Por Claudio Galeno-Ibaceta sobre la interacción del arte con la arquitectura, desde Antofagasta y el Norte Grande de Chile. By Claudio Galeno-Ibaceta about the interaction between art and architecture, from Antofagasta and the Large North of Chile.
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25.9.18
Margot Loyola: los cien años de la mujer fantástica del folclor chileno
Vía Culto, La Tercera.
Por Jorge Leiva, 14 SEP 2018
Su rol es clave para entender la música popular del país en el siglo XX y su legado aún deja marcas en los cantautores nacionales. Sin embargo, los actos oficiales son escasos y no tiene la universalidad de Violeta Parra, su gran amiga, la artista que siempre asomó como su paralelo y que sólo el año pasado también festejó su propio centenario. Aquí, las diversas maneras de conocer a Margot Loyola, justo cuando hoy se cumple un siglo de su nacimiento.
Margot Loyola Palacios nació el 15 de septiembre de 1918, en Linares. Hace justo 100 años, como la primera hija de un singular matrimonio. “No sé cómo se pudieron casar”, decía sobre sus padres, porque ella, Ana María, era una severa farmacéutica, y su padre Recaredo Loyola era, por el contrario, un “chinganero fino”, como lo definía ella con indulgente cariño. En su biografía de 1998 fue más precisa: “Le gustaban las cosas simples. Los chunchules y las mujeres”.
No fue fácil. “Yo sentí muchas veces las lágrimas de mi madre que rodaban por mi frente”, le contó a la escritora Sonia Montecino. A sus diez años vino el fin del matrimonio, y peregrinó por distintas casas. Las imágenes que guarda de esos años miraban hacia otra parte, como le dijo a Cristián Warnken, en una entrevista de 2006: “Recuerdo las zarzamoras. Y recuerdo los caminos de tierra. Es lo más grande que tengo dentro de mí: El paisaje”.
En la adolescencia, Margot se fue a vivir con su hermana Estela y su madre a Curacaví, y allí nacieron Las Hermanas Loyola. Desde 1938 actuaron en rodeos, teatros y grabaron discos, pero avanzado los años 40, la artista abandonó esa ruta y regresó a sus caminos de tierra a recopilar canciones. “Llegábamos a un lugar, se corría la voz que estaba la Margot Loyola, y empezaba a venir gente a cantarle. A ella le gustaba sentarse en torno a un brasero a tomar mate y escucharlos”, cuenta Osvaldo Cádiz, folclorista, bailarín y su compañero por más de 50 años, hasta su muerte, el 3 de agosto de 2015.
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Anotando y grabando, acumuló un repertorio impresionante. Cachimbos en el extremo norte. Canciones de cuna kaweshkar, que le enseñó “una guardadora de cantos milenarios” de Punta Arenas. Temas mapuches de amor. Danzas populares en Rapa Nui. Valses, sajurianas, sirillas, mazurcas, refalosas, huaynos, periconas. Cuecas, por supuesto, y cientos de tonadas.
En 1956 comenzó a grabar esas canciones y desde 1980 también plasmó sus historias en libros, hoy casi todos en Internet. Ahí también está parte de su discografía, de más de veinte títulos. Varios en Spotify, casi todos en YouTube, otros descargables desde PortalDisc. En su centenario, cualquiera que pueda escuchar un reggaetón o una cumbia, también puede escuchar, si quiere, una canción de Loyola.
La maestra
En 1929 se había creado la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, y “por primera vez se buscó hacer un estudio serio a la música”, dice el musicólogo Rodrigo Torres. Y describe: “En 1941 se creó la Orquesta Sinfónica y en 1945 el Ballet Nacional, el Coro Sinfónico y la Revista Musical Chilena. En ese contexto, 1943, se fundó el Instituto de Investigaciones Folclórico – Musicales”. El flamante instituto editó en 1944 el disco Aires tradicionales y folklóricos de Chile, con cantos y danzas recopiladas en terreno. Aunque la selección ha sido calificada como sesgada, es, en palabras de Torres, “la primera imagen musical típica de nuestro país”.
En ese punto de inflexión en la historia del folclor chileno se posiciona Margot Loyola. Primero como parte de ese disco, donde Las Hermanas Loyola hicieron 14 de las 27 canciones. Y poco después por una invitación del rector Juvenal Hernández para hacer clases en su flamante proyecto de “llevar” la Universidad por Chile: Las Escuelas de Temporada. Por 14 años, de 1949 a 1963, la intérprete dio clases de bailes y cantos folclóricos, en ciclos de 30 días, anuales o semestrales, a veces hasta con 300 alumnos.
Los más célebres: Cuncumén, Millaray, Ancahual, o su propio Palomar. Nunca han dejado de formarse grupos. Y ella nunca dejó de enseñar. Desde sus primeros discípulos, como Víctor Jara o Rolando Alarcón, a los más recientes, como Natalia Contesse, El Parcito, Andrea Andreu o Gepe.
Violeta y los centenarios
Margot Loyola habló por primera vez con Violeta Parra cuando, en los 50, la vio en una fonda cantando “La jardinera”. Le preguntó curiosa dónde la había recopilado y Violeta se enojó: “¡Es mía!”, le dijo. Desde entonces forjaron una férrea amistad. Tenían un año de diferencia y similares historias. Padre ausente, infancia difícil, un dúo de hermanas y el oficio de recopiladores. Pero tenían una diferencia esencial: en Violeta eran cada vez más protagónicas sus canciones propias, y por el contrario, las canciones compuestas por Margot era contadas con los dedos de una mano.
La diferencia la zanjaron ellas mismas en 1960, luego de un concierto de la originaria de Linares en el Teatro Municipal. Violeta ya había grabado cinco discos, y había compuesto algunas de sus grandes canciones, como “El gavilán”. Ya se empezaba a entender la monumental creadora que iba a llegar a ser, y desde ese lugar fue a ver a su amiga al camarín y le lanzó: “Margot: Eres la gran intérprete de Chile”. “No existía esa rivalidad que tendenciosamente se ha querido presentar “, le dijo al académico Agustín Ruiz en 1995. “Ella tenía su camino y yo el mío”.
Hoy los caminos vuelven a cruzarse cuando se comparan las celebraciones de ambos centenarios. Mientras el de Violeta en 2017 colmó espacios y medios, el de Margot aparece mucho más discreto: hoy no hay ningún acto oficial. El jueves estaba programado un homenaje en el Congreso, pero se postergó para el 26.
Osvaldo Cádiz, su viudo, va a tener entonces un cumpleaños íntimo en su casa de La Reina, donde Margot pasó sus últimos años. Y tal vez lo prefiere así, porque es justamente fuera de la órbita oficial desde donde han brotado la mayor cantidad de homenajes. En colegios, en plazas, en pueblos. La Academia que lleva su nombre ya tiene clara la solución. “A diferencia de Violeta que las celebraciones terminaron con el centenario”, dice su director Juan Pablo López, “acá hoy estamos comenzando”.
Pero a pesar de las pocas luces y carteles, su importancia es incuestionable. “Chile es un país de varias culturas”, dice Rodrigo Torres, “y ella tendió un puentes entre ellas. Trajo la cultura del campo a la ciudad, y no siguió el camino que le tenía reservado el mundo del espectáculo. En 1949, el mismo año que se aprobó el voto femenino en Chile, ella estaba empezando las Escuelas de Temporada. No es una casualidad”.
Margot viajaba sola. No tuvo hijos y se casó tardíamente, luego de convivir varios años con Cádiz. Fue la primera música no docta en ganar el premio Nacional de Música en 1994. Grabó discos hasta que tuvo 92 años y publicó libros hasta los 95. El célebre folclorólogo Oreste Plath, su incondicional admirador, lo predijo en los años 70. “Margot es fuente de energía y voluntad. Que nadie la detenga. Que venga, que venga. Se sabe que terminará su peregrinaje sólo al borde de la muerte”. Pero estaba equivocado. Ese peregrinaje, el que ella comenzó cuando era una niña, se sigue recorriendo.
28.12.16
La Avenida del Brasil, un jardín florido en el desierto. Publicado por J. en la revista "Antofagasta", nº1, julio 1966.
Archivo Claudio Galeno.

Una remodelación total de la Avenida del Brasil, que seguramente tendrá un costo millonario, pero que se hace indispensable para completar el plan de hermoseamiento de la ciudad, está estudiando la Municipalidad de Antofagasta con el concurso de arquitectos, técnicos paisajistas y expertos en jardinería y forestación. Es probable que esta transformación tenga que hacerse por etapas, dado su elevado costo, pero en todo caso los trabajos se iniciarán en el curso del presente año, como una muestra más del empuje de los habitantes de la “Ciudad del gran impulso”, en el año de su Centenario.
La Avenida del Brasil es para los antofagastinos como el Cerro Santa Lucía para los santiaguinos, el cerro Caracol para los penquistas o Cavancha para los iquiqueños. Algo específicamente propio, en el que todos fincan su orgullo y su satisfacción. Hay una diferencia, eso sí. Los cerros Santa Lucía y Caracol, y las playas de Cavancha nacieron con la naturaleza y el hombre los mejoró. La Avenida del Brasil es obra exclusiva del hombre, de su esfuerzo, de su voluntad de triunfar y de hacerse grata la vida donde quiera que vaya a ganar el pan con su sudor de su frente. Podría decirse que en Antofagasta, el sudor de esfuerzo regó la tierra árida e inhóspita hasta hacerla florecer en el desierto. Y así surgió la Avenida del Brasil.
Se tejen leyendas a su alrededor. Se habla de que su primera tierra de cultivo vino como lastre desde Europa, en los vientres de los barcos que regresaban cargados de con salitre, y que era aprovechada para reemplazar a la costra calichosa y salobre que cubría el suelo de Antofagasta. Puede que algo de ese lastre haya sido utilizado así. Pero basta apreciar la gran superficie que ocupa la Avenida del Brasil, para darse cuenta de que habrían sido necesarios miles de barcos para proveerla de tierra vegetal. La realidad es más fantástica que todo eso. El hombre excavó, harneó, mezcló y lavó la tierra incansablemente, hasta dejarla apta para cultivar prados y jardines. Y es así como hoy, allí donde el suelo era una prolongación de la pampa estéril, se extienden parques que se cubren de flores en la Primavera y se yerguen árboles inmensos a cuya sombra propicia han surgido y crecido muchos romances que son el nexo vital de Antofagasta.
La remodelación que se proyecta abatirá muchos recuerdos. El progreso tiene sus exigencias, sin embargo, y a su impulso, deberá surgir una nueva Avenida del Brasil que seguirá siendo el orgullo y satisfacción de muchas generaciones más de auténticos antofagastinos.

Una remodelación total de la Avenida del Brasil, que seguramente tendrá un costo millonario, pero que se hace indispensable para completar el plan de hermoseamiento de la ciudad, está estudiando la Municipalidad de Antofagasta con el concurso de arquitectos, técnicos paisajistas y expertos en jardinería y forestación. Es probable que esta transformación tenga que hacerse por etapas, dado su elevado costo, pero en todo caso los trabajos se iniciarán en el curso del presente año, como una muestra más del empuje de los habitantes de la “Ciudad del gran impulso”, en el año de su Centenario.
La Avenida del Brasil es para los antofagastinos como el Cerro Santa Lucía para los santiaguinos, el cerro Caracol para los penquistas o Cavancha para los iquiqueños. Algo específicamente propio, en el que todos fincan su orgullo y su satisfacción. Hay una diferencia, eso sí. Los cerros Santa Lucía y Caracol, y las playas de Cavancha nacieron con la naturaleza y el hombre los mejoró. La Avenida del Brasil es obra exclusiva del hombre, de su esfuerzo, de su voluntad de triunfar y de hacerse grata la vida donde quiera que vaya a ganar el pan con su sudor de su frente. Podría decirse que en Antofagasta, el sudor de esfuerzo regó la tierra árida e inhóspita hasta hacerla florecer en el desierto. Y así surgió la Avenida del Brasil.
Se tejen leyendas a su alrededor. Se habla de que su primera tierra de cultivo vino como lastre desde Europa, en los vientres de los barcos que regresaban cargados de con salitre, y que era aprovechada para reemplazar a la costra calichosa y salobre que cubría el suelo de Antofagasta. Puede que algo de ese lastre haya sido utilizado así. Pero basta apreciar la gran superficie que ocupa la Avenida del Brasil, para darse cuenta de que habrían sido necesarios miles de barcos para proveerla de tierra vegetal. La realidad es más fantástica que todo eso. El hombre excavó, harneó, mezcló y lavó la tierra incansablemente, hasta dejarla apta para cultivar prados y jardines. Y es así como hoy, allí donde el suelo era una prolongación de la pampa estéril, se extienden parques que se cubren de flores en la Primavera y se yerguen árboles inmensos a cuya sombra propicia han surgido y crecido muchos romances que son el nexo vital de Antofagasta.
La remodelación que se proyecta abatirá muchos recuerdos. El progreso tiene sus exigencias, sin embargo, y a su impulso, deberá surgir una nueva Avenida del Brasil que seguirá siendo el orgullo y satisfacción de muchas generaciones más de auténticos antofagastinos.
21.11.16
20.9.16
El MAM [Museo de Arte Moderno (México)] de Juan Acha
Vía Excélsior.
Para conmemorar el centenario del natalicio del crítico de origen peruano, el Museo de Arte Moderno abre una exposición que recupera su legado teórico a partir de la revisión de su propio acervo
Por Sonia Ávila

Juan Acha. Foto: Archivo Excélsior
CIUDAD DE MÉXICO.
Juan Acha (Sullana, Perú, 1916 - Cd. de México, 1995) entendió el arte como un proceso sociocultural. Una experiencia más compleja que la simple observación. Un trayecto en tres fases: producción, distribución y consumo. Proceso que él consiguió en México desde el Museo de Arte Moderno (MAM). Su trinchera crítica y teórica durante la década de los 70. La sede de su ejercicio teórico sobre el arte latinoamericano, donde gestó una red de colaboración internacional, programas pedagógicos y promoción de una generación de artistas.
El recinto fundado en 1964 fue para el crítico peruano el laboratorio de teorización artística. El espacio para poner en práctica su propuesta de alejar el arte de las capitales creativas y generar productos locales, establecer vínculos de intercambio con Latinoamérica y estudiar desde la sociología el impacto de las obras en el público. Entonces de 1972 a 1976 Acha, en su rol de subdirector del museo, emprendió este proyecto crítico. Fungió como “un agente continental” dentro de un proceso de renovación artística.

Planos del Museo de Arte Moderno, proyectado por Pedro Ramírez Vásquez. © MAM.
De este periodo da cuenta la exposición Juan Acha: por una nueva problemática artística, que se exhibe en el MAM. La muestra es una revisión del quehacer teórico de quien llegó al país en 1971. Una exploración de sus propuestas a través del archivo y colección del propio museo que en gran medida se construyó por las gestiones culturales de Acha. Un proyecto que además tuvo salida en el suplemento Diorama de Excélsior, donde el crítico publicó de manera regular sus textos.
La muestra se enmarca en un programa conmemorativo por el centenario del natalicio del también profesor. Organizado por diferentes museos del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), la celebración Juan Acha 100 incluye publicaciones y coloquios sobre sus teorías. Sin embargo, la investigación surgió del grupo Los Yacuzis, integrado por curadores, editores y periodistas que en su mayoría participaron en la segunda edición de la Escuela de Crítica organizada por el Proyecto Siqueiros.
Un pensamiento fuera del centro
Desde el MAM, Juan Acha impulsó un acercamiento con Latinoamérica. Colocó a México como punto de referencia en el mapa de circulación del arte. Así trajo exposiciones de artistas no-objetuales y geométricos. Fue el puente para que llegaran al país artistas como el brasileño Sergio Camargo, el venezolano Alejandro Otero, el húngaro Víctor Vasareli. En la escena nacional impulsó a una generación joven que luego formó el movimiento de los Grupos. Y fue de los primeros en hablar sobre el videoarte, el arte en sistemas e incluso los proyectos cibernéticos.
“Él era un profesor que trabajaba en la Escuela de Artes Plásticas La Esmeralda y estuvo pendiente de que estas teoría terminaran en otras generaciones de prácticas artísticas y por eso tuvo contacto con el grupo Proceso Pentágono, el No grupo. Esto se ve en la sala, cómo su propia teoría se va consolidando y se ve el diálogo con estos otros actores, incluso colaboraciones de corte efímero”, detalla el cocurador de la muestra Julio García Murillo.
Incluso, añade, Acha intervino en las tareas de gestión y consiguió crecer la colección del museo. Varias de las obras adquiridas por él se exhibirán. “La exposición fue realizar una reconstrucción de ese momento y develar qué piezas adquirió, qué generó, qué procesos artísticos produjo durante su paso por el museo, y también la exposición devela cómo aplicar esas teorías a obras actuales. Así se genera una exhibición dialéctica del pasado y su relación con el presente”.
A través de documentos, la muestra refiere a la crítica de Acha sobre la historia del arte mexicano. Su propuesta de analizar la escuela mexicana de pintura desde una perspectiva sociológica y entender el impacto social que representó. Pues el crítico analizó la distribución de la obra nacionalista a través del Estado, de los medios de comunicación y del sistema educativo.
García Murillo señala además que Acha fue de los primeros críticos en asimilar el arte desde un pensamiento económico. No sólo en el sentido del mercado, sino como una práctica material que implica un consumo. Un ejercicio que no termina en lo simbólico o lo emotivo. Sino en la compra-venta del producto. Una de sus principales propuestas era, a partir de la teoría económica de la dependencia, marcar distancia de los centros de producción occidentales para generar los propios.
Entonces plantea alrededor del proceso estético tres ejes: las artesanías, el arte culto y las artes tecnológicas. Con estas categorías, Acha trabajó el concepto de arte no-objetual e intentó englobar una idea total del arte culto. Buscaba un concepto de arte más amplio que criticara a la propia institución artística.
“Tiene un cuerpo teórico que le permite partir no sólo de la historia del arte, sino de la sociología del arte y la teoría del arte. Pasa por distintos niveles, incluso el semiótico o tiene análisis fisiológicos sobre el espectador y todo eso le permite entender un proceso artístico que aplica desde Perú en los 60 y ve de manera regional en México, Colombia, Argentina y Brasil”.
Para conmemorar el centenario del natalicio del crítico de origen peruano, el Museo de Arte Moderno abre una exposición que recupera su legado teórico a partir de la revisión de su propio acervo
Por Sonia Ávila

Juan Acha. Foto: Archivo Excélsior
CIUDAD DE MÉXICO.
Juan Acha (Sullana, Perú, 1916 - Cd. de México, 1995) entendió el arte como un proceso sociocultural. Una experiencia más compleja que la simple observación. Un trayecto en tres fases: producción, distribución y consumo. Proceso que él consiguió en México desde el Museo de Arte Moderno (MAM). Su trinchera crítica y teórica durante la década de los 70. La sede de su ejercicio teórico sobre el arte latinoamericano, donde gestó una red de colaboración internacional, programas pedagógicos y promoción de una generación de artistas.
El recinto fundado en 1964 fue para el crítico peruano el laboratorio de teorización artística. El espacio para poner en práctica su propuesta de alejar el arte de las capitales creativas y generar productos locales, establecer vínculos de intercambio con Latinoamérica y estudiar desde la sociología el impacto de las obras en el público. Entonces de 1972 a 1976 Acha, en su rol de subdirector del museo, emprendió este proyecto crítico. Fungió como “un agente continental” dentro de un proceso de renovación artística.

Planos del Museo de Arte Moderno, proyectado por Pedro Ramírez Vásquez. © MAM.
De este periodo da cuenta la exposición Juan Acha: por una nueva problemática artística, que se exhibe en el MAM. La muestra es una revisión del quehacer teórico de quien llegó al país en 1971. Una exploración de sus propuestas a través del archivo y colección del propio museo que en gran medida se construyó por las gestiones culturales de Acha. Un proyecto que además tuvo salida en el suplemento Diorama de Excélsior, donde el crítico publicó de manera regular sus textos.
La muestra se enmarca en un programa conmemorativo por el centenario del natalicio del también profesor. Organizado por diferentes museos del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), la celebración Juan Acha 100 incluye publicaciones y coloquios sobre sus teorías. Sin embargo, la investigación surgió del grupo Los Yacuzis, integrado por curadores, editores y periodistas que en su mayoría participaron en la segunda edición de la Escuela de Crítica organizada por el Proyecto Siqueiros.
Un pensamiento fuera del centro
Desde el MAM, Juan Acha impulsó un acercamiento con Latinoamérica. Colocó a México como punto de referencia en el mapa de circulación del arte. Así trajo exposiciones de artistas no-objetuales y geométricos. Fue el puente para que llegaran al país artistas como el brasileño Sergio Camargo, el venezolano Alejandro Otero, el húngaro Víctor Vasareli. En la escena nacional impulsó a una generación joven que luego formó el movimiento de los Grupos. Y fue de los primeros en hablar sobre el videoarte, el arte en sistemas e incluso los proyectos cibernéticos.
“Él era un profesor que trabajaba en la Escuela de Artes Plásticas La Esmeralda y estuvo pendiente de que estas teoría terminaran en otras generaciones de prácticas artísticas y por eso tuvo contacto con el grupo Proceso Pentágono, el No grupo. Esto se ve en la sala, cómo su propia teoría se va consolidando y se ve el diálogo con estos otros actores, incluso colaboraciones de corte efímero”, detalla el cocurador de la muestra Julio García Murillo.
Incluso, añade, Acha intervino en las tareas de gestión y consiguió crecer la colección del museo. Varias de las obras adquiridas por él se exhibirán. “La exposición fue realizar una reconstrucción de ese momento y develar qué piezas adquirió, qué generó, qué procesos artísticos produjo durante su paso por el museo, y también la exposición devela cómo aplicar esas teorías a obras actuales. Así se genera una exhibición dialéctica del pasado y su relación con el presente”.
A través de documentos, la muestra refiere a la crítica de Acha sobre la historia del arte mexicano. Su propuesta de analizar la escuela mexicana de pintura desde una perspectiva sociológica y entender el impacto social que representó. Pues el crítico analizó la distribución de la obra nacionalista a través del Estado, de los medios de comunicación y del sistema educativo.
García Murillo señala además que Acha fue de los primeros críticos en asimilar el arte desde un pensamiento económico. No sólo en el sentido del mercado, sino como una práctica material que implica un consumo. Un ejercicio que no termina en lo simbólico o lo emotivo. Sino en la compra-venta del producto. Una de sus principales propuestas era, a partir de la teoría económica de la dependencia, marcar distancia de los centros de producción occidentales para generar los propios.
Entonces plantea alrededor del proceso estético tres ejes: las artesanías, el arte culto y las artes tecnológicas. Con estas categorías, Acha trabajó el concepto de arte no-objetual e intentó englobar una idea total del arte culto. Buscaba un concepto de arte más amplio que criticara a la propia institución artística.
“Tiene un cuerpo teórico que le permite partir no sólo de la historia del arte, sino de la sociología del arte y la teoría del arte. Pasa por distintos niveles, incluso el semiótico o tiene análisis fisiológicos sobre el espectador y todo eso le permite entender un proceso artístico que aplica desde Perú en los 60 y ve de manera regional en México, Colombia, Argentina y Brasil”.
3.3.16
Centenario: Osvaldo Ventura un precursor del arte en Antofagasta
Vía El Mercurio de Antofagasta.

HOMENAJE. Entre sus obras destaca la destruida escultura del Chango López.
María Canihuante
Osvaldo Ventura López nació en Antofagasta, el 10 de febrero de 1916. Su vida la dedicó al arte. Fue pintor, escultor, grabador, pero, por encima de todo, fue maestro de maestros, formador de pintores en su Academia.
A don Osvaldo lo conocí ya mayor. Su figura no pasaba desapercibida. Era alto, muy elegante, siempre vestía de terno y corbata. Era afable y de fácil sonrisa, aunque un tanto reservado. Conocí su casa en la población Coviefi, en cuyo antejardín había una escultura de Gabriela Mistral.
Su obra pictórica es vastísima. Sus óleos y acuarelas son notables. Según don Waldo Valenzuela, "Ventura, como pintor, se movió entre lo real y lo simbólico; con respecto al primer camino se asomó a soluciones impresionistas y luego post-impresionistas. De acuerdo a ciertas convenciones y anhelos, buscó en el paisaje nortino la presencia del verde descubriendo hasta en las poblaciones más modestas la presencia de un árbol. Del mismo modo, buscó en la piedra estructurada la entraña de lo nortino. En el campo de lo simbólico, se acercó al surrealismo, incursionando en la ilustración de composiciones musicales.
Anécdotas
Andrés Sabella, gran amigo del Maestro Ventura, le pidió que le hiciera una escultura; algo pequeño, en madera. Osvaldo era callado y se concentraba mucho al trabajar. En cambio Andrés, conversador impenitente, le contaba mil historias mientras el maestro trabajaba. Las sesiones se extendían por toda la tarde y duraron seis meses. Cuando la obra estaba casi lista, y el maestro trabajaba en los retoques finales, Andrés empezó a contar una historia muy divertida. -Andrés, por favor, deja de hacerme reír, que ya estamos al final. Y el poeta seguía, entre risa y risa, contando sus historias. -¡Ay, Andrés, mira, te volé el ojo! ¡Te dije que no me hicieras reír! ¡Tenemos que empezar de nuevo! -¡No, no, no! ¡Déjalo así nomás!, contestó Andrés. Después de discutirlo un rato, Ventura aceptó. Pasaron cincuenta años… El poeta se enfermó y perdió el mismo ojo. Andrés, cada vez que encontraba a su amigo Ventura, con una sonrisa pícara le decía: -Me hiciste "mal de ojo". Por tu culpa, Osvaldo, ahora tengo sólo uno.
Ventura y el San Luis
Osvaldo Ventura, al igual que Sabella, era sanluisino. El año 1984, para el aniversario del San Luis, una de las pruebas para reunir puntos y elegir la alianza ganadora, era llevar al ex alumno más antiguo. Osvaldo, que ya estaba acostado, se levantó expresamente para acompañar a un alumno a concursar. Muy contento, decidió recordar viejas contiendas sanluisinas. Hubo un solo problema. Otra alianza había llevado a Andrés Sabella como candidato. Los amigos se enfrentaron en la competencia. No había nada que hacer: ganó Sabella, porque era mayor cuatro años que Ventura y, por lo tanto, había egresado cuatro años antes. ¡Pero esa noche volvieron a ser un par de divertidos alumnos del Colegio San Luis, vibrando con su espíritu ignaciano!
Días finales
Don Osvaldo fue un hombre dedicado a su arte. Las tareas domésticas eran, para él, un misterio. Fue, por tanto, muy regaloneado por su esposa. Al quedar sólo, tomó una gran decisión: con sus pinturas y pinceles más sus enseres personales, se fue a vivir, como pensionista, al Asilo de Ancianos de Antofagasta. En tal calidad, podía salir cuando quisiera, a comprar pinturas, a hacer trámites. Un día, fue a cobrar su sueldo. Al cruzar desde la Plaza Colón, vio un bus interprovincial que decía IQUIQUE. Sin pensarlo dos veces, subió al bus. Su sobrino, residente en el histórico puerto, tuvo la gran sorpresa de ver llegar a su tío Osvaldo. Al preguntarle la razón, Osvaldo contestó que consideraba innecesario vivir en el asilo, teniendo familiares en Iquique. Allí, nuevamente, volvió a sentirse regaloneado y querido. Retomó sus pinceles y su vida retornó a un cauce normal. Estos antecedentes me fueron relatados por el propio sobrino del maestro.
Un tiempo más tarde, nos enteramos de la muerte de Osvaldo Ventura.
Y, tal vez por una travesura del Duende, un día en Iquique, conocí a una señora quien, al saberme oriunda de Antofagasta, me contó que ella había cuidado, hasta el último día, a un caballero de Antofagasta, que era pintor. No podía creer lo que escuchaba: ¡había cuidado al Maestro Ventura! Y ella me contó con cuánto cariño, con cuánto amor, asistieron al querido maestro hasta su final.
Sin embargo, en una reunión oficial, presidida por el Alcalde de la época, una Dama del Ancla anunció la triste noticia de la muerte del maestro Osvaldo Ventura, "abandonado en las calles de Iquique, recibiendo el pago de Chile". Por supuesto, no pude callar y relaté cuánto había escuchado de la voz del propio sobrino. No podía permitir que se mancillara así el honor y la memoria del maestro Ventura y su familia.
Hoy, al conmemorar el Centenario del nacimiento de Osvaldo Ventura López, me sorprende la analogía: otro artista, antofagastino, sanluisino, nacido a comienzos del siglo xx, va a morir, al igual que Andrés Sabella, al puerto de Iquique, lejos de su amada Antofagasta.
Osvaldo Ventura López falleció el 14 de mayo de 1998. Sus restos descansan en el mausoleo familiar, en el Cementerio General del histórico puerto.
Antofagasta le rinde homenaje en la Plaza de la Cultura Osvaldo Ventura.

Entre sus obras más conocidas destacamos:
Oleo de Juan López, creación del maestro. Como no existía ningún retrato del primer habitante de Antofagasta, el alcalde de la ciudad, don Juan de Dios Carmona Peralta, no dudó en servir de modelo. Este óleo presidió la sesión solemne de aquel lejano 1948, en que se oficializó el 14 de febrero como Día de Antofagasta.
Escultura del Chango López representa la figura del legendario primer habitante de Antofagasta y su bote. Esta obra tenía un toque cubista en el tratamiento de los volúmenes y estaba ubicado en los jardines del Hotel Antofagasta. Por desgracia, fue destruida irresponsablemente.
Escultura de Gabriela Mistral, conjunto escultórico ubicado en la esquina de las calles Carrera y Antonino Toro.
Mural del Colegio San José, gran composición que decora un muro del Colegio San José, realizado por el pintor a fines de la década del '60, en que realiza una síntesis del paisaje humano y geográfico de la Región de Antofagasta.
Escudo de Antofagasta. El 22 de febrero de 1979 se seleccionó el escudo y el lema de la comuna de Antofagasta. El escudo fue diseñado por Osvaldo Ventura López.

HOMENAJE. Entre sus obras destaca la destruida escultura del Chango López.
María Canihuante
Osvaldo Ventura López nació en Antofagasta, el 10 de febrero de 1916. Su vida la dedicó al arte. Fue pintor, escultor, grabador, pero, por encima de todo, fue maestro de maestros, formador de pintores en su Academia.
A don Osvaldo lo conocí ya mayor. Su figura no pasaba desapercibida. Era alto, muy elegante, siempre vestía de terno y corbata. Era afable y de fácil sonrisa, aunque un tanto reservado. Conocí su casa en la población Coviefi, en cuyo antejardín había una escultura de Gabriela Mistral.
Su obra pictórica es vastísima. Sus óleos y acuarelas son notables. Según don Waldo Valenzuela, "Ventura, como pintor, se movió entre lo real y lo simbólico; con respecto al primer camino se asomó a soluciones impresionistas y luego post-impresionistas. De acuerdo a ciertas convenciones y anhelos, buscó en el paisaje nortino la presencia del verde descubriendo hasta en las poblaciones más modestas la presencia de un árbol. Del mismo modo, buscó en la piedra estructurada la entraña de lo nortino. En el campo de lo simbólico, se acercó al surrealismo, incursionando en la ilustración de composiciones musicales.
Anécdotas
Andrés Sabella, gran amigo del Maestro Ventura, le pidió que le hiciera una escultura; algo pequeño, en madera. Osvaldo era callado y se concentraba mucho al trabajar. En cambio Andrés, conversador impenitente, le contaba mil historias mientras el maestro trabajaba. Las sesiones se extendían por toda la tarde y duraron seis meses. Cuando la obra estaba casi lista, y el maestro trabajaba en los retoques finales, Andrés empezó a contar una historia muy divertida. -Andrés, por favor, deja de hacerme reír, que ya estamos al final. Y el poeta seguía, entre risa y risa, contando sus historias. -¡Ay, Andrés, mira, te volé el ojo! ¡Te dije que no me hicieras reír! ¡Tenemos que empezar de nuevo! -¡No, no, no! ¡Déjalo así nomás!, contestó Andrés. Después de discutirlo un rato, Ventura aceptó. Pasaron cincuenta años… El poeta se enfermó y perdió el mismo ojo. Andrés, cada vez que encontraba a su amigo Ventura, con una sonrisa pícara le decía: -Me hiciste "mal de ojo". Por tu culpa, Osvaldo, ahora tengo sólo uno.
Ventura y el San Luis
Osvaldo Ventura, al igual que Sabella, era sanluisino. El año 1984, para el aniversario del San Luis, una de las pruebas para reunir puntos y elegir la alianza ganadora, era llevar al ex alumno más antiguo. Osvaldo, que ya estaba acostado, se levantó expresamente para acompañar a un alumno a concursar. Muy contento, decidió recordar viejas contiendas sanluisinas. Hubo un solo problema. Otra alianza había llevado a Andrés Sabella como candidato. Los amigos se enfrentaron en la competencia. No había nada que hacer: ganó Sabella, porque era mayor cuatro años que Ventura y, por lo tanto, había egresado cuatro años antes. ¡Pero esa noche volvieron a ser un par de divertidos alumnos del Colegio San Luis, vibrando con su espíritu ignaciano!
Días finales
Don Osvaldo fue un hombre dedicado a su arte. Las tareas domésticas eran, para él, un misterio. Fue, por tanto, muy regaloneado por su esposa. Al quedar sólo, tomó una gran decisión: con sus pinturas y pinceles más sus enseres personales, se fue a vivir, como pensionista, al Asilo de Ancianos de Antofagasta. En tal calidad, podía salir cuando quisiera, a comprar pinturas, a hacer trámites. Un día, fue a cobrar su sueldo. Al cruzar desde la Plaza Colón, vio un bus interprovincial que decía IQUIQUE. Sin pensarlo dos veces, subió al bus. Su sobrino, residente en el histórico puerto, tuvo la gran sorpresa de ver llegar a su tío Osvaldo. Al preguntarle la razón, Osvaldo contestó que consideraba innecesario vivir en el asilo, teniendo familiares en Iquique. Allí, nuevamente, volvió a sentirse regaloneado y querido. Retomó sus pinceles y su vida retornó a un cauce normal. Estos antecedentes me fueron relatados por el propio sobrino del maestro.
Un tiempo más tarde, nos enteramos de la muerte de Osvaldo Ventura.
Y, tal vez por una travesura del Duende, un día en Iquique, conocí a una señora quien, al saberme oriunda de Antofagasta, me contó que ella había cuidado, hasta el último día, a un caballero de Antofagasta, que era pintor. No podía creer lo que escuchaba: ¡había cuidado al Maestro Ventura! Y ella me contó con cuánto cariño, con cuánto amor, asistieron al querido maestro hasta su final.
Sin embargo, en una reunión oficial, presidida por el Alcalde de la época, una Dama del Ancla anunció la triste noticia de la muerte del maestro Osvaldo Ventura, "abandonado en las calles de Iquique, recibiendo el pago de Chile". Por supuesto, no pude callar y relaté cuánto había escuchado de la voz del propio sobrino. No podía permitir que se mancillara así el honor y la memoria del maestro Ventura y su familia.
Hoy, al conmemorar el Centenario del nacimiento de Osvaldo Ventura López, me sorprende la analogía: otro artista, antofagastino, sanluisino, nacido a comienzos del siglo xx, va a morir, al igual que Andrés Sabella, al puerto de Iquique, lejos de su amada Antofagasta.
Osvaldo Ventura López falleció el 14 de mayo de 1998. Sus restos descansan en el mausoleo familiar, en el Cementerio General del histórico puerto.
Antofagasta le rinde homenaje en la Plaza de la Cultura Osvaldo Ventura.

Entre sus obras más conocidas destacamos:
Oleo de Juan López, creación del maestro. Como no existía ningún retrato del primer habitante de Antofagasta, el alcalde de la ciudad, don Juan de Dios Carmona Peralta, no dudó en servir de modelo. Este óleo presidió la sesión solemne de aquel lejano 1948, en que se oficializó el 14 de febrero como Día de Antofagasta.
Escultura del Chango López representa la figura del legendario primer habitante de Antofagasta y su bote. Esta obra tenía un toque cubista en el tratamiento de los volúmenes y estaba ubicado en los jardines del Hotel Antofagasta. Por desgracia, fue destruida irresponsablemente.
Escultura de Gabriela Mistral, conjunto escultórico ubicado en la esquina de las calles Carrera y Antonino Toro.
Mural del Colegio San José, gran composición que decora un muro del Colegio San José, realizado por el pintor a fines de la década del '60, en que realiza una síntesis del paisaje humano y geográfico de la Región de Antofagasta.
Escudo de Antofagasta. El 22 de febrero de 1979 se seleccionó el escudo y el lema de la comuna de Antofagasta. El escudo fue diseñado por Osvaldo Ventura López.
23.4.14
Una cualidad lírica de un encanto duradero: La pintura norteamericana y chilena en el Centenario de Chile, 1910
Vía MNBA.

Fotografía histórica mostrando un ala donde se expusieron las obras de los artistas americanos durante la exhibición en 1910, en Santiago de Chile. © Museo Nacional Bellas Artes.
La selección de obras realizada por la curadora norteamericana M. Elizabeth Boone da cuenta del diálogo entre la pintura norteamericana y chilena, generado a partir de la Exposición Internacional que tuvo lugar en el recién construido Museo de Bellas Artes que celebró el Centenario de la Independencia de Chile, en 1910. Entre el 19 de marzo y el 18 de mayo de 2014 en la Sala Chile.
Las investigaciones de la Dra M. Elizabeth Boone sobre las exposiciones universales y centenarios en los Estados Unidos, Europa y América Latina permiten revivir la Exposición Internacional llevada a cabo hace más de 100 años en el entonces Museo de Bellas Artes, a partir de obras pertenecientes a la Colección del Museo.
El 21 de septiembre de 1910 se inauguró en el Museo de Bellas Artes la gran Exposición Internacional, con motivo del Centenario de la independencia chilena. Entre los países invitados a participar se encontraba Estados Unidos, nación que compartía rasgos con Chile: ambas eran repúblicas, miraban hacia Europa y a su vez se diferenciaban de ella. A pesar de estas similitudes, desde el punto de vista chileno, Estados Unidos era un país comercial y no artístico.
El gobierno norteamericano aceptó la invitación, nombró a un comisario y un sub-comisario para organizar la muestra y envió cerca de 120 pinturas y 40 esculturas a Sudamérica. Es así como los chilenos pudieron sorprenderse por la cualidad del arte norteamericano.
A Pedro Lira, pintor formado en las academias de París y Director de la Escuela de Bellas Artes en Chile, también le llamaron la atención las obras norteamericanas: “después de recorrer con avidez y premura las salas numerosas que encierran ese complicadísimo resumen del arte mundial, saludemos desde luego a la gran república de los Estados Unidos, por sus sorprendentes adelantos, que la autorizan a colocarse dignamente al lado de las grandes escuelas europeas”.

Charles Morris Young, El Brandywine en invierno (The Brandywine in Winter), 1909. © Museo Nacional Bellas Artes.
Entre los autores presentes en la exhibición estaban los norteamericanos Charles Francis Browne, John C. Johansen, J. Francis Murphy, John F. Stacey y Charles Morris Young. Sus pinturas establecieron diálogo con sus coetáneos chilenos Pedro Lira, Onofre Jarpa, Alberto Valenzuela Llanos, Alfredo Helsby y Benito Rebolledo Correa.
Al finalizar la exposición, a fines de diciembre, el gobierno chileno compró varias obras para incorporarlas en su incipiente Colección. Entre las obras escogidas estuvieron las pinturas de Charles Francis Browne, John C. Johansen, J. Francis Murphy, John F. Stacey y Charles Morris Young, cuatro de las cuales habían recibido medalla de algún tipo en la exposición de Buenos Aires. Como señala la Dra. M. Elizabeth Boone en su escrito Una cualidad lírica de un encanto duradero: La pintura norteamericana en el Centenario de Chile, 1910: “las obras adquiridas en Chile por el Museo Nacional de Bellas Artes —cinco paisajes y un desnudo— forman una selección que tuvo mucha resonancia en un país que compartía con los Estados Unidos las riquezas del campo y las aspiraciones de un país joven. Las obras aquí expuestas muestran algunos puntos de contacto: la dedicación a la tradición académica, la mezcla armónica de los rasgos humanos con el mundo de la naturaleza y el amor por las praderas y los ríos del campo.”
Finalmente las relaciones establecidas entre ambos países fueron tanto comerciales por la compra y venta de pinturas, como artísticos. Browne pintó varios paisajes de Santiago durante su estadía en Chile y los expuso al público estadounidense al volver en 1911.
Browne y Trask también iniciaron una amistad con el pintor chileno Alfredo Helsby, cuya obra se incluye en esta exposición, y lo invitaron a visitar los Estados Unidos. Helsby viajó en 1914 y presentó sus obras en varias ciudades del país durante los años siguientes. Efecto de este intercambio es que hoy la obra Luna llena, Limache, Chile pertenezca a la colección del Smithsonian American Art Museum en Washington, D.C.
Para Roberto Farriol, director del MNBA, “esta investigación y la presente exhibición de obras pertenecientes a la Colección del Museo, junto con la puesta en valor artístico de nuestro patrimonio, también pone en relieve una arista desconocida de esta importante exposición del Centenario de Chile, permitiéndonos conocer las implicancias políticas y artísticas presentes en dicha exposición”.
Sobre la curadora:
La Dra. M. Elizabeth Boone es profesora catedrática de historia de arte en la Universidad de Alberta (Canadá) y se especializa en el arte de Estados Unidos, España y Latinoamérica de los siglos XIX y XX. Imparte clases y escribe ensayos y libros sobre temas relacionados con arte, identidad nacional y relaciones transnacionales. Ha trabajado en varios museos norteamericanos, incluyendo el Metropolitan Museum of Art y los Fine Arts Museums of San Francisco.
Ver también en el sitio de University of Alberta: Professor Betsy Boone curates an exhibition of American Art for the National Museum of Chile

Fotografía histórica mostrando un ala donde se expusieron las obras de los artistas americanos durante la exhibición en 1910, en Santiago de Chile. © Museo Nacional Bellas Artes.
La selección de obras realizada por la curadora norteamericana M. Elizabeth Boone da cuenta del diálogo entre la pintura norteamericana y chilena, generado a partir de la Exposición Internacional que tuvo lugar en el recién construido Museo de Bellas Artes que celebró el Centenario de la Independencia de Chile, en 1910. Entre el 19 de marzo y el 18 de mayo de 2014 en la Sala Chile.
Las investigaciones de la Dra M. Elizabeth Boone sobre las exposiciones universales y centenarios en los Estados Unidos, Europa y América Latina permiten revivir la Exposición Internacional llevada a cabo hace más de 100 años en el entonces Museo de Bellas Artes, a partir de obras pertenecientes a la Colección del Museo.
El 21 de septiembre de 1910 se inauguró en el Museo de Bellas Artes la gran Exposición Internacional, con motivo del Centenario de la independencia chilena. Entre los países invitados a participar se encontraba Estados Unidos, nación que compartía rasgos con Chile: ambas eran repúblicas, miraban hacia Europa y a su vez se diferenciaban de ella. A pesar de estas similitudes, desde el punto de vista chileno, Estados Unidos era un país comercial y no artístico.
El gobierno norteamericano aceptó la invitación, nombró a un comisario y un sub-comisario para organizar la muestra y envió cerca de 120 pinturas y 40 esculturas a Sudamérica. Es así como los chilenos pudieron sorprenderse por la cualidad del arte norteamericano.
A Pedro Lira, pintor formado en las academias de París y Director de la Escuela de Bellas Artes en Chile, también le llamaron la atención las obras norteamericanas: “después de recorrer con avidez y premura las salas numerosas que encierran ese complicadísimo resumen del arte mundial, saludemos desde luego a la gran república de los Estados Unidos, por sus sorprendentes adelantos, que la autorizan a colocarse dignamente al lado de las grandes escuelas europeas”.

Charles Morris Young, El Brandywine en invierno (The Brandywine in Winter), 1909. © Museo Nacional Bellas Artes.
Entre los autores presentes en la exhibición estaban los norteamericanos Charles Francis Browne, John C. Johansen, J. Francis Murphy, John F. Stacey y Charles Morris Young. Sus pinturas establecieron diálogo con sus coetáneos chilenos Pedro Lira, Onofre Jarpa, Alberto Valenzuela Llanos, Alfredo Helsby y Benito Rebolledo Correa.
Al finalizar la exposición, a fines de diciembre, el gobierno chileno compró varias obras para incorporarlas en su incipiente Colección. Entre las obras escogidas estuvieron las pinturas de Charles Francis Browne, John C. Johansen, J. Francis Murphy, John F. Stacey y Charles Morris Young, cuatro de las cuales habían recibido medalla de algún tipo en la exposición de Buenos Aires. Como señala la Dra. M. Elizabeth Boone en su escrito Una cualidad lírica de un encanto duradero: La pintura norteamericana en el Centenario de Chile, 1910: “las obras adquiridas en Chile por el Museo Nacional de Bellas Artes —cinco paisajes y un desnudo— forman una selección que tuvo mucha resonancia en un país que compartía con los Estados Unidos las riquezas del campo y las aspiraciones de un país joven. Las obras aquí expuestas muestran algunos puntos de contacto: la dedicación a la tradición académica, la mezcla armónica de los rasgos humanos con el mundo de la naturaleza y el amor por las praderas y los ríos del campo.”
Finalmente las relaciones establecidas entre ambos países fueron tanto comerciales por la compra y venta de pinturas, como artísticos. Browne pintó varios paisajes de Santiago durante su estadía en Chile y los expuso al público estadounidense al volver en 1911.
Browne y Trask también iniciaron una amistad con el pintor chileno Alfredo Helsby, cuya obra se incluye en esta exposición, y lo invitaron a visitar los Estados Unidos. Helsby viajó en 1914 y presentó sus obras en varias ciudades del país durante los años siguientes. Efecto de este intercambio es que hoy la obra Luna llena, Limache, Chile pertenezca a la colección del Smithsonian American Art Museum en Washington, D.C.
Para Roberto Farriol, director del MNBA, “esta investigación y la presente exhibición de obras pertenecientes a la Colección del Museo, junto con la puesta en valor artístico de nuestro patrimonio, también pone en relieve una arista desconocida de esta importante exposición del Centenario de Chile, permitiéndonos conocer las implicancias políticas y artísticas presentes en dicha exposición”.
Sobre la curadora:
La Dra. M. Elizabeth Boone es profesora catedrática de historia de arte en la Universidad de Alberta (Canadá) y se especializa en el arte de Estados Unidos, España y Latinoamérica de los siglos XIX y XX. Imparte clases y escribe ensayos y libros sobre temas relacionados con arte, identidad nacional y relaciones transnacionales. Ha trabajado en varios museos norteamericanos, incluyendo el Metropolitan Museum of Art y los Fine Arts Museums of San Francisco.
Ver también en el sitio de University of Alberta: Professor Betsy Boone curates an exhibition of American Art for the National Museum of Chile
8.9.11
Matta: El cubo abierto. Nueva instalación de la Colección Permanente del Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid.

Vía Museo Thyssen-Bornemisza
Del 09 de septiembre al 23 de octubre de 2011
Nueva instalación de la Colección Permanente.
Sala de Exposiciones Contexto en el Balcón-Mirador de la Planta Primera.
Entrada libre.
La nueva instalación de los cinco grandes lienzos del ciclo L’Honni aveuglant (El proscrito deslumbrante) de Matta perteneciente a la colección del Museo reproducirá el modo en que el artista los montó en su primera presentación al público en la Galerie Alexandre Iolas de París en 1966.
El artista chileno presentó esta serie con su sistema de “cubo abierto”, una especie de políptico de la era contemporánea con que creaba una caja destinada a envolver al espectador. Dos de ellos se mostraban horizontalmente suspendidos en el techo, cerrando el espacio creado por los otros tres. Con este espectacular montaje, Matta conseguía sumergir al espectador en su universo pictórico, un universo hermético y alucinatorio, cargado de referencias literarias, espirituales y artísticas.
Cuarenta y cinco años más tarde y con motivo del centenario del nacimiento del artista, que se conmemora en 2011, el ciclo se volverá a presentar en su esplendor original.
10.2.11
Daños en patrimonio. Falta de permisos retrasa reparación de histórico odeón
El Mercurio publicó nuevas aclaraciones y justificaciones del Director de Planificación de la Ilustre Municipalidad de Antofagasta, el arquitecto Victor Hugo Véliz, por el completo abandono y avanzado proceso de ruinificación del Odeón Eslavo en la Plaza Colón de Antofagasta.
1.8.10
Sobrevivientes de una vieja tradición. Retazos de una Antofagasta del Centenario. Por Juan Rojas para El Mercurio de Antofagasta, 01.08.2010
26.7.10
PRINCIPIA REPARACIÓN DEL ODEON DE LA PLAZA COLÓN DE ANTOFAGASTA, DONADO POR LOS YUGOSLAVOS EN EL CENTENARIO DE CHILE
Una excelente noticia publicó El Mercurio de Antofagasta, se ha iniciado un proceso técnico de reparación del Odeón Yugoslavo de la Plaza Colón, que como se sabe fue donado hace cien años atrás, y sus obras, y talvéz su diseño estuvo a cargo de Luigi Abd-El-Kader. Como se comenta en la nota, la arquitecta Heidi Goring, de Turismo y Cultura de la Municipalidad está dirigiendo un proceso de estudios técnicos para determinar las causas exactas de los daños actuales e iniciar un proceso de restauración, que si nos e hace luego, será de reconstrucción. Viva! Esta es la recuperación de la memoria del Centenario, en el Bicentenario.
A continuación la nota de El Mercurio:
A continuación la nota de El Mercurio:
21.2.10
Antofagasta 2066 o 2079: urbanismo, turismo, demografía, patrimonio, energía, ecología y arte.
© Collage Andrés Avalos / Mervin Constanzo¿Porque no celebrar mejor el 2066? los doscientos años del asentamiento del primer explorador, Juan López, ¿o el 2068? referida a cuando se funda el poblado.
De hecho otro de los eventos importantes de la ciudad de Antofagasta durante el siglo XX (junto con el Centenario de la República en 1910), fue la celebración de los 100 años en 1966, con varios eventos, que coincidió con una serie de obras como la inauguración del Hospital Regional por Frei Montalva, y la construcción del primer edificio en altura de la ciudad, el Centenario.
Ahora un Antofagasta del futuro, en 69 años más, no creo que sea muy distinto, a pesar de que la velocidad de la tecnología nos haga vivir en una eterna prisa, los principios urbanos y arquitectónicos tienden a ser mucho más perennes que el ser humano.
La ciudad se densificará dentro de un proceso que ya viene ocurriendo, con un aumento importante de la edificación en altura, y con una mejora sustantiva de una preocupación por el diseño de la arquitectura.
La ciudad se habrá volcado más al turismo como una industria sustentable unida al buen clima imperante, con muchas más playas, y una vida mucho más volcada sobre la bahía, con yates, lanchas, y deportes acuáticos.
El asentamiento con unos 600 0 700 mil habitantes, se irá acercado el millón, y se podrá llamar con propiedad de “ciudad”.
Respecto del patrimonio se habrán reconocido como un lugar con arquitecturas ejemplares tanto del siglo XIX como del XX, lo que puede crear un poco de chovinismo, pero hará que ciertos barrios de Antofagasta se conviertan en lugares de culto en cuanto al diseño, así como lo que ocurrió con el Distrito Art Decó de Miami, con colores, neones, y mucho turismo.
Seremos muy autónomos en cuanto a energía, ya que la minería habrá invertido fuertemente en las energías renovables, con varias plantas de energía solar y eólica, lo que permitirá abaratar el costo de vida regional, e incluso exportar energía a nuestros vecinos. Eso también consolidará el consumo de agua de mar, y las plantas desalinizadoras, para paliar el mítico fin del agua dulce, y de la eterna ausencia en el desierto más árido del mundo.
Se habrán recompuesto varios ecosistemas que están profundamente mutilados, el de Cerro Moreno y de la quebrada La Chimba, se habrá reforestado, y mejorado el riego gracias a un sistema de recolectores de camanchaca, y serán reinsertadas ciertas especies desaparecidas como los guanacos.
Por último quiero agregar, que las artes dramáticas y el cine se habrán desarrollado con tal vitalidad que habrá impregnado todas las otras artes, con una escuela universitaria de artes, con espacios de exposición de arte visuales contemporáneas como un museo o un centro cultural de grandes dimensiones, un epicentro de las artes, un MACCA (Museo de Artes y Centro de Culturas de Antofagasta), que estarán dentro del circuito del arte internacional conectados con otras escenas como Tucumán-Salta, La Paz, Lima y São Paulo, por que por supuesto habrán vuelos diarios conectando todos esto sitios.
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