Mostrando las entradas con la etiqueta pasado. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta pasado. Mostrar todas las entradas

26.7.14

Palimpsestos, extendiendo la vida de los edificios, por Luis Fernández Galiano. Arquitectura Viva 162, 2014.

Vía Arquitectura Viva.



Las ciudades son siempre palimpsestos, y algunos edificios pueden también describirse así. Como los pergaminos medievales, que se raspaban para volverse a usar cuando la demanda de soporte para la escritura desbordaba la oferta disponible, el suelo urbano se despeja periódicamente para levantar construcciones nuevas. Y al igual que los pergaminos conservan huellas del texto manuscrito anterior, el emplazamiento de la ciudad muestra los restos y cicatrices de las intervenciones sucesivas, superpuestas en estratos e inextricablemente mezcladas por la reutilización de materiales o cimientos. La persistencia del pasado en ambos casos estimula la exploración de paleógrafos o arqueólogos, que con sus herramientas específicas aspiran al hallazgo de un original grecolatino bajo la obra de un Padre de la Iglesia, o de un anfiteatro romano bajo las trazas de un caserío gótico, entendiendo que lo más antiguo y oculto es por ello más valioso.

El interés historiográfico de los palimpsestos textuales o urbanos no puede hacer olvidar que el origen de ambos es la escasez, sea del pergamino soporte de la escritura, sea del suelo soporte de la construcción, y si la abundancia de papel hizo innecesaria la reutilización de viejos manuscritos, la extensión del territorio urbanizable generada por la revolución de los transportes y los combustibles fósiles ha primado la edificación en suelo virgen sobre la construcción estratificada de la ciudad tradicional. En el caso de la escritura, la explosión digital ha llevado al paroxismo este proceso de difusión de textos e imágenes, amenazando con ahogarnos bajo un océano de información inútil; y en lo que toca a la construcción, el crecimiento indefinido de la ciudad dispersa basada en el automóvil ha creado un modelo urbano insostenible, tan tóxico para la ecología y el clima del planeta como socialmente perjudicial para sus habitantes.

Proponer hoy el palimpsesto edificado equivale a defender la pertinencia física y simbólica del aprovechamiento de lo existente. En sintonía con el actual clima de austeridad y depuración, protegiéndonos del diluvio de datos triviales con el laconismo del significado, y de la inundación de urbanizaciones prescindibles con la singularidad del reuso, la arquitectura del palimpsesto emplea de forma más económica los recursos materiales y energéticos, y prolonga la vida de las fábricas a las que se añade o sobre las que se levanta, estableciendo con ellas el diálogo táctil y carnal que expresa el verso exacto de John Donne, cuando el poeta solicita a su amada permiso para que sus manos se muevan «before, behind, between, above, below». El deán Donne se inspiraba en Ovidio, como algún sermón de San Jerónimo deja ver raspado un texto de Cicerón, y como el codex rescriptus de la ciudad pone al cabo en contacto la memoria y la vida.

[Patrimonio arquitectónico] Una historia de violencia, por Luis Fernández-Galiano. Arquitectura Viva 110, 2006.

Vía Arquitectura Viva.



La arquitectura es una historia de violencia. Construye contra el pasado para proyectarse hacia el futuro, y entre esas dos pulsiones el presente se precipita sobre un panorama de escombros. Arrebatados por lo que Walter Benjamin llamaba el viento de la historia, y arrastrados en la dirección que señala la termodinámica ‘flecha del tiempo’, edificamos ejerciendo violencia sobre el entorno natural, la ciudad existente y la vida misma: violentamos el territorio con las cicatrices de las canteras y las talas, por no hablar del impacto de las grandes obras públicas o del efecto en el planeta del consumo bulímico de materiales, agua y energía; violentamos la urbanidad heredada con los medios técnicos que cada generación o cada época tiene de ventaja sobre la anterior, imponiendo las nuevas trazas sobre las antiguas en un áspero palimpsesto; y violentamos el propio curso pausado de los trayectos individuales y sociales con el estado de excepción de la obra, que trastoca los hábitos cotidianos con el confuso desorden de sus procesos.

Para construir debemos demoler: herir la tierra, fracturar los restos, aventar la memoria. Ese empeño indómito suscita una angustia que intentamos paliar con sostenibilidad compensatoria, anastilosis analgésicas e historicismos narcóticos. Pero no hay arquitectura sin destrucción, como no hay carpintero sin leñador ni cocinero sin matarife, y en esa condición violenta reside su grandeza culpable. Al cabo, el organismo construido requiere la mutación para acomodarse al cambio de forma no demasiado distinta al invertebrado que muda el exoesqueleto cuando éste dificulta el crecimiento, y sus cáscaras vacías no tienen otro destino que la descomposición y el reciclaje, roídas como ruinas vejadas por el tiempo y dócilmente entregadas a la cadena del flujo de información y de materia al que llamamos vida. Y acaso también, al igual que la conciencia exige el olvido para lograr sobrevivir en el presente, la arquitectura practica la gimnasia de la amnesia para evitar perecer bajo el peso grave de la memoria minuciosa.

Con todo, el ejercicio de la invención no anula el tiempo testarudo que Alberti describía como trastornador de las obras, ni la no menos tenaz inercia de la materia que guía la construcción por el camino de la persistencia. La ansiedad que nos mueve a congelar el curso de las cosas para detener la vida en su torrente resulta al cabo tan inerme como el impulso taumatúrgico que se propone domesticar esa corriente, separándola de sus querencias naturales: ni la historia convertida consoladoramente en un parque temático de sí misma ni la tabula rasa de la ambición demiúrgica pueden dar cuenta cabal de ese conflicto entre construcción y destrucción donde se coreografía el diálogo entre la memoria y el olvido. El pasado reside en el presente como el presente es un molde del futuro, y esa continuidad del devenir en el tiempo reúne la violencia traumática del cambio con la resistencia perezosa a la mudanza. «Soy un fue, y un será, y un es cansado»: el endecasílabo de Quevedo conviene al proyecto de arquitectura, y a su autor.

6.5.13

Lanzamiento de la 2ª edición del libro "Región de Antofagasta, pasado, presente y futuro", martes 7 de mayo de 2013.



Este martes 7 de mayo de 2013 en la Universidad Católica del Norte (K-121C, 18:30 horas), se lanzará la segunda edición del libro "Región de Antofagasta, pasado, presente y futuro".

La primera edición fue realizada con motivo de la celebración del bicentenario nacional en el año 2010. Es un gran tomo con capítulos escritos por diversos autores que van abordando a la región desde una perspectiva multidisciplinaria. Esta edición, así como la primera se ha ejecutado con fondos del Consejo Regional de Antofagasta. Los editores y también autres de algunos de los capítulos del libro fueron el antropólogo Agustín Llagosteras, el historiador José Antonio González y el literato Sergio Gaytán. También escribieron para este libro: Floreal Recabarren, Guillermo Chong, Lautaro Núñez, Héctro Ardiles, Claudio Galeno, Osvaldo Maya, Waldo Valenzuela, Marcelo Lufin, entre varios otros autores, y la amplitud de temas revela un estado del arte en cuanto investigación regional. Entre esos amplios temas está la historia, la geografía, la antropología, la arquitectura, la política, el arte, la religión, la minería, la astronomía, y muchas otras visiones sobre la Región de Antofagasta. Como dice Recarbarren en su introducción: "Hace más de 11.000 años..."