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7.2.20

Lina Bo Bardi: Habitat. 30.ENE. - 10.MAY.2020. Museo Jumex, Ciudad de México

Vía Fundación Jumex.



Lina Bo Bardi: Habitat aborda la vida, el trabajo y el legado de esta arquitecta, diseñadora, curadora, directora de museos, escritora, editora y escenógrafa italo-brasileña. Bo Bardi es reconocida mundialmente por el diseño del Museu de Arte de São Paulo (1968) y el SESC Pompéia (1982), un centro recreativo para trabajadores de esa ciudad brasileña. Mediante una selección de dibujos, fotografías y mobiliario diseñado por Bo Bardi, la exposición presenta su trabajo como una práctica que modificó el canon de la arquitectura moderna en Brasil y la tarea educativa del museo al incorporar otros conocimientos adquiridos durante su acercamiento a la cultura popular.

La exposición retoma el título de la revista Habitat —fundada por Bo Bardi y su esposo Pietro Maria Bardi, y editada por ellos entre 1950 y 1953—, y presenta a Lina como una figura cultural radical del siglo XX que se involucró de forma crítica en un proceso de desaprendizaje del conocimiento occidental a través de sus múltiples compromisos en los campos expandidos de la práctica cultural.

Lina Bo Bardi (1914-1992) estudió arquitectura en Roma, su ciudad natal. Al llegar a Brasil en 1946 a la edad de 32 años, se sumergió rápidamente en las diversas culturas del país para crear un nuevo lenguaje de diseño desde la perspectiva única de su experiencia, especialmente de su período en Salvador de Bahia.

Lina Bo Bardi: Habitat es coorganizada por el MASP, Museo Jumex y MCA Chicago. La exposición se presentó en el MASP del 5 de abril al 28 de julio de 2019, y después estará en Chicago en junio de 2020. La muestra incluye la presentación de obras de la Colección del MASP, exhibidas en los icónicos caballetes de vidrio diseñados por Bo Bardi para la pinacoteca de dicho museo, además de una recreación de su exposición A mão do povo brasileiro (La mano del pueblo brasileño) de 1969.

Lina Bo Bardi: Habitat se acompaña de la publicación de un nuevo e importante catálogo. Editado por Julieta González, Tomás Toledo, José Esparza Chong Cuy y Adriano Pedrosa, el libro incluye ensayos sobre la vida y la obra de Bo Bardi con material de archivo como bocetos de diseño y escritos de la artista, dando una nueva visión de los procesos conceptuales y materiales detrás de su concepción radical de proyectos en el campo de la arquitectura y más allá.

Luis M. Castaneda, Beatriz Colomina & Mark Wigley, Esther da Costa Meyer, Guilherme Giufrida, Jane Hall, Denis Joelson, Vanessa Mendes, Antonio Risério, Guilherme Wisnik, Adriano Pedrosa, Julieta González, José Esparza Chong Cuy, Tomás Toledo


3.7.18

Las arquitectas del mundo que lucharon contra los estereotipos

Vía Mundo TKM.

"Es una industria muy dura, dominada por hombres, no solo en los estudios de arquitectura, también entre promotores y constructores", dijo Zaha Hadid, la primera mujer en conseguir una medalla de oro en los premios Pritzker.

Es difícil ser mujer en un mundo dominado por hombres. Más difícil es querer emprender una profesión en la que los hombres son eminencias. Zaha Hadid lo explica bien: “Es una industria muy dura, dominada por hombres, no solo en los estudios de arquitectura, también entre promotores y constructores”. Sin embargo, venció todos los prejuicios y logró ser la primera mujer en ganar una medalla de oro en los premios Pritzker, logro que consiguieron otros como Le Corbusier o Philip Johnson.

Te recopilamos todas las mujeres que se adentraron en un mundo que quería ser solo de hombres, sin importarles los prejuicios ni los estereotipos.

1- Zaha Hadid:

“A las mujeres siempre se les ha dicho ‘No vas a lograrlo’. ‘Es muy complicado’, ‘No puedes hacer eso’, ‘No lo intentes, porque no vas a ganar ese concurso’. Por eso necesitan confianza en sí mismas y gente cerca que ayuden a continuar”

Es la primera arquitecta ganadora del premio Pritzker 2004, el máximo galardón en la Arquitectura. A su vez, es la única mujer arquitecta que es mencionada entre los 10 mejores arquitectos del mundo en el 2010.

2- Julia Morgan:

“Nunca dejes un trabajo porque lo consideras pequeño. No sabes a dónde te llevará”

Fue la primera mujer admitida en la Escuela de Bellas Artes de París y en 1902 se tituló en arquitectura. Durante sus cerca de cincuenta años de carrera diseñó más de 700 edificios.

3- Marion Lucy Mahony Griffin

Fue la primera arquitecta estadounidense mujer, ya que fue la primera en graduarse en arquitectura en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts.

4- Matilde Ucelay Maórtua:

“Mi papá me dijo, cuando le conté que estudiaría Arquitectura: ‘Mucho dibujo y bastantes matemáticas’. Y eso hice”

Fue la primera mujer titulada en arquitectura en España. Con más de 120 proyectos realizados y algunos en el extranjero, tuvo una carrera de más de 40 años de ejercicio profesional.

5- Anna Wagner Keichline:

“En la Universidad estudiábamos 3 o 4 horas sin parar, trabajando sobre nuestros bocetos”

Es la primera mujer arquitecta registrada en el estado de Pennsylvania. Se hizo conocida por inventar el Ladrillo de K, hueco y precursor al bloque moderno de concreto.

6- María Luisa Dehesa Gómez Farías:

“Me acerqué a uno de mis maestros y le pregunté por qué no me tomaba temas de la clase como hacía con los hombres. Me dijo: ‘A usted solo le puedo preguntar acerca de cómo hacer una sopa de fideos'”

Es la primera mujer mexicana titulada como arquitecto y que se recibiera en 1939 en la Academia de San Marcos de la Universidad Autónoma de México.Se graduó con honores de dicha universidad con la tesis “Cuartel de Artillería Tipo” en 1937.

28.3.15

Sophia Hayden and the World Columbian Exposition

© MIT Museum.

Vía The Gilded Age.

Sophia Hayden (1868 – 1953) designed the Women’s Building for the World’s Columbian Exposition in Chicago, 1893. It was beautiful, admired, and won an award, and even though she had an architecture degree from MIT, Sophia didn’t pursue her career as an architect after the Fair.

Sophia was born in Santiago, Chile, to a Chilean mother and an American father. When she was six, she was sent to Boston to live with her grandparents and to receive her education. She became interested in architecture while she was in high school and was admitted to the architecture program at MIT after graduation. In 1890, she graduated with honors as the first woman to receive an architecture degree from the school.

Unable to find a job in her chosen field, Sophia began teaching drawing at a Boston high school. In 1891, she entered a competition to design the women’s building for the World’s Fair and won. She was paid $1000 for her design even though men were receiving $10,000 for similar work. Daniel Burnham, the architect responsible for the overall design of the fair, was pleased with her work. Execution of the construction was left with Burnham, but Sophia returned to finalize the interior and exterior designs.

© Shepp, James W; World's Columbian Exposition (1893 : Chicago, Ill.); Shepp, Daniel B., joint author.

Although Sophia received an award for the “delicacy of style, artistic taste, and geniality and elegance of the interior hall” there were conflicts. Her design principles were compromised because of many changes demanded by the committees in charge. She was also criticized for the feminity of her design at the same time her technical skills were acknowledged. Her frustration was pointed to as “evidence” of women’s “unfitness for supervising construction.”

All of Sophia’s problems at the Fair can’t be attributed to the men, however. Bertha Honoré Palmer, a well-known socialite and philanthropist, was selected to be the President of the Board of Lady Managers. In her capacity as President, she solicited donations from wealthy women to adorn the exterior and the interior of the Women’s Building. Sophia felt that these items would be inconsistent with her vision for the building and rejected them. Bertha’s decision to accept them held sway. Regardless of Sophia’s expert design, Mrs. Potter Palmer had more influence than a 23 year old woman from the east.

Whether or not her experience at the fair was the reason, Sophia didn’t work as an architect again. She married William Blackstone Bennett, an artist, and lived a quiet life until her death in 1953.

Resources
The Devil in the White City: Murder, Magic, and Madness at the Fair that Changed America by Erik Larson

27.1.13

Beatriz Colomina: “Los que peor escriben son los que más complican las cosas”. Entrevistada por Anatxu Zabalbeascoa.

Charlotte Perriand sobre la reposadera en 1929. © mdbarchitects.

Vía El País.

Los libros de Beatriz Colomina (Madrid, 1952) investigan las preconcepciones, analizan la relación entre la arquitectura y la publicidad, la sexualidad, la enfermedad o los rayos X. Títulos como La domesticidad en guerra o Privacidad y publicidad: la arquitectura moderna como medio de comunicación de masas se han traducido a más de 20 idiomas antes de poder, finalmente, leerse en castellano. Con 60 años tiene un físico y una alegría juveniles. También la mente abierta como un adolescente despierto. O como un extranjero recién llegado; lleva ya más tiempo viviendo en Nueva York que en España. Colomina es una persona alerta: no ha desconectado el radar que detecta lo extraño, lo que más le interesa.

Es pionera en buscar trabajo fuera. ¿Qué ha ganado y perdido haciéndolo?

Siempre se gana saliendo. Ha habido dos momentos cruciales en mi vida: cuando decidí estudiar en Barcelona en lugar de en Valencia, donde vivía, y cuando me fui a Nueva York. Esos cambios me hicieron ver la vida de otra manera. No me puedo entender a mí misma sin pensar en esas dos transformaciones.

¿Se fue buscando trabajo?

No. Yo sentía claustrofobia.

¿Se le mezcló el aprendizaje profesional con el personal?

En Barcelona se me abrieron los horizontes. Entendí la vida. También lo que pasaba políticamente en el país. Eran los últimos años de Franco. Yo había tenido una vida filtrada por un ambiente conservador.

Su padre era arquitecto.

Sí. Fue director de la Escuela de Arquitectura de Valencia. Todo el mundo allí sabía quién era. Y también quién era yo. El anonimato de Barcelona fue liberador.

¿Allí pudo encontrar una identidad propia?

Allí empecé a buscar.

En Nueva York aterrizó en el Institute for the Humanities, que dirigía Richard Sennett.


Era un lugar extraordinario con gente como el historiador Carl Schorske o Susan Sontag. Escucharlos me abrió los ojos. La enfermedad como metáfora, de Sontag, me enseñó cómo se podía hacer investigación y de qué manera la escritura misma es parte del análisis. Eso no existía en las escuelas de arquitectura, donde la escritura suena bonita, pero no se acaba de entender lo que dice. Los anglosajones son lo contrario: hablan claro.

Hace 32 años que vive en Nueva York.

En España se sale poco de la zona de confort para crecer, pero en Estados Unidos es lo habitual. Cuando yo llegué, lo hicieron también otros arquitectos como Enric Miralles, Carme Pinós e Ignasi de Solà-Morales. Los tres regresaron al año. Casi todos lo hacen.

¿Por qué decidió quedarse?

Lo entendí enseguida: Nueva York era yo [risas]. En serio. En 32 años todo ha sido estímulo, con lo cual, y aun sabiendo que mucha gente es reacia a salir, pienso que es muy bueno hacerlo. Lo que siempre han hecho los estadounidenses: moverse de Estado en Estado, y los nórdicos y los latinoamericanos; ahora los españoles también lo deben hacer. Se beneficiarán ellos y también España.

Relacionó la publicidad con la arquitectura hace dos décadas. ¿La arquitectura actual es fruto de esa relación?

Cuando empecé a escribir era anatema decir que un arquitecto como Le Corbusier tenía algo que ver con la publicidad. Hoy es un hecho aceptado. Siempre me he sentido atraída hacia la posibilidad de quitar velos, de desvelar secretos. Me interesa derrumbar las preconcepciones.

¿Algún arquitecto es más ruido que nueces?

Muchísimos. Siempre los ha habido. Pero tiene poco interés hablar de quienes tienen pocas ideas. Con el tiempo, lo que vale es lo que queda. El mítico historiador Sigfried Gideon llegó a París buscando a Rob Mallet-Stevens porque quería escribir su historia de la arquitectura moderna. Solo por casualidad le hablaron de Le Corbusier porque Mallet-Stevens salía más en la prensa, pero ¿quién se acuerda hoy de Stevens? Le Corbusier tomó ese espacio en los medios de comunicación convirtiéndolo en un lugar de producción de la nueva arquitectura. Los dos arquitectos más famosos del siglo XX, Le Corbusier y Mies van der Rohe, tardaron mucho en conseguir hacer algo que estuviera al nivel de lo que habían publicado como proyectos. Le Corbusier fue el primer arquitecto que realmente entendió los medios de comunicación y, al hacerlo, llevó la arquitectura al siglo XX.

¿Cuáles son los secretos de la arquitectura moderna?

Entre los más interesantes está el papel que han desempeñado las mujeres: Charlotte Perriand para Le Corbusier, Lilly Reich para Mies van der Rohe o Margaret McDonald con Charles R. Mackintosh, que durante toda su vida no se cansó de decir que él era normal y la que era un genio era ella. Pero por mucho que ellos lo dijeran, no había manera. El mundo no estaba dispuesto a creerlo. Hay quien cree que Ray Eames fue el hermano de Charles Eames, en lugar de su socia y mujer. Denise Scott-Brown todavía sufre ese tipo de discriminación, a pesar de su obvia brillantez. La primera mujer a la que se reconoció al mismo nivel que a su marido fue Alison Smithson. Y no es casualidad que el nombre de ella fuera delante en la firma. Hoy muchas parejas lo hacen.

¿Por qué el último Premio Pritzker le correspondió solo a Wang Shu y no lo compartió su socia cofundadora del estudio Lu Wenyu?


Él dice que ella es importante, pero que él es el creador y que ella se encarga de llevar la oficina.

Pero ella da clase en la Escuela de Arquitectura y fundaron juntos el estudio.

Kazuyo Sejima fue más generosa. Insistió en compartir el galardón con su socio Ryue Nishizawa, pero eso también sucedió con Jacques Herzog: tuvo que pedir que se lo dieran también a su socio Pierre de Meuron. La arquitectura es una práctica colaborativa. No tiene sentido fomentar el reconocimiento a individuos. Por eso yo, más allá de reivindicar el papel de las mujeres, trato de reivindicar la autoría colectiva.

¿El mundo duro de la construcción aparta a las mujeres?

La gran ingeniera brasileña Carmen Portinho seguía bebiendo cachaza con 90 años. Me contó que aprendió a hacerlo con poco más de 20 años en las visitas de obra para que los obreros le hicieran caso. Y lo hicieron. Pero el verdadero problema está más arriba.

¿Para una mujer puede resultar más fácil investigar la arquitectura que hacerla?

Es igual de difícil. Tampoco hay muchas en el mundo de la teoría y la historia de la arquitectura. Puede que sea más difícil hacerse camino en la universidad que en la profesión.

¿Y usted por qué lo eligió?

Yo no lo elegí. Me eligió a mí [risas]. Me encontré con eso. Casi toda mi vida ha sido así. Me he ido encontrando con las cosas y me he ido encontrando también a mí misma. He ido llegando a los sitios y disfrutando de cada ocupación. El placer es fundamental en la vida. Tienes que asegurarte de que amas lo que haces porque eso te crece y te hace crecer. Lo contrario es un tormento, imagino. Siempre he estado feliz con todo lo que hacía: feliz enseñando, feliz investigando y, sobre todo, feliz escribiendo.

¿Cuándo descubrió que quería dedicarse a escribir?

Eso es lo que Nueva York me aportó: el placer de escribir. En Barcelona yo era muy competente: enseñaba, escribía, hice incluso un pequeño libro. Pero actuaba sin el placer de perderte en las palabras. Eso lo aprendí en Nueva York.

¿Cómo se quitó de encima la culpa de disfrutar trabajando?

[Risas]. Creo que los católicos disfrutan mucho. Mi madre es una gran vividora. Con casi 90 años no está nunca en casa. Mi padre era más ascético. También más excéntrico, un excéntrico mental introvertido. Eso también tiene mucho que ver con lo que yo soy.Mi familia era conservadora. Pero mi padre tenía la idea de que las mujeres debían ir a la universidad. Pensaba que en el futuro habría muchas arquitectas. Si supiera lo difícil que lo tenemos todavía…

¿Su madre trabajaba?

No. Somos cuatro chicas y un chico, el cuarto; tal vez por eso mi padre insistía en el estudio. Pero estaba solo. Todo lo demás nos lo contradecía. En Navidad íbamos a casa de mis tías y nos decían: “Qué cosas más raras se le ocurren a vuestro padre; no hagáis caso o no os casaréis nunca”.

¿Alguna vez su padre le reprochó que se hubiera dedicado a la teoría en lugar de a construir?

Siempre pensó que era una cosa pasajera. Yo también.

¿Sus hermanos también se han encontrado a sí mismos en otros lugares?

La pequeña es médico y estudió y trabajó en Londres, pero tras unos años regresó. El resto no se movió. La mayor es filóloga y dirige una biblioteca en Valencia. La tercera también es filóloga. Tuvo siete hijos, luego se separó y ahora, finalmente, tiene un negocio. Mi hija dice que antes, cuando llegábamos a Valencia, éramos los más raros –porque ella es hija de un arquitecto italiano–, pero está convencida de que ahora los raros son ellos. Yo no me he querido casar nunca, pero llevo 25 años con la misma persona. Ahora toda la familia se ha complicado de forma más interesante. La fantasía de la familia del catolicismo extremo ha explotado.

¿Su hija vive con usted?

No, tiene ya 27 años. Hace tiempo que es independiente. En EE UU, en cuanto se van a la universidad se independizan. Es urbanista y está haciendo el doctorado. Estoy muy orgullosa de ella.

Las dos bienales de arquitectura más significativas, la de Venecia y la iberoamericana, premian arquitecturas casi opuestas: experimentos artísticos y trabajos con pocos medios. ¿Ese mensaje contradictorio despista?


Me interesa muchísimo Latinoamérica. Es increíble cómo la hemos dejado de lado. La de Venecia tiene que volver a pensar qué pretende hacer.

¿La historia de la arquitectura es justa? ¿Podría haber algún genio oculto?

Seguro que los hay. Pero lo que más me interesa de la historia de la arquitectura son otras maneras de escribir esa misma historia. Será más justa cuando sea más inclusiva, y será más inclusiva cuando reconozca que la arquitectura es una labor colaborativa en la que participan muchas personas. La historia no es solo injusta con personas y con proyectos específicos, lo es con continentes enteros. Se trata de repensar cómo se organiza la historia. En la de la arquitectura debería quedar claro quién merece estar. Hasta hace poco, ni se hablaba de los ingenieros, y muchos han sido protagonistas de la última arquitectura. Una historia de la arquitectura más inclusiva traería muchos más tipos de protagonistas.

¿Por qué se complicó tanto el mensaje escrito de la arquitectura?

Por inseguridad. Los que peor escriben son los que más complican las cosas. Pero la escritura también se complica cuando se complica la reflexión. No hay que temer la complejidad. La arquitectura es compleja. Pero la escritura no debe ser más difícil que lo que trata de describir.

¿Ha afectado su capacidad analítica a su manera de relacionarse con los demás?

Me parece que no. Dijo Susan Sontag que su trabajo era mejor que ella misma. Había muchas razones: ella trabajaba mucho sobre sus borradores, y como persona era el primer borrador. Yo soy también el primer borrador.

¿Qué le lleva a investigar un tema?

Si miras a las cosas mucho tiempo, ves lo extraño en lo que crees conocer. Hay que dejar tiempo para que surja la extrañeza. Escribir es hacer una especie de psicoanálisis. Vas dejando algo tuyo en la mirada con la que trabajas y en lo que vas hallando. La mirada interdisciplinar es la que me interesa porque es más amplia. Empecé a hacer una historia de la arquitectura moderna desde el punto de vista de la enfermedad, inspirada en el trabajo de Sontag.

¿Qué tiene que ver la enfermedad con la arquitectura?

La arquitectura moderna no se puede entender sin la tuberculosis. La hemos estudiado desde todos los puntos de vista: el industrial, el estético… Y nos hemos olvidado de lo más obvio: la vida real. Lo que los arquitectos modernos ofrecían era casi como una receta de salud igual a la que proponían los manuales médicos para tratar la tuberculosis: el aire libre, las terrazas, el sol, la blancura, la higiene… La tuberculosis dominó la primera mitad del siglo XX. Es normal que no solo estuviera en la literatura, sino también en la arquitectura. No hablo de la arquitectura sanitaria. Es la arquitectura moderna la que internaliza este trauma inmenso que era la tuberculosis y trata de ayudar. Se vuelve curativa.

¿Por qué cree que a los políticos les importa tan poco la arquitectura?

Depende de los políticos. Piense en el caso de Medellín.

A Esperanza Aguirre se le escapó que a los arquitectos habría que matarlos…

Antes la figura del arquitecto se respetaba aquí más que en otros países. Pero hoy, para medir la importancia de los políticos en la arquitectura, y su valoración, hay que mirar a Latinoamérica.

¿Detecta cambios allí?

En Latinoamérica hay fuerza e intensidad. Yo me siento con la obligación de estudiarlo atentamente, de analizar la historia de la arquitectura moderna allí. En los años cuarenta, el MOMA organizó exposiciones como Brasil builds y Latinoamerican architecture. Pero lo hizo como parte de la política del país. Toda esa atención obedecía a la intención del Gobierno norteamericano de asegurarse de que Latinoamérica era una aliada. Fue una política de buenos vecinos que luego, cuando los intereses políticos se fueron para otro lado, se terminó y empezaron a preocuparse más de lo que sucedía en la Unión Soviética. Fue así como Latinoamérica dejó de existir culturalmente para el MOMA. Desapareció. Y no solo del MOMA, también de las revistas de arquitectura. Todas, de Domus a Casabella, tenían números especiales sobre Brasil, Venezuela, México… Y de repente ese interés se cortó. Y a mí hay una cosa que dice el arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti que me interesa mucho: que a los pobres hay que darles lo mejor. Está bien que en Medellín el edificio más celebrado quede en el barrio más miserable.

Aun así, sería mejor si fuera un buen edificio.

Es cierto que la Biblioteca España está mejor resuelta por fuera que por dentro, pero es muy llamativa. A mí me gusta. Me gusta la reacción de orgullo que ha generado en el barrio. Hay niñas que llegan a las nueve de la mañana, cuando abren, y se quedan hasta que llega la noche, cuando cierran. Poder estar en una biblioteca con ordenadores y libros en lugar de tener que estar en la calle cambia la vida de una generación.

¿El reto de la arquitectura actual es económico?

De eso podemos aprender de Latinoamérica, de trabajar con la escasez. Y aprenderemos. Se deben buscar nuevas formas de funcionamiento. Parte del legado moderno es eso: viviendas adecuadas para todos. Esto no debería ser un eslogan vacío. Es una obligación moral.

Pero ese legado se quedó en viviendas burguesas para unos pocos.

La intención era más amplia. Hay que volver a esa idea e investigar más sobre ello. Las escuelas deberían dedicar atención a estudiar una arquitectura que se pudiera hacer con medios escasos. Los arquitectos podrían ayudar mucho a la sociedad.

¿Vota en EE UU?

No. Me resisto a abandonar el pasaporte español. Pero si votara, ya puede imaginar mi elección.

¿Por qué genera confianza Obama?

Tiene aura.

¿Solo eso?

No ha hecho mucha política, que, se supone, es lo que debe dar credibilidad a un político… Ha sido decepcionante que gobernara más al centro de lo que se esperaba, pero Obama ganó porque no hay opción. Ha sido una persona sumamente cuidadosa. Es demasiado educado. Ha tratado de negociar con los republicanos, pero con esa gente no se puede negociar. Si aquí quieren matar a los arquitectos, allí quieren matarlos a todos: a inmigrantes, pobres, mujeres… Eso es lo que da miedo de verdad.

3.11.12

'In memoriam': Gae Aulenti, genio en la arquitectura

Tour Table © Aulenti.

Vía El País.

Por Benedetta Tagliabue.

La italiana tuvo que aplicarse a sí misma un cálculo de estructuras entre el arte (su verdadera pasión) y la arquitectura

Corte de pelo masculino y estilo de vestir muy sobrio: la fachada de Gae Aulenti lo decía todo sobre su carácter. Fue la manera, muy de su profesión, para mimetizarse mejor con el ambiente en las universidades de arquitectura italianas de los cincuenta, donde fue una de las poquísimas mujeres. Una personalidad que nos dejó el pasado miércoles a los 84 años en Milán, noticia que recibo con tristeza: como amiga y, aunque de generación más joven, como colega.

Nacida en Palazzolo dello Stella (Udine), en 1927, Aulenti tuvo que aplicarse a sí misma un cálculo de estructuras entre el arte (su verdadera pasión) y la arquitectura. Venció la segunda opción, tras observar cien veces las ruinas de las ciudades italianas de los años de posguerra. “Todavía hoy odio las ruinas”, reconocía hace poco.

Antigua militante comunista (lo fue hasta 1952, “cuando me di cuenta del antisemitismo de Stalin”), el carácter le salió pronto. Licenciada en 1954 en el Politécnico de Milán, se puso a trabajar con otros jóvenes colegas de talento en la redacción de la revista Casabella. Fue aquí donde propuso el neoliberty como alternativa a la arquitectura racionalista que en esos años parecía la única vía posible. Era una apuesta valiente que marca su voluntad de participar en la realidad cotidiana y en la reconstrucción urbanística de Italia.

Su carrera arrancó esos años cincuenta realizando tiendas para Olivetti, rehabilitaciones de apartamentos y casas de importantes familias, que fue entrelazando con colaboraciones en Casabella y Lotus, con la universidad y con excursiones al mundo del diseño y el teatro. En el primero, realizó creaciones tan geniales como la lámpara Pipistrello (1965). La pasión por el arte escénico la llevó a colaborar, de 1976 a 1978, con el director de ópera Luca Ronconi, diseñando la escenografía de óperas como Viaje a Reims, de Rossini. Asistí al estreno en la Scala de Milan en los ochenta: entre los aplausos que hacían caer el teatro, la escenógrafa Aulenti apareció a saludar con su inconfundible corte de pelo y unas espectaculares medias verde esmeralda. Genio y figura…

Recuerdo haber coincidido con Gae en una cena de Navidad en Milán y darme cuenta esa noche, viéndola al lado de Ettore Sottsass y Piero Castiglioni, de que era una de las personas más divertidas y ocurrentes del sector. Y fue esa mezcla de simpatía y talento y genio, la que, junto a su amor por el trabajo, la llevó a construir obras de gran calado. Eso y ese pulso entre arte y arquitectura, que explica que sus mejores obras fuera rehabilitaciones, como la de la estación ferroviaria de Orsay en museo (1980-1986), el George Pompidou (1980) o la del Palazzo Grassi de Venecia (1985-1986).

Tuve varios encuentros con ella en Barcelona durante la rehabilitación del Palacio Nacional de Montjuïc, sede del Museo Nacional de Arte de Cataluña. La obra duró 18 años (1985-2004) y fue muy complicada y polémica y culminada con el episodio del encargo de una escultura a Tàpies que acabó con el calcetín nonato entonces. El día de la inauguración alguien le sugirió mejoras para la exposición oficial. No lo dudó: “¡En un día como hoy donde celebramos tamaña obra, me vienes con esas pequeñeces!”.

Era una mujer de carácter. Nunca dejó de trabajar. Su estudio estaba conectado a su casa para que, a través de una puertecita, pudiera llegar cuando quisiera a sus queridas mesas, donde hacía lo que realmente le gustaba hacer, i suoi pasticci: dibujar, colorear, experimentar, probar e inventar siempre. Por suerte para este oficio y para la humanidad.

Benedetta Tagliabue es arquitecta.