Vía Arquitectura Viva.
La transformación del cuerpo humano por medios artificiales tiene una larga historia, pero el desarrollo tecnológico reciente le ha dado una nueva dimensión. Desde los pies jibarizados por las vendas de las jóvenes chinas o los cuellos estirados por los collares sucesivos de las mujeres-jirafa africanas hasta el cuerpo protésico de la medicina actual hay un extenso itinerario que trenza lo ornamental o ritual y lo curativo para desdibujar los límites entre naturaleza y artificio. Beatriz Colomina y Mark Wigley se ocuparon de este asunto en la Bienal de Diseño de Estambul (véase su texto ‘Cuerpos construidos’, Arquitectura Viva 192) y en un pequeño libro exquisito, Are We Human?, también proveniente de su trabajo como comisarios de la bienal, que explora el papel del diseño en la definición del animal humano
Ahora, un libro corporativo del BBVA —El próximo paso: la vida exponencial—, en el que intervienen una veintena de figuras de referencia en los campos de las biociencias, la genética, la robótica y la inteligencia artificial, lleva la cuestión un paso más allá, mostrando que la humanidad se halla en el umbral de una revolución tecnológica que va a transformar las capacidades físicas e intelectuales de las personas, así como la longitud de su vida, hasta extremos inimaginables: una revolución con extraordinarias promesas, pero con no menos riesgos, desde el crecimiento del desempleo y la desigualdad o la crisis de los sistemas de protección social hasta amenazas catastróficas para el planeta y la supervivencia de nuestra especie.
Si algunos de los autores transitan por territorios familiares —los materiales inteligentes, la creatividad computacional, la realidad aumentada, el internet de las cosas o la neuroética— otros exploran campos más insólitos: los viajes posthumanos, la hiperhistoria y los sistemas multiagente (que organizan un mundo postwestfaliano donde los humanos ya no ocupan el centro de la infoesfera) y, last but not least, el uso de la ingeniería humana para frenar el cambio climático.
En la aportación más provocadora del volumen, S. Matthew Liao, director del Centro de Bioética de la New York University, defiende las modificaciones biomédicas de los humanos de modo que puedan mitigar y adaptarse al cambio climático. Ante los riesgos de la geoingeniería, se propone la transformación voluntaria de los cuerpos provocando la intolerancia farmacológica a la carne —la ganadería es responsable de un porcentaje elevado de las emisiones de efecto invernadero—, induciendo el altruismo y la empatía mediante drogas de diseño, limitando la natalidad con potenciadores de la inteligencia, e incluso reduciendo el tamaño de los seres humanos a través del diagnóstico genético que se usa en las clínicas de fertilidad. La eugenesia tiene una historia ominosa, y no es seguro que llamarla ‘ingeniería humana’ mejore su condición, por más que la defienda un profesor de bioética.
Por Claudio Galeno-Ibaceta sobre la interacción del arte con la arquitectura, desde Antofagasta y el Norte Grande de Chile. By Claudio Galeno-Ibaceta about the interaction between art and architecture, from Antofagasta and the Large North of Chile.
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14.8.17
17.6.17
Patrones históricos, editorial de Arquitectura Viva 190 (2006), por Luis Fernández-Galiano
Vía Arquitectura Viva.

© Arquitectura Viva.
Acaso como nosotros, los edificios viven en el tiempo y perecen en el espacio. Se levantan en años o décadas y a menudo permanecen siglos, sufriendo los estragos de los meteoros, el uso o el conflicto, experimentando metamorfosis o mudanzas y al cabo siendo demolidos o desmoronándose sobre el solar que ocupan, dejando tras de sí su memoria en imágenes y sus trazas en el suelo. A estos palimpsestos de obras y relatos llamamos patrimonio, y la intervención en él es siempre un campo de minas ideológicas y estéticas. El culto moderno a los monumentos, como lo denominara Alois Riegl en 1903, ha devenido una genuina religión con teólogos y textos sagrados, amalgamando los valores históricos y artísticos con los de la antigüedad o el carácter memorial, y la tradicional cesura entre la restauración al origen de Viollet-le-Duc y el envejecimiento digno de Ruskin no opone ya catedrales blancas y ruinas, sino prolongación artificial de la vida y eutanasia.
Arquitectura Viva se ha ocupado monográficamente del patrimonio en varias ocasiones, pero en esta última etapa de forma más frecuente. Tras los dos números de 1993, ‘Hacer memoria’ (32) y ‘Monumento nuevo’ (33), el tema no volvió a tocarse hasta 2006 con ‘Pasado presente’ (110). Desde 2010 con ‘Patrimonio Nacional’ (131) el ritmo se acelera, y la revista inaugura su edición bilingüe en 2013 con ‘Transformaciones’ (148), al que siguen en 2014 ‘Palimpsestos’ (162); en 2015 ‘Segunda vida’ (172) e ‘Injertos domésticos’ (176); y en este 2016 ‘Patrimonio industrial’ (182). A los artículos y proyectos publicados en ellos me remito como fuente de información e ideas, pero al margen del juicio que merezcan, si se acepta que las revistas tienen al menos la función de sismógrafos de la opinión, caben bien pocas dudas sobre la creciente importancia de los temas patrimoniales, calibrados por la frecuencia y por la intensidad del temblor de las agujas.
Si Riegl nos abrió los ojos sobre la riqueza formal que puede hallarse en la antigüedad tardía, quizá nosotros debiéramos explorar la excelencia que atesora nuestra modernidad tardía. Aquí se han seleccionado tres trabajos de tres oficinas europeas en Venecia, Versalles y Nueva York, que usan diferentes patrones de intervención en el patrimonio, inscribiéndose como un nuevo capítulo en la historia viva de los respectivos edificios. Y si esta arquitectura es siempre, como alguna vez la he descrito, ‘una historia de violencia’, porque construir en lo construido implica la cirugía de lo existente, también podemos valorar especialmente aquellos proyectos que abordan la transformación patrimonial con la sensibilidad de quien no desea dejar huella agresiva de su paso, moviéndose en el terreno impreciso que separa la inmutabilidad del museo y la versatilidad de lo utilitario, y fundiendo pasado con presente en un tiempo compartido.
Luis Fernández-Galiano

© Arquitectura Viva.
Acaso como nosotros, los edificios viven en el tiempo y perecen en el espacio. Se levantan en años o décadas y a menudo permanecen siglos, sufriendo los estragos de los meteoros, el uso o el conflicto, experimentando metamorfosis o mudanzas y al cabo siendo demolidos o desmoronándose sobre el solar que ocupan, dejando tras de sí su memoria en imágenes y sus trazas en el suelo. A estos palimpsestos de obras y relatos llamamos patrimonio, y la intervención en él es siempre un campo de minas ideológicas y estéticas. El culto moderno a los monumentos, como lo denominara Alois Riegl en 1903, ha devenido una genuina religión con teólogos y textos sagrados, amalgamando los valores históricos y artísticos con los de la antigüedad o el carácter memorial, y la tradicional cesura entre la restauración al origen de Viollet-le-Duc y el envejecimiento digno de Ruskin no opone ya catedrales blancas y ruinas, sino prolongación artificial de la vida y eutanasia.
Arquitectura Viva se ha ocupado monográficamente del patrimonio en varias ocasiones, pero en esta última etapa de forma más frecuente. Tras los dos números de 1993, ‘Hacer memoria’ (32) y ‘Monumento nuevo’ (33), el tema no volvió a tocarse hasta 2006 con ‘Pasado presente’ (110). Desde 2010 con ‘Patrimonio Nacional’ (131) el ritmo se acelera, y la revista inaugura su edición bilingüe en 2013 con ‘Transformaciones’ (148), al que siguen en 2014 ‘Palimpsestos’ (162); en 2015 ‘Segunda vida’ (172) e ‘Injertos domésticos’ (176); y en este 2016 ‘Patrimonio industrial’ (182). A los artículos y proyectos publicados en ellos me remito como fuente de información e ideas, pero al margen del juicio que merezcan, si se acepta que las revistas tienen al menos la función de sismógrafos de la opinión, caben bien pocas dudas sobre la creciente importancia de los temas patrimoniales, calibrados por la frecuencia y por la intensidad del temblor de las agujas.
Si Riegl nos abrió los ojos sobre la riqueza formal que puede hallarse en la antigüedad tardía, quizá nosotros debiéramos explorar la excelencia que atesora nuestra modernidad tardía. Aquí se han seleccionado tres trabajos de tres oficinas europeas en Venecia, Versalles y Nueva York, que usan diferentes patrones de intervención en el patrimonio, inscribiéndose como un nuevo capítulo en la historia viva de los respectivos edificios. Y si esta arquitectura es siempre, como alguna vez la he descrito, ‘una historia de violencia’, porque construir en lo construido implica la cirugía de lo existente, también podemos valorar especialmente aquellos proyectos que abordan la transformación patrimonial con la sensibilidad de quien no desea dejar huella agresiva de su paso, moviéndose en el terreno impreciso que separa la inmutabilidad del museo y la versatilidad de lo utilitario, y fundiendo pasado con presente en un tiempo compartido.
Luis Fernández-Galiano
Patrimonio industrial, editorial de Arquitectura Viva 182 (2006), por Luis Fernández-Galiano
Vía Arquitectura Viva.

© Arquitectura Viva.
Inmersos en la Tercera Revolución Industrial, necesitamos no olvidar la Segunda y la Primera. En el tránsito entre los siglos XVIII y XIX, Europa fue teatro de una colosal mutación técnica y social, la mayor experimentada por la humanidad desde el Neolítico, que condujo desde una economía agrícola y rural a otra industrial y urbana, impulsada por el carbón, la máquina de vapor y el ferrocarril, y a esta transformación hemos convenido en llamar Primera Revolución Industrial. El siguiente cambio radical tendría lugar en la coyuntura entre los siglos XIX y XX, afectaría a un ámbito geográfico mucho más amplio, y de nuevo modificaría la estructura económica y la vida cotidiana bajo el impacto del petróleo, la electricidad y el automóvil, vectores de la denominada Segunda Revolución Industrial. Hoy estamos viviendo una nueva mudanza, gestada a caballo de los siglos XX y XXI, y basada en el doble pilar de las energías renovables y los medios y herramientas digitales, otra transformación histórica para la que se ha acuñado el nombre de Tercera Revolución Industrial, término que emplea el Parlamento Europeo y que el escritor y activista Jeremy Rifkin describe como la combinación de Internet, la electricidad verde y la impresión 3-D con la conocida como ‘economía distribuida’, una forma sostenible de capitalismo que se describe como la organización en red de empresas pequeñas y medias, y que parece ser más eficaz para estimular la innovación que la economía centralizada o la descentralizada inconexa.
El patrimonio industrial es una herramienta material para recordar las mutaciones históricas que nos han hecho lo que somos, y sin cuyo concurso las transformaciones técnicas, económicas y sociales resultan ininteligibles. Al mismo tiempo, los edificios y paisajes que fueron producto y escenario de ese cambio son valiosas estructuras físicas y territoriales donde se acumulan los materiales, la energía y el esfuerzo humano que los hizo posibles, por lo que su conservación o reciclaje para nuevos usos no es sino un razonable imperativo ecológico. Depósitos de la memoria colectiva, y depósitos también de trabajo y talento, los restos construidos de las revoluciones industriales merecen conservarse como parte esencial de nuestro patrimonio mental y material. Pero al igual que la memoria de los hechos más trágicos de nuestro pasado común debe templarse por una voluntad de reconciliación que exige la amnistía de la amnesia, la memoria de los logros más sobresalientes de nuestra historia técnica e industrial no debe excluir prescindir de ellos cuando su pervivencia física constriñe las transformaciones exigidas por el cambio social, evitando el síndrome de ‘Funes el memorioso’, el personaje de Borges cuya infinita capacidad de recordar condena a la inmovilidad. Discriminar entre lo que merece recordarse y lo que puede olvidarse, entre lo que debe conservarse y lo que puede desaparecer, es una tarea difícil y arriesgada, pero también un desafío imprescindible para las sociedades de la Tercera Revolución Industrial.
Luis Fernández-Galiano

© Arquitectura Viva.
Inmersos en la Tercera Revolución Industrial, necesitamos no olvidar la Segunda y la Primera. En el tránsito entre los siglos XVIII y XIX, Europa fue teatro de una colosal mutación técnica y social, la mayor experimentada por la humanidad desde el Neolítico, que condujo desde una economía agrícola y rural a otra industrial y urbana, impulsada por el carbón, la máquina de vapor y el ferrocarril, y a esta transformación hemos convenido en llamar Primera Revolución Industrial. El siguiente cambio radical tendría lugar en la coyuntura entre los siglos XIX y XX, afectaría a un ámbito geográfico mucho más amplio, y de nuevo modificaría la estructura económica y la vida cotidiana bajo el impacto del petróleo, la electricidad y el automóvil, vectores de la denominada Segunda Revolución Industrial. Hoy estamos viviendo una nueva mudanza, gestada a caballo de los siglos XX y XXI, y basada en el doble pilar de las energías renovables y los medios y herramientas digitales, otra transformación histórica para la que se ha acuñado el nombre de Tercera Revolución Industrial, término que emplea el Parlamento Europeo y que el escritor y activista Jeremy Rifkin describe como la combinación de Internet, la electricidad verde y la impresión 3-D con la conocida como ‘economía distribuida’, una forma sostenible de capitalismo que se describe como la organización en red de empresas pequeñas y medias, y que parece ser más eficaz para estimular la innovación que la economía centralizada o la descentralizada inconexa.
El patrimonio industrial es una herramienta material para recordar las mutaciones históricas que nos han hecho lo que somos, y sin cuyo concurso las transformaciones técnicas, económicas y sociales resultan ininteligibles. Al mismo tiempo, los edificios y paisajes que fueron producto y escenario de ese cambio son valiosas estructuras físicas y territoriales donde se acumulan los materiales, la energía y el esfuerzo humano que los hizo posibles, por lo que su conservación o reciclaje para nuevos usos no es sino un razonable imperativo ecológico. Depósitos de la memoria colectiva, y depósitos también de trabajo y talento, los restos construidos de las revoluciones industriales merecen conservarse como parte esencial de nuestro patrimonio mental y material. Pero al igual que la memoria de los hechos más trágicos de nuestro pasado común debe templarse por una voluntad de reconciliación que exige la amnistía de la amnesia, la memoria de los logros más sobresalientes de nuestra historia técnica e industrial no debe excluir prescindir de ellos cuando su pervivencia física constriñe las transformaciones exigidas por el cambio social, evitando el síndrome de ‘Funes el memorioso’, el personaje de Borges cuya infinita capacidad de recordar condena a la inmovilidad. Discriminar entre lo que merece recordarse y lo que puede olvidarse, entre lo que debe conservarse y lo que puede desaparecer, es una tarea difícil y arriesgada, pero también un desafío imprescindible para las sociedades de la Tercera Revolución Industrial.
Luis Fernández-Galiano
16.11.15
Lina Bo Bardi, 1914-1992, AV Monografías 180 (2015)
Vía Arquitectura Viva.

‘La dea stanca’ (The Tired Goddess)
Por Luis Fernández-Galiano.
El centenario de Lina Bo Bardi (1914-1992) ha impulsado el fervor por su figura. El crítico Rowan Moore cree que la italo-brasileña es «el arquitecto más infravalorado del siglo XX»; sin embargo, la que Martin Filler describe, por el carácter vital y apasionado de su persona y su obra, como «la Anna Magnani de la arquitectura», conoce hoy un extraordinario reconocimiento editorial y expositivo. Su desaparición en 1992 suscitó una monografía y una exposición simultánea, realizadas el año siguiente por el Instituto consagrado a su memoria; pero hasta la publicación de la tesis doctoral de Olivia de Oliveira en 2006 hay un paréntesis de silencio, que las vísperas de su centenario cerraron definitivamente, con la exposición en la Bienal de Arquitectura de Venecia comisariada por Kazuyo Sejima en 2010, la edición de sus escritos por la AA londinense en 2012, la importante monografía de Zeuler R. Lima en 2013 y la muestra promovida en Múnich por Andres Lepik en 2014-2015, cuyo catálogo contiene ensayos de los más destacados especialistas, iniciativas todas que contribuyen a esclarecer la personalidad poliédrica de una figura ya mítica.
Su amigo Valentino Bompiani la llamaba la dea stanca, pero esa ‘diosa cansada’ se describió a sí misma —con ocasión de su primera exposición, realizada en 1989 en la Universidad de São Paulo— como «estalinista y antifeminista», haciendo honor a sus convicciones políticas y al hecho de que en Brasil jamás se había sentido discriminada como mujer. Antes de instalarse allí en 1946, Lina Bo se había formado en Roma con arquitectos tradicionalistas como Giovannoni y fascistas como Piacentini, y tras graduarse en 1939 perteneció en Milán al círculo de Gio Ponti, el arquitecto, diseñador y editor de Domus que por entonces estaba cercano a Mussolini, lo mismo que su futuro marido, el periodista y marchante Pietro Maria Bardi, de manera que su alineamiento con el Partido Comunista sólo puede explicarse desde una radical libertad individual. En Brasil, esa independencia personal la alejaría de Lucio Costa y Óscar Niemeyer, censurando temprana y ásperamente la Brasilia conformada por ambos, y eligiendo un itinerario creativo abiertamente divergente de la modernidad tropical consagrada por el MoMA en la muestra ‘Brazil Builds’ de 1943.
Así, su Casa de Vidro de 1951, más próxima a las casas californianas de la época que a las canónicas de Mies o Johnson, y cuya extensión con un ala convencional ha sido comparada por Barry Bergdoll con las obras de hibridación entre lo moderno y lo vernáculo realizadas antes por otro emigrante en São Paulo, Bernard Rudofsky; así también su Museo de Arte de São Paulo, de 1957-1968, en sintonía con Vilanova Artigas o el más joven Mendes da Rocha, su obra más ‘paulista’ en la audacia estructural, la revolución del modelo expositivo y la generosa creación de un gran ámbito público; y así por último en su mejor obra, el SESC Pompéia, de 1977-1986, una fábrica obsoleta de violenta belleza industrial que Lina decidió no demoler para transformar sus volúmenes en un centro cívico que consigue amalgamar la cultura con la vida cotidiana. Si en la visita la casa ofrece menos de lo que promete y el MASP exactamente lo que se espera, la experiencia del SESC es tan fértil y emocionante que supera cualquier expectativa, explicando bien las razones últimas del actual fervor por Achillina di Enrico Bo, que el mundo ya conoce simplemente como Lina.

‘La dea stanca’ (The Tired Goddess)
Por Luis Fernández-Galiano.
El centenario de Lina Bo Bardi (1914-1992) ha impulsado el fervor por su figura. El crítico Rowan Moore cree que la italo-brasileña es «el arquitecto más infravalorado del siglo XX»; sin embargo, la que Martin Filler describe, por el carácter vital y apasionado de su persona y su obra, como «la Anna Magnani de la arquitectura», conoce hoy un extraordinario reconocimiento editorial y expositivo. Su desaparición en 1992 suscitó una monografía y una exposición simultánea, realizadas el año siguiente por el Instituto consagrado a su memoria; pero hasta la publicación de la tesis doctoral de Olivia de Oliveira en 2006 hay un paréntesis de silencio, que las vísperas de su centenario cerraron definitivamente, con la exposición en la Bienal de Arquitectura de Venecia comisariada por Kazuyo Sejima en 2010, la edición de sus escritos por la AA londinense en 2012, la importante monografía de Zeuler R. Lima en 2013 y la muestra promovida en Múnich por Andres Lepik en 2014-2015, cuyo catálogo contiene ensayos de los más destacados especialistas, iniciativas todas que contribuyen a esclarecer la personalidad poliédrica de una figura ya mítica.
Su amigo Valentino Bompiani la llamaba la dea stanca, pero esa ‘diosa cansada’ se describió a sí misma —con ocasión de su primera exposición, realizada en 1989 en la Universidad de São Paulo— como «estalinista y antifeminista», haciendo honor a sus convicciones políticas y al hecho de que en Brasil jamás se había sentido discriminada como mujer. Antes de instalarse allí en 1946, Lina Bo se había formado en Roma con arquitectos tradicionalistas como Giovannoni y fascistas como Piacentini, y tras graduarse en 1939 perteneció en Milán al círculo de Gio Ponti, el arquitecto, diseñador y editor de Domus que por entonces estaba cercano a Mussolini, lo mismo que su futuro marido, el periodista y marchante Pietro Maria Bardi, de manera que su alineamiento con el Partido Comunista sólo puede explicarse desde una radical libertad individual. En Brasil, esa independencia personal la alejaría de Lucio Costa y Óscar Niemeyer, censurando temprana y ásperamente la Brasilia conformada por ambos, y eligiendo un itinerario creativo abiertamente divergente de la modernidad tropical consagrada por el MoMA en la muestra ‘Brazil Builds’ de 1943.
Así, su Casa de Vidro de 1951, más próxima a las casas californianas de la época que a las canónicas de Mies o Johnson, y cuya extensión con un ala convencional ha sido comparada por Barry Bergdoll con las obras de hibridación entre lo moderno y lo vernáculo realizadas antes por otro emigrante en São Paulo, Bernard Rudofsky; así también su Museo de Arte de São Paulo, de 1957-1968, en sintonía con Vilanova Artigas o el más joven Mendes da Rocha, su obra más ‘paulista’ en la audacia estructural, la revolución del modelo expositivo y la generosa creación de un gran ámbito público; y así por último en su mejor obra, el SESC Pompéia, de 1977-1986, una fábrica obsoleta de violenta belleza industrial que Lina decidió no demoler para transformar sus volúmenes en un centro cívico que consigue amalgamar la cultura con la vida cotidiana. Si en la visita la casa ofrece menos de lo que promete y el MASP exactamente lo que se espera, la experiencia del SESC es tan fértil y emocionante que supera cualquier expectativa, explicando bien las razones últimas del actual fervor por Achillina di Enrico Bo, que el mundo ya conoce simplemente como Lina.
14.7.14
Densidad / Density Matters, por Luis Fernández-Galiano. Editorial de Arquitectura Viva 159, enero de 2014.
Vía Arquitectura Viva.

La densidad importa. Acostumbrados a publicar en detalle obras de singular valor cualitativo, a menudo olvidamos la importancia del contexto cuantitativo en que se inscriben. Y sin embargo, frecuentemente es éste el factor decisivo en su éxito o fracaso. En el ámbito residencial la densidad es clave, y si su exceso produce congestión de tráfico, problemas sanitarios y de seguridad, su reducción en los ensanches higienistas —o su desvanecimiento en la ciudad dispersa— causa un daño económico y ecológico sólo comparable al empobrecimiento de la interacción social y a la evaporación de la naturaleza cívica y política del espacio urbano. Lejos de ser incompatible con la calidad de vida, la densidad es imprescindible para conseguir ésta, y cada vez más normativas urbanísticas complementan las añejas densidades máximas, establecidas para evitar el hacinamiento, con unas nuevas densidades mínimas que persiguen estimular a la vez la sostenibilidad y la sociabilidad.
Como editores de arquitectura, documentamos minuciosamente objetos construidos, sometiéndolos a un close reading hermenéutico quizá no muy lejano del practicado por el New Criticism de mediados del siglo pasado. Sin embargo, el conocimiento cabal del panorama edificado demandaría probablemente un distant reading como el preconizado por Franco Moretti, donde las estadísticas, los gráficos y los mapas reemplacen a los detalles, los remates y los encuentros, de manera que la arquitectura —parafraseando sus comentarios sobre la literatura— no sea ‘una suma de casos individuales’ sino ‘un sistema colectivo’. Muchos argumentarán que, en lo que toca a los edificios, ese sistema es la ciudad, y el distant reading coincide con la visión que suministra el urbanismo: los pedagógicos diagramas de Vishaan Chakrabarti, que aquí ilustran el prólogo de Norman Foster a su obra A Country of Cities —donde aboga por la urbe densa y compacta—, señalan en esa dirección.
(...)
Luis Fernández-Galiano
Para leer la editorial completa pinchar aquí.

La densidad importa. Acostumbrados a publicar en detalle obras de singular valor cualitativo, a menudo olvidamos la importancia del contexto cuantitativo en que se inscriben. Y sin embargo, frecuentemente es éste el factor decisivo en su éxito o fracaso. En el ámbito residencial la densidad es clave, y si su exceso produce congestión de tráfico, problemas sanitarios y de seguridad, su reducción en los ensanches higienistas —o su desvanecimiento en la ciudad dispersa— causa un daño económico y ecológico sólo comparable al empobrecimiento de la interacción social y a la evaporación de la naturaleza cívica y política del espacio urbano. Lejos de ser incompatible con la calidad de vida, la densidad es imprescindible para conseguir ésta, y cada vez más normativas urbanísticas complementan las añejas densidades máximas, establecidas para evitar el hacinamiento, con unas nuevas densidades mínimas que persiguen estimular a la vez la sostenibilidad y la sociabilidad.
Como editores de arquitectura, documentamos minuciosamente objetos construidos, sometiéndolos a un close reading hermenéutico quizá no muy lejano del practicado por el New Criticism de mediados del siglo pasado. Sin embargo, el conocimiento cabal del panorama edificado demandaría probablemente un distant reading como el preconizado por Franco Moretti, donde las estadísticas, los gráficos y los mapas reemplacen a los detalles, los remates y los encuentros, de manera que la arquitectura —parafraseando sus comentarios sobre la literatura— no sea ‘una suma de casos individuales’ sino ‘un sistema colectivo’. Muchos argumentarán que, en lo que toca a los edificios, ese sistema es la ciudad, y el distant reading coincide con la visión que suministra el urbanismo: los pedagógicos diagramas de Vishaan Chakrabarti, que aquí ilustran el prólogo de Norman Foster a su obra A Country of Cities —donde aboga por la urbe densa y compacta—, señalan en esa dirección.
(...)
Luis Fernández-Galiano
Para leer la editorial completa pinchar aquí.
23.6.11
Luis Fernández-Galiano, académico de Bellas Artes
Vía Arquitectura Viva
Luis Fernández-Galiano ha sido elegido académico de número por el Pleno de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en su reunión del 20 de junio. El catedrático de Proyectos de la ETSAM y director de las revistas AV/Arquitectura Viva cubrirá la vacante de la medalla número 10, que ocupaba el también arquitecto José Antonio Corrales hasta su fallecimiento en julio del pasado año.
6.8.10
Gabilondo entrevista a Luis Fernández-Galiano
Uno de los grandes críticos contemporáneos de la arquitectura es el español Luis Fernández-Galiano. Sus escritos, como editor de las revista AV y Arquitectura Viva son siempre muy potentes por que plantean la pluralidad de cada tema elegido, demostrando que el lenguaje también puede ser abierto, incorporador, en síntesis orgánico, entiendo que la arquitectura es articuladora. He podido seguir sus escritos, tanto los de las revistas como en el periódico español El País, y siempre son de una lucidez y conocimiento que abre muchas puertas. He tenido la oportunidad de oirlo moderando un foro hace años atrás y su dominio del lenguaje no es solo en los escrito sino también en directo. Posteo aquí las dos parte de una muy buena entrevista al arquitecto en CNN+.
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