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7.2.23

Qué es el holobionte y por qué puede cambiar nuestra forma de entender el mundo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Infografía que explica el Proyecto del Microbioma Humano. Fuente: GMFH Editing Team.
 

Vía El País / Materia

Paula Díaz Levi, 07 feb 2023 - 05:20 CET

Una entidad formada por la asociación de diferentes especies que se transforman en una unidad ecológica muestra la importancia de la simbiosis en nuestra salud y el planeta, y lleva a algunos expertos a cuestionar la existencia del individuo

En la naturaleza reina la competencia y el más fuerte sobrevive. O al menos eso hemos escuchado con frecuencia. Sin embargo, el planeta es mucho más complicado que eso, pues los terrícolas nos relacionamos con otras especies a niveles que, muchas veces, no sospechamos. Como dijeron alguna vez Lynn Margulis y Dorion Sagan, para comprender la verdadera complejidad de la vida se debe entender cómo los organismos se unen de formas nuevas y fascinantes.

De eso trata justamente el holobionte, un concepto que se refiere a una entidad formada por la asociación de diferentes especies que se transforman en una unidad ecológica. En otras palabras, cuando un animal o planta (huésped) vive en simbiosis con los microorganismos que hospeda (simbiontes), es un holobionte. Algo así como un conjunto de seres fusionados o un complejo multi-especie.

Scott F. Gilbert, biólogo evolutivo del desarrollo, profesor emérito de la cátedra Howard A. Schneiderman en el Swarthmore College y profesor emérito y distinguido en la Universidad de Helsinki, lo explica así: “Todos los organismos parecen ser holobiontes, y nosotros estamos compuestos no solo de las células derivadas del cigoto, sino también de bacterias, hongos y virus simbióticos. Cada animal es un bioma, un conjunto de ecosistemas interactivos. Además, estos microbios simbióticos no solo viajan con nosotros. Ayudan a crear nuestros cuerpos, regulan nuestros procesos metabólicos y generan nuestras capacidades inmunitarias. Esto tiene muchas implicaciones para nuestra forma de ver la vida”.

Todos los organismos parecen ser holobiontes, y nosotros estamos compuestos también de bacterias, hongos y virus simbióticos. Cada animal es un bioma, un conjunto de ecosistemas interactivosScott F. Gilbert, biólogo evolutivo del desarrollo, profesor emérito en Swarthmore College

De hecho, nuestro vínculo con los microorganismos es tan profundo, que nos convertimos en el ecosistema donde viven, mientras ellos influyen en nuestro desarrollo, salud e incluso comportamiento.

Para la ecóloga microbiana y académica de la Universidad de Antofagasta Cristina Dorador, “el holobionte nos invita a pensar en distintas magnitudes. Pareciera que lo microscópico y lo inmenso no conversan, pero en realidad sí”. Así lo ha revelado el avance tecnológico. “El gran paso fue en la década del 2010 con las técnicas de secuenciación masiva de ADN, porque se descubrieron grupos microbianos completos que eran invisibles para las técnicas clásicas. Además, el Proyecto Microbioma Humano dio a conocer la diversidad microbiana en el cuerpo humano, echando por tierra algunas teorías que había en ese entonces”, agrega.

Humano microbiano

Quizás el ejemplo más conocido es la microbiota intestinal, la comunidad de microorganismos que nos permite degradar alimentos y que es clave para nuestro sistema inmune.

“Desde el punto de vista anatómico, aproximadamente la mitad de las células del cuerpo humano son microbianas. Además, cada especie de microbio no está asociada a nosotros al azar, sino que se encuentra en lugares concretos. Recibimos estos microbios al atravesar el canal del parto. Son regalos de despedida de nuestra madre. Estos microbios colonizan nuestro cuerpo, especialmente nuestro intestino, y ayudan a terminar nuestro desarrollo”, detalla Gilbert.

Como es de esperar, los microbios también juegan un rol en enfermedades que van desde la depresión hasta el cáncer. En efecto, los tumores tienen un microbioma asociado y la presencia de estos microorganismos explicaría por qué algunas personas son más sensibles a inmunoterapia.

En otro ámbito, hay estudios que muestran que el reemplazo de bacterias en el intestino ayudaría a disminuir el comportamiento de tipo autista en ratas. Dorador, quien participó en una investigación sobre autismo y microbiota, cuenta que “se ha reportado que alrededor del 40% de las personas en el espectro autista tienen algún problema gastrointestinal. Se ha determinado que ocurre un enriquecimiento de ciertos grupos de bacterias. Quisimos encontrar un modelo para explicar si este cambio a nivel microbiano, que no sabemos cómo ocurre, está generando unos metabolitos o productos que alteran de alguna forma la función neuronal”. Claramente, hay mucho por desentrañar aún. 

Equipo más que individuo

El holobionte genera nuevas características morfológicas, fisiológicas, inmunológicas, entre otras, que no existen en las especies por separado.

El ejemplo favorito de la entomóloga Constanza Schapheer son los insectos que reciclan nutrientes, como las termitas. “Estos animales albergan en su sistema digestivo microrganismos como bacterias y protistas que contribuyen a que la termita absorba nutrientes que de otra manera no podría. La adquisición de simbiontes intestinales fue clave en la evolución de estos insectos. Ejemplos similares hay muchísimos en la naturaleza, dentro de los más paradigmáticos están los líquenes y corales”, precisa la también investigadora postdoctoral de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile.

Las vacas, en tanto, comen hierba, pero su genoma no produce enzimas capaces de digerir la celulosa u otros compuestos de su alimento. La buena noticia (para ellas) es que sus microbios simbióticos, ubicados en su rumen, se encargan de procesar lo que estos mamíferos no pueden.

Lo que consideramos un ‘organismo’ es, en realidad, un conjunto de organismos integrados. Por ello, científicos y filósofos cuestionan la existencia del ‘individuo’ como lo entendemos usualmente

Además, algunos cambian cuando adquieren nuevos microorganismos. El biólogo estadounidense ejemplifica con el escarabajo rojo de la trementina: “Es una plaga menor en Estados Unidos, donde sus hongos simbióticos excavan agujeros en los árboles dañados. Sin embargo, cuando se exportó accidentalmente a China, el escarabajo obtuvo un nuevo conjunto de hongos simbiontes que le permitieron hacer agujeros en árboles sanos, matándolos”.

O sea, lo que consideramos un “organismo” sería, en realidad, un conjunto de organismos integrados. Por ello, científicos y filósofos, como Gilbert y sus colegas, han cuestionado la misma existencia del “individuo” como lo entendemos usualmente.

“Hemos evolucionado para esperar estos microbios simbióticos y sus señales. Así que cada uno de nosotros funciona como una comunidad o un equipo. Solo somos individuos en la medida que una comunidad se diferencia de otra comunidad o un equipo se diferencia de otro equipo. Yo soy el Equipo Scott Gilbert’”, señala el científico, quien también ha participado en el libro Microhabitable. 

Su importancia en la naturaleza

Entendernos como holobiontes no solo tiene implicaciones para nuestra salud, sino también para el medio ambiente.

Los seres humanos solemos conservar a especies o ecosistemas por separado, sin preocuparnos de mantener las relaciones y ciclos que sostienen los organismos en conjunto. Un bosque o desierto no pueden sobrevivir sin los vínculos que tejen sus macro y micro habitantes.

Esto inspiró a Schapheer junto a otras colegas a proponer el concepto de “holobionte ecosistémico” que se refiere a un holobionte que lleva a cabo procesos ecológicos clave para la conservación de la naturaleza.

A ese fenómeno le llamamos propiedad emergente, ocurre gracias a un holobionte y es parte de un proceso ecosistémico clave. Nuestro planeta tiene sus condiciones gracias a estos procesos, es vital mantenerlosConstanza Schapheer, entomóloga, Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile

Volvamos a las criaturas que descomponen materia orgánica, labor fundamental para tener suelos sanos que sostienen, por ejemplo, la agricultura. Si la degradación de dicha materia estuviera a cargo solo de microorganismos, sería muy lenta (debido a su diminuta talla), pero si poseen un compañero más grande —como un insecto— desarrollarán el proceso juntos con mayor rapidez y facilidad. Esto ocurre porque el animal, que los alberga en su tubo digestivo, tiene una mayor capacidad de desplazamiento y posee piezas bucales para fraccionar el material.

Schapheer explica que “a ese fenómeno le llamamos propiedad emergente, cuando esta propiedad ocurre gracias a un holobionte y es parte de un proceso ecosistémico clave, hablamos de un holobionte ecosistémico. Dentro de las razones por las que nuestro planeta tiene las condiciones que tiene es gracias a estos procesos, por lo cual es vital mantenerlos”.

Somos diversidad

Las crisis sanitarias, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático son algunos de los grandes problemas que enfrentamos actualmente. Entre las múltiples consecuencias está la ruptura de las relaciones simbióticas, como la degradación de los suelos que priva a las plantas de sus hongos y bacterias simbiontes, o el aumento de la temperatura del mar que estresa a los corales, los que en respuesta expulsan a sus microalgas, detonando el blanqueamiento.

Asimismo, el uso desmedido de biocidas (como antibióticos o desinfectantes) aniquila microbios con los que hemos evolucionado.

Gilbert subraya que “ser un holobionte significa que somos producto de nuestro entorno de formas que antes no imaginábamos. Un entorno sano es necesario para individuos sanos. Esto significa que el entorno debe ser sano para los microbios que necesitamos para que nuestro cuerpo funcione, así como para los microbios que ayudan a formar las plantas que comemos”.

Por ello, pensar en “modo holobionte” podría aportar tanto en la comprensión de los fenómenos como en posibles soluciones.

“Para la conservación de especies, más que conservar el individuo, deberíamos enfocarnos en conservar unidades funcionales, es decir, al conjunto de seres que componen al holobionte. De esa forma se consideraría a los organismos y procesos ecosistémicos para que el planeta siga funcionando”, asevera Schapheer.

Pero para Dorador también hay una lección de humildad: “Somos un ecosistema, donde también es importante compartir y cooperar. La simbiosis masiva que existe en el planeta y los holobiontes abren caminos para entender problemas complejos y nos ayudan a posicionarnos desde la diversidad”.

 

16.7.19

Las incomodidades de viajar a la Luna


NASA ID: AS12-46-6728, Keywords: Apollo, Apollo 12, Moon, Center: JSC, Date Created: 1969-11-19

AS12-46-6728 (19 Nov. 1969) --- Astronaut Alan L. Bean, lunar module pilot for the Apollo 12 mission, is about to step off the ladder of the Lunar Module to join astronaut Charles Conrad Jr., mission commander, in extravehicular activity (EVA). Conrad and Bean descended in the Apollo 12 LM to explore the moon while astronaut Richard F. Gordon Jr., command module pilot, remained with the Command and Service Modules in lunar orbit.

Vía El País.

Así comían, bebían y hacían sus necesidades los astronautas que pisaron el satélite

Por Rafael Clemente
16 JUL 2019 - 10:38 CEST

Comparado con las cápsulas utilizadas anteriormente (las Mercury y Gemini), los Apolo resultaban casi palaciegos. Al menos, los astronautas podían soltarse los cinturones de seguridad, flotar por la cabina e incluso dar alguna voltereta. Tan solo cuatro años antes, los dos ocupantes del Gemini 6 habían tenido que sufrir 15 días encerrados en un cubículo del tamaño de un coche pequeño –un Smart, por ejemplo- sin poder abandonar sus asientos. Ni para comer, ni para dormir, ni siquiera para atender a sus necesidades fisiológicas.

Los menús también habían mejorado. Lejos ya la época de la comida envasada en tubos como pasta de dientes, los astronautas del Apolo disponían de una variedad de platos seleccionados a medida de sus gustos.

Para ahorrar peso, toda la comida a bordo iba en forma deshidratada y envasada al vacío. O cortada en porciones que pudieran tomarse en una cucharada. Pavo en salsa, coctel de gambas (el favorito de Aldrin), espaguetis, pastel de chocolate...

Otra cosa eran los espartanos menús para consumir una vez en la Luna: Sopa de pollo, estofado, fruta seca y varias clases de zumos. Y por si los astronautas querían “picar” algo entre horas, tenían a su disposición pan y ensalada de jamón (esta sí, en tubo para esparcirla fácilmente sobre la tostada).

Todos los platos iban en bolsas de plástico provistas de una boquilla donde ajustar el caño de una pistola dispensadora de agua. Fría o caliente, a gusto. El contenido tenía que mezclarse durante tres minutos y, a continuación, cortar un extremo de la bolsa y sorberlo directamente por la boca.

A bordo del Apolo no se embarcaba agua potable. Toda la que consumían los astronautas era un subproducto de las pilas de combustible en las que se generaba electricidad haciendo reaccionar hidrógeno y oxígeno. El resultado era una líquido tan inocuo como insípido, próximo al agua destilada pero, eso sí, lleno de burbujas de gas.

Se probó todo lo imaginable para eliminar las molestas burbujas: presionar las bolsas de plástico para confinarlas en un extremo, centrifugarlas, utilizar filtros... Todo fue inútil. Los astronautas sufrieron de gases en el estómago durante todo el viaje. Solo más adelante se encontró una solución, mediante unos catalizadores de plata y paladio que absorbían los gases con bastante eficacia.

Preparar e ingerir la comida era una tarea relativamente rápida; el proceso opuesto, no. Todos los astronautas, sin excepción, odiaban el sistema de eliminación de residuos, en especial, los sólidos. Ir de vientre en ingravidez podía suponer tres cuartos de hora de preparaciones: abrir el culote del mono de vuelo, seleccionar una bolsa de plástico adhesiva, adaptarla a las nalgas y utilizarla confiando en que hubiese quedado bien sujeta, cosa que no siempre sucedía.

Es legendario el episodio de los tripulantes del Apolo 10, quienes mientras sobrevolaban la cara oculta descubrieron una masa flotante de inconfundible aspecto. Tras una breve inspección ocular ninguno de los tres aceptó su paternidad. Aparte de la repugnancia que provocaba, un residuo así resultaba peligroso porque podía acabar pegado en el panel de mandos o escabullirse en cualquier rincón de los equipos de la nave.

Una vez utilizada, los astronautas debían echar una pastilla germicida en cada bolsa de heces y amasar bien su contenido. Otro procedimiento poco popular. El paquete se guardaba en un cajón hermético, en la confianza de que su contenido no fermentase y produjese gases que podían reventarlo. Si esto sucedía, el compartimento disponía de un sencillo sistema de alarma: una válvula que se abría al superar la presión cierto límite y esparcía el olor por toda la cabina.

El manejo de la orina era más simple. Una manguera provista de un adaptador intercambiable para cada astronauta. El líquido se expulsaba directamente al exterior a través de una válvula y un tubo de descarga. Como en el espacio la orina podía congelarse y obstruir la tobera de salida, esta iba calefactada. Y para garantizar un buen flujo del calor, estaba recubierta con el mejor conductor disponible: una fina capa de oro.

Otro peligro muy real eran los vómitos. Aproximadamente la mitad de los astronautas sufrían náuseas y mareos durante sus primeras horas en el espacio, con los restos de su última comida flotando en el interior del estómago. Las arcadas podían sobrevenir de repente. La cosa podía ser grave puesto que durante el lanzamiento y fases iniciales del vuelo, era obligatorio llevar puesto el casco “de pecera”.

La ingravidez puede jugar otras malas pasadas. El sudor, por ejemplo. En ausencia de peso, se acumula sobre la piel, sin llegar a evaporarse del todo. Durante el programa Gemini, varios astronautas tuvieron que hacer grandes esfuerzos para evolucionar por el espacio, lo que resultó en arritmias, estrés e intensa sudoración. En el caso de Eugene Cernan, copiloto del Gemini 9, el sudor se acumuló en los ojos y empañó el visor de tal forma que hubo de regresar al interior de la nave a tientas.

19.9.18

La invención del cuerpo. Desnudos, anatomía, pasiones. 6 de julio | 4 de noviembre. Valladolid, España.

Vía Museo Nacional de Escultura.


La invención del cuerpo from morgancrea on Vimeo.


«Somos maravillosamente corporales». Esta breve frase del humanista francés Michel de Montaigne expresaba la admiración con que la cultura renacentista descubría un nuevo continente: el hombre y su cuerpo, la parte material del individuo, su naturaleza física, terrenal.

Es una novedad crucial: entre el Renacimiento y la Ilustración va a emerger una «civilización del cuerpo» que ordena el pensamiento, atraviesa las ciencias, golpea los sentidos, se expresa en imágenes violentas o sensuales, e inventa, con ello, un nuevo espacio de sensibilidad y saber. En el curso de estos años, el cuerpo se apodera del escenario de la imagención artística para quedarse largo tiempo, en una trayectoria dinámica de apasionantes cambios y evoluciones.

La exposición exhibe la inmensa riqueza formal e imaginativa del tema a través de sus múltiples facetas: la componente estética de los tratados anatómicos y, a la vez, el aprendizaje anatómico de los artistas; las conjeturas sobre las proporciones ideales de la figura; el influjo de la estatuaria clásica; la teatralización corporal de las pasiones; la relación entre el desnudo y lo sagrado; el uso contrarreformista del imaginario anatómico como estímulo de la devoción del creyente; la excepcionalidad de la corporeidad femenina asociada a la reproducción y su deslizamiento hacia una observación erótica; el nacimiento del «hombre-máquina»; o, finalmente, el lazo entre color pictórico y apoteosis de la carne.

Reúne casi un centenar de obras maestras: esculturas, dibujos, tratados anatómicos, pinturas, reliquias, muñecos artísticos, fragmentos de retablo, vaciados en escayola o figuras articuladas. Los autores seleccionados —Ribera, Valverde de Amusco, Juan de Arfe, Becerra. Silveira, Crisóstomo Martínez, Maíno, Pedro de Mena, Berruguete o Juan de Juni— prueban el arraigo en España de este fenómeno, si bien da voz a las relaciones con otros focos inspiradores, como el italiano o el flamenco —Vesalio, Bandinelli, Tintoretto, Veronese—, y a artistas extranjeros presentes en las colecciones reales españolas, como Cambiaso o Rubens.

Organiza: Museo Nacional de Escultura en colaboración con el Museo San Telmo de San Sebastián

Horario: Martes a viernes: de 11 a 14 h y de 16.30 a 19.30 h. Sábados: de 11 a 14 h y de 16.30 a 21 h. Domingos: de 11 a 14 h

Visitas temáticas: Domingos a las 11.30 h. Actividad gratuita. Inscripción previa en 983 250 375 o reservas.museoescultura@mecd.es

10.10.17

Poetas del cuerpo. La danza de la Edad de Plata, 1916-1936. Acción Cultural Española, Residencia de Estudiantes, Madrid.

Vía Acción Cultural Española.



Comisariado Idoia Murga Castro
Organizado po Acción Cultural Española (AC/E), Residencia de Estudiantes

La exposición da visibilidad a las redes creativas interdisciplinares que surgieron alrededor de la danza entre 1916 y 1936. La danza vivió entonces una Edad de Plata, unos años de esplendor hasta la irrupción de la Guerra Civil española.

A través de más de 300 piezas refleja cómo en aquellos años, coreógrafos, bailarines, músicos, escritores, pintores y diseñadores encontraron en el escenario un espacio de intercambio sobre el que explorar con las estéticas más modernas y vanguardistas, tanto dentro como fuera de España. Los Ballets Rusos, Falla, Lorca y Argentinita son algunos de los protagonistas de esta panorámica que abarca un amplio abanico de estilos, desde el ballet clásico al flamenco y la danza moderna.

La muestra está estructurada en cuatro grandes ámbitos, que responden a criterios cronológicos. El relato se inicia en la bisagra de los siglos XIX y XX , para situar al visitante en el panorama cultural en el que se imbricaban la danza clásica y académica del Teatro Real y el Liceo, así como otro tipo de vertientes escénicas, desde las variedades hasta el flamenco de los cafés cantantes.

Ver reportaje en RTVE: "La danza que cautivó a Lorca y Picasso"

14.8.17

Ingeniería humana. Por Luis Fernández-Galiano

Vía Arquitectura Viva.

La transformación del cuerpo humano por medios artificiales tiene una larga historia, pero el desarrollo tecnológico reciente le ha dado una nueva dimensión. Desde los pies jibarizados por las vendas de las jóvenes chinas o los cuellos estirados por los collares sucesivos de las mujeres-jirafa africanas hasta el cuerpo protésico de la medicina actual hay un extenso itinerario que trenza lo ornamental o ritual y lo curativo para desdibujar los límites entre naturaleza y artificio. Beatriz Colomina y Mark Wigley se ocuparon de este asunto en la Bienal de Diseño de Estambul (véase su texto ‘Cuerpos construidos’, Arquitectura Viva 192) y en un pequeño libro exquisito, Are We Human?, también proveniente de su trabajo como comisarios de la bienal, que explora el papel del diseño en la definición del animal humano

Ahora, un libro corporativo del BBVA —El próximo paso: la vida exponencial—, en el que intervienen una veintena de figuras de referencia en los campos de las biociencias, la genética, la robótica y la inteligencia artificial, lleva la cuestión un paso más allá, mostrando que la humanidad se halla en el umbral de una revolución tecnológica que va a transformar las capacidades físicas e intelectuales de las personas, así como la longitud de su vida, hasta extremos inimaginables: una revolución con extraordinarias promesas, pero con no menos riesgos, desde el crecimiento del desempleo y la desigualdad o la crisis de los sistemas de protección social hasta amenazas catastróficas para el planeta y la supervivencia de nuestra especie.

Si algunos de los autores transitan por territorios familiares —los materiales inteligentes, la creatividad computacional, la realidad aumentada, el internet de las cosas o la neuroética— otros exploran campos más insólitos: los viajes posthumanos, la hiperhistoria y los sistemas multiagente (que organizan un mundo postwestfaliano donde los humanos ya no ocupan el centro de la infoesfera) y, last but not least, el uso de la ingeniería humana para frenar el cambio climático.

En la aportación más provocadora del volumen, S. Matthew Liao, director del Centro de Bioética de la New York University, defiende las modificaciones biomédicas de los humanos de modo que puedan mitigar y adaptarse al cambio climático. Ante los riesgos de la geoingeniería, se propone la transformación voluntaria de los cuerpos provocando la intolerancia farmacológica a la carne —la ganadería es responsable de un porcentaje elevado de las emisiones de efecto invernadero—, induciendo el altruismo y la empatía mediante drogas de diseño, limitando la natalidad con potenciadores de la inteligencia, e incluso reduciendo el tamaño de los seres humanos a través del diagnóstico genético que se usa en las clínicas de fertilidad. La eugenesia tiene una historia ominosa, y no es seguro que llamarla ‘ingeniería humana’ mejore su condición, por más que la defienda un profesor de bioética.

24.4.17

Prohiben manifestación popular que buscaba suprimir el baño obligatorio

Vía El Mercurio de Antofagasta.

Por Isidro Morales Castillo.

Malestar provocó en sectores populares de Antofagasta la decisión de la Intendencia Provincial de prohibir la manifestación pública organizada para exigir la supresión del baño obligatorio en la época de invierno, para los individuos que reciben auxilios fiscales. La medida impuesta por la autoridad sanitaria tenía por finalidad combatir la mortalidad atribuible al tifus exantemático y, en mayor medida, a la tuberculosis.

De acuerdo a informes de la prensa local de comienzos de abril de 1933, la frustrada protesta consideraba una marcha por las principales calles con banda de músicos y banderas. "El Abecé", que criticaba la actitud de los obreros, consideraba un error que éstos usaran "las cuestiones de higiene como arma de propaganda", alabando, a la vez, la determinación del Intendente de no permitir la manifestación ya que "habría sido una exhibición muy triste, que seguramente nos tendría a estas horas bajo una andanada de sátiras y burlas muy merecidas".

El matutino aseguraba que el "baño diario no hace mal a nadie. La desinfección de ropas, por la cual también se protesta, alegando que las calorías empleadas destruyen las prendas, tampoco debe ser suprimida. Lo único sensible en esta región es que la Municipalidad no se haya preocupado de instalar casas de baños gratuitas en todos los barrios, para habituar a las gentes a ir espontáneamente a asearse todos los días, y que la desinfección de ropas y viviendas no sea un hábito constante".

Pero no sólo preocupaba a parte de la prensa antofagastina la actitud de los obreros, también la situación de las oficinas públicas convertidas en focos de infección tuberculosa, culpando de la situación al descuido e indiferencia de las jefaturas centrales, pero también a la temeridad de los empleados, "a quienes nada importa desafiar el peligro, que se ha convertido en una especie de antesala de la tumba, donde la muerte acecha sin cesar a los más débiles para sepultarlos en ella después de prolongada agonía".

"El Abecé" aseguró que la Caja Nacional de Ahorros (situada en calle Sucre) era la institución pública donde mayores y más profundas raíces echó el mal y donde hubo numerosas víctimas. Este medio de comunicación sugería el cierre de la Caja y la suspensión de todas las operaciones por algunos días, "los suficientes para que el Desinfectorio Público pudiera efectuar una desinfección prolija y prolongada del local, papeles, libros, muebles y otros útiles, pues es de suponer que todos están contagiados". Situación similar se presentaba en la Aduana y en el local de una notaría.

Asimismo, consideró necesaria una campaña vigorosa para "crear en el pueblo hábitos de limpieza como un medio de conseguir su elevación moral. Es una cosa probada que el individuo que se acostumbra a cuidar de su persona en materia de higiene y presentación, se acostumbra también a pensar con limpieza. Basta para ello recordar el efecto benéfico de las filarmónicas pampinas, donde los trabajadores, obligados por la presencia femenina a cuidar de su presentación, adquieren hábitos correctos y, lo que es mejor, un sincero anhelo de mejorar su cultura".

La tuberculosis (TBC), enfermedad de origen bacteriana contagiosa, que se propaga por el aire de una persona a otra y que afecta principalmente a los pulmones, produjo decenas de víctimas fatales en la ciudad. El Bacilo de Koch, culpable de la "peste blanca", originó cifras pavorosas de morbilidad y mortalidad en Chile, "las mayores del mundo", según el Dr. Sotero del Río, quien estimaba que en 1935 esta enfermedad fue responsable de unas 15 mil muertes en el país.

Según parámetros internacionales, desde 2000 la incidencia anual de tuberculosis en el país está en el rango de eliminación de la enfermedad, o sea, menos de 20 casos por 100 mil habitantes.

*Isidro Morales es académico Escuela de Periodismo Universidad Católica del Norte (UCN) y Magíster en Ciencias Sociales.