitects.

Vía El País.

Los libros de Beatriz Colomina (Madrid, 1952) investigan las preconcepciones, analizan la relación entre la arquitectura y la publicidad, la sexualidad, la enfermedad o los rayos X. Títulos como La domesticidad en guerra o Privacidad y publicidad: la arquitectura moderna como medio de comunicación de masas se han traducido a más de 20 idiomas antes de poder, finalmente, leerse en castellano. Con 60 años tiene un físico y una alegría juveniles. También la mente abierta como un adolescente despierto. O como un extranjero recién llegado; lleva ya más tiempo viviendo en Nueva York que en España. Colomina es una persona alerta: no ha desconectado el radar que detecta lo extraño, lo que más le interesa.

Es pionera en buscar trabajo fuera. ¿Qué ha ganado y perdido haciéndolo?

Siempre se gana saliendo. Ha habido dos momentos cruciales en mi vida: cuando decidí estudiar en Barcelona en lugar de en Valencia, donde vivía, y cuando me fui a Nueva York. Esos cambios me hicieron ver la vida de otra manera. No me puedo entender a mí misma sin pensar en esas dos transformaciones.

¿Se fue buscando trabajo?

No. Yo sentía claustrofobia.

¿Se le mezcló el aprendizaje profesional con el personal?

En Barcelona se me abrieron los horizontes. Entendí la vida. También lo que pasaba políticamente en el país. Eran los últimos años de Franco. Yo había tenido una vida filtrada por un ambiente conservador.

Su padre era arquitecto.

Sí. Fue director de la Escuela de Arquitectura de Valencia. Todo el mundo allí sabía quién era. Y también quién era yo. El anonimato de Barcelona fue liberador.

¿Allí pudo encontrar una identidad propia?

Allí empecé a buscar.

En Nueva York aterrizó en el Institute for the Humanities, que dirigía Richard Sennett.


Era un lugar extraordinario con gente como el historiador Carl Schorske o Susan Sontag. Escucharlos me abrió los ojos. La enfermedad como metáfora, de Sontag, me enseñó cómo se podía hacer investigación y de qué manera la escritura misma es parte del análisis. Eso no existía en las escuelas de arquitectura, donde la escritura suena bonita, pero no se acaba de entender lo que dice. Los anglosajones son lo contrario: hablan claro.

Hace 32 años que vive en Nueva York.

En España se sale poco de la zona de confort para crecer, pero en Estados Unidos es lo habitual. Cuando yo llegué, lo hicieron también otros arquitectos como Enric Miralles, Carme Pinós e Ignasi de Solà-Morales. Los tres regresaron al año. Casi todos lo hacen.

¿Por qué decidió quedarse?

Lo entendí enseguida: Nueva York era yo [risas]. En serio. En 32 años todo ha sido estímulo, con lo cual, y aun sabiendo que mucha gente es reacia a salir, pienso que es muy bueno hacerlo. Lo que siempre han hecho los estadounidenses: moverse de Estado en Estado, y los nórdicos y los latinoamericanos; ahora los españoles también lo deben hacer. Se beneficiarán ellos y también España.

Relacionó la publicidad con la arquitectura hace dos décadas. ¿La arquitectura actual es fruto de esa relación?

Cuando empecé a escribir era anatema decir que un arquitecto como Le Corbusier tenía algo que ver con la publicidad. Hoy es un hecho aceptado. Siempre me he sentido atraída hacia la posibilidad de quitar velos, de desvelar secretos. Me interesa derrumbar las preconcepciones.

¿Algún arquitecto es más ruido que nueces?

Muchísimos. Siempre los ha habido. Pero tiene poco interés hablar de quienes tienen pocas ideas. Con el tiempo, lo que vale es lo que queda. El mítico historiador Sigfried Gideon llegó a París buscando a Rob Mallet-Stevens porque quería escribir su historia de la arquitectura moderna. Solo por casualidad le hablaron de Le Corbusier porque Mallet-Stevens salía más en la prensa, pero ¿quién se acuerda hoy de Stevens? Le Corbusier tomó ese espacio en los medios de comunicación convirtiéndolo en un lugar de producción de la nueva arquitectura. Los dos arquitectos más famosos del siglo XX, Le Corbusier y Mies van der Rohe, tardaron mucho en conseguir hacer algo que estuviera al nivel de lo que habían publicado como proyectos. Le Corbusier fue el primer arquitecto que realmente entendió los medios de comunicación y, al hacerlo, llevó la arquitectura al siglo XX.

¿Cuáles son los secretos de la arquitectura moderna?

Entre los más interesantes está el papel que han desempeñado las mujeres: Charlotte Perriand para Le Corbusier, Lilly Reich para Mies van der Rohe o Margaret McDonald con Charles R. Mackintosh, que durante toda su vida no se cansó de decir que él era normal y la que era un genio era ella. Pero por mucho que ellos lo dijeran, no había manera. El mundo no estaba dispuesto a creerlo. Hay quien cree que Ray Eames fue el hermano de Charles Eames, en lugar de su socia y mujer. Denise Scott-Brown todavía sufre ese tipo de discriminación, a pesar de su obvia brillantez. La primera mujer a la que se reconoció al mismo nivel que a su marido fue Alison Smithson. Y no es casualidad que el nombre de ella fuera delante en la firma. Hoy muchas parejas lo hacen.

¿Por qué el último Premio Pritzker le correspondió solo a Wang Shu y no lo compartió su socia cofundadora del estudio Lu Wenyu?


Él dice que ella es importante, pero que él es el creador y que ella se encarga de llevar la oficina.

Pero ella da clase en la Escuela de Arquitectura y fundaron juntos el estudio.

Kazuyo Sejima fue más generosa. Insistió en compartir el galardón con su socio Ryue Nishizawa, pero eso también sucedió con Jacques Herzog: tuvo que pedir que se lo dieran también a su socio Pierre de Meuron. La arquitectura es una práctica colaborativa. No tiene sentido fomentar el reconocimiento a individuos. Por eso yo, más allá de reivindicar el papel de las mujeres, trato de reivindicar la autoría colectiva.

¿El mundo duro de la construcción aparta a las mujeres?

La gran ingeniera brasileña Carmen Portinho seguía bebiendo cachaza con 90 años. Me contó que aprendió a hacerlo con poco más de 20 años en las visitas de obra para que los obreros le hicieran caso. Y lo hicieron. Pero el verdadero problema está más arriba.

¿Para una mujer puede resultar más fácil investigar la arquitectura que hacerla?

Es igual de difícil. Tampoco hay muchas en el mundo de la teoría y la historia de la arquitectura. Puede que sea más difícil hacerse camino en la universidad que en la profesión.

¿Y usted por qué lo eligió?

Yo no lo elegí. Me eligió a mí [risas]. Me encontré con eso. Casi toda mi vida ha sido así. Me he ido encontrando con las cosas y me he ido encontrando también a mí misma. He ido llegando a los sitios y disfrutando de cada ocupación. El placer es fundamental en la vida. Tienes que asegurarte de que amas lo que haces porque eso te crece y te hace crecer. Lo contrario es un tormento, imagino. Siempre he estado feliz con todo lo que hacía: feliz enseñando, feliz investigando y, sobre todo, feliz escribiendo.

¿Cuándo descubrió que quería dedicarse a escribir?

Eso es lo que Nueva York me aportó: el placer de escribir. En Barcelona yo era muy competente: enseñaba, escribía, hice incluso un pequeño libro. Pero actuaba sin el placer de perderte en las palabras. Eso lo aprendí en Nueva York.

¿Cómo se quitó de encima la culpa de disfrutar trabajando?

[Risas]. Creo que los católicos disfrutan mucho. Mi madre es una gran vividora. Con casi 90 años no está nunca en casa. Mi padre era más ascético. También más excéntrico, un excéntrico mental introvertido. Eso también tiene mucho que ver con lo que yo soy.Mi familia era conservadora. Pero mi padre tenía la idea de que las mujeres debían ir a la universidad. Pensaba que en el futuro habría muchas arquitectas. Si supiera lo difícil que lo tenemos todavía…

¿Su madre trabajaba?

No. Somos cuatro chicas y un chico, el cuarto; tal vez por eso mi padre insistía en el estudio. Pero estaba solo. Todo lo demás nos lo contradecía. En Navidad íbamos a casa de mis tías y nos decían: “Qué cosas más raras se le ocurren a vuestro padre; no hagáis caso o no os casaréis nunca”.

¿Alguna vez su padre le reprochó que se hubiera dedicado a la teoría en lugar de a construir?

Siempre pensó que era una cosa pasajera. Yo también.

¿Sus hermanos también se han encontrado a sí mismos en otros lugares?

La pequeña es médico y estudió y trabajó en Londres, pero tras unos años regresó. El resto no se movió. La mayor es filóloga y dirige una biblioteca en Valencia. La tercera también es filóloga. Tuvo siete hijos, luego se separó y ahora, finalmente, tiene un negocio. Mi hija dice que antes, cuando llegábamos a Valencia, éramos los más raros –porque ella es hija de un arquitecto italiano–, pero está convencida de que ahora los raros son ellos. Yo no me he querido casar nunca, pero llevo 25 años con la misma persona. Ahora toda la familia se ha complicado de forma más interesante. La fantasía de la familia del catolicismo extremo ha explotado.

¿Su hija vive con usted?

No, tiene ya 27 años. Hace tiempo que es independiente. En EE UU, en cuanto se van a la universidad se independizan. Es urbanista y está haciendo el doctorado. Estoy muy orgullosa de ella.

Las dos bienales de arquitectura más significativas, la de Venecia y la iberoamericana, premian arquitecturas casi opuestas: experimentos artísticos y trabajos con pocos medios. ¿Ese mensaje contradictorio despista?


Me interesa muchísimo Latinoamérica. Es increíble cómo la hemos dejado de lado. La de Venecia tiene que volver a pensar qué pretende hacer.

¿La historia de la arquitectura es justa? ¿Podría haber algún genio oculto?

Seguro que los hay. Pero lo que más me interesa de la historia de la arquitectura son otras maneras de escribir esa misma historia. Será más justa cuando sea más inclusiva, y será más inclusiva cuando reconozca que la arquitectura es una labor colaborativa en la que participan muchas personas. La historia no es solo injusta con personas y con proyectos específicos, lo es con continentes enteros. Se trata de repensar cómo se organiza la historia. En la de la arquitectura debería quedar claro quién merece estar. Hasta hace poco, ni se hablaba de los ingenieros, y muchos han sido protagonistas de la última arquitectura. Una historia de la arquitectura más inclusiva traería muchos más tipos de protagonistas.

¿Por qué se complicó tanto el mensaje escrito de la arquitectura?

Por inseguridad. Los que peor escriben son los que más complican las cosas. Pero la escritura también se complica cuando se complica la reflexión. No hay que temer la complejidad. La arquitectura es compleja. Pero la escritura no debe ser más difícil que lo que trata de describir.

¿Ha afectado su capacidad analítica a su manera de relacionarse con los demás?

Me parece que no. Dijo Susan Sontag que su trabajo era mejor que ella misma. Había muchas razones: ella trabajaba mucho sobre sus borradores, y como persona era el primer borrador. Yo soy también el primer borrador.

¿Qué le lleva a investigar un tema?

Si miras a las cosas mucho tiempo, ves lo extraño en lo que crees conocer. Hay que dejar tiempo para que surja la extrañeza. Escribir es hacer una especie de psicoanálisis. Vas dejando algo tuyo en la mirada con la que trabajas y en lo que vas hallando. La mirada interdisciplinar es la que me interesa porque es más amplia. Empecé a hacer una historia de la arquitectura moderna desde el punto de vista de la enfermedad, inspirada en el trabajo de Sontag.

¿Qué tiene que ver la enfermedad con la arquitectura?

La arquitectura moderna no se puede entender sin la tuberculosis. La hemos estudiado desde todos los puntos de vista: el industrial, el estético… Y nos hemos olvidado de lo más obvio: la vida real. Lo que los arquitectos modernos ofrecían era casi como una receta de salud igual a la que proponían los manuales médicos para tratar la tuberculosis: el aire libre, las terrazas, el sol, la blancura, la higiene… La tuberculosis dominó la primera mitad del siglo XX. Es normal que no solo estuviera en la literatura, sino también en la arquitectura. No hablo de la arquitectura sanitaria. Es la arquitectura moderna la que internaliza este trauma inmenso que era la tuberculosis y trata de ayudar. Se vuelve curativa.

¿Por qué cree que a los políticos les importa tan poco la arquitectura?

Depende de los políticos. Piense en el caso de Medellín.

A Esperanza Aguirre se le escapó que a los arquitectos habría que matarlos…

Antes la figura del arquitecto se respetaba aquí más que en otros países. Pero hoy, para medir la importancia de los políticos en la arquitectura, y su valoración, hay que mirar a Latinoamérica.

¿Detecta cambios allí?

En Latinoamérica hay fuerza e intensidad. Yo me siento con la obligación de estudiarlo atentamente, de analizar la historia de la arquitectura moderna allí. En los años cuarenta, el MOMA organizó exposiciones como Brasil builds y Latinoamerican architecture. Pero lo hizo como parte de la política del país. Toda esa atención obedecía a la intención del Gobierno norteamericano de asegurarse de que Latinoamérica era una aliada. Fue una política de buenos vecinos que luego, cuando los intereses políticos se fueron para otro lado, se terminó y empezaron a preocuparse más de lo que sucedía en la Unión Soviética. Fue así como Latinoamérica dejó de existir culturalmente para el MOMA. Desapareció. Y no solo del MOMA, también de las revistas de arquitectura. Todas, de Domus a Casabella, tenían números especiales sobre Brasil, Venezuela, México… Y de repente ese interés se cortó. Y a mí hay una cosa que dice el arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti que me interesa mucho: que a los pobres hay que darles lo mejor. Está bien que en Medellín el edificio más celebrado quede en el barrio más miserable.

Aun así, sería mejor si fuera un buen edificio.

Es cierto que la Biblioteca España está mejor resuelta por fuera que por dentro, pero es muy llamativa. A mí me gusta. Me gusta la reacción de orgullo que ha generado en el barrio. Hay niñas que llegan a las nueve de la mañana, cuando abren, y se quedan hasta que llega la noche, cuando cierran. Poder estar en una biblioteca con ordenadores y libros en lugar de tener que estar en la calle cambia la vida de una generación.

¿El reto de la arquitectura actual es económico?

De eso podemos aprender de Latinoamérica, de trabajar con la escasez. Y aprenderemos. Se deben buscar nuevas formas de funcionamiento. Parte del legado moderno es eso: viviendas adecuadas para todos. Esto no debería ser un eslogan vacío. Es una obligación moral.

Pero ese legado se quedó en viviendas burguesas para unos pocos.

La intención era más amplia. Hay que volver a esa idea e investigar más sobre ello. Las escuelas deberían dedicar atención a estudiar una arquitectura que se pudiera hacer con medios escasos. Los arquitectos podrían ayudar mucho a la sociedad.

¿Vota en EE UU?

No. Me resisto a abandonar el pasaporte español. Pero si votara, ya puede imaginar mi elección.

¿Por qué genera confianza Obama?

Tiene aura.

¿Solo eso?

No ha hecho mucha política, que, se supone, es lo que debe dar credibilidad a un político… Ha sido decepcionante que gobernara más al centro de lo que se esperaba, pero Obama ganó porque no hay opción. Ha sido una persona sumamente cuidadosa. Es demasiado educado. Ha tratado de negociar con los republicanos, pero con esa gente no se puede negociar. Si aquí quieren matar a los arquitectos, allí quieren matarlos a todos: a inmigrantes, pobres, mujeres… Eso es lo que da miedo de verdad.

14.6.11

¿Qué hace exitosa a una ciudad? a propósito del libro "Viviendo en la ciudad sin fin"

What makes for a successful city?



Subido por PhaidonPress el 13/06/2011

The question as to what makes for a successful city is a complex one, and one that affects nearly all of us; by 2050 around three quarters of the world's population will live in cities; Phaidon.com asked an esteemed group of urban experts for their take on successful city living.

These experts include Ricky Burdett, Director of LSE Cities and the Urban Age programme, Richard Sennett of New York University and LSE and Saskia Sassen of Columbia University, New York, all of whom contributed to the book Living in the Endless City which examines our rapidly urbanizing world.

Living in the Endless City is available to order from www.phaidon.com/store